CASTELAR
No hace mucho tiempo he hablado de mi entrevista con Castelar. Debía ser la última. Ya reposa en San Isidro, junto a los huesos de su hermana. Su caída ¡buen roble! conmovió al mundo. Cuando le vi, cuando le hablé por la postrera vez, ya estaba señalado por la Intrusa, pálido, enflaquecido, viejo, él que fué todo juventud y vida. Partió al imperio silencioso de lo no sabido, después de haber clarineado su verbo de poeta de las multitudes hacia los cuatro vientos del espíritu. Y España queda hoy sin su representativo emersoniano, sin el hombre noble que fué en su siglo lengua y gesto de su raza, como Italia sin Garibaldi, Inglaterra sin Gladstone, Alemania sin Bismarck y Francia sin Hugo. En su tierra ardiente y sonora fué el crisostómico parlante y el caballero de su ideal. Ahí queda la inmensa Mancha democrática por donde cabalgó en su pegaso-rocinante; ahí los molinos de viento, ahí las armas de su lírica grandilocuencia, que nadie moverá; ahí Dulcinea, sin más enamorado verdadero que el frío y analizador Pi y Margall. Español de España, español netísimo, con toda España en el corazón y en el cerebro, era la concreción del orbe cervantino; en el generoso combate de su ilusión no se ocultaba Don Quijote; como Sancho mismo, no dejaba de comparecer en su célebre buen apetito. Cuéntase que Taine en una ocasión, al verle en la redacción del Journal des Débats, preguntó desdeñoso: «¿Es ese el famoso canario español?» Cierto, un alma de pájaro de Floreal, como el ruiseñor Lamartine, pero a quien no faltaba la fuerza para la realización de obras enormes, así la libertad de los negros de las Antillas. Quedará en los siglos el recuerdo de esta singular figura en el décimonono la más alta de España entre las altas de la tierra; y aparecerá, a medida que el tiempo vuelque su urna, rodeado del resplandor que tan solamente ofrece a los preferidos suyos la divina Poesía. Fué uno de los más potentes órganos de la Humanidad. Por su boca habló el espíritu de su patria, y, siempre en obra de bien, si algunas veces no le prestó su apoyo la Verdad, jamás dejó de escudarle con sus alas mágicas la Belleza. Sus mismos errores caían vestidos de púrpura. Era el apolonida de la Democracia, el decorador de sus ambiguos y confusos laberintos. Hermosa llama latina, de esas llamas guías de pueblos que el Sol de Dios enciende en las naciones para que señalen los saludables rumbos, o para que a su rededor se junten los hombres y realicen hechos grandes. Aquella alma venía de Atenas, cuando fué a encarnarse un día en la fenicia Cádiz; venía de Atenas, después de haberse impregnado de Oriente; de este modo explico la pompa asiática de su discurso y el amor a las bellas líneas, la pasión pitagórica de los celestes números y el imperio de la música bajo el cual hacía galopar sus cuadrigas de ideas y sus tropas de palabras. En su huerto, junto a las flores andaluzas, se alzaba un esbelto y reverdecido plátano, rama un tiempo del que movieran las brisas de Academo, mientras fluía, como el agua de la fuente de mármol, la doctrina platónica.
La obra, que fatiga en su masa, es como un inmenso museo, que hay que admirar por fragmentos: ya un fresco vasto, ya una estatua del más blanco pentélico, ya un bajo relieve, en que las frases van como ordenadas teorías de graciosas jóvenes o danzantes efebos. Fué un gran cultivador del entusiasmo. Y si ya en los postreros años de su existencia tuvo alguna vez que padecer tristezas y decaimientos, para morir, viejo gladiador, supo esculpir su última actitud en el discurso que cierra la diluvial serie comenzada el 1854 en el Teatro de Oriente, discurso en que volvió a surgir su elocuencia empachada y sonora, para mostrar el camino que hay que seguir, según su entender, a los partidarios de la República. Su elocuencia cautivó a las generaciones que escucharon el decir de sus labios de oro. Se recuerdan sus discursos como hermosas manifestaciones de la Naturaleza, inusitados iris o boreales auroras: «Yo le oí tal año». «Yo en tal otro». En el tiempo de su aparición, el principio democrático era lo más avanzado, lo más atrayente para los espíritus libres, la fórmula del progreso. Él se consagró por tal manera, y con pasión tanta, que al saber su muerte, los españoles demócratas no han podido menos de exclamar: «¡La democracia ha muerto!» A aquel inconmovible individualista no pudieron ganarle los mirajes aurorales del movimiento social de estos últimos años; y discurso suyo hay en que combatiendo al socialismo, maravilla su esfuerzo de soñador, al resonar delante del muro de la verdad la suntuosa orquestación de sus líricos argumentos. Porque, ante todo, fué el orador, el hombre que convence encantando, o que, aunque no convence, canta y encanta. Parecía que, como en lo antiguo, un flautista maestro acompañase sus oraciones, tal era la melodiosa geometría, el hilo armónico, la sucesión de ondas verbales regidas por un compás, en la musicalidad de los giros; y él propio se escuchaba como deben hacerlo las aves de más fino canto y los poetas orgullosos de haber visto cuanto es crespa y dorada la crin del Dios de arco de plata. No olvidaré una noche, en una recepción dada por doña Emilia Pardo Bazán, a los delegados americanos a las fiestas colombinas, el año de 1892. Castelar había concurrido, y como en todas partes en donde Castelar estaba presente, un corrillo se formó alrededor suyo, en uno de los salones. Nadie hablaba, fuera de Castelar, porque es sabido que en su presencia el primer deber era la atención. El tema de sus palabras se relacionaba con la oratoria, y vino él a recordar a este propósito a los distintos oradores que había oído en su vida. Y como su excepcional memoria estaba siempre lista, ilustraba sus recuerdos con citas y fragmentos de discursos. Así nos pintaba a Gambetta, de tal guisa que le veíamos encarnado delante de nosotros, y luego decía una parte de un discurso de Gambetta, a Víctor Hugo, y luego decía un trozo de discurso de Víctor Hugo, y así de varios oradores extranjeros. Después llegó a los españoles, y comenzando con Ríos Rosas, recorrió buena parte de la lista de bravos oradores con que cuenta este país de varones verbosos, explicando sus maneras y facultades hasta llegar a él mismo, y entonces se nos transfiguró momentáneamente, se nos presentó con sus atavíos reales. Y a pedido de un amigo circunstante, trajo a su memoria una parte de su célebre discurso del 12 de abril de 1869, pronunciado en ocasión famosa, y que hizo pensar a su propio contrincante el cardenal Manterola si no tendría ante sus ojos un nuevo Saulo. Aun veo los ojos iluminados y la mano como guiando el período: «Grande es el Dios de Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo: «Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso: y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis en vuestro código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres». Se recordarán sus discursos célebres, en lo futuro, como hoy las históricas arengas de Demóstenes; desde el primero en que se presentó como aeda y paladín de su amada Democracia, hasta el último en que ya para morir, apóstol consecuente, dejó su disposición testamentaria de política, fiel a su credo republicano; señalada la larga carrera por las innumerables brillantes estaciones, entre las que más resplandecen el discurso en favor de la libertad religiosa, que es el de la redención de los esclavos de Cuba, y al cual se refería cuando oí de su boca la frase admirable: «Yo he libertado a doscientos mil negros con un discurso»; el del sufragio universal, de ágil y elástica dialéctica; el de la entrada a la Real Academia de la Lengua, lección colosal de un lirismo cósmico; el de París, en la Sorbona, cuando los estudiantes le recibieron con el aplauso clásico, como a un nuevo Lulio.
Lejos la oratoria amartillada de los hombres del Norte, en la suya reventaba como una rosa de color perenne el sol Meridional; suya era la profusión y la riqueza latinas, y nunca se escuchó, en lo inmenso de los siglos, más rítmico y sonante torrente en cátedra o tribuna. Los franceses, tan parcos con lo extranjero, le admiraron y celebraron, en su francés claudicante, o en el español de bronce y plata que no comprendían al oirle. ¿Qué importa que dijese, como en una ocasión: La France, cette «belle sœur» de l'Espagne? Tras la sonrisa del oyente venía la tempestad de la ovación, pues el orador soberano triunfaba contra el mal políglota. Hugo le tenía en su alto valer, y sabida es la anécdota en que el César de los poetas le ofreció, al sentarse a su mesa, una silla imperial: «Os he señalado esta silla, en que se sienta siempre D. Pedro del Brasil.—¡Pues no me siento!»—respondió Castelar, fiel hasta en esto a su idealizada Aldonza Lorenzo. Nuestro compañero Ladevese cuenta las acogidas respetuosas y afectuosas, en casa de madame Adam, de Cernuschi, de la Rattazzi, las intimidades con políticos como Thiers y Gambetta y Julio Simón. Francia, como el mundo, veía en Castelar la encarnación de España; de la España caballeresca e idealista, hidalga y pintoresca. Oxford quiso escucharle, invitó a su «doctor» honorario para que fuese a dar conferencias, y él declinó la honra. A América pensó ir en varias ocasiones, pero, por desgracia, se cumplió lo que yo decía en 1892: «Castelar no irá nunca a América». Y en América quizás más que en parte alguna, su palabra resonaba como una campana de gloria. Los yanquis le avaluaban abiertamente: si la Libertad de Bartholdi tiene la antorcha, Castelar «tenía la palabra». Sus discursos niagarescos fueron más de una vez por el cable; los magazines no le quitaban la mira y los dólares venían sin regateo. En nuestra América de lengua Castellana, no habrá pueblo o villorrio donde no haya llegado su fama. Creo, sin equivocarme, que en la República Argentina hay una colonia o villa que lleva su nombre. Y él amaba a la América nuestra, agradecido. Es el momento de manifestar cómo fué para ese continente gran parte de su producción, ya en tiempos de destierro penoso, ya en el apogeo de su existencia, tan solamente interrumpido su trabajo cuando se excusara con la dirección de los diarios de que era corresponsal, por verse obligado a suspender la labor «a causa de tener que ocupar la presidencia de la República española»; y cómo tenía en el recuerdo de su gratitud a La Nación, de Buenos Aires, y al Monitor Republicano, de Méjico, entre todas las publicaciones que fueron honradas con su colaboración. Y América toda fué con él siempre simpática, a pesar de aquel resentimiento memorable, cuando el político lírico quisiera ser político práctico y pronunciara la trascendente frase: «Antes que republicano soy español». Pues fué siempre el levita fanático, inspirado ante el fatal resplandor del ídolo Patria; y a la suya salvara, como se observa justamente después de la reciente catástrofe, en ocasión en que ejerciendo la presidencia de la República, estuvo en un cabello que no se rompieran las relaciones entre España y los Estados Unidos por la cuestión del Virginius. Jovellar estaba en Cuba y se resistía a la entrega del apresado barco norteamericano, después de los fusilamientos de cubanos y yanquis que tripulaban la nave revolucionaria, y entonces fué la palabra de Castelar, jefe del Estado, haciendo entender al general «que en España nadie comprende que, ni en pensamiento, se resistan a cumplir un compromiso internacional del Gobierno, y no comprende que quiera ser Cuba más española que España. Una guerra con los Estados Unidos sería hoy una demencia verdadera, y aunque fuera popularísima la guerra, para esto están los Gobiernos, para impedir la locura de los pueblos. Recuerde V. E. lo que hizo Thiers cuando los franceses gritaban: ¡A Berlín!; demostrarles que la guerra sería un desastre. Y ahí se ha capturado un buque en alta mar, se ha fusilado españoles y extranjeros, sin esperar a conocer el espíritu del Gobierno central, que preveía grandes catástrofes, y ahora se quiere cometer la última demencia desobedeciendo al Gobierno nacional. Todos los argumentos de los Estados Unidos consisten en decir que España no manda en Cuba, y van ahora a confirmar ese argumento. No se puede discutir un acto del Gobierno. Hay que obedecerle. Inflúyase en la opinión; tomándose las debidas precauciones, entréguese el Virginius y la tripulación superviviente, de la manera que menos pueda herir el sentimiento público, pero entréguese sin dilación ni excusa. El mayor servicio que puede prestarse a la Patria, es obedecerla ciegamente. No mencione V. E. la dimisión mientras no estén cumplidas las órdenes del Gobierno. Cúmplalas con rigorismo militar. Y no se vuelva a hablar de Bayona: allí hubo reyes traidores que vendieron la Patria al extranjero; aquí hay patriotas que quieren salvarla de las locuras de ahí, avivadas por una incomprensible debilidad». Esto fué en 1873. Cuán distinto veinticinco años después el criterio de un Gobierno de hombres útiles que llevó al país a la derrota, al vencimiento y a la mutilación, del criterio de aquel «poeta» que libró a España de un peligro seguro y supo ser en sus obras y en sus sueños el primer patriota, el primer español de su tiempo, el más español de los españoles. Porque desde su Patmos, desde su Guernesey, desde su nube, desde su trípode, sabía ser certero en su vistazo aquilino. No era tan iluso cuando dió su flecha tantas veces en el blanco, cuando llegó bizarramente a la primera magistratura del Estado, y cuando ya en su vejez, al ver con desilusión que su república cuasi platónica no correspondía a su himno incesante, se retiró de la lucha, no sin antes declarar su invariable fe en el ideal por toda su existencia perseguido y su ningún contacto con la monarquía. Jamás habló a la Reina Regente. Cuando murió su hermana, a quien él amaba tanto, la Reina le envió su pésame. En San Sebastián un día se encontró frente a frente Su Genio con Su Majestad. Su Genio se quitó el sombrero y saludó. Hubo demócratas que murmuraron. ¿Quienes fueron esos hidalgos que por tan mal lado tomaban la democracia? Aquel caballero creía en la caballerosidad. Creía en la Patria. Creía en Dios.
En el liberal, en el hombre de «la fórmula del progreso» había un creyente. Jesucristo aparecía a sus ojos a través de sentimentales vitraux en que estaban representados su España portadora de la cruz y su infancia doméstica: la buena madre, quien a la continua es nombrada por él como origen de sus creencias religiosas. Cuando habla de asuntos de religión, su órgano se desborda en los más augustos magnificat, o en los más profundos misereres. Sus conferencias sobre la civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo, su Redención del esclavo, muchos de sus discursos, son la glorificación cristiana expresada por incesantes fervientes ondas de vocablos, de frases, saturados de un cálido misticismo, de un misticismo español. Casto como era, se pensó alguna ocasión en que, cuando cansado de las fatigas de la vida civil quisiera recogerse en el reposo de su espíritu, se ordenaría sacramentalmente. Y aun él mismo, al admirar un día cierta antigua casulla de la Catedral de Avila, dió a entender, con un decir, que no andaban muy en error los que tenían ese pensamiento. Un poeta de América publicó una vez un futuro sermón de Castelar en San Pedro de Roma, que al orador hizo amablemente sonreír. No hace mucho tiempo su entrevista con el Sumo Pontífice avivó la general curiosidad; y él propio confesó ser la conversación con el Papa de hondo interés, pero que no estaba autorizado para publicar nada de ella hasta después de la muerte de León XIII. Y él ha muerto antes, besando un crucifijo. El Papa blanco ha podido todavía autorizar que se hiciesen, a pesar de la liturgia, honras fúnebres a su interlocutor ilustre, en San Francisco el Grande, con todo y ser las honras el día de San Fernando.
En la religiosidad de Castelar hay algo de profano como en la religiosidad de Murillo. Sus pinturas de las gracias divinas son como las pinturas de aquel pintor coloreadas de cierto sensualismo, que en este caso se agrava con la castidad sabida del imaginativo artífice de la palabra. Al pintar una virgen se nota en su verba cierta complacencia humana, y sus ángeles imaginados en la gloria o juzgados en los cuadros de los Museos, semejantes a esos ángeles voluptuosos que animara Goya en sus frescos de San Antonio de la Florida, nos parecen mujeres hechiceras, tan carnales como espirituales. La castidad de Castelar, bien sabida y explotada por los bufones de copla y lápiz en las enemistades de la política, fué uno de esos casos de absorción cerebral en que todas las facultades humanas se condensan en la obra del pensamiento; casos como el de Juan el del Apocalipsis, que Hugo ha rememorado en página que no perece. ¿Qué unión, qué matrimonio no habría podido efectuar este dueño de la fama? Célibe y casto vivió, célibe y casto murió. Y aquí es de recordar al paso al hombre privado. Supo pasar buenos años hermosamente, como debe vivir antes que nadie todo artista aristocrático. Se le tacharon alguna vez sus lujos y grandezas, sin saber que aquel hombre vivió siempre de su trabajo apenas ayudado por la fraternal simpatía de señalados amigos; y que si se regalaba con ciertos lujos, no cabía en ello vanidad ninguna, sino la comprensión de la estética de la existencia, la cual tiene obligación de procurar, quien como él poseía, como adorador y sacerdote de la belleza, el don incomparable del gusto. Los que fuimos favorecidos con la invitación a su mesa, sabemos lo que Luculo comía en casa de Castelar. Tenía en esto, como en otras cosas, una cualidad eclesiástica. Comía con el gusto de un monsignor y con el apetito de un abad. Tenía la amable costumbre que Quincey nos revela de Kant; siempre había invitados a su mesa, y, siguiendo la regla de lord Chesterfield, el número de los que se sentaban, él comprendido, no era nunca inferior al de las Gracias ni superior al de las Musas. Y el mejor condimento era su charla monopolizadora del tiempo, a la cual ayudaba su memoria única con el más copioso anecdotario que sea posible imaginar. Después en su salón, al conversar, según fueren los asuntos, se dejaba llevar de su fuga tribunicia, y sus palabras se convertían en párrafos de verdaderos discursos; y su vibración era contagiosa, y él se trasladaba en un salto invisible, fuera del momento. Cuéntase que un día aconteciole encontrarse en molestos apuros de dinero. Era en invierno y la chimenea estaba encendida, como su conversación, sobre un asunto político, delante de varios íntimos. Llega una carta de América, con una letra por mil duros. Grata sorpresa que interrumpe un instante su hablar. Pero continúa, con carta y letra en la mano; el discurso, a poco, se precipita, y con una frase rotunda y un gesto supremo, carta y letra hechos nerviosamente una pelota, ya están ardiendo en la chimenea. Otra vez hizo aguardar largas horas a un personaje político, cuya presencia en la antesala se le anunciaba repetidas veces, porque le tenía asidos lengua y pensamiento una disertación sobre Botticelli y los primitivos. Y de la casa en que aquel obrero tenía el obrador mental puesto para servicio de tantos diarios y revistas del globo, salía mucho bien, mucho favor personal, mucho consuelo a los pequeños, apoyo intelectual a quien lo necesitaba, consejo o aplauso, y la ayuda eficaz al pobre que le pedía, pues entre los humildes como entre los grandes, entre las palmas y lauros sobre los cuales sobresalía su calva cabeza pensadora, resplandecía la virtud moral de aquel hombre sencillo, de aquel corazón bueno.
Por eso su muerte ha causado un doloroso estremecimiento en España entera, paralelo al estremecimiento simpático del mundo. Había ido Castelar a buscar vigor a la orilla del Mediterráneo—el mar tantas veces cantado en sus hímnicas proas—; había ido después de su último esfuerzo en la arena política, cuando los republicanos le rodeaban como al hombre fuerte de las pasadas campañas, creyendo ver en él la salud de la patria hoy tan maltrecha y extenuada. Pero así estaba el tribuno, el que sufrió tanto con el gran desastre, y que sintiendo llegar su última hora, comunicó en una carta a una amiga extranjera: «Muero con la agonía de España». Una tarde, a la orilla del mar, ve a unos pescadores y se acerca a ellos. Los peces que se asfixiaban saltando sobre la tierra, fueron para él triste impresión: «¡Si iré a morir como estos peces, faltos de oxígeno!» Y así murió. Al día siguiente de la noticia, mientras el pueblo de Madrid comentaba ya la actitud de un ministro incorrecto y falto de seso, cerca de la Puerta del Sol tuve una sensación que jamás se borrará de mi memoria. Un ciego, de esos que aquí andan por las calles pidiendo limosna, improvisando coplas de actualidad al son de sus lamentables guitarras, cantaba en tono doloroso delante de un círculo de transeúntes que aumentaba a cada paso. Por curiosidad me detuve, al oir en el canto el nombre de Castelar. El pobre coplero del arroyo, en versos muy malos decía cosas sentidas y húmedas de llanto sincero; y aun no sé qué arte singular hacía coincidir su pena con el decir ingenuo, el acompañar de las cuerdas afónicas de aquel instrumento imposible. Cuando volví la vista, las mujeres lloraban; los obreros tenían las caras serias y tristes. Y la maligna política apareció, con el instinto popular que sabe soltar su avispa certera para que pique en donde se debe, con estrofas como ésta que recuerdo:
Don Emilio Castelar,
Que toda Europa conoce,
Quiso Dios que se muriera
Antes que abrieran las Cortes...
En la puerta del Sol, en los cafés, en las calles todas, el rumor se acentuaba contra el Gobierno y en especial contra el ministro de la Guerra, general Polavieja. Se acababa de publicar un decreto absurdo en que se leía: «Resultando: que D. Emilio Castelar ha muerto en honrada pobreza;—Artículo 1.º, los gastos que ocasionen su enterramiento y honras fúnebres, serán de cuenta del Estado». Así, frío como un compromiso, duro como una limosna. ¡Y esto en el país de las prosopopeyas y fórmulas, en la tierra de «Beso a usted la mano» y donde para nombrar a un ministro con sus títulos, se llena un medio pliego! El pueblo irritado no contenía sus censuras. ¡En aquellos momentos, las Cámaras italianas y portuguesas enviaban su pésame a ese mismo Gobierno mezquino; el Senado de la República Argentina se ponía de pie; el autocrático Gobierno ruso manifestaba su pesar; el Instituto de Francia lamentaba a su ilustre miembro; la Prensa de la tierra se enlutaba, el pensamiento universal estaba de duelo! Después se supo que Castelar no tendría honores militares; que se había prohibido a los artilleros reunirse para tributar homenajes al organizador del Cuerpo de Artillería, al antiguo presidente que tanto hizo por el ejército; después, que se autorizaba a los generales que quisiesen concurrir, para que lo hiciesen con traje de diario y con banda. La Prensa cumplió con su deber. Se habló claro; se dijeron verdades al rojo blanco. Entretanto, el cadáver de Castelar llega a Madrid en doloroso triunfo; y se deposita en el palacio del Congreso. Allí desfiló el pueblo, en homenaje último al gran pastor de multitudes; por allí pasó, entre tantas gentes, el ciego que yo oí cantar y de cuya visita al cadáver habló El Liberal. Pues le preguntaron al verle con su guitarra bajo el brazo, con sus ojos sin sol: «¿Para qué vienes, si no has de verle?» Y él contestó: «¡Por mí le verá mi lazarillo!» ¿Y el obrero humildísimo que llegó con su hijita de luto, la cual llevaba un pequeño ramo de flores, y pidió permiso para ponerlo sobre el féretro, entre tanta monumental corona?
Y llegó el entierro. Fluía en el ambiente de la tarde la dulzura de un cielo de acuarela. Madrid se desbordaba como un hirviente vaso. Suspendida la circulación por las calles que debía recorrer el fúnebre cortejo, la concurrencia se aglomeraba, los balcones se tupían. La calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor estaban inundadas por el río humano. Desde temprano se esperó por largas horas. Por fin apareció a lo lejos el pelotón azul de la Guardia civil de a caballo. Se abre paso entre el espeso gentío, y comienza el desfile. Van, precediendo, las profusas coronas; se destaca la de El Liberal, enorme y negra, sobre un fondo de seda blanco; van los recogidos del hospicio y del asilo de San Bernardino; los grupos de varias asociaciones; los comerciantes, numerosos; la Academia de la Historia, el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes; ahí distingo a Núñez de Arce, pálido y como nervioso; ahí va la barbilla canosa de Zapata, junto al músico Bretón; allí Echegaray, con su aire enfermizo y gastado. Ahí el todo Madrid de la celebridad: periodistas, artistas, sabios, académicos. Y el clero, de sobrepelliz, anunciado por la manga de la parroquia, embudo negro y oro. Y ahí va Castelar muerto, en su carroza severa. Todo el mundo se descubre, todo el mundo le da su último saludo. Sobre el féretro no se ve más que un aislado ramito de flores... ¡es el ramito de la niña del obrero! La guardia de honor sigue, de soldados de la Civil. De pronto se oye entre la muchedumbre: «¡Bravo! ¡bien!» Son los militares que vienen, a pesar de la mezquindad ministerial. ¡Bravo! ¡Bien! Es el penacho blanco de Martínez Campos, el último gran guerrero, que asiste de toda gala; es Weyler, que viene sin penacho, pero acorazado el pecho de condecoraciones y medallas, Weyler, de fama terrible, pero que hoy se conquista por un momento las simpatías, pequeño, acerado, ceñudo, apretada y reveladora la saliente mandíbula. ¡Bien! ¡Bravo! Son los penachos, son los entorchados, son los uniformes de otros tantos generales, de innumerables jefes y oficiales que honran a Castelar a pesar de todo; es la comisión del Cuerpo de artilleros, que lleva su ofrenda. ¡Bien! ¡Bravo! Es España la antigua que aplaude a las espadas que no han echado en olvido la hidalguía. ¡Viva España!
Y pasan más comisiones y los diplomáticos, llenos de oro, entre los cuales resaltan el Nuncio y el embajador de China, vestido de seda, con su botón de cristal y su pluma de pavón. Y luego la presidencia del Consejo de Ministros, y la Guardia civil que cierra la procesión, y detrás aún más gente, y más gente. Y el murmullo general se acentúa contra quienes no han sabido honrar la memoria del más grande de los españoles de su época, a quien sus mismos enemigos tienen una palma que ofrecer cuando va camino de la eternidad, a quien no ha habido una sola lengua española que no haya consagrado una palabra de admiración, como al hijo que mejor supo sobre la faz del universo, honrar a su madre patria. Y quienes han herido a esa amada patria con rencores inauditos ante el cadáver de aquel que supo combatirles frente a frente en su vida gloriosa y nobilísima, son los mismos que han contribuído a la desgracia nacional por degenerados o débiles, o ciegos instrumentos de errores y desidias; son los que han vuelto de la derrota con pasmosa frescura y a quienes una voz, harto elocuente en el Congreso, condenó a ser ahorcados con los fajines de sus uniformes... Militaribus curis et severitate morum... ¿No era Castelar tan gran admirador de Tácito?
Siendo la oratoria casi un arte teatral y basado de manera principal en dotes físicas que el tiempo va aminorando poco a poco, el Castelar de los últimos años no era sino el reflejo del de las pasadas victorias. Decía él mismo en un discurso no hace mucho tiempo: «Por esto los oradores se acaban, por la misma razón que se acaban, cuando no hay guerra, los héroes. Por esto nuestra imaginación se amortigua, nuestro entendimiento se atrofia, las en otros tiempos armoniosas cuerdas bucales marran, el estro lírico plega sus alas, el acento conmovedor concluye; pues, implacables, la sociedad y la naturaleza destrozan en sus inmensas y complicadas máquinas a todos aquellos seres que ya no les sirven para cosa ninguna, y que no han de cumplir fin alguno en el plan histórico de la Providencia». Pero desde los umbrales de la ciudad oscura podía él volverse y contemplar la obra que queda fuera de aquella que tenía la vida de un eco, basada de manera exclusiva en lo sonoro de su perorar, en lo arrebatador de sus actitudes o en la cascada de sus alientos; es una serie de edificios de maravillosas arquitecturas construídos en su república, sobre sólidos terrenos o sobre montones de arena movediza, o apoyados apenas en el aire en que flotaban los colores y las líneas de su fantasía; o paisajes, frescos cíclicos de las luchas de pueblos y Gobiernos, de ideas y de hombres en el continente europeo, en América, en Asia, en Africa; o cinceladas alhambras, kioscos de capricho, o preciosas loggias que improvisaba por deleite de arte; o la novela que le resulta vasto poema en prosa; o la historia que le resulta himno multiplicado, o la semblanza de personaje o boceto de idea que le resulta oda fascinante; o el gran poema en estrofas de prosa, a ondas o a bloques, métrica ciclópea; o la villa de mármol y de riquezas antiguas que labra con sus recuerdos de Italia; o el monumento de mármol también, a Byron, y cien estatuas, y mil bustos, y un millón de camafeos, todos al amor de un jardín singular en donde mueve el viento armoniosos laureles griegos y robustas encinas romanas. Y aquel idealista, aquel optimista, no ha partido contemplando sobre el mundo nubes de color de rosa que presagien un día de dicha y de tranquilidad, antes bien muy negros, muy amenazadores nubarrones, mientras se reúnen y deliberan los congregados de la paz en La Haya. Su último artículo que ha publicado el Temps hace ver a Francia poco favorable a un olvido de sus rencores con Alemania; a Alemania, más militarizada cada día, sin permitir el menor menoscabo en su preponderancia; a Inglaterra y a los Estados Unidos en un acuerdo tácito para imponer en el globo la hegemonía de los países de lengua inglesa. Y concluye: «El descontento del Gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krúger y la dictadura del desequilibrado Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines en Austria; el movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la Exposición de 1909 no tendremos ni una hora de paz, y elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes». Y al finalizar bendice, a pesar de todo, el Congreso de la paz.
En la única, en la eterna, en la que todo entra, en la infinita, ha penetrado el prodigioso príncipe de la elocuencia castellana, el estupendo artista de la idea escrita, el predicador de la libertad. El «canario» de Taine ha volado como un águila. ¿En qué roca celeste se detendrá, para que su alma diamantina y pura, en la libertad de la muerte tome un rumbo nuevo, bajo el viento de Dios? España le levantará un monumento de mármol y de bronce; su nombre irá resonante por el tiempo como un orbe de oro. Un tiempo quizá llegue en que su espíritu se regocije, desde la sombra de su misterio, al ver florecido en una inesperada primavera su ideal. Figuraos una ciudad, Walhalla o Jerusalén de las almas soberanas que giraron por la tierra, actualmente cumpliendo con su misión semidivina, ciudad de héroes, de artistas, de santos, de sabios y de poetas, los genios de la fuerza, los genios de la belleza, los genios del carácter y del corazón, los genios de la voluntad. En un aire de luz cruzarán las ondas de los pensamientos como en una electricidad suprema. La personalidad que subsiste no obstará a una comunidad de gloria ambiente. Pues bien, yo me imagino a nuestro bueno y grande Castelar en el coro magno de esos inmortales sintiendo en un instante del futuro como una voz que le da al oirla un nuevo esplendor, una inesperada voz de la tierra que llega a conmoverle a lo infinito. Será cuando España haya vuelto a alzar la cabeza como en días antiguos, poseída del orgullo de su fuerza nueva, de las palpitaciones de su nueva sangre. Junto a los boscajes de ensueño de esa sublime ciudad, Jerusalén o Walhalla, los pensadores y los soñadores siguen en progresiva ascensión, construyendo las fábricas de sus cálculos, los palacios de sus fantasías. Me imagino en esa hora del Señor, que el lírico tribuno sonríe al escuchar en lo eterno, del lado de la tierra, del lado de las columnas de Hércules, algo semejante a una salutación y a un trueno: un rugido.
Platón.—¿Qué es eso?
Castelar.—¡Es mi león!
30 mayo 1899.