MANUEL UGARTE
El Sr. Manuel Ugarte, tan ventajosa y profusamente conocido en la Prensa hispanoamericana, en España, en el elemento socialista de Francia; que ha sido un ferviente adorador de las musas y de las gracias; que recientísimamente ha publicado un libro de gran resonancia, que ha tenido comentadores hasta en el lejano Japón, El porvenir de la América latina, recorre hoy los países de nuestro continente e islas castellanas, dando en conferencias voces de alarma, señalando, gesto complementario de su doctrina opuesta, el peligro yanqui. Ya en Cuba, y a pesar de que ha mentado la soga en casa del ahorcado, fué recibido con la usual ferviente gentileza que, para los escritores extranjeros tienen los hombres de letras cubanos. Los merecimientos de Manuel Ugarte harán, desde luego, que en todos los países que visite sea acogido con fraternal cordialidad.
Supongo que las prédicas del nuevo cruzado expondrán y desarrollarán el espíritu de su libro, que él llama sencillo, pero que no lo es tanto como su modestia lo declara. Hay en él ideas, estilo, entusiasmo, y, hasta el águila de la cubierta, que lleva en las garras el pabellón de los Estados Unidos, había de llamar la atención sobre todo al yanqui. Así fué que, en la tierra de los dólares, fué examinada o combatida su obra, mayor y más detenidamente que en ninguna otra parte. Tal libro es un libro de buena fe, que diría Montaigne, un libro que, para el ideal que sostiene, hacía falta. El grito de alarma se había dado ya líricamente. Vargas Vila, entre otros, había lanzado terribles clamores; José Martí, más de una vez, había dicho cosas bellas y proféticas sobre el acecho de los hombres del Norte. Yo mismo, hace ya bastante tiempo, lancé a Mr. Roosevelt, el fuerte cazador, un trompetazo, por otra parte inofensivo. Pero esas son cosas de poetas. El volumen de Manuel Ugarte es trabajo de estudioso, con observaciones felices, erudición, método, y, aunque el autor no lo quiera, literatura. Y, sobre todo, ha sido un volumen sensacional. Todo ello es hermoso, plausible y meritorio.
«Claro está—dice Manuel Ugarte—que todo grito de polémica tiene que levantar objeciones. Unos censurarán la desconfianza que nace acaso de la contradicción, entre el valor inapreciable de nuestro porvenir y la debilidad que nos imposibilita para defenderlo. Sois, nos dirán, como el niño que ha cogido una mariposa y la aprieta en el hueco de la mano a riesgo de destruirla. Otros criticarán el optimismo, brote espontáneo de una concepción batalladora y enérgica de la vida. Los más hostiles pondrán en tela de juicio el interés del estudio. Los más hábiles le darán un alcance que no tiene. Éstos le motejarán de antipatriótico. Aquéllos verán en él un síntoma de imperialismo. Y condenada aquí a una circulación silenciosa por las conspiraciones inútiles, levantada allá por las olas confusas de las divergencias, la obra estará siempre lejos de conseguir una aprobación unánime.» Yo no soy de los hostiles, y digo: el libro es interesante, muy interesante. Aplaudo el optimismo, porque es bello y saludable. Celebro la intención romántica y generosa. Y después de aplaudir el libro, aplaudo el viaje. Pero... en cuanto a los resultados, me declaro absolutamente pesimista. Unos pueblos en donde el dólar impera ya, están contentísimos según parece. Y en los otros, hay quienes tienen envidia a los primeros, y desean que el monstruo les devore. «Conozco al monstruo porque he vivido mucho tiempo en sus entrañas», decía José Martí, desde New-York. Y los pueblos enfermos parece que dijesen: «Señor monstruo, le damos las gracias, puesto que nos va a comer en salsa de oro».
Por lo que toca al autor y oral propagandista, no es detalle secundario lo que se diga de él. Y yo digo que, aunque el porvenir de la América Latina sea el previsto fatalmente, Manuel Ugarte, con sus esfuerzos en el libro, en la Sorbona y en el viaje, habrá ganado el mejor laurel para su cabeza.