ENRIQUE GOMEZ CARRILLO

En una de las muchas cartas que conservo del Sr. Gómez Carrillo—de un interés para más tarde—, hay una en que me agradece el haber venido a París. ¿Cómo fué ello? Ya lo he contado alguna vez. Dirigía yo, allá por el año de 1890, en Guatemala, un diario: El Correo de la Tarde. Un día se presentó con unos trabajos un joven, muy joven, de un moreno dorado, de copiosos cabellos y ojos de soñador, y que manejaba ya cierta sonrisa caprichosa, con cuyas consecuencias habría de cargar yo mismo pasando el tiempo. Intimamos. Y entonces yo señalé el camino de París.

¡El camino de París! ¿Sabría Gómez Carrillo que era el de su tierra prometida? Cierto que en él, por su madre, había sangre francesa; pero su padre, historiador notorio y escritor de cepa castiza, era de puro origen español, severo en dogmas de gramática y de bien decir, y con entronques aristocráticos en la Península. Era, pues, quizás, el camino de Madrid el que hubiese tomado, sin mi dichosa intervención, el futuro autor de tanto libro de prosa danzante, preciosa y armoniosa, que había de ser tenido después como un parisiense adoptado, y alabado por escritores de renombre en esta capital de las capitales. Llegó a París a luchas y luchó. Luchó primero en la inevitable Casa de Garnier Frères. ¿Quién diría que el escritor sutil y libérrimo hubiera colaborado en la seria y académica tarea de hacer un diccionario?

Pronto el guatemalteco se saturó de París. Su primera producción, una plaquete hoy inencontrable, a punto de que creo que el propio autor no la tiene, suda el más amizclado y enfermizo de los Parises por todas sus letras. Llegado en pleno hervor simbolista, Gómez Carrillo había ya conocido a todos los dioses, semidioses y corifeos del movimiento. Era amigo de Verlaine, de Moreas, de Reynaud, de Duplessis, de todos los concurrentes a las comidas y reuniones de La Plume.

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO

Su cultura aumentó día por día en este ambiente de arte; y, relacionado con España, comenzó a escribir en la Prensa de Madrid, tan constante y brillantemente, que le han llamado «Príncipe de los cronistas». Entró con el tiempo a formar parte del cuerpo de corresponsales de La Nación de Buenos Aires, y su producción adquirió mayores quilates.

Se dedicó, por higiene, a la esgrima, y esas prácticas le convirtieron en uno de los más conocidos duelistas parisienses. Conoce varias armas, y creo que también el box.

En su obra pasada prevalecen, junto con un inesperado sentimentalismo que se diría romántico, mucha modernidad, la euritmia, las elegancias femeninas, la danza, los personajes de la «comedia» italiana, la anécdota maliciosa, la conversación con sus amigos célebres, la ironía, el halago, la perversidad, el goce, todo lleno de una sutileza francesa de modo que se diría escrito, o por lo menos pensado en francés, en parisiense.

Luego llegaron sus libros de viajes, que le hicieron considerar como el Loti castellano, pues aparecieron dones de penetración, afinidades filosóficas, calma y serenidad, además de sus condiciones de paisajista y descriptor, dueño de una rica paleta, y siempre vibrante ante el espectáculo artístico o la figura sugestiva. Su libro sobre Grecia señaló principalmente la nueva manera. Y su libro sobre la Tierra Santa, adonde hiciera recientemente una visita, es, a mi entender, lo más firme, lo más sentido, lo más meditado y estudiado de toda su obra; pues quizás, así fuese por un momento, influencias ancestrales despertaron en él la verdadera emoción y la seguridad ideal, sin lo cual nada se escribe de duradero y de firme. Y realizó un bello, armonioso y erudito libro. Es un escritor dichoso.

¡Antes de aparecer su obra, un obispo de Colombia le ha excomulgado! Lo cual hará para Jerusalén y la Tierra Santa una singular propaganda.

Le han prologado y alabado sus libros, escritores como Paul, Adam, Jean Moreas, Emile Faguet, Catulle Mendes, Vicenti, Cortón, quien estas líneas escribe, y otros nombres más. ¡Si este diablo de hombre quisiese, aun después de la excomunión, le prologaría ahora un cardenal!

El Gobierno francés le hizo caballero de la Legión de Honor.