NOTAS TEATRALES

20 de enero.

Varios estrenos: La Walkiria en el Real; Los Reyes en el destierro, en la Comedia; Los caballos, en Lara. La impresión dominadora que me ha producido la estupenda obra de Wagner, es de aquellas fascinaciones de arte que eternamente nos duran. El día está un tanto escandinavo: a través de los vidrios del balcón veo caer tenaz y triste la nieve. Es, pues, a propósito el momento para hablaros del estreno de la ópera del Wottan de la música. Mirad primero del palco escénico al público: es noche de gran pompa; el deslumbramiento es semejante al de la sala de nuestra Ópera una noche de 9 de julio o de 25 de mayo. Los hermosos tipos españoles son de beldad famosa, y tan vario caudal de gracia y de maravilla plástica se aumenta y se ilumina con las constelaciones de la pedrería y la elegancia de los trajes. La española tiene su estilo de vestir, como la vienesa, como la bonaerense, como la neoyorkina; pero lo que en la una hace que porte un Paquin o un Worth con cierta suntuosidad un tanto abullonada, como inflada de valses, y en la argentina produce la confusión prodigiosa de la manera con la parisiense y en la otra pone una especie de matematecidad gimnástica, en estas damas hace que la elegancia francesa se mezcle en limitada parte con el aire nativo, y para mejor daros una idea de ciertos ejemplares soberanos, pongo por caso la andaluza marquesa de Alquibla—os digo que os imaginéis a una maja de Goya vestida por Chaplin.

Desde luego, las observaciones de Graindorge no han caducado, y probablemente mientras en el mundo haya le monde, tendrán su inmediata confrontación en toda sociedad de la tierra. Mas aquí, donde la cultura no es de aluvión, sino que está filtrada a través de rocas multiseculares, fuera de aquello frívolo y pasajero que la moda traiga con su imposición, el sentido social está bien cimentado; y pongo esto a cuento porque lo primero que noté en la sala regia, con pocas excepciones, es que la alta sociedad madrileña va al Español para ver y para oir, y al Real para oir y para ver. Hay en el público de palcos y plateas conocedores insignes en cuestión musical, y en cuanto al paraíso, como en Buenos Aires, es allí donde se encuentran los que, según se dice, imponen o rechazan una obra. Mas no oiréis la conversación molesta del advenedizo enriquecido que llega a su palco a hacerse notar por su desdén a lo que en la escena pasa; y los fanáticos de Wagner no han tenido que protestar a causa de ninguna incoherencia en la ocasión presente. Conforme con los preceptos wagnerianos, nadie llegó retrasado a la función.

Pues, os digo que aun impera en mí el prodigio de la armonía y de la melodía, «elementos de la música más espiritual que el simple ritmo», de Hanslick, y jamás he visto alzarse sobre un trono más glorioso el alma suprema del gran Germano. Toda alma de artista, en esa noche, sintió allí clavada la espada divina del genio cual la que está en el fresno hundida hasta la empuñadura. Yo recordaba que uno de mis mayores disgustos había sido con un amigo cordial, de más corcheas que yo, pero a quien no podía demostrar mi sinceridad por Wagner delante de su obstinada sospecha de ver en mi amor profundo por ese orbe de poesía absoluta un mal pertrechado entusiasmo de snob... ¡Oh, no! Allí habéis sentido y pensado a Wagner los que sabéis y podéis sentirle y pensarle; y muchos de vosotros habéis ido a oir la Misa del Arte a la iglesia de Bayreuth. Pues aquí es mayor, incomparablemente mayor el número de los adoradores, de los verdaderos adoradores del santo culto que renueva a Pitágoras... y mi modesta afición, sin pretensión alguna, sin herir ninguna cuerda, ni soplar madera ni cobre, ha sido bien acogida. Se me ha dejado rezar, y eso basta. Madrid es capital que por su gusto musical se distingue, el Real es de los teatros señalados artísticamente, y entre otras cosas, existe una Sociedad de conciertos que puede enorgullecer a cualquier gran centro lírico. No es sino de entusiasmo la impresión que han llevado últimamente Saint-Saëns y Lamoureux. Pero ¿y La Walkiria?

La sala se dejó subyugar por la potencia sublime, desde los compases directores de la introducción, corta y llena de magnificencia, y las primeras frases de Siegmund—desgraciada y necesariamente traducido en Segismundo—hasta el momento final en que al golpe de la lanza brota el misterioso fuego, todo fué como el paso de un vasto huracán de mágicos números, de cadencias únicas, de revelaciones armoniosas; ya Siglinda surja, encarnación de portento, o Hunding truene o Siegmund en un solo ideal se lamente; o el dúo del amoroso y deleitoso y único amor de los dos hermanos se cristalice soberbiamente en la expresión del divino incesto: «Esposa y hermana eres para mí. ¡Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsas!» o Brunilda arrebate a Siglinda o pase la prestigiosa y sonora cabalgata, o por fin, Wottan, dando el sueño con un beso a la Walkiria, ordene el incendio al dios del fuego maravilloso. El conjunto se destaca como una selva mágica en la que casi sensible físicamente, el influjo del deus precipita nuestras emociones también en cabalgata magnífica e incontenible. Cada mente se siente abrasada, cada espíritu contiene a Gerilda, Waltranta, Schwerleita, Ortlinda, Helmwigia, Sigruna, Rosweisa, Grimguerda... Y el público de Madrid, en general, supo apreciar el don olímpico. Aunque hay quien afirme que del ciclópeo drama musical lo único que ha admirado son las bellezas de la cabalgata y del fuego encantado...


En la Comedia, el estreno de Los reyes en el destierro, como comprenderéis, extraída de la novela de Daudet. Autor de la pieza y gozador del triunfo y del provecho, Alejandro Sawa. De Sawa también os he hablado desde París—pues en verdad he sido yo el judío errante de La Nación—hace algunos años. Él fué quien me presentó a Jean Carrère, cuando la émeute de los estudiantes y los escándalos del café D'Arcourt, en el 93. Allá en París hacía Sawa esa vida hoy ya imposible, que se disfrazó en un tiempo con el bonito nombre de Bohemia. Es más parisiense que español y sus aficiones, sus preferencias y sus gustos tienen el sello del Quartier Latin. Lo cual no obsta para que sea casado, hombre de labor de cuando en cuando—y querido de todos en Madrid—. A su vuelta, después de muchos años, de Francia, ha sido recibido fraternalmente, y la suerte buena no le ha sido esquiva, pues con el arreglo que ha hecho ahora para el teatro, ha obtenido una victoria intelectual y positiva. Para Buenos Aires sé que no tengo que entrar a detallar o recordar los tipos especiales que se barajan en la producción del pobre Petit-Chose. Sólo diré que Sawa ha logrado hilvanar bien su scenario y tejer su juego con habilidad y con el talento que todo el mundo le reconoce.

Sawa—debo decirlo—continúa, a pesar de su triunfo, de su encantadora hijita y de su barba que anuncia ya la vejez entrante, tan formal como hace siete años. Me había prometido una escena de su obra para este correo, primicia muy agradable. En efecto, no le he vuelto a ver.

A Sellés sí le he visto, un día después del estreno de Los caballos. Es personal y literariamente muy simpático, y pongo el vulgar adjetivo porque así se comprenderá mayormente. Este académico de la Española es, sin duda alguna, el más juvenil de los inmortales; no el más joven, porque el conde la Viñaza y el poeta Ferrari son los benjamines. El más anciano ya se sabe que es Menéndez y Pelayo. Y he aquí que en un teatro de arte chico, de chulerías y cosas de esa guisa, se presenta Sellés con esta obra, parte de una trilogía que, según él deja decir, es simbolista. Altamente estimo al autor del Nudo gordiano, y sobre todo, su tendencia a hacer un teatro de ideas, aquí en la tierra del parlar y del inflar.

Pero crea el señor Sellés que es infantil, que es de una ingenuidad conmovedora el nombrar a Ibsen, o a Hauptmann, o a Sudermann, como alguien lo hiciera delante de mí, a propósito de sus obras. Llamar teatro simbolista al del señor Sellés, es como poner bajo las tentativas del dibujante Chiorino: «dibujo prerrafaelita». En el teatro de Antoine, en el de l'Œuvre, su obra difícilmente habría sido admitida; porque el reconocer su castiza y propia lengua no significa en este caso nada; cuando se quiere hacer obra de ideas no se hace obra de palabras. Esta pieza, como dejo apuntado, pertenece a una trilogía, cuya primera parte ha sido puesta en escena por Novelli. Hay una tendencia social que se ruboriza de su mismo impulso a la libertad futura. Parece que no ha estudiado el señor Sellés como debía el más arduo de los problemas contemporáneos, y el anarquismo «para familias» que ha procurado presentar en su pieza, no provocará en los intelectuales sino una sonrisa. El río es más vasto y más profundo; y, para citar un tipo, venir a encarnar en el maestro de escuela, en España, la tendencia salvadora de la obra social—¡aquí donde el pobre maestro de escuela es sinónimo de atorrante!—, es simplemente inefable. La tela paradojal está bien bordada de oro fino castellano; la forma regocija el amor patrio gramatical, y el poeta es el poeta de siempre. Aquí se da del cher maître; y yo le digo por eso: Querido maestro, sus caballos se han desbocado, pero... à rebours.

Y el miércoles próximo en el Español, estreno de Cyrano de Bergerac. Nada diré hasta después de la representación; pero os mando los versos que me encargara la revista Vida Literaria con tal motivo.

CYRANO EN ESPAÑA

He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa

De un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.

¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?

Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.

¿No se hacen en España los más bellos castillos?

Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,

Y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña

Conócenla los bravos cadetes de Gascuña.

Cyrano hizo su viaje a la luna: más antes

Ya el divino lunático de don Miguel Cervantes

Pasaba entre las dulces estrellas de su sueño

Jinete en el sublime pegaso Clavileño.

Y Cyrano ha leído la maravilla escrita

Y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita

Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote

Siente que es lengua suya la lengua del Quijote.

Y la nariz heroica del gascón se diría

Que husmea los dorados vinos de Andalucía.

Y la espada francesa, por él desenvainada,

Brilla bien en la tierra de la capa y la espada.

¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Castilla

Te da su idioma, y tu alma como tu espada brilla

Al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en España.

Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,

Pues vienes a la tierra de la Caballería.

Eres el noble huésped de Calderón. María

Roxana te demuestra que lucha la fragancia

De las rosas de España con las rosas de Francia.

Y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas

Y sus miradas, astros que visten negras túnicas

Y la lira que vibra en su lengua sonora

Te dan una Roxana de España encantadora.

¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha

Grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha

Príncipe de locuras, de sueños y de rimas:

Tu penacho es hermano de las más altas cimas,

Del nido de tu pecho una alondra se lanza,

Un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;

Y en medio de la selva del duelo y del olvido

Las nueve musas vendan tu corazón herido.

¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado

Donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?

¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?

¿Fué acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?

¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas

Albas forma el castillo de las Vírgenes locas?

¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores

No oíste al melodioso Rey de los ruiseñores?

No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,

Pues todas estas cosas existen en la luna.

¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Cyrano

De Bergerac, cadete y amante, y castellano

Que trae los recuerdos que Durandal abona

Al país en que aun brillan las luces de Tizona.

El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte

El que vence el espacio y el tiempo; su estandarte.

Pueblos, es del espíritu el azul oriflama.

¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?

Y a través de los siglos se contestan, oid:

La Canción de Rolando y la Gesta del Cid.

Cyrano va marchando, poeta y caballero

Al redoblar sonoro del grave Romancero.

Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.

Son sus espuelas finas de fábrica española.

Y cuando en su balada Rostand teje el envío,

Creeríase a Quevedo rimando un desafío.

¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca

El tiempo el lauro; el viejo Corral de la Pacheca

Recibe al generoso embajador del fuerte

Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.

Nosotros exprimimos las uvas de Champaña

Para beber por Francia y en un cristal de España.