RICARDO ROJAS
Poned a esta cabeza un turbante de seda, y diréis ser la de un joven maharadja; un fez, y tendriais a un noble egipcio. De la India, del Igipto, de Ceylán, de Oriente en su aspecto; y ello no os sorprenderá, puesto que sabéis de las discusiones sobre las relaciones orientales prehistóricas, entre los aborígenes americanos y los pueblos de Oriente: La cabeza de Ricardo Rojas, la cabeza física, es la de un cacique. A él ello le complace, pues alienta y vive de su América. Un espíritu seductor y un poeta gentil, Eduardo Talero, cuando Ricardo Rojas se preparaba para venir Europa, exclamaba: «¿El poeta Rojas en Europa?... ¿Qué va a hacer? ¿Por qué exponerse a que las grisetas del bulevar lo miren de hito en hito, sin sospechar que bajo el color oliva de su rostro hierve el aceite de una lámpara de oro, y que bajo esas fibras de carbón adusto al peine yacen en huacas de indio las cristalizaciones del sol más linajudo de la tierra? A Rojas, como a los demás poetas bien raigales, debía la República coronarles de roble y ñandubay, y en vez de permitirles estas excursiones por Europa, ponerles en lo mas intrincado de la selva a recoger mieles líricas en los panales y los nidos, a ver de olvidar lo que aprendieron en la escuela y a ponerse en acecho de los sátiros y mafirihadas aborígenes».—«¡Ah!—Contesta Ricardo Rojas, desde París, no sin tristeza siquier dominada por su preexistente carácter—¡si la República coronara de roble y de ñandubay a sus poetas, no buscaran ellos en el éxodo y las peregrinaciones azarosas el lenitivo de sus secretas amarguras, ni recurrieran, para el sustento del camino a la producción forzada y premiosa, que, si no malogra, retarda al menos la obra donde florece el genio de una raza!»—Y luego... «Yo procuré ser útil a mi patria y digno de ella en el extranjero. Yo no llevé mi ofrenda de mirra salvaje a la casa de los pontífices literarios. Yo desdeñé el elogio fácil de los maîtres que ignoraban mi idioma. Yo me acerqué a hombres y monumentos con tal independencia mental, que mis opiniones de meteco sublevaron algo una protesta. Yo dije a públicos del viejo mundo las esperanzas del nuevo. Yo torné más alto y puro mi corazón ante las nobles figuras del arte clásico. Yo admiré de Europa la razón secular de su cultura, e inspirándome en ella, prediqué a mis lectores del Plata un evangelio de belleza...; la devoción al ideal como contrapeso a los esplendores materiales. Ahí reside para mí la diferencia entre las viejas y las nuevas civilizaciones, y al admirar de estas sociedades la tradición civil de su cultura, no lo hice en detrimento de las cosas nativas: antes bien, procuré dar nueva vida a ese culto europeo del ideal como la pasión americana de mi alma, que enardeció la ausencia.» Este es el hombre. Y al conocerle os conquistan bondad y talento. Y la primera condición ¡cuán rara ahora en un intelectual! Su pensar crece ampliamente. Consagrado al culto patrio, lucha porque se mantenga el principio nacionalista a través de las invasiones que el mundo todo envía a la proficua tierra argentina. Su americanismo y su patriotismo tienen muchos puntos de contacto con los del gran cubano Martí. El trabaja en lo que llama su «evangelización idealista», y dotado del don pedagógico inculca sus enseñanzas en la generación universitaria que le escucha. Todo eso en el comienzo de su camino.
Hace cinco años, en el manoir de Boultous, después de haber yo hecho la presentación del poeta argentino al príncipe lírico de las analogías y de las imágenes en lengua francesa, al grande y bueno Saint-Pol-Roux, llamado el magnífico en los bellos tiempos del simbolismo francés, nos pusimos a hablar, durante el almuerzo y a la hora del champaña, de nuestras respectivas edades. Y al decir Ricardo Rojas la suya, una palabra brota de labios del maître de réans, de la señora de Saint-Pol-Roux, linda y gentil, de los hijos, Divine, Coecilian, Loredan; y esa misma palabra era: ¡Bravo! Se aplaudía, como un bello verso o como una música amable, la confesión de la más lozana juventud.
En plena juventud, pues, trabaja ese cultivador de ideales y constructor de sueños. La producción que ha dado ya, garantiza para mañana copiosas y firmes obras. Pocos como él poseen igual suma de inquebrantables y nobles deseos y esa virtud de consagración, sin aportar constante brega o sacrificio para llegar al punto ambicionado, que no es sino, en los señalados, una etapa que inicia nuevos caminos y ascensiones.
Sus calidades de pensador y de estudioso y sus disposiciones catedráticas, se advierte en obras como La restauración nacionalista, la introducción a la Bibliografía de Sarmiento, y el excelente libro sobre el abolengo de los argentinos titulado: Blasón de plata. Asimismo, en sus Cartas de Europa, hábil, documentada y nutrida labor de periodismo, pero en donde, como en todo lo de Rojas, encontraréis de pronto el poder lírico, el tender a la trascendencia, y una armoniosa y aun elocuente riqueza verbal. Y a esto no dejéis de agregar la emoción, pues él también es un sentimental, un sensible y un sensitivo.
En estas líneas, concentradas y sintéticas, no quiero ni puedo hablaros de sus procedimientos, de sus parentescos mentales, de su técnica. Ello conviene a otra clase de estudio. El poeta se inició con La Victoria del hombre, obra poemal que no se avenía con mis gustos, pero en la cual hallé, como me acontece con cualquier obra de cualquier escuela o de cualquier autor, la parte de belleza que podía satisfacerme y que podía admirar. Luego he leído Los lises del blasón, libro de un excelente artífice, exquisito y frío, trabajado y pulido, y en el cual se siente el dominio de la forma, erudición poética, y voluntaria o involuntaria fuerza de asimilación. ¿Mas en quién, aun entre los mas grandes, no encontrar un antecedente o semejanza en el prodigioso universo de la Lira?
Este libro de poesías me ha hecho pasar gratos momentos; no seré yo quien se detenga a señalar lo que por completo no satisfaga. Sólo afirmaré que si peca, es por exceso en el deseo de perfección, o por dilectantismo en los descuidos. Marmóreo, amador de lo clásico, moderno, sapiente o «funambulesco», quien ha escrito esos versos es un apolonida, un prestigioso tocador del instrumento divino. Yo me precio de comprender su espíritu y de admirar su feliz consagración. Mucho debo también a sus gallardos entusiasmos y a su afecto. Gongora, Banville, Montesquieu, celebrarían más de una de sus ejecuciones. ¿Y quién no alabará a quien en su retiro compuso esos poemas, varios como las cosas y los días, en loa del Amor, de la Amistad, de la Belleza, de la Patria, que fueron tregua y ornamento en medio de la vida amarga y bella? Vendrán frutos de mayor jugo y más completa sazón; vendrán productos más temperados y de vastas proyecciones; pero el frescor de las horas primaverales permanecerá en las cosechas primigenias.
Hay un soneto final en el volumen en que me ocupo, que hace ver un Ricardo Rojas supersticioso, como cumple a un verdadero interrogador de los misterios del mundo. Tratan esos catorce versos de la malhadada profecía de una gitana, que al probar en el poeta su saber quiromántico, interpretó el fatídico signo de una muerte temprana:
Deme esa triste dicha de perecer mañana
La Lívida que acecha mi paso en el camino,
Cuando aún mi carne llore por el arte divino
Y arda mi alma en la lumbre de su pasión humana.
Corte el hilo invisible de mi vida su diente,
Antes que se marchite la rosa de mi frente;
Mas concédame, al menos, en mi destino raro,
Realizar en el mundo la visión de mis sueños,
Que es dejar a otra frente mi corona de ensueños,
Y mi amor en el ritmo de poema preclaro.
Las gitanas, como todas las sibilas, suelen con bastante frecuencia equivocarse, y el poeta tiene posiblemente en su vigor de voluntad el secreto de su vivir. Después de Los lises del blasón, después de El Libro de Perséphone, después de La Sangre del Sol, dos libros, estos últimos, que aun no conozco, han de venir otros más firmes y melodiosos poemas. Y el patriótico idealista completará también la tarea para la que ha nacido.