CYRANO EN CASA DE LOPE

2 de febrero de 1899.

En efecto, como os lo había anunciado, «Cyrano está en su casa». Ha llegado a España con muy buen pie y mediante los ocho o diez mil francos que, según tengo entendido, recibió de antemano el excelente poeta Rostand. El triunfo ha sido sonoro: y nariz por nariz, la de Díaz de Mendoza, en Madrid, ha valido lo que la de Coquelin en París. En la de Bergerac, ha dicho con su oportuno chiste de siempre Mariano de Cávia, que quedarían muy bien plantados los quevedos en España. Me place haber coincidido en lo del noble caballero de la torre de San Juan Abad, en unos de mis versos anteriores, con el vibrante y agudo periodista. El Cyrano español no es otro que Quevedo; en ambos puso la Luna «madre nutriz, con su leche, quilo del mundo», que dice la sabia doña Oliva de Sabuco, el rayo que hace los locos de poesía; y ambos fueron hombres de amor y de generosas empresas de espada.

La comedia heroica de Rostand, por otra parte, no es otra cosa que una obra de capa y espada de la más buena cepa española, como me lo hiciese notar al llegar el libro del Cyrano a Buenos Aires, un culto y sagaz compañero. Es una comedia de capa y espada que ha podido escucharse en el modernizado Corral de la Pacheca, como si fuese obra legítima de cualquier resucitado, porque los actuales, con las excepciones que sabéis, no encuentran mejor ni más provechosa fuente que las hazañas, hechos y gestos del chulo, ese «compadrito» madrileño. El éxito, pues, ha sido absoluto. La noche del estreno estaba en el Español el todo Madrid de las letras, y la belleza social tenía soberbia representación. No os supongáis que se trate de algo semejante a una «primera» de la Comédie Française; aquí no existe aristocracia literaria; todo va revuelto y el veterano de la gloria castellana se codea con el tipo interlope que han bautizado con el extraño nombre de Currinche. Un diario como El Nacional, con motivo de haber invitado Fernando Mendoza a los ensayos, y sobre todo al ensayo general, a personas extrañas al teatro, decía con loable franqueza: «Allá en París se invita en tales casos a la Prensa, a los autores dramáticos, novelistas, críticos, académicos, actrices vacantes, personalidades del gran mundo... En una ciudad de dos millones de habitantes, donde nadie tiene por qué combatir una obra, se puede invitar a mil espectadores que van sin prevenciones, ni envidias, ni espíritu de concurrencia, a presenciar un ensayo general; y a la crítica para que pueda con tiempo estudiar la obra y dar cuenta de ella dos días después, cuando ya el público de pago la haya visto; y un ensayo general es una especie de consagración del drama o comedia que el público irá a ver confiado en la nota, siempre benévola para el autor reputado, que la Prensa seguramente dará. ¿Pero aquí? Aquí, en esta cabeza de partido de Europa que se llama Madrid, y en la que todos nos conocemos, nos abrazamos y nos odiamos... aquí, donde hay un estado constante de celos y de envidias y de pequeñeces inevitable en el estrecho medio ambiente en que vivimos; aquí, donde toda la vida literaria está circunscrita a la Carrera de San Jerónimo y la calle del Príncipe... aquí, en fin, donde las Empresas viven de diez docenas de familias ricas y de doscientos espectadores pobres, de los cuales la mitad son autores rencorosos o Empresas rivales... permitir que asistan a un ensayo general los amigos y los enemigos, los autores españoles que han de ver gastos enormes y cultos rendidos a autores franceses, los empresarios del frente y los de al lado... ¡Qué equivocación tan lamentable y qué desconocimiento del país en que se vive!» Quien esas líneas escribió parece que tuviese bien conocido su ambiente; pues, en realidad, nada menos que por intermedio de Eusebio Blasco se ha manifestado en público lo que antes escuchara yo en privado: la miserable cuestión de las «perras» chicas y grandes... Ved como, al día siguiente del estreno, ese escritor cuyo arte singular es harto y de antiguo famoso, se expresa, agrediendo de paso a la América que ignora: «Podremos creer que en la casa de Lope de Vega no deben hacerse traducciones; podremos creer también que, de estrenar una obra extranjera cuyo éxito ha sido esencialmente literario en París, debieron haberla adaptado en verso castellano poetas de nombre. Aquí donde tenemos desde Núñez de Arce hasta Manuel Paso, desde Dicenta a José Juan Cadenas; desde Manuel del Palacio hasta Rodolfo Gil, desde Sellés hasta Gil (Ricardo), tantos y tantos poetas notabilísimos, los catalanes, regionalistas furibundos teniendo en Barcelona unos teatros tan hermosos, en cuanto hacen un drama o una traducción se vienen a Madrid y se imponen en el primer teatro de la nación, y se pone a su disposición todo el dinero de las Empresas. Todo esto vemos y de ello protestamos, sin ánimo de ofender a nadie y en defensa de los autores de Madrid, que son, hoy por hoy, en los tres teatros de verso que hoy funcionan, pospuestos a los autores franceses. El Cyrano de Bergerac le gustó mucho al público anoche. Es obra de dinero, como se dice en la jerga teatral. Melodrama para la exportación a Buenos Aires, Chile, Bolivia, y allí alborotará. ¿Cómo no? Lo encontrarán lindo y el estilo parecerá de perlas».

El que habla es Eusebio Blasco, instruído sobre el estado de las aduanas literarias sudamericanas por los poetas de Sucre o de Cochabamba, a quienes ha prologado, o quizá, casi estamos seguros, por persona a quien él conoce bastante, poeta de peso—el hombre de Huanchaca, el boliviano expresidente Arce, que compró la cama de la emperatriz Josefina. Y fijáos primero en la generosidad del artista de Los curas en camisa e introductor de Pañuelos blancos y de toda clase de lencería francesa: la casa de Lope cerrada a toda idea que no huela al aceite de las propias olivas, cuando la casa de Molière y la casa de Shakespeare no se cierran; proteccionismo de las vejeces más o menos gloriosas, a cuyo regimiento pertenece, o de amistades y simpatías personales, con daño de tres jóvenes modestos que han hecho un plausible esfuerzo; repudio de lo catalán, sin duda por las lecciones de arte y trabajo que Barcelona da; expulsión de lo bello francés a causa seguramente de que lo propio anda escaso; y, punto de mira principal, el dinero, el ansiado dinero—, cuya lindeza no nos atrevemos a contradecirle. ¿Cómo no? ¡Oh, no, buen señor!

Primero ha sido el talento de Rostand y después han llegado los miles de francos; y en cuanto a Cyrano de Bergerac, si como en el diálogo de Cávia se encontrase en la villa y corte a estas horas buscaría en vano la hidalguía de Quevedo y se volvería a su París, con Dreyfus y todo.

Pero, hablemos del estreno.


Un escritor de la nueva generación y de un talento del más hermoso brillo—he nombrado a Manuel Bueno—ha escrito que «el nombre de Cyrano de Bergerac parece un reto». «Hay—dice—en las seis sílabas que lo componen, un no sé qué de ostentoso atrevimiento que desafía». Ello es un hecho, que al oído se comprueba sin necesidad de haber leído el Cratilo de Platón. Entre las letras que componen ese nombre suenan la espada y las espuelas, y se ve el sombrero del gran penacho. ¿Y admitirás que el nombre es una representación de la cosa?—pregunta Sócrates en el diálogo del divino filósofo—Cratilo asiente. Cyrano tiene un nombre suyo como Rodrigo Díaz de Vivar, como Napoleón, como Catulle Mendés. Los nombres dicen ya lo que representan. Pues ese poeta farfantón y nobilísimo, de sonoro apelativo, debía ser bien recibido en un país en donde por mucho que se decaiga, siempre habrá en cada pecho un algo del espíritu de Don Quijote, algo de «romanticismo». ¡Romanticismo! «Sí—clama Julio Burell—romanticismo. Pero hoy el romanticismo que muere en Europa revive en América y en Oceanía. Cyrano de Bergerac—una fe, un ideal, una bandera, un deprecio de la vida—se llama Menelik en Abysinia, Samory en el Senegal, Maceo en Cuba y en Filipinas Aguinaldo...»

Verter el prestigioso alejandrino de Rostand al castellano era ya empresa dificultosa. Ni pensar siquiera en conservar el mismo verso, pues hay aquí crítica que aseguraría estar escrita en «aleluyas» la Leyenda de los siglos. Todo lo que no sea en metros usuales, silva, seguidilla, romance, sería mal visto, y renovadores de métrica como Banville, Eugenio de Castro o D'Annunzio, correrían la suerte del buen Salvador Rueda... Los tres catalanes—Martí, Vía y Tintorer—que tradujeron la obra, se fueron directamente a la silva y al romance; y ni siquiera intentaron poner en versos de nueve sílabas la balada o la canción llena de gracia heroica y alegre:

Ce sont les cadets de Gascogne

De Carbon de Castel-Jaloux

Bretteurs et menteurs sans vergogue

Ce sont les cadets de Gascogne...

y tan desairadamente se convirtió en:

Son los cadetes de la Gascuña

Que a Carbón tienen por capitán...

Luego hicieron cortes lamentables, como en el parlamento de Cyrano, sobre la nariz, y cambios más lamentables aún, como trocar la frase final, la frase básica de ¡Mon panache! por: La insignia de mi grandeza... ¡Qué queréis! por una palabra castiza se dan aquí diez ideas; y es muy posible que si Cyrano dice claramente: Mi penacho, nadie hubiera comprendido, o ese galicismo arruina la obra. De todos modos, los catalanes han llenado bien su tarea, hasta donde es posible en el medio en que tenían que presentarse.

La evocación teatral, el scenario, fué de una deliciosa impresión desde el primer momento, desde que apareció el local del Palacio de Borgoña, lugar de las representaciones dramáticas en el París de 1640. Creo demás, para el público de Buenos Aires, hablar del argumento del Cyrano de Rostand; todo se ha publicado cuando el estreno en París, y los que se interesan en estos asuntos han leído la comedia en el original. La nota principal del comienzo de la obra la señaló la aparición de María Guerrero, una Roxana que, eso sí, no han tenido los parisienses, encantadoramente caracterizada, una «preciosa», preciosísima. Los detalles perfectamente estudiados, artistas bellas y cómicos discretos; cuando el gordinflón Montfleuri aparece y Cyrano surge y Roxana sonríe, ya la concurrencia está dominada. Fernando Mendoza, que ha progresado mucho con sus viajes, se conquista los aplausos desde luego; las simpatías, que tanto hacen con el público, están ganadas de antemano.

Las gasconadas se suceden, y al llegar la escena del desafío con Valvert, el triunfo se deja divisar: y al final, cuando Cyrano se va a acompañar a su amigo Lignière para defenderlo contra cien—¡Con quince luché en Zamora!—la ovación primera estalla, al sonar en silva castellana los últimos alejandrinos:

Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,

Contre ce seul rimeur, cent hommes furent mis?

C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis.

En el acto segundo, en su hostería aparece el poeta y pastelero Ragueneau, encarnado por aquel tan buen cómico que conocéis, Díaz, un gracioso que en la Renaissance supo hacer admirar la tradición de su clásico carácter. La llegada de Cyrano, los poetas, famélicos; la carta escrita a Roxana, la entrevista con ésta, la confidencia de ella y el desengaño de él; la llegada de los cadetes; la provocación de Christian—hecha con gran propiedad por el joven artista que también conocéis, Allens Perkins—la conversación entre Cyrano y Christian; el final del acto en versos en que los traductores se han llenado indudablemente del espíritu del original—¡Non, merci!—; todo esto hace que el telón caiga en una tempestad triunfante de entusiasmo.

El acto tercero entra en plena victoria. La escena del balcón agrada, por la justeza con que la silva ha podido interpretar el verso de Francia. Matrimonio de Christian y Roxana, y venganza de De Guiches, que manda a los cadetes de Gascuña a levantar el sitio de Arras, contra los españoles. El entusiasmo se duplica.

El cuarto es el del campamento, admirablemente puesto; los cadetes hambrientos; Castel Jaloux—muy bien esculpido por Cirera—y Cyrano, figuras sobresalientes; y la escena hermosa del pífano conmueve al auditorio... Ah, los alejandrinos de Rostand; pero la silva sigue haciendo lo que puede, y el espíritu triunfa. Y he ahí a Roxana; aparece en la carroza que sabéis, con el buen Ragueneau, de cochero, que enarbola su látigo de salchicha; el lunch inesperado; la llegada de De Guiches, el diálogo de Roxana y Christian, la nobleza de ese cordial sin talento; triunfo del alma de Cyrano; la lucha; la muerte de Christian; y, con el pañuelo de Roxana por bandera, el combate con los españoles; el triunfo de éstos; y la pregunta; «¿Quiénes son esos locos que así saben morir?», con la respuesta de Cyrano.

Ce sont les cadets de Gascogne,

de Carbon de Castel-Jaloux...

Ciertamente os digo, que todo eso fué merecedor de la tormenta de aplausos y exclamaciones que coronó el acto. Para llegar al último, suave, otoñal, crepuscular, vespertino, a la caída de las hojas. De esos adjetivos tomad el que gustéis para la figura de María Guerrero, de religiosa, con su toca como una gran mariposa negra sobre la frente—Cyrano llega a morir, después de tantos años de silenciosa pasión, delante de la que ama; y en una escena de delirio glorioso y melancólico, al amor de la luna triste. La lune s'attristait... Y yo no he visto a Coquelin, ni a Richard Mansfield, los dos mejores Cyranos, como que el uno es el acreedor y ha encarnado su «alma» según dice Rostand en la dedicatoria; pero Díaz de Mendoza ha creado bravamente, muy bravamente su papel; y, como le dice en una carta cierto linajudo marqués, al artista grande de España: «Si hasta ahora fuiste el cómico de los señores, desde ayer eres el señor de los cómicos». He ido a saludarle al «saloncillo» en un entreacto, a ese saloncillo de descanso en donde los infaltables Echegaray, Llana, Ladevese y otros más, hacen su tertulia todas las noches, rodeados de retratos de autores y presididos por la gracia de María Guerrero. Y he encontrado al hidalgo entusiasta del arte, y que, signo de su tiempo, lo es altivamente y gallardamente, sobre preocupaciones de linaje, siguiendo una vocación imperiosa y pudiendo agregar a sus armas de conde de Bazalote las dos máscaras.

El aparecimiento de Cyrano de Bergerac, en estos momentos podría ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito de estos actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación. La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la bella locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es más que la caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos no valen gran cosa. Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los políticos de la débâcle «¡Non merci!» ni quien se quedó manco en Lepanto habría quedado sin perecer glorioso en Cavite o en Santiago de Cuba. El espíritu sanchesco sirve de lastre a las almas nacionales o individuales, impide toda ascensión; el romántico espíritu de la caballería es capaz de convertir a un seco y aritmético yanqui en un héroe, a un cow-boy en un Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo, como todo hombre que desdeña el ideal, esto es el honor, el sacrificio, la gloria, la poesía de la historia y la poesía de la vida, es castigado por su propio olvido. A través de las lanzas prusianas se ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca y romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta triste flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte de la patria, marcan una época en que el españolismo tradicional se ha desconocido o se ha arrinconado como una armadura vieja. Los politiciens y los fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron la grande alma española. Y aun la religión, que ha perdido hasta su vieja fiereza inquisitorial en la tierra fogosa de los autos de fe, se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que han ido poco a poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el sable sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y sin fe se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió? Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un periódico de Madrid de modo que fué bien escuchado su grito: ¡Muera don Quijote! Es un concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su Dulcinea fué la América. Cuando esto se purifique—¿será por el hierro y el fuego?—quizá reaparezca, en un futuro renacimiento, con nuevas armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres volverán a oir, Dios lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar, con sangre renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.