AMADO NERVO

En varias ocasiones he escrito sobre la singular personalidad de Amado Nervo, y siempre con igual simpatía y con el mismo intelleto d'amore. ¡Ha sido tan gentil compañero de sueños, en nuestro París amado, hace ya tanto tiempo! ¡Y es tan sutil poeta, tan comprensivo artista y tan dulce filósofo! Con decir que a pesar de los medios a que necesariamente conduce la diplomacia, su espíritu y su corazón de sensitivo no han sido contaminados por las promiscuidades de la carrera...

Yo no leeré nunca sin cierta emoción el libro titulado El éxodo y las flores del camino, en el cual, entre versos deliciosos y prosas llenas del encanto de la juventud y del prestigio de un buen arte, recuerda, en conceptos ya de humor, ya de melancolía, nuestras horas parisienses, nuestra amistad con curiosos ejemplares de humanidad, y la persecución de los favores de Nuestra Señora y Reina la Belleza.

La evolución de Nervo, desde Místicas y Perlas Negras hasta sus últimas producciones de piadosa, o irónica—¡muy suavemente!—filosofía, y sus poemas cortos y sentimentales en que un gran dolor, de los íntimos y profundos, le ha hecho producir rítmicos y trémulos sollozos y llantos, es de un gran interés en el conocimiento de su personalidad intelectual. Una faz nueva se le ha reconocido: sus aficiones a los estudios astronómicos, disciplina que se aviene convenientemente con los vuelos líricos y las excursiones, en que el pegásico ímpetu es el conductor.

Su antigua fe había tomado en los últimos tiempos un vago tinte dubitativo; mas el buen maestro Dolor le ha hecho de nuevo recordar la senda azul. Y luego, siendo favorecido por la Lira, tendrá siempre tiempo de ver reflorecer la primavera, con ojos, si conocedores de los lacerantes duelos, siempre brillantes al resurgir de las auroras y al inmortal llamamiento de las esperanzas. El poeta está intacto. No es Amado Nervo el que la duquesa conoce, el que la marquesa invita a almorzar, el que tiene ya honrosamente marchitos los oros de su casaca diplomática. El sabe bien que en los salones, y sobre todo delante de sus colegas—como no sean de la familia apolínea—no está bien confesar intimidades con las Piérides, ni proclamar afección al viejo y sagrado laurel, a menos de ser poeta como tal excelentísimo señor ministro, que lo mismo confecciona un soneto circunstancial que pone asombro en los más intrépidos jugadores de bridge. ¿Sabrá el bridge ya Amado Nervo?...

Lo que sí sabe y sabrá siempre, es infundir en sus versos, que se visten de sencillez y de claridad como las horas de cristal que anuncian la paz de los amables días, un misterio delicado y comunicativo que nos pone en contacto con el mundo armonioso que crea su voluntad intensa.

A veces, se creería en un desmayo de energía o en un desvío de forma. No hay nada de eso. Los conocedores saben lo que hay que saber, para llegar a conmover lo hondo de nuestro sensorio con los procedimientos menos complicados, más simples y transparentes. Todo ello está, por cierto, lejos de la pirotecnia verbal, y de los descoyuntamientos de pianista que suelen tomarse como distintivos de una fuerza poética incontestable, y que se achaca al influjo de un modernismo—llamémosle así—que no hizo bien sino a quienes se lo merecían.

Una particularidad que he advertido en Amado Nervo, desde sus obras de comienzo, es un vago soplo bíblico que suele hacerse percibir en estrofas, que se dirían acompañadas de música sacra.

No olvidaré nunca la Semana Santa que pasara en París, allá por el tiempo de la Exposición, en constante compañía del pintor Henri de Groux, de otro pintor mejicano, de un joven gallardo aficionado al teatro, también mejicano, y de Amado Nervo. Una noche, este soñador se nos desapareció, y hartos de buscarle en los lugares que solíamos frecuentar, se me ocurrió indicar que probablemente le encontraríamos en una de las iglesias en donde, por las sagradas celebraciones, se cantaba canto llano y se sonaban órganos sabios. Le buscamos, pues, en varias de ellas, y por fin le encontramos, lleno de fervor místico-artístico, en Notre-Dame, adonde había llegado después de recorrer Saint-Severin, la capilla de la Sorbonne, Val de Grâce, Saint-Sulpice, hasta que fué a recalar en la Catedral que, según un hugólatra, es la H del nom de Hugo.

Había que oir, en aquel tiempo, a Amado Nervo, a quien yo llamara fraile, o monje del arte. Su unción, su saber de cosas religiosas, su aire mismo, daban idea de un admirable oblato, de un seguidor de Huysmans, a quien desde luego el mejicano ponía sobre su cabeza. ¡Todo pasa, en verdad, y la juventud más pronto que todo! De aquellos años quedaron para el poeta los versos, imperecederos, y un amor, perecedero, cual la triste carne que Dios nos dió como armadura, frágil armadura, ante lo inevitable. El poeta ha clamado trenos y elegías. ¡Mas es suya el alba de oro!