EL REY
25 de abril.
Hace algunas tardes, por un punto de la Casa de Campo en que suele turbar el silencio del bosque reverdecido de tropel de jacas, un jinete, el rodar de un cupé, he visto pasar al rey Don Alfonso con su madre y sus hermanitas. Iba el carruaje despacio, y así pude observar bien el aspecto de Su Majestad infantil. No está tan crecido como los retratos nos lo hacen ver; pero muestra lo que se dice une bonne mine. Tiene la cara, ya señaladamente fijos los rasgos salientes, de un Austria; es la de Felipe IV niño. Es vivaz y sus movimientos son los de quien se fortifica por la gimnasia. Los ojos son hermosos y elocuentes, la frente maciza sería un buen cofre para ideas grandes; el cuerpo no es robusto, pero tampoco es canijo. La leyenda de un reyecito enclenque y cabezudo, de un niño raquítico, se ha concluído. El muchacho real ha pasado los peligrosos años de su niñez y entra en la pubertad con buen pie. No es esto decir que las leyes de herencia no puedan, cuando menos se piense, aparecer con sus imposiciones. La misteriosa aya pálida, su dama blanca, puede presentarse cerca de él, en un instante inesperado; pero por hoy, Don Alfonso es príncipe que sonríe, que monta a caballo, que hace sus estudios militares, y si de esta manera continúa, hay Borbón para largo tiempo.
Es cierto que sus años primeros han sido penosos y enfermizos, y que razón hubo en llegar a creer que podría hacerse trizas el frágil vaso al menor choque. Pero los cuidados de doña Cristina han sido excepcionales; a madre como esta reina, es difícil superarla. No se ha dado punto de reposo previéndolo todo, dedicándose antes que a cualquier otro grave asunto a la salud de su hijo, preparando, mullendo el nido para su aguilucho, no teniendo su mayor confianza sino en sí misma, y después de velar por la vida física, trazar un plan de educación, un método de cultura moral. Este ya es otro capítulo y habrá que ver si el acierto ha guiado la obra.
Desde luego, el rey Don Alfonso XIII ha tenido y tiene ayos honorables, de la más pura nobleza, hombres de excelencia incomparable para guiar por buena senda los despiertos instintos de su príncipe; pero en nuestra época se exige algo más que eso; formar el alma, el carácter del rey, enseñarle a dominar sus pasiones, darle lecciones de moralidad y de religión, es ya mucho; pero habría que ayudar a formarse al mismo tiempo al rey y al hombre; hacerle comprender el espíritu de su tiempo, alargar sus vistas en el horizonte moderno; hacerle salvar los muros de la tradición, prepararle para las exigencias de su época. Él aparece en un tiempo en que si los Maquiavelos son imposibles, los Lorenzos de Médices son inencontrables.
El profesor de Oviedo don Adolfo Posada se ha planteado en La España moderna el problema de la educación del rey; la dificultad de la educación de un rey constitucional. Indudable: los monarcas absolutos no tienen delante de sí más que la demostración de su poderío; el príncipe, desde que tiene uso de razón, sabe su superioridad, su grandeza; la actitud de sus súbditos respecto a él, la costumbre del mando, la obediencia de los que le rodean, definen desde un principio el sistema educativo que hay que seguir. De Burrho a Bossuet no hay gran diferencia. Más la educación de un monarca constitucional implica varias anomalías. Los reyes de hoy, los reyes con Cámaras y ministerios responsables, los reyes que reinan y no gobiernan, puede decirse que son simples personajes decorativos. Los antiguos esplendores, la misma parte estética de la representación real, adquiere hoy, en medio de su brillo cierto por el valor histórico, por sus viejos símbolos, un vago prestigio de ópera cómica; y apena el confesar que las funciones más respetables por la vieja resurrección de soberbias costumbres palatinas y las pompas de los magníficos ceremoniales, evocan, a nuestro pesar, la necesidad de una partitura. La imaginación del príncipe niño se impresiona desde el comienzo de su despertamiento a la existencia que le rodea, con las manifestaciones de una vida falsa o equívoca. No será sino con harta dificultad que de la noción de soberanía que ha penetrado primero en su cerebro, pase a la noción de una existencia democrática. «Los niños, esos pequeños salvajes—dice el señor Posada—, no conciben sino reyes completos». En palacio, la manera de ser para con él de las personas que le rodean, afianza por una parte en el príncipe la posesión de su papel de rey completo; no será sino con mucha dificultad que se le inculcará luego el legítimo valor de esas demostraciones, la significación de su rango de simple porta-corona. Don Alfonso, por ejemplo, sabe ya que es el jefe absoluto, pues los viejos generales inclinan ante él sus barbas blancas: sabe que tiene el toisón de oro sobre su uniforme de cadete—pasajero uniforme que será mañana sustituído por el de generalísimo—; sabe que es el rey. Conozco una bonita anécdota. Un día, por alguna pequeña falta no sé si en sus lecciones o en otra cosa, fué castigado con encierro. El niño se debatía entre los ayos que le llevaban a su prisión, pero la orden se cumplió. Entonces, ya encerrado, Don Alfonso daba grandes voces, deliciosamente furioso. Se le decía que no gritase, y él contestaba: «¡He de gritar más fuerte! ¡Que me oigan los españoles! ¡Que sepan que tienen preso a su rey! ¡Que vengan a sacarme los españoles!»
Sabe, pues, que es el jefe de los españoles; y la idea de su soberanía no puede estar mejor arraigada. Pero sé otra anécdota. Otro día, de paseo, se detuvo Don Alfonso delante de un naranjero. Hay que advertir que adora las naranjas, y que a esta edad, entre el globo de Carlos V y una naranja, se queda con ésta. Pues he aquí que se detiene delante del naranjero y le dice: «Dame unas naranjas; pero yo no tengo con qué pagártelas. ¡Imagínate, yo, el rey de España, no tengo en el bolsillo ni una perrilla!» Confesaba el pobre su pobreza con la más encantadora desolación. Ignoro si el naranjero le dió las frutas y si los ayos le permitieron comérselas; pero ello revela que Don Alfonso sabe ya que los reyes de hoy no se comen todas las naranjas que quieren y que suelen andar sin un cuarto.
Se dice que los primeros años del rey han sido de cuidadoso aislamiento, que no se le ha puesto en contacto con otros niños de su edad, contacto tan necesario; que se le ha recluído, sin otra compañía para sus juegos que la de sus hermanas. Podría creerse por ello en una infancia entristecida, bajo la mirada de una madre que ha sido abadesa de un convento. Eso no es cierto. El rey ha tenido sus compañeros, naturalmente, escogidos entre la alta nobleza. El más íntimo ha sido el jovencito hijo del conde la Corzana, por un lado Morny y por otro Sexto... Es claro que la reina vigila sus amistades y compañías. Otro niño íntimo del rey es el hijo del conde de Casa-Valencia. El cual hace algunos años tuvo el siguiente diálogo con su amiguito coronado: «Aquí no hay buenas carreras de caballos. Yo las voy a ver ahora muy buenas; y ustedes no». «¿Cómo es eso?» «Me voy a Londres. Tío Antonio (Cánovas del Castillo) ha nombrado a papá embajador.» «¿Y cómo no lo he sabido yo, el rey?» dijo la minúscula majestad en toda la posesión de su papel.
En general los reyes son educados militarmente. En España no se lleva tan a la alemana el método, pero Don Alfonso conoce bien el manejo de las armas, será buen jinete como su padre; y aunque no haga el caporal a la continua como uno de esos ferrados Hohenzollern, tiene amor a la carrera y se decía en estos días que pronto haría vida de guarnición en la Academia de Toledo. Esto es de dudarse mucho, por la madre. Sé que en lo íntimo de la familia, la educación del rey es lo más burguesamente posible. La reina es en el hogar como cualquier respetable señora que se preocupa de los menores detalles de su home; sencilla y poco ostentosa hasta llegar a murmurar los descontentadizos cortesanos, de su avaricia. «¿Qué quiere usted que hagamos—me decía un caballero—con una señora que le cobra su pupilaje a las infantas en Palacio y que manda poner medias suelas a los zapatos de sus hijas?» Descartando las exageraciones, no creo que el pueblo prefiriese una reina derrochadora delante de la miseria que abruma a las clases bajas, a una reina económica que hace lo que puede por socorrer los infortunios de los menesterosos; que es aclamada a la puerta de los asilos que visita y sostiene. Don Alfonso XIII no podrá quejarse de no haber tenido en la entrada de la vida una ejemplar madre, una buena mamá, que ha sido para él una encarnación de la Providencia.
Hubo un tiempo en que el rey estuvo casi invisible. Su salud era apagadiza, su aspecto no ayudaba a alentar a los partidarios de su dinastía. Se decía que era lo más probable su muerte. Mas apareció por fin, en una recepción. Se hallaba sentado en el Trono, junto a su madre y sus hermanas. El cuerpo diplomático estaba delante de él. Se notaba que el niño real había pasado por una crisis; pero sus grandes y brillantes ojos se iluminaban de vida. De pronto se vió una cosa inaudita que pasó, como un relámpago, sobre todos los protocolos. Un deseo vivo se había despertado en aquella cabecita, y no hubo vacilación para llenarlo. Don Alfonso, a la mirada de todos, dió un salto, y antes que nadie pudiese detenerlo, se había montado en uno de los dos leones de bronce que están a los dos lados del Trono. El hecho podría tener su significado si el porvenir fuese propicio tras la disipación de las tempestades. Asegúrase que Zola, que vió en una temporada de verano en San Sebastián al pequeño rey, quiso pintarle más tarde en uno de los capítulos de su Docteur Pascal. Yo he vuelto a leer esta obra para confrontar el retrato, y si en Clotilde podría entrever los pensamientos de la reina que ansía penetrar en el futuro de su hijo, no puede reconocerse en el animado y ágil monarca de España ninguno de esos «delfinitos exangües que no han podido soportar la execrable herencia de su estirpe, y se duermen, consumidos de vejez y de imbecilidad, a los quince años». Moralmente, la formación del rey fuera de la influencia maternal, dependerá de los preceptores. El ideal sería hacer primero a man, para en seguida dejar obrar el desarrollo del propio carácter, lograr el self made king. ¿Qué preceptor a propósito? ¿Un Saavedra Fajardo, un Bossuet o un Ernesto Curtius? Para un monarca esencialmente católico, parecería de ley junto al príncipe, un religioso. Más hoy los inconvenientes de tal sistema no necesitan demostración. Las alharacas que levanta la presencia del padre Montaña, confesor de la reina, dejan sospechar lo que haría un preceptor con hábito de cualquier Orden. La educación esencialmente religiosa está, pues, fuera de la pedagogía. La idea de Posada de la fundación de una escuela especial en que el rey se instruyese, en relación y contacto con otros niños, parece difícil, dadas las tradiciones de la monarquía en España, a pesar de haber habido un seminario de nobles, en donde cuéntase que el niño Fernando VII recibió un pelotazo, jugando con el niño Simón Bolívar. Más bien estaría la adopción de un sistema como el de la familia imperial germánica. El emperador Federico, después de recibir su educación palatina, se matriculó en Bonn y el emperador Guillermo en el Lyceum Fridericianum de Cassel. Ambos se han puesto en contacto con los alemanes de su edad, han hecho vida común con sus súbditos, y en el medio de los estudiantes, se han compenetrado con el alma del país. Por lo demás, no puede ser mejor la síntesis de Posada: «Un rey que en su infancia recibiera el influjo bienhechor del roce con los niños, que tratase a todo el mundo de igual a igual; un rey que pasara luego su juventud en medio de los jóvenes de su edad y de todas las condiciones sociales en un Instituto adecuado, que asistiera luego en una Universidad o en varias a sus cátedras, viendo en ellas cómo las desigualdades humanas no son siempre cosa del nacimiento, sino obra del mérito personal y resultado del trabajo; un rey que estudiase su oficio, que viajara mucho, hasta por los países donde sin reyes viven las gentes honrada y pacíficamente; un rey así podría ser, ante todo, un buen ciudadano que llevara en el alma la íntima convicción de que sus elevadas funciones, aun cuando llegaron a él por obra y milagro de la herencia, son funciones que deben desempeñarse en bien de la sociedad o del Estado, a quien, en definitiva, corresponde disponer de ellas». Mucho de bueno produjo en Don Alfonso XII su infancia de rey en exil, y mucho contribuyeron a la formación del carácter del Pacificador esos primeros pasos por la vida como un simple particular—Alfonso García y Pérez—, como él se solía llamar en los hoteles, en días del destierro.
Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de obstáculos y aquel admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar hacia el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha sido la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre materno. El matrimonio de su padre con la austriaca—de nacionalidad fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia—después de la pasajera luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el espacio de una aurora, en el Aranjuez tan líricamente florecido en los versos de Don Carlos; los años de un matrimonio no del todo amoroso y semiturbado por ésta y aquella expansión de Don Alfonso XII, cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la razón de Estado; la muerte, el agostamiento de la existencia de aquella majestad demasiado apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María Cristina, previsto por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el parto, casi a las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey nuevo que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera por causa de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado movimiento pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios; pero de ambas cosas se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y de las amenazas de la política. No creáis exageraciones como las del yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho tiempo, con la imaginación recalentada por la guerra, que «la posición del rey es patética, personal y políticamente considerada; que las revelaciones que para otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez; que él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer campesino; que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península persona alguna en cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de su madre, desamparada mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que «los muchachos americanos se afligirían si pensaran en este pequeñuelo nacido para la púrpura y vestido de ceremonia desde la cuna, que no tiene compañeros de infancia para sus juegos, porque nadie es igual al rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí pasa en ese mundo no tan velado a los ojos de los simples mortales, y juzgar a estas horas con criterio pesimista a través de las historias de Saint-Simon o de las memorias de madame Aulnoy. Por momentos terribles ha pasado España en que el Trono hubiera podido ser cercado de tormentas, y la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la lista de los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en los partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron seriamente nada. Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don Carlos ceñida por la corona hasta los deseos un tanto románticos de una regencia en que la infanta Isabel la Chata estaría a la cabeza, no son sino perfumes de vino español, aroma de claveles que perturba uno que otro cerebro. Por hoy Don Alfonso, según lo que se alcanza a divisar, puede esperar tranquilo la hora de su reinado. Lo que no han podido los errores e ineptitudes de Gobiernos absurdos o culpables, no lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni menos los divididos partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no se calienta el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima y su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este fin de siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el desfile de la Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante de sus antepasados homónimos, como en una escena semejante a la de los retratos en Hernani. Es el comparecimiento de los Alfonsos: el I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso el Casto; el III, el Magno, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde el césar Carlos V, buscaría en un monasterio la tranquilidad espiritual, fanático y solitario; el V, el de los buenos fueros, legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,—a su lado la figura del Mío Cid—el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso el Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después al propio tiempo que caballero de combate, amante de la sabiduría, el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun hoy se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: Ficieron los omes... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por la mente de Don Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas de una linterna mágica, iluminadas por las palabras de los cronistas, realzadas por las explicaciones de sus preceptores; están demasiado alejados por las centurias, por bastas cordilleras de tiempo. Son los abuelos de los retablos y de las armaduras, los que duermen por siempre en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los cuentos. A quien verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y honrará la memoria del Pacificador. No dejarán de ir a llamar su atención los venticellos de la famosa juventud de Don Alfonso XII, el rey buen muchacho. Sobrarán cortesanos que le refieran las aventuras picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la reina regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda tomará su nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los años de las futuras luchas políticas y palaciegas, sobre el espíritu de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su infancia, cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con capa», y llamaba a sus hermanitas, a la una Pitusa y a la otra Gorriona.