FEDERICO GAMBOA

Paso a paso, ganado a puro cerebro y a puro carácter, Federico Gamboa ha llegado a uno de los más altos puestos del Gobierno de su país: a la Cancillería mejicana. Hablando de su desaparecido hermano José María, y de él mismo, escribía hace años en su Diario: «Secreta satisfacción de vernos él y yo ascendiendo por nosotros mismos, sin ayudas que nos enrojezcan, ni apoyos que nos avergüencen o humillen».

No habrá uno solo de sus compatriotas que no aplauda su reciente nombramiento, pues sus principios siempre han estado basados, ante todo, en un profundo amor a su Patria. Oid sus palabras: «La idea de Patria—la Patria en forma de carta geográfica a veces, y a veces en abstracción luminosa—, acariciándome de lejos... Desligamiento con gobernantes y partidos políticos...» Esto demuestra la razón de las generales simpatías. Ni al César mismo—ese César anciano y fuera del poder, a quien habrá que aplaudir por las enormes etapas de progreso que hizo adelantar a Méjico—se acercó nunca Federico Gamboa con bajas adulaciones o súplicas de granjería. El verdadero valor del nuevo ministro de Relaciones exteriores de los Estados unidos mejicanos es completamente individual: lo constituyen el talento, su nobleza de espíritu, su voluntad, una limpia, larga y honrosa carrera diplomática, y un alto nombre literario, que contribuye a la gloria de su país.

¿Quién que conozca al Sr. Gamboa no está seguro de que sus prestigios morales e intelectuales no contribuirán a pacificar y a hacer brillar en una nueva era la Nación, cuyos intereses internacionales hoy le toca dirigir? Mas, hablaré de su obra literaria, que es lo que con mi competencia mejor se aviene.

Es ante todo Gamboa independiente y personal: «Mis escritos y mis actos siempre obedecieron a mis propias inspiraciones». Pocas páginas autobiográficas más decisivas y más conmovedoras que la dedicatoria de Mi diario: «para mi hijo; para cuando sepa leer», páginas de gran literatura y de gran corazón ordenado: Le cœur a son ordre, dice Pascal.

Sabe del mundo, sabe de la vida, lo cual es decir que sabe de amor y de dolor. Y una vasta piedad impregna toda su obra.

Yo le conocí en Buenos Aires, en la tertulia literaria de Rafael Obligado. Ya había publicado sus Esbozos contemporáneos, Del natural y Apariencias. Se encontraba al frente de la legación mejicana como encargado de Negocios, por ausencia del ministro Sánchez Azcona. El ingenio y el charme personal de Gamboa le hacían grato a todos. Allí dió a la imprenta su volumen de Impresiones y recuerdos. Después vendrán, ya alejado de la República Argentina, Suprema ley, Metamorfosis, Santa, Reconquista y dos volúmenes del Diario. En estos días debe aparecer La llaga, por la Casa «Renacimiento», de Madrid. Todo esto, recuerdos y novelas, fuera de su labor para el teatro. En todo terreno ha recogido aplausos y laureles. Su estilo es castizo en dicción y libre en ideas. Su filosofía es sana y alta; y si alguna vez hubiese vacilado en sus creencias, la experiencia vital y el misterioso influjo de lo divino le han apuntalado el alma. Por ello, en el fondo de sus novelas, de sus obras dramáticas, hay mucho de reconfortante. «Las novelas de usted me hacen meditar—le escribía en una ocasión aquel brillante espíritu que se llamó Gustavo Baz—; y guarde usted este elogio que, sobre ser sincero, viene de un lector asiduo de Balzac y de un comentador escuchado de Stendhal.» Y el sutil Domingo Estrada, entre otros entusiásticos juicios: «Metamorfosis, al menos bajo ciertos puntos de vista, puede compararse con las mejores novelas de Pereda, de Valera y de Pérez Galdós». Y más adelante: «El secreto del encanto que su libro produce, y que hace que no se pueda dejarlo de la mano una vez comenzada su lectura (yo me he pasado cuatro noches sin poner un pie en la calle; ¡en París!...), finca principalmente en el estilo. No conozco otro que sea más sencillo sin vulgaridad, más imaginado sin pedantería, más elegante sin esfuerzo».

No es Federico Gamboa de aquellos pensadores meritorios de quienes se pueda temer que por los cuidados y pasiones, por la política, abandonen la labor mental, que constituye lo más característico de su personalidad. El hombre de estado cumplirá como bueno sus tareas, y su discreción y su conocimiento de los graves asuntos en que habrá de ejercitar su pericia no han de quitarle ni la vivacidad y frescura del ingenio, ni el pensamiento creador ni el intelletto d'amore para su pasión artística.

Otras obras vendrán, llenas de amor humano y de fe en la suprema idea, que enriquecerán mayormente el acervo intelectual de su patria mejicana, o mejor dicho de nuestra América, otras novelas, otras obras para el teatro; y otros posteriores volúmenes de ese Diario, tan lleno de ideas, tan interesantemente anecdótico y que fué dedicado desde su primer tomo a un mi joven amigo que ya sabe más que leer... el hijo amado, Miguel Félix Gamboa y Sagaceta.