LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR

19 de febrero.

Salgo de casa de Campoamor con una impresión de tristeza. Se trata de su coronación... Romero Robledo, al cerrarse la exposición de las obras de Casimiro Sáinz—ese pobre artista que como André Gill fué a parar a un manicomio—, el célebre político ha iniciado ahora la pintoresca apoteosis que han obtenido en este siglo en España, Quintana, Zorrilla y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece que anteriormente por dos ocasiones se ha intentado esa espléndida humorada en acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos honores y se ha encerrado en su casa a pasar sus últimos años en la burguesa existencia de un rentista que padece de reumatismos. ¡Así fué el gran gesto de nuestro Guido, negándose a la apoteosis con que se le hubiera querido obsequiar! Pero ¡qué gran diferencia de poeta a poeta! La bella cabeza del lírico argentino, la máscara del viejo Pan, las barbas fluviales, la conversación juvenil, el alma fresca, la confianza en la vida de su patria vigorosa y nueva; ir a visitar a Guido es un placer intelectual, alegre y reconfortante; y a veces toca, como sabéis, helénica y admirablemente, la flauta, mientras le hacen de bajos sus vecinos, los leones de Palermo. Y Campoamor, caduco, amargado de tiempo a su pesar, reducido a la inacción después de haber sido un hombre activo y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facies penosa, el ojo sin elocuencia, la palabra poca y difícil... y cuando le dais la mano y os reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su espera en la antesala de la muerte... os digo que es para salir de su presencia con el espíritu apretado de melancolía.

La figura de Campoamor resalta en la poesía española de este siglo con singular magnitud. Si aquí hubiese un Luxemburgo en que habitasen, reconocidos por los pájaros, las rosas y los niños, los poetas de mármol y de bronce, los simulacros de los artistas cristalizados para el tiempo en la obra del arte, las tres estatuas que se destacarían representando esta centuria lírica, serían la de Zorrilla en primer término, la de Núñez de Arce y la de Campoamor. No lejos, por fondo un macizo de flores apacibles, tendría su busto Becquer, que por tener algo de septentrional ha sido excomulgado alguna vez por ciertos inquisidores de la Academia de la Lengua y de la tradición formalista.

Zorrilla encarna toda la vasta leyenda nacional, y es su espíritu el espíritu más español, más autóctono de todos, desde el mundo múltiple en que se desbordó su fantasía, una de las más pletóricas y musicales que haya habido en todas las literaturas, hasta la impecabilidad clásica y castiza de su forma, en medio de las gallardías de expresión y de los caprichos de ritmo que le venían en antojo. Núñez de Arce, con vistas a Francia, y muy particularmente hacia el castillo secular y formidable de Leconte de Lisle, representa un momento del pensamiento universal en el pensamiento de su generación en España, una tentativa de independencia de la tradición, la duda filosófica de mediados de siglo; su fray Martín habla como el abad Hieronimus de los Poemas Bárbaros, y los alejandrinos del impasible francés hallan resonancia paralela en los endecasílabos del nervioso y vibrante castellano. Campoamor ha realizado en cierto modo una dualidad que se creería imposible, al ser al mismo tiempo aristocrático y popular: aristocrático por su elegante y amable filosofía, por su especialísima gracia verbal y métrica; popular, porque siempre va por llanos caminos, y su expresión es semejante a un arroyo donde cualquier caminante puede beber el agua a su gusto con sólo darse el trabajo de inclinarse a cogerla. De los tres, el poeta más poeta fué, sin duda alguna, Zorrilla, «el que mató a don Pedro y el que salvó a don Juan», poeta en su vida, poeta hasta su muerte en todo y por todo, a término de hacer oir un discurso en verso a los académicos de la Española; poeta delante del cadáver de Larra, poeta triunfante con su Tenorio, poeta cortesano del emperador de la barba de oro en Méjico; poeta ya viejo y necesitado, cuando Castelar sostuvo en las Cortes la urgencia de proteger con una pensión a esa viva reliquia gloriosa, a ese millonario de sueños y de rimas, propietario del cielo azul «en donde no hay nada que comer». Núñez de Arce ha sido ministro, hombre político, y hoy mismo gobernador del Banco Hipotecario; la juventud intelectual, por lo que he observado, tiene pocas simpatías por él. Campoamor es un buen burgués de provincia que ha sido también senador y consejero de Estado, y que continúa gozando de la renta que le dan sus tierras. Los jóvenes le tienen gran estima y afecto. A Zorrilla se le coronó, allá en Granada, en fiesta en que él puso a danzar todos sus gnomos y silfos; a Núñez de Arce se le coronó hace poco tiempo; ahora, como os he dicho, se piensa en coronar a Campoamor.

Yo no sé cómo aquí realizarán esta fiesta, indudablemente plausible en cuanto se trata de honrar la divina virtud, la suma gracia del arte, pero fácil a la sonrisa, inevitable en el humor de nuestro tiempo en que francmasonería, filatelia, volapuk, librepensamiento y versos, en el sentido melenudo de la palabra, pasan bajo la mirada irresistible de la diosa Eironeia. Mirad que resucitar a estas horas ceremonias contemporáneas de Corina, colocarle a nuestro eminente vecino don Fulano de Tal el gajo verde que circunda la cabeza de Tasso o de Dante, ante un concurso, por obra de su época, iconoclasta, que ha oído desde hace largos años decir a don Gaspar: «Ya venciste, Voltaire, ¡maldito seas!», que apenas compra los libros de rimas y que acaba de introducir de París el café-concert, el modernismo en el arte y los automóviles, es asunto que en Buenos Aires se prestaría maravillosamente para glosas de un picor en que son especiales los jengibres criollo-cosmopolitas.

He dicho que al ilustre anciano se le había antes querido coronar dos veces, y que en ambas había declinado la manifestación.

Para saber su temperamento en el caso actual, le hice una visita en unión de uno de los más notables talentos del Madrid de ahora, el médico y escritor José Verdes Montenegro, que, entre paréntesis, acaba de publicar una interesante introducción a la versión que de una novela reciente del hijo de Tolstoi—El preludio de Chopín—ha hecho un autor de esta Corte. Ciertamente no fué de agrado el gesto que vi cincelarse en la enferma faz de Campoamor cuando le pregunté el estado de su ánimo sobre la coronación, y de sus labios, que apenas permiten pasar las palabras, entre una tentativa de protesta dejó escapar una interjección absolutamente española, pero quizá de origen griego, pues el hermano de Safo tuvo el mal gusto de tenerla por nombre. Mientras un criado le llevaba el alimento a la boca—«¡santo Dios, y éste es aquél!»—aquella ruina venerable movía la cabeza, y con la mirada decía muchas doloras crepusculares llenas de cosas tristísimas. ¡Coronación a estas alturas de vejez en que la nieve se ha amontonado tanto sobre la vida que ya uno apenas puede darse cuenta de que existe! Podría él preguntarse: «¿es que vivo aún?» Se le decía que todo se haría bien hecho, que dada la persona que encabeza la iniciativa, no podía la fiesta ser sino un regio triunfo social e intelectual. ¿Oía? ¿entendía?

El seguía haciendo sus dolorosos movimientos de cabeza; hasta que, cuando nombramos a Romero Robledo, dejó caer estas palabras: «¡A ese no le hacen justicia!»

De todos modos, la fiesta, según tengo entendido, va a realizarse, y esta misma noche he de asistir en casa de doña Emilia Pardo-Bazán a una reunión de hombres de letras y de política, reunión convocada por la célebre escritora para tratar de ese tópico.

Ya era hora de despedirnos. Campoamor, en el estado en que está, en cuanto se levanta de la mesa tiene que ir al lecho. Todavía nos mira fija, fijamente: nos da la mano, que apenas puede apretar la nuestra; y de pronto se le enrojecen los ojos, va a llorar... Mi compañero me dice: «Vámonos». Salimos con rapidez.

11 de febrero.

Reunión, anoche, en casa de doña Emilia Pardo-Bazán. Sorpresa mía, al oir anunciar a doña Emilia, a sus invitados, que la fiesta es dedicada mitad al asunto Campoamor y mitad a quien estas líneas escribe. Fijáos: ese anciano hidalgo que llega ceremonioso a saludar a la condesa douairière de Pardo-Bazán, es el duque de Tetuán; y el hidalgo joven que cojea un poco apoyado en un bastón, al lado de don José Echegaray, es el conde de las Navas. Cerca de Eugenio Sellés, académico, está el próximo «inmortal» Emilio Ferrari. Carlos M. Ocantos conversa con el periodista francés René Halphen. El doctor Tolosa Latour está entre los dos celebérrimos cronistas de salón, Kasabal y Monte-Cristo. Más allá, dos o tres marqueses, cuyos títulos no se me quedan en la memoria; y las señoritas de Quiroga, hijas de doña Emilia. Le doy la mano a un tuerto, de la dinastía bretoniana; es Luis Taboada. Un ciego se adelanta—siempre ducal, siempre suscitando rumores afectuosos a su paso, siempre con una elegancia que es proverbial desde su juventud, a punto de que en los salones de Wáshington se le apellidaba Bouquet; se diría que su ceguera realza ahora su distinción: es el autor de Pepita Jiménez—es don Juan Valera. En un grupo oigo decir entre otras palabras: «Buenos Aires... La Nación... Mitre... Centenario de Colón...» A un caballero, a quien reconozco en seguida, recuerdo que le he sido presentado por Cánovas en otro tiempo: es el señor Romero Robledo. Se forman corrillos. Heme aquí de pronto colocado por doña Emilia entre dos altas damas que representan lo más intelectual de la nobleza femenina de España: la marquesa de la Laguna y la condesa de Pinohermoso. Desde luego es ya mucho que estas dos linajudas señoras se interesen por cosas de la literatura. De antiguo la nobleza, con las excepciones sabidas, fué ignorante y poco amiga de asuntos que hicieran pensar. Hoy, con excepciones más sabidas aún, las cortes europeas son como las aristocracias plutocráticas de países sin armoriales; hay la cultura precisa para no hacer resaltar una ignorancia que sería desdorosa, pero lo principal se va al sport y demás conocimientos mundanos.

La poca conversación con estas damas me da a entender que hay justicia en tenerlas en la estima mental que se las tiene, quedando resaltantes, a mi juicio, la duquesa de la Laguna por el esprit, la condesa de Pinohermoso por las opiniones discretas.

¿Y el asunto Campoamor a todo esto? Nadie habla de ello por el momento. Apenas un señor que ha visto al viejo poeta esta misma tarde, cuenta que le ha preguntado: «¿Y usted se dejará por fin coronar?», y que él le ha contestado: «Yo no me dejo, pero me van a coronar». Observo que todo el mundo mira a Romero Robledo como a un sér más o menos olímpico. Él habla de que la coronación se realice en el Retiro. Se levantaría una tribuna especial; se decoraría todo con el arte y el fausto de que se puede disponer; y luego, el recinto guarda memorias ilustres de los tiempos en que Felipe IV sabía ser un monarca intelectual. Y doña Emilia habla de lo que ha dicho Castelar en el banquete de hace dos días: que a él no le parece bien la coronación de un poeta lírico, porque éste expresa opiniones y sentimientos individuales; a un poeta épico, se explica, porque representa el alma de una colectividad, de un pueblo... Y doña Emilia, a defender a Campoamor, y a decir que cabalmente los poetas llamados épicos—¿han todos expresado epopeyas en el alto sentido?—son momentáneos y manifiestan pensamientos y sentimientos que pasan; en tanto que los poetas líricos o individuales han puesto en la expresión de su yo la expresión del alma eterna de los hombres; y así, lo que han cantado y rimado hace muchos siglos, subsiste hoy como emergido de almas y corazones contemporáneos nuestros. Homero nos interesa en la despedida de Andrómaca, porque eso es humano y particular a cada sér que tenga sensibilidad cordial; pero cuando es absolutamente épico, no interesa hoy, sino a la erudición o a la pedantería. Cuando doña Emilia demostraba esto a Valera, yo decía en mi interior lo que Víctor Hugo en otra ocasión dijese a la misma doña Emilia: ¡Voilà bien l´Espagnole!

Como entre los humos del té pidiese yo al señor Romero Robledo detalles sobre la próxima coronación, me dice que todavía no hay nada definido; que se ha iniciado nada más el asunto, pero que marcha con tan buen aire, que todo augura un éxito colosal. Y aquí dos cosas curiosas, una del señor Romero Robledo y otra de la señora Pardo-Bazán. El uno dice: «¡Vamos a hacer algo que dejará eclipsado lo que París hizo por Víctor Hugo!...» Y la otra cuenta esta anécdota que el periodista francés la dejaría pasar, pero yo no: «Cuando se publicaron las Doloras de Campoamor, Víctor Hugo, celoso de esa gloria, dijo: «Voy a hacer un volumen de Doloras, como las de Campoamor», y escribió ¡Chansons des rues et des bois!»

¡Oh, doña Emilia! Es el caso que en esta ocasión no podría decir la frase huguesca de su autobiografía de los Pasos de Ulloa: «¡Voilà bien l´Espagnole!»... Y si ella arguyera, casi me pondría yo de parte de la señora de Lockroy...

Nos quedamos en petit comité; se despide la mayor parte de los invitados, y nos instalamos cerca de una roja y buena chimenea. Valera encanta y divierte, castellano y florentino, con su conversación especial; doña Emilia hace recitar a Ferrari, y dice ella versos alemanes e italianos. Y está más brillante que nunca, más brava que nunca, después de una de esas gallardas anécdotas de Valera, cuando a alguien se le antoja hablar de las inmediatas desventuras de España, y a este propósito un conde ignorante expele dos o tres inepcias estadísticas, y con un desconocimiento completamente ibero-americano, lanza esta frase: «La Habana era, al perderla España, la ciudad más grande, culta y rica de la América española».

El secretario argentino se pone nervioso, me hace señas y me voy a mi casa pensando en la «azul y blanca» de Obligado, a escribir, contento de mi continente, y de la capital de mi continente, para mi diario.