CANOVAS DEL CASTILLO
Medalla ocasional.
Preciso es no haber conocido a Cánovas del Castillo para asombrarse del incidente de corte que hoy preocupa a Madrid.
Cánovas es la energía, muy mucho, y un poco la violencia.
Populares son por la caricatura sus ojos, sus espejuelos, sus bigotes y su imperante gesto.
Cuando Cánovas ocupa la presidencia del Consejo de Ministros, el gran Palacio Real, rico y legendario, adquiere su verdadera alma; mientras la honrada y buena reina extranjera recuerda, el pequeño rey juega, y la infanta Isabel, distinguida sportsman, monta a caballo, inicia fiestas o caza.
Cánovas es de la raza de aquellos fuertes ministros antiguos que eran verdaderos tutores de los reyes. Y ese andaluz de Andalucía, ese andaluz «andalucísimo», tiene un orgullo del peso de su talento.
Si no es cierta, es bien inventada la frase que se asegura dijo al rey Alfonso XII, en ocasión en que este monarca, a quien él había colocado en el Trono, le manifestó deseos de agraciarle con el título de príncipe que ostentara antaño el memorable Godoy: «No se preocupe Vuestra Majestad de eso. ¡Príncipes los hago yo!»
No es el tiempo ya en que la pobre francesa Isabel pasaba por las torturas de la más apretada e inflexible de las cortes, pero si hay algún país del mundo en donde la etiqueta sea conservadora y estricta, es en el país de Felipe II. Y Cánovas, gran cortesano y gran conservador, tiene el don que hace la fuerza de los hombres: el carácter.
En vida de Alfonso XII, Cánovas, en sus tiempos de gobierno, fué siempre el absoluto imperante.
Asimismo profesaba al joven rey un afecto profundo y una lealtad inquebrantable. A la muerte de Doña María de las Mercedes, y cuando la reina Doña María Cristina llegó a ocupar su puesto en el trono de España como nueva esposa de Alfonso, Cánovas fué grande amigo de la Reina desde el primer momento. Y el anecdotario de esa época es copioso. Y no es la nota menos saliente el excelente humor del hijo de Isabel II, que gustaba de la broma, alegre y atrayente Borbón.
Cuéntanse en la corte muchas de esas anécdotas que no sabemos si quedarán más tarde confirmadas por algún Saint-Simon de la época.
Entre ellas, esta: Cuando la reina Doña María Cristina llegó a Madrid, y fué esposa de Alfonso XII, no hablaba casi español, y lo comprendía muy poco. Su real consorte era su profesor.
Un día le dice ella: «Deseo saludar a Cánovas con una frase española que le agrade, cuando venga mañana».
—«Bien—dice Don Alfonso—dile sencillamente: ¡Qué chispero estás, Cánovas!»
Al día siguiente, el primer ministro llega y se dirige a besar la mano de la Reina.
Y ella, arrastrando las erres germánicamente:
—«¡Qué chispeggo estás, Cánovas!»
No se dice lo que contestó el andaluz, pero sí que Alfonso tuvo para muchos días de buen humor.
Cánovas vive en su mansión de La Huerta, como un potentado. Muchas veces se ha hablado de esa rica morada en donde vive el primer estadista del mundo actual, según opinan algunos.
Su serre es famosa, la biblioteca mucho más: todo el recinto es un encanto, y la emperatriz de todo eso y de D. Antonio además, es la dama elegante y vivaz a quien los amigos de la casa llaman concisamente «Joaquina»—doña Joaquina de Osma, una espléndida peruana, exuberante de vida, hermosa y culta, que habla el español con la erre parisiense. Cierto es que en las recepciones de Cánovas lo que más se oye hablar es francés.
En casa de Cánovas llama la atención de quien observa la profusión de los desnudos.
Entre tanto rico mueble y obra de arte, mármol, bronce, bibelot, el desnudo se impone. En cada salón os llamará la atención ese detalle.
Sobre todo, en el jardín, si os acercáis a una magnífica gruta, adornada de enredaderas verdes y frescas, en donde el agua cae y gotea armoniosamente, veréis una ninfa de tamaño natural, blanca, de mármol puro y línea admirable y de una gracia mastoidea y calipigia que os hará pensar en muchas mitologías.
Entre todas esas elegancias, la dueña de casa discurre llenando con su amable presencia y animando con su conversación los grupos de invitados en las recepciones.
En esas fiestas el talento del viejo Cánovas chispea.
Quien estas líneas traza, hale visto y oído entre un sinnúmero de personajes de distintas nacionalidades, con un tacto que revelaba la frecuencia de la vida cortesana y diplomática, hablar a cada cual de lo que más de cerca le interesaba, sin olvidar nombres, detalles personales, títulos de libro, cuestiones, anécdotas y toda suerte de asuntos. Y el viejo Cánovas, con la firmeza de quien conoce su poder, vibraba, iba y venía, tan lleno de una brava y contagiosa juventud.
En su mesa solía reunir, en la época a que se refieren las anteriores palabras, a algunos americanos. Sus preferidos eran el mejicano Riva Palacio, el argentino Quesada, el centroamericano de Peralta, y algún otro.
Siempre tiene extranjeros notables invitados.
Su mesa es de primer orden; aunque no iguale a la luculeana mesa de Castelar. Allí, al amor de los mejores vinos, se oye un alegre brotar de ideas, de ocurrencias, de alusiones, de anécdotas en que el anfitrión muestra toda su Andalucía, y doña Joaquina su Lima, su París y su Madrid. Y uno ve al vigoroso ministro, lleno de vida, con sus cabellos blancos, relampagueándole los ojos, gesteando como un dominador.
Y se explica que en el Palacio Real Su Majestad la Reina Regente se apresure a presentarle sus excusas después de un caso como ese de la salida al balcón.
Doña María Cristina no ha leído las cartas de Isabel de Francia.
20 mayo 1897.