¡TOROS!
6 de abril de 1899.
Los durazneros alegres se animan de rosa; el Retiro está todo verde, y con la primavera llegaron los toros. Se han vuelto a ver en profusión los sombreros cordobeses, los pantalones ajustados en absurda ostentación calipigia, las faces glabras de las gentes de redondel y chuleo. El día de la inauguración de las corridas fué un gran día de fiesta. Pude saludar varias veces por la calle de Alcalá al espíritu de Gautier. Era el mismo ambiente de los tiempos de Juan Pastor y Antonio Rodríguez; las calesas estacionadas a lo largo de la vía, las mulas empomponadas, los carruajes que pasan llenos de aficionados y las mantillas que decoran tantas encantadoras cabezas. Parece que en el aire fuese la oleada de entusiasmo; todo el mundo no piensa sino en el próximo espectáculo, no se habla de otra cosa; las corbatas de colores detonan sobre las pecheras; las chaquetas parece que se multiplicasen, los cascabeles suenan al paso de los vehículos; en los carteles chillones se destaca la figura petulante del Guerra. ¡El Guerra!...
Su nombre es como un toque de clarín, o como una bandera. Su cabeza se eleva sobre las de Castelar, Núñez de Arce o Silvela; es hoy el que triunfa, el amo del fascinado pueblo. ¡El Guerra! Andalusamente, Salvador Rueda, no hallando otra cosa mejor que decirme de su torero, me clava: «¡Es Mallarmé!» Vamos, pues, a los toros.
«Se ha dicho y repetido por todas partes que el gusto por las corridas de toros se iba perdiendo en España, y que la civilización las haría pronto desaparecer; si la civilización hace eso, tanto peor para ella, pues una corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que el hombre puede imaginar». ¿Quién ha escrito eso? El gran Theo, el magnífico Gautier, que vino «tras los montes» a ver las fiestas del sol y de la sangre; Barrès, después, hallaría la sangre, la voluptuosidad y la muerte. Es explicable la impresión que en el hombre que «sabía ver» harían las crueles pompas circenses. No es posible negar que el espectáculo es suntuoso; que tanto color, oros y púrpuras, bajo los oros y púrpuras del cielo, es de un singular atractivo, y que del vasto circo en que operan esos juglares de la muerte, resplandecientes de sedas y metales, se desprenden un aliento romano y una gracia bizantina. Artísticamente, pues, los que habéis leído descripciones de una corrida o habéis presenciado ésta, no podéis negar que se trata de algo cuya belleza se impone. La congregación de un pueblo solar a esas celebraciones en que se halaga su instinto y su visión, se justifica, y de ahí el endiosamiento del torero.
Nodier raconte qu'en Espagne... Fácil es imaginarse el entusiasmo de Gautier por esta España que aparecía en el período romántico como una península de cuento; la España de los châteaux, la España de Hernani y otra España más fantástica si gustáis, y la cual, aun cuando no existiese, era preciso inventar. Esa venía en la fantasía de Gautier, y los toros vistos por él correspondieron a la mágica inventiva. En la calle de Alcalá le arrastró, le envolvió el torbellino pintoresco; los calesines, las mulas adornadas, los bizarros jinetes, las tintas violentas calentadas de sol de la tarde, los característicos tipos nacionales. El arte le ase a cada momento y si un tronco de mulas le trae a la memoria un cuadro de Van der Meulen, un episodio torero le recordará más tarde un grabado de Goya. Aquí encuentra la famosa manola, que ha de hacerle escribir una no menos famosa canción cuyos ¡alza! ¡hola! se repetirán en lo porvenir a la luz de los café-concerts. El detalle le atrae; documenta y hace sonreir la sinceridad con que corrige a sus compatriotas buscadores de «color local»: se debe decir torero, no toreador; se debe decir espada, no matador. Ya enmendará luego la plana a Delavigne diciéndole que la espada del Cid se llama tizona y no tizonade, para resultar con que hay una estocada en la corrida que se llama a vuela pies. ¡Oh! el español de los franceses daría asunto para curiosas citas, desde Rabelais hasta Maurice Barrès, pasando por Víctor Hugo y Verlaine. Los toros atrajeron la atención del poeta de los Esmaltes y Camafeos. Cuando iba a sentarse en su sitio, en la plaza, «experimenté—dice—un deslumbramiento vertiginoso. Torrentes de luz inundaban el circo, pues el sol es una araña superior que tiene la ventaja de no regar aceite, y el gas mismo no lo vencerá largo tiempo. Un inmenso rumor flotaba como una bruma de ruido sobre la arena. Del lado del sol palpitaban y centelleaban miles de abanicos y sombrillas». «Os aseguro que es ya un admirable espectáculo, doce mil espectadores en un teatro tan vasto cuyo plafón sólo Dios puede pintar con el azul espléndido que extrae de la urna de la eternidad». Después serán las peripecias de los juegos, la magnificencia de los trajes y capas; los mismos sangrientos incidentes, caballos desventrados, toros heridos, y el público tempestuoso, un público de excepción cuyo igual no sería posible encontrar sino retrocediendo a los circos de Roma; todo con sol y música y clamor de clarines y banderillas de fuego. Él hace su resumen: «La corrida había sido buena: ocho toros, catorce caballos muertos, un chulo herido ligeramente; no podía desearse nada mejor». Que por razones de imaginación y sensibilidad artística hombres como Gautier se contagien del gusto por los toros que hay en España, pase; pero es el caso que ese contagio invade a los extranjeros de todo cariz intelectual, y no es raro ver en el tendido a un rubio commis-voyageur dando muestras flagrantes del más desbordado contentamiento.
Lo que es en España será imposible que llegue un tiempo en que se desarraigue del pueblo esta violenta afición. Antes y después de Jovellanos ha habido protestantes de la lidia que han roto sus mejores flechas contra el bronce secular de la más inconmovible de las costumbres. En las provincias pasa lo propio que en la capital. Sevilla parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces soavetaurilias; allí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más, y la opinión de Bloy sobre la parte sensual del espectáculo encontraría su mejor pilar en el goce verdaderamente sádico de ciertas mujeres que presencian la sangrienta función. La Sevilla de las estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla del clásico toreo. Bajo Fernando III ya los mozos de la nobleza tenían su plaza especial para el ejercicio del sport preferido. Partos reales o la toma de Zamora, se celebraban con toros. El cardenal arzobispo don Rodrigo de Castro prohibió durante un jubileo las corridas. La ciudad luchó con su ilustrísima y venció apoyada por Felipe II. La corrida se da, y en ella
Veinte lacayos robustos
con ellos delante salen:
morado y verde el vestido
espadas doradas traen,
de ser don Nuño y Medina
dan muestra y claras señales,
que aunque vienen embozados
no pueden disimularse.
En tiempos de Felipe IV «toreó a caballo don Juan de Cárdenas, un truán del duque, de excelente humor, con tanta destreza y bizarría, que al toro más furioso dió una muy buena lanzada: Mató S. M. tres toros con arcabuz»—dice un revistero de la época. Felipe V quiso sustituir la corrida por «juegos de cabezas», pero lo francés fué derrotado por lo español. ¡Ayer como hoy los toros for ever! No ha habido aquí poeta ni millonario que haya sido tan afortunado en favores femenidos como Pepe Hillo. Cierto es que en París y en nuestro tiempo, Mazzantini y Ángel Pastor no han podido quejarse de las damas. En Zaragoza la afición se pretende que viene desde los romanos. Don Juan de Austria fué obsequiado allí con toros. A Felipe V le hicieron ver los aragoneses una corrida, de noche, en Cariñena. Los navarros, entre un son de violín de Sarasate y un do pectoral de Gayarre, toros, y ello viene de antaño. Soria, con sus fiestas de las Calderas, pues toros. Valencia, florida y armoniosa de colores y cantos, tenía ya toreros en tiempo de Don Alfonso el Sabio. Y entre sus célebres aficionados cuenta a un conde de Peralada y Albatera, don Guillén de Rocafull. Y hasta en la España del Norte, en la España gris, aun cuando la Naturaleza proteste, la afición procura su triunfo, y bajo el cielo empañado, en la tierra donostiarra, toros. Salamanca, toros. Toledo, Valladolid, toros. Solamente entre los catalanes no han vencido sino a medias los cuernos.
No obstante, hay apasionados de la lidia que lamentan la decadencia torera; dicen que hoy no existe «el amor al arte», que los espadas son simples negociantes, y los ganaderos, así sean descendientes de Colón, dan—como dice Pascual Millán, notable taurógrafo—«toros raquíticos, sin sangre, ni bravura, ni trapío». Los días pasados, en Aranjuez, conocí a un hombre atento y afable que, a través de su conversación con coleta, deja ver cierta cultura y buen afecto a América. Me habló del Río de la Plata, y de Chile, y de su amigo don Agustín Edwards. Es el célebre Ángel Pastor. Sufre grandemente. En lo mejor de su carrera, todavía fuerte y joven, ha tenido la desgracia de romperse un brazo. Ya no podrá trabajar; la mala suerte le ha salido al paso peor que un toro bravo, y le ha cogido. Y habla también Pastor de lo malo que hoy anda el toreo, de la decadencia del arte, de lo clásico y de lo moderno, como hablaría un profesor de Literatura o de Pintura. Pero no le falta el brillante gordo en el dedo y la consideración de todo el mundo. El hotel mejor de Aranjuez es el suyo. Y la tradicional gentileza y obsequiosidad, suyas son también.
Decadentes o no decadentes, los toros seguirán en España. No hay rey ni Gobierno que se atreva a suprimirlos. Carlos III tuvo esa mala ocurrencia y luego se vieron sus defectos. Jovellanos, en su carta a Vargas Ponce, no tuvo empacho en sostener que la diversión no es propiamente nacional, porque Galicia, León y Asturias han sido muy poco toreras. ¿Qué gloria nos resulta de ella? exclamaba. ¿Cuál es, pues, la opinión de Europa en este punto? Con razón o sin ella ¿no nos llaman bárbaros porque conservamos y sostenemos las fiestas de toros? Negó el valor a los toreros, y proclamó su general estupidez fuera de las cosas de la lidia. Sostuvo el daño que ésta producía a la agricultura, pues cuesta más la crianza de un buen toro para la plaza que cincuenta reses útiles para el arado; y a la industria, pues los pueblos que ven toros no son por cierto los más laboriosos. En cuanto a las costumbres, el párrafo que dedica a la influencia de los toros en ellas quedaría perfecto al injertarse en un capítulo del Cristophe Colomb devant les taureaux, de León Bloy. Hay una muy bien meditada página del cubano Enrique José Varona sobre la psicología del toreo, en que encuentra la base humana del gusto por esas crueles diversiones, en el sedimento de animalidad persistente a través de la evolución de la cultura social. La teoría no es flamante y antes que sostenida por argumentos científicos, estaba ya incrustada en la sabiduría de las naciones.
Pero si no hay duda de que colectivamente el español es la más clara muestra de regresión a la fiereza primitiva, no hay tampoco duda de que en cada hombre hay algo de español en ese sentido, junto con el de la perversidad, de que nos habla Poe. Y la prueba es el contagio, individual o colectivo; el contagio de un viajero que va a la corrida llevado por la curiosidad en España, o el contagio de un público entero, o de gran parte de ese público, como el de París o Buenos Aires, en donde la diversión se ha importado, corriéndose el riesgo de que, si la curiosidad es atraída primero por el exotismo, venga después la afición con todas sus consecuencias.
En América, no creo que en Buenos Aires, a pesar de lo numeroso de la colonia española y de la sangre española que aun prevalece en parte del elemento nacional, el espectáculo pudiese sustentarse por largo tiempo; pero pasada la cordillera, y en países menos sajonizados que Chile, el caso es distinto. Desde Lima a Guatemala y Méjico queda aún bastante savia peninsular para dar vida a la afición circense.
En cualquier pueblo, dice Varona, sería funesto para la cultura pública espectáculo semejante; entre los españoles y sus descendientes, infinitamente más. Las propensiones todas de su carácter, producto de su raza y de su historia, los inclinan del lado de las pasiones violentas y homicidas. Por lo que a mí toca, diré que el espectáculo me domina y me repugna al propio tiempo—no he podido aún degollar mi cochinillo sentimental.
Puesto que las muchedumbres tienen que divertirse, que manifestar sus alegrías; serían más de mi agrado pueblos congregados en sus días de fiesta, en un doble y noble placer mental y físico, escuchando, a la griega, una declamación, bajo el palio del cielo, desde las gradas de un teatro al aire libre; o la procesión de gentes, hombres y mujeres y niños, que fuesen, en armoniosa libertad, a cantar canciones a las montañas o a las orillas del mar. Pero puesto que no hay eso, y nuestras costumbres tienden cada día a alejarse de la eterna poesía de las cosas y de las almas, que haya siquiera toros, que haya siquiera esas plazas enormes como los circos antiguos, y llenas de mujeres hermosas, de chispas, de reflejos, de voces, de gestos.
Créame el nunca bien ponderado doctor Albarracín, que mis simpatías están de parte de los animales, y que entre el torero y el caballo, mi sensibilidad está de parte del caballo, y entre el toro y el torero mis aplausos son para el toro.
El valor tiene poca parte en ese juego que se estudia y que lo que más requiere es vista y agilidad. No sería yo quien celebrase el establecimiento de una plaza de toros entre nosotros; pero tampoco batiría palmas el día que España abandonase esos hermosos ejercicios que son una manifestación de su carácter nacional.
No olvidaré la impresión que ha hecho en mí una salida de toros; fué en la corrida última.
El oleaje de la muchedumbre se desbordaba por la calle de Alcalá; cerca de la Cibeles pasaba el incesante desfile de los carruajes; la tarde concluía y el globo de oro del Banco de España reflejaba la gloria del Poniente, en donde el sol, como la cola de un pavo real incandescente, o mejor, como el varillaje de un gigantesco abanico español, rojo y amarillo, tendía la simétrica multiplicidad de sus rayos, unidos en un diamante focal. Los ojos radiosos de las mujeres chispeaban tempestuosamente bajo la gracia de las mantillas; vendedoras jóvenes y primaverales pregonaban nardos y rosas; flotaba en el ambiente un polvo dorado, y en cada cuerpo cantaban la sangre y el deseo, el himno de la nueva estación. Los toreros pasaban en sus carruajes, brillando al fugaz fuego vespertino; una música lejana se oía y en el Prado estallaban las risas de los niños.
Y comprendí el alma de la España que no perece, la España reina de vida, emperatriz del amor, de la alegría y de la crueldad; la España que ha de tener siempre conquistadores y poetas, pintores y toreros.
¡Castillos en España! dicen los franceses. Cierto: castillos en la tierra y en el aire, llenos de leyenda, de historia, de música, de perfume, de bizarría, de color, de oro, de sangre, de hierro, para que Hugo venga y encuentre en ellos todo lo que le haga falta para labrar una montaña de poesía; castillos en que vive Carmen y se hospeda Esmeralda, y en donde los Gautier, los Musset y los artistas todos de la tierra pueden abrevarse de los más embriagadores vinos de arte. Y en cuanto a vos, don Alonso Quijano el Bueno, ya sabéis que siempre estaré de vuestro lado.
LA PARDO-BAZÁN EN PARÍS
UN ARTÍCULO DE UNAMUNO
10 de abril.
Doña Emilia está ahora por París; ha hablado a los franceses de la España de ayer, de la España de hoy y de la España de mañana... Como casi siempre, dos versiones llegan, una del éxito de la conferenciante, otra del fracaso. Creo desde luego en la primera. Los franceses (fuera de la tradicional cortesía y de la no menos tradicional novelería) han oído en su idioma, a una mujer muy inteligente, muy culta, que les ha hablado desembarazadamente de un tópico que todavía no ha perdido su actualidad; el problema español, después de la débâcle. La señora Pardo-Bazán cuenta desde hace tiempo con largas simpatías y amistades del otro lado de los Pirineos, desde sus visitas al desván de los Goncourt, desde La cuestión palpitante. Es colaboradora de más de una revista parisiense, y luego, para su buena recepción, tenía la excelente «guardia de honor» de La Fronde. No deja de haber murmuradores que encuentran raro lo de que España vaya a ser representada intelectualmente, en la Sociedad de Conferencias, por una mujer. «Después de todo—me decía un espiritual colega—es lo que tenemos más presentable fuera de casa».
Y ciertamente, como no fueran Menéndez y Pelayo o Galdós a París, en esta ocasión no sé quién mejor que doña Emilia hubiera podido hablar en nombre de la cultura española. La de doña Emilia es variada y por decir así europea, a pesar de su siempre probado retorno al terruño después de sus excursiones a tales o cuales islas mentales de pensadores extranjeros. En ella lo nacional no alcanza a ser ocultado completamente por propósitos de arte o pasiones intelectuales. Su catolicismo, por ejemplo, ha hendido como una vieja y fuerte proa, las oleadas naturalistas y las filosofías de última hora. Su forma literaria no ha podido asimilarse nunca nada extraño a la tradición castellana; y encuentro de una justicia que no ha menester muchas demostraciones para vencer, sus pasadas tentativas para conseguir, lo que por derecho propio se le debe, un sillón de la Real Academia Española.
Y es un personaje simpático y gallardo, esta brava amazona que en medio del estancamiento, del helado ambiente en que las ideas se han apenas movido en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho ruido, ha hecho color, ha hecho música y músicas, poniendo un rayo rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacatos, colocándose masculinamente entre los mejores cerebros de hombre que haya habido en España en todos los tiempos.
Es la señora Pardo-Bazán de cierta edad, todavía guapa y exuberante de vida. Su trato es amenísimo y desde el primer momento, si lo merecéis, tenéis su aprecio intelectual y se abre su amable confianza.
Pocas veces puede encontrarse unida tan llana franqueza con tan inconfundible distinción. Vive en su casa de la calle Ancha de San Bernardo, en compañía de su madre la condesa viuda de Pardo-Bazán, de sus hijas las señoritas de Quiroga y su hijo don Jaime, que, entre paréntesis, le ha resultado un gran partidario de don Carlos. En la casa se celebran con bastante frecuencia reuniones a que concurren personajes políticos y de la nobleza, y principalmente, hombres de letras y artistas. Puede asegurarse que no hay escritor o artista extranjero que no sea invitado a estas recepciones, y como doña Emilia habla la mayor parte de las lenguas europeas, se entiende con cada cual en su idioma. Sus libros han tenido una fama creciente en toda Europa y ha sido traducida la mayor parte de ellos en las principales naciones.
Desde hacía algunos días circulaba la noticia de que la señora Pardo-Bazán iría a París a dar una conferencia sobre España. En el Journal des Débats apareció un artículo de Boris de Tannemberg anunciando a los parisienses la llegada de la escritora, y poco después, ella partía, en efecto, a llenar su compromiso.
Ecos varios, como he dicho al comenzar, llegan de la conferencia, y en los extractos de ella aparecen, como puntos principales, las dos leyendas de España, la «leyenda áurea» y la «leyenda negra».
La leyenda áurea, es decir, una España heroica, noble, generosa, potente, cuna del valor y la hidalguía. La leyenda negra, una España codiciosa, sangrienta, avara, inquisitorial, terriblemente peligrosa al progreso humano. La primera, dice la señora Pardo-Bazán, ha sida la causa de los desastres actuales. Ella se arraigó tanto en el espíritu de la Nación, que formó un pueblo optimista, quijotesco, vanidoso, que con castillos en el aire compensaría su decadencia y su pobreza. Los hombres dirigentes, los guías de la política del reino en los últimos años, se dejaban cegar por los mirajes y perdían el concepto de la realidad.
La leyenda negra tendría por origen la envidia de otras naciones, y sobre todo, las rivalidades religiosas y políticas empezadas desde el siglo XVI con el soplo del protestantismo que veía como su principal enemigo a la poderosa España católica de entonces. Así lo comprende un erudito escritor, el señor Maldonado Macanaz, en un artículo que ha dado a la publicidad en esta ocasión. Pero de los tres puntos en que se basa la leyenda negra, que son la conquista española, la Inquisición, la decadencia que se iniciaba en el siglo XVII y las figuras de Carlos I y de Felipe II, se desprende que no ha habido demasiada injusticia en Europa cuando se ha formado esa leyenda «de color oscuro» con bases tan innegablemente sombrías. No habría manera de paliar las atrocidades de la conquista, pues aun suprimiendo la relación del padre Las Casas, que es obra de varón verecundo y cristiano, no se pueden negar las imposiciones a sangre y fuego de los conquistadores, la deslealtad que más de una vez salta a la vista, así en Méjico como en el Perú, y tantas páginas rojas y negras que aportan su color a la leyenda. La inquisición está en el mismo caso, pues aun concediendo, desde el punto de vista de una crítica especial, defensas de aquella institución como lo hace Menéndez y Pelayo, y aun observando que no solamente España encendió las hogueras religiosas, resulta siempre que es en España en donde el espíritu inquisitorial halló su verdadera encarnación; por ello el inquisidor de los inquisidores será siempre el inquisidor español; ya a través de la Historia, ya en el cuento de Poe, en el drama de Hugo o en el dibujo de Ensor. La leyenda áurea constituye el lado nervioso del alma española, y solamente los desaciertos de los políticos de última hora han podido hacer que se empañase. Es la de una España romántica, una España generosa y grande que alza sus vastos castillos de gloria sobre la selva poética del Romancero; una España de valor y de caballería que ha clavado en el bronce del tiempo, con nombres épicos, toda una serie de nobles victorias, de orgullosas conquistas. Sobre su pintoresco escenario lleno de sol y de música el alma española aun sustenta la grandeza y el brillo del pasado, digan lo que quieran los pesimistas y los que han perdido toda esperanza de regeneración. No hace daño a España, como doña Emilia cree, no le ha hecho daño el recuerdo y mantenimiento de la leyenda de oro de su historia; sino que malaventurados políticos y ministros modernistas a su manera, hayan descuidado el cimentar el presente apoyados en la gloria tradicional. Para la reconstrucción de la España grande que ha de venir, aquella misma áurea leyenda contribuirá con su reflejo alentador, con su brillo imperecedero. España será idealista o no será. Una España práctica, con olvido absoluto del papel que hasta hoy ha representado en el mundo, es una España que no se concibe. Bueno es una Bilbao cuajada de chimeneas y una Cataluña sembrada de fábricas. Trabajo por todas partes; progreso cuanto se quiera y se pueda; pero quede campo libre en donde Rocinante encuentre pasto y el Caballero crea divisar ejércitos de gigantes.
Varias publicaciones de Madrid, desde hace poco, han empezado a ocuparse con alguna atención de literatura hispanoamericana. Comenzó el diario El País, siguió la Revista Nueva, interesante y de carácter moderno, y luego el conocido y afamado periódico Vida Nueva, ha comenzado a publicar una hoja mensual con el título América y que se dedicará, como su título lo indica, al pensamiento americano. Como la dirección me pidiese un artículo de introducción a dicha hoja, hícelo refiriéndome a uno del señor Unamuno, publicado en La Época, y en el cual, con motivo de la Maldonada de Grandmontagne, hablaba de las letras americanas en general y de las argentinas en particular, con un desconocimiento que tenía por consecuencia una injusticia. El señor Unamuno es un eminente humanista, profesor de la antigua Universidad de Salamanca, en donde tiene la cátedra de literatura griega. Se ha ocupado de nuestra literatura gauchesca con singular talento; pero no conoce nuestro pensamiento militante, nuestro actual movimiento y producción intelectual. Comencé con tomar de un número de La Nación datos del yanqui Carpenter y hacer un largo párrafo de estadística. Luego dije lo que otras veces he dicho sobre nuestra escasa producción, y sobre las esperanzas en un futuro proficuo. Y como él se refiriese al demasiado parisienismo que creía ver en la literatura de Buenos Aires, manifesté lo que en este párrafo se verá:
«Hay que esperar. América no es toda argentina; pero Buenos Aires bien puede considerarse como flor colosal de una raza que ha de cimentar la común cultura americana; y desde luego, puede hoy verse como el solo contrapeso, en la balanza continental, de la peligrosa prepotencia anglo-sajona. Nuestras letras y artes tienen que ser de reflexión. No puede haber literatura en un país que ha empezado por cimentar el edificio positivo de mañana; después de la base sociológica, de la muralla de labor material y práctica, la cúpula vendrá labrada de arte. Por lo pronto, nos nutrimos con el alimento que llega de todos los puntos del globo. Hemos tenido necesidad de ser políglotas y cosmopolitas, y mucho tiempo antes de que la Real Academia Española permitiese usar la palabra trole, nos habíamos hecho del aparato. Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con París, que tanto preocupa al señor Unamuno, tenemos las más frecuentes y mejores relaciones.
»Buena parte de nuestros diarios es escrita por franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido publicadas por La Nación al mismo tiempo que aparecían en París; la mejor clientela de Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de nuestro Jockey Club, donde Pini es el profesor de esgrima, la Diana, de Falguière, perpetúa la blanca desnudez de una parisiense. Como somos fáciles para el viaje y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos un pueblo industrioso, bien puede haber quien en minúsculo grupo procure en el centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los cristales de su capricho. ¡Whim!—diría Emerson. Crea el señor Unamuno que mis Prosas profanas, pongo por caso, no hacen ningún daño a la literatura científica de Ramos Mexía, de Coni o a la producción regional de J. V. González; ni las maravillosas Montañas de Oro de nuestro gran Leopoldo Lugones perturban la interesante labor criolla de Leguicamón y otros aficionados a ese ramo que ya ha entrado en verdad en dependencia folklórica. Que habrá luego una literatura de cimiento criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso libro de Roberto Payró, La Australia Argentina y las obras del popularísimo e interesante Fray Mocho».