LEOPOLDO LUGONES
He visto los comienzos de este otro y americano Spectacle magnifique. Enorme suma de condiciones geniales apoyadas por la más potente y sana voluntad. Encontrábame en lo vivo de mi sabida campaña intelectual, en la querida gran ciudad de Buenos Aires, cuando un día se presentó en nuestra vibradora hermandad del Ateneo un joven que, al mostrar sus credenciales rimadas, fué considerado ya triunfante. ¡Un astro! nos comunicamos todos, con el gentil entusiasmo que allí animaba a coetáneos y menores. Nuestra unanimidad vaticinó cosas grandes. Para saludar tal orto escogí la más sonante y dorada de mis trompetas. Y todas las previsiones tenidas se han ido cumpliendo. La obra de Leopoldo Lugones es, según la expresión de uno de sus críticos, vasta y bella como una creación natural, o bien, como una vasta serie panorámica de montañas. En verdad, las que han atraído mayormente en esa encantada cordillera, son, por el brillo de sus cumbres, por la riqueza de sus entrañas, por más de un misterio cabalístico, o miliunanchesco, las montañas del oro. Fijaos bien en las otras alturas: hay amontonamientos de rocas, entre las cuales históricas ruinas; hay colinas fértiles, con pequeñas ciudades, jardines y quioscos de arte; hay aglomeraciones de fábricas con chimeneas y casas de veinte pisos como las de los yanquis; hay intrincadas y sabias arquitecturas, y abajo, la extensa pampa con sus bíblicos ganados. Pero las Montañas del Oro, que conocen bien tan sólo los simbades del castellano, montañas que consagrará la primavera, y en donde tiene su palacio la juventud, digo en verdad que atraerán siempre a todos los buscadores de milagro y cateadores de poesía. ¡Aureo, bravo, caro Lugones! Vigoroso por temperamento, nutrido de los mejores saberes y remiso en toda aplastadora apretura escolar, desde muy temprano supo aprovechar el don, rarísimo si se mira bien, de la autocomprensión y valorizamiento propio. Tal, por mayor suma de aristocracias, se denunciara anarquista de los más encendidos. La violencia del color—¡Aplaudido sea el profeta!—fué con el tiempo comida por el sol, no sin que hoy subsista el nato combativo caza-coronas y amigo de la República francesa, a pesar de las Españas ancestrales.
Antiguamente decían
a los Lugones, Lunones,
por venir estos varones
del gran castillo. Y tenían
de Luna los sus blasones.
Su genealogía mental—¡por Dios, siempre descendemos, o ascendemos de alguien, y ha existido el Adán literario!—¿le emparenta con cuáles antecesores? Pero ningún espíritu encuentro más fraternal para el suyo que el de Edgar Poe—tanto en todo va buscando su equilibrio nuestra balanza continental. ¿Mas, a donde no llega la vista, a cualquiera de los puntos cardinales que se dirija, desde la cumbre de sus montañas?
Listo para todos los combates, apolíneo, hercúleo, perséico, davídico, ello transmutado en sangre neomundial, su iniciación en la orden del Arte, queda como un acontecimiento en la historia del pensamiento hispanoamericano, y no es uno de mis menores orgullos el haberme tocado ser, en días floridos, Anquises de tal Marcelo.
Todo conquistado: renombre, respeto y consideración en los propios patrios sanedrines, admiración y afecto entre sus iguales. Todo, hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos la verdadera comprensión de ciertas cosas suyas al lado de las cuales se ha pasado sin penetrar lo que dentro se contiene. Mas, ¿desde cuando es comunicado a todos el sckiboleth?
La obra primigenia de tal héroe, cuyo análisis sea para estudiosos y minuciosos críticos, háceme pensar en las adolescencias proféticas, en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores, sino en el bosque entre los leones. Hay allí, sobre todo, un infuso conocimiento de cosas inmemoriales que se ha transmitido a través de innúmeras generaciones, y que hace vagamente reconocerse, apenas, con algún rarísimo contemporáneo, en un rápido choque de miradas, o en la similitud de interpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.
Ya en la tarea de ideas, revélase la inagotable mina verbal, la facultad enciclopédica, el dominio absoluto del instrumento y la preponderancia del don principal y distintivo: la fuerza. Propaganda patriótica, ciencia civil, historia, cuento, enseñanza, discurso ocasional, todo es pletórico, todo está lleno de vital y viril fuerza. Verdad que oiréis un son de flauta en los Crepúsculos del Jardín. Acordaos del Polifemo que canta Teócrito y Poussin pinta. Y luego: ¿Quid dulcius melle et quid fortius leone? ¿No habían vibrado antes en una lengua de potente amor versos capaces de encender estatuas?
No creo yo que en nuestras tierras de América haya hoy personalidad superior a la de Leopoldo Lugones, quien antes de llegar al medio del camino de la vida, se ha levantado ya inconmovible pedestal para el futuro monumento. Las Montañas del Oro, Los crepúsculos del jardín, El imperio jesuítico, La guerra gaucha, Las fuerzas extrañas, Lunario sentimental, Piedras liminares, Didáctica, Prometeo, Odas seculares.
Allá en la lejana Córdoba del Plata, una anciana tiembla aún de temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre el de usted, para ser llevado en la Catedral de las glorias argentinas!...