JOSE PEDRO RAMIREZ
Es en la vida pública como en la privada, este gran repúblico uruguayo, como en su credo político y en el civismo que nos muestra en la historia contemporánea de su nación, algo suave que se desliza por senderos cercanos a vergeles revestidos de paz y de amor.
Obediente sólo a los deberes de su conciencia, alerta siempre a las naturales exigencias y necesidades de su patria, toda su existencia la encamina al cumplimiento del deber; y con facilidad traspasa, alta la frente, tranquila la mirada, todos los escollos de todas las miserias sociales por las que pasó, como tantos otros prohombres, como son concusiones, ignominias y hasta crímenes, que pudieron atajar su paso por la vida política.
Pero esto pasó ya, y obtuvo gallardamente sus reivindicaciones. Así, en cierta ocasión, el presidente Batlle, que por cierto estaba de él algo distanciado, dijo, para hacer callar a determinados murmuradores:
«A fin de que la actitud del Dr. Ramírez no se despoje de la majestad que le rodea, es necesario no se falte al más humilde de los habitantes de la República, y el que tal haga, o será castigado o derribará a dicho ministro, porque su política no es de mañas ni astucias, sino política de actitudes francas y decididas.» Cuando estalló la guerra civil, calamidad perniciosa que sufrieron la mayoría de las jóvenes repúblicas americanas, y después de varias tentativas para el restablecimiento de la normalidad, que, claro está, resultaron infecundas, se recurrió a él, como caso extremo. Enfermo como estaba, prometió su decidido concurso, y lo cumplió con sagacidad y fe. Salió, pues, a través de campos verdes, que bien podían simbolizar para él esperanzas; enarbolaba la bandera de paz, y a poco de comenzadas las negociaciones, por doquiera que pasaba, surgían los vítores y saludos; y los labradores abandonaban las armas y tornaban a los aperos, y las mujeres y los niños agitaban sonrientes sus pañuelos en señal de albricias. Al encontrarse con un regimiento mandado por Mesa, los bravos soldados, estimulados por sus jefes, levantaban sus quepis y le saludaban, como debe saludarse a un varón bienhechor, porque ya todos, militares y revolucionarios, el pueblo entero, parecía aspirar al consuelo de la paz.
Pero anotad esto también. Más tarde ¡acaso seis años después! la República hierve nuevamente en otra guerra civil; y de ahí a poco, el Sr. Ramírez es de nuevo requerido. Noble y lealmente, lleno de bondad y bríos humanos, se lanza a calmar el estallido que amenaza.
La labor es más costosa, su gestión más ardua; pero al fin logra vencer dificultades, y si hubo de luchar por conseguir el éxito, mayor es la gloria que, como nimbo, corona sus esfuerzos; y mayor es la ansiedad pública, por explotar de júbilo ante el hombre ya dos veces benemérito de su patria.
Y es de ver en esta ocasión, como en la pasada, al pueblo de todas las ciudades que corre a amontonarse a su encuentro, vitoreándole, abrazándole, atropellando a éstos los otros que les siguen; y cómo desde las terrazas y azoteas, en aceras y balcones, no se ven sino flores que caen a su paso y llenan su coche, ni se oyen más que palabras gratas, llenas de sonoridades, que celebran al mensajero de la concordia.
El Dr. Ramírez presidió en 1886 el ministerio de la Conciliación. Nadie como él ofreció testimonio más alto de patriotismo e integridad. Desde entonces, su nombre es popular, su prestigio aumentó, y su moralidad fué saludable. Pues, ¿quién pudo añadir al ardoroso ímpetu que señalan sus grandes entusiasmos iniciales, la serenidad equilibrada y heterogénea que se sobrepone al espíritu, al contraste en la lucha?
Fué periodista, y en el periodismo pasó la parte más agitada de su existencia; y las páginas más intensas de la vida nacional uruguaya nacieron de su pluma.
Por esto pláceme mucho, en ocasión en que acaba de ser glorificado por su patria, ofrecer al prestigioso representante del alma de su país, a esa figura respetable y respetada, ajena en la actualidad a las pasiones del momento, un homenaje, la confirmación del reconocimiento de tan gran patricio, cuyos títulos cívicos y méritos intelectuales y morales testifican su personalidad política y bienhechora en la República Oriental del Uruguay.