LA ENSEÑANZA

8 de septiembre.

Refiérenme que cuando hace poco tiempo estuvo vacante la plaza de verdugo, hubo entre los que la solicitaron abogados y médicos. Un amigo mío terrateniente, me asegura haber empleado como guarda forestal a un abogado. Esto no es una rareza. En los países menos civilizados, como en los más florecientes, ya se conoce lo que es el proletariado intelectual. En el país de mi nacimiento hay quien puede decir más de una vez: «¡licenciado, lústrame las botas!», y en Buenos Aires, cuando fuí secretario del director general de Correos y Telégrafos, recuerdo solicitudes para puestos de escribiente u otros más modestos, en que los recomendados podían responder al vistoso apelativo «doctor». En toda la América latina el titulismo es endémico; pero el origen está aquí, en la tierra clásica en que se asienta Salamanca. El mal está en la raíz.

La ignorancia española es inmensa. El número de analfabetos es colosal, comparado con cualquier estadística. En ninguna parte de Europa está más descuidada la enseñanza.

La vocación pedagógica no existe. Los maestros, o mejor dicho, los que profesan la primera enseñanza, son desgraciados que suelen carecer de medios intelectuales o materiales para seguir otra carrera mejor. El maestro de escuela español es tipo de caricatura o de sainete. Es el eterno mamarracho hambriento y escuálido, víctima del Gobierno; pero persona de valía y al tanto de las cosas de su tierra, me demuestra que realmente no son por lo general dignos de mejor suerte esos maniquíes de cartilla y palmeta. «Los niños, me dice, no aprenden siquiera a leer en la enseñanza primaria. De gramática no hablemos, raro es el que sabe lo más elemental y escribe con ortografía. Y no habiendo aprendido a leer, no es posible aprender a estudiar. El maestro de primaria, por lo general ignorante, carece de todos los conocimientos y de la mansedumbre necesaria para cumplir su misión, pero tiene la bastante soberbia para suponerse dueño y señor de sus párvulos en la escuela. Como todo buen español con su poco de autoridad, quiere que ésta resplandezca constantemente a los ojos de todos, y ¡ay del que no la acate! Lo primero que exige es la humildad, él que no es humilde, y la obediencia, él que con su proceder descubre la alegría del mando. Los niños, hartos de ser traídos y llevados sin más ni más, sueñan en que llegue su hora de mandar. Un hombre por conveniencia se aviene bien a todo; pero el niño entiende antes la justicia que la conveniencia, y el maestro no cuida generalmente de razonar sus actos: es un rey absoluto. En la mala enseñanza primaria está el origen de todos los males. El maestro, cuando pica muy alto—pican hasta los más ruines—, no quiere que le llamen maestro sino profesor. Este título incoloro lo prefieren al de maestro, porque generalmente se llaman profesores los que dan cursos en Institutos y Universidades; bien es verdad que también se llaman profesores los barberos y sacamuelas. El profesor de primeras letras da sus explicaciones (aquí son oradores todos los que hablan), que los niños no entienden, porque en vez de facilitar la comprensión, hace discursos, esperando que sus infelices discípulos le crean un hombre superior. También hace sus libros, y el más imbécil tiene una gramática, una geografía, una historia o unas matemáticas; generalmente les da por los estudios gramaticales. Todos velan por la integridad del purismo. Gramática hay por esas escuelas en que al niño le es absolutamente imposible aprender; el afán de definir de un modo nuevo condúceles a los mayores disparates; y los pobres muchachos aprenden de memoria lo que debiera ser base de su estudio y es origen de su abotagamiento intelectual. Tampoco se cultiva mucho la escritura; unos adoptan la española, otros la inglesa, casi nadie enseña a escribir; total, que a los diez años de edad y cinco de materias, pasan los párvulos de la enseñanza elemental a la segunda enseñanza, sin haber aprendido siquiera a leer y escribir. De cada 100 niños aprobados de ingreso en el Instituto, 90 saben apenas firmar y no hay uno que escriba al dictado correctamente; la lectura también pertenece para ellos a las ciencias ocultas; y sin saber escribir ni leer, les meten en latines. El catedrático de Instituto, y más aún el de colegios particulares, no está preparado para la enseñanza; cuando más, conoce vagamente la asignatura que explica, pero no penetra en la mente de los niños. El profesor, como el maestro, tiene la monomanía del discurso. Todos los días hace su explicación en forma oratoria altisonante; si no tiene un libro de texto propio, no se ajusta en todo a ningún autor y obliga a los alumnos a tomar apuntes; así acaban los cursos, y la mayoría de los estudiantes no se ha enterado aún de lo que sean las asignaturas que cursaron; algunas definiciones, alguna clasificación, algún razonamiento aislado: cuatro lecciones prendidas con alfileres, que se olvidan luego, y el que tiene la suerte de salir aprobado no vuelve a pensar en aquellas cosas. Así el niño que salió de la primera enseñanza, virgen de conocimientos elementales, sale de la segunda sin comprender las ciencias y las letras que debieron determinar su vocación, y no emprende la carrera que le aconseja su instinto, sino la que sus padres le imponen por considerarla más lucrativa. Las Universidades aparecen con mejor organización; hay en ellas algunos profesores sabios y cultos—un Posada o Unamuno figurarían en su especialidad en cualquier Universidad del mundo—; aunque por lo general, vicios de constitución y lo que viene desde el origen, la falta de conocimientos elementales, no permitan a los alumnos aprovecharse de la enseñanza superior; con todo y no ser ésta deplorable como las otras, deja mucho que desear». Unamuno, precisamente, ha dicho en una serie de luminosos artículos mucho y muy interesante acerca de la enseñanza superior en España.

Pero mucho más que las Universidades dejan que desear las Escuelas de ingenieros y las Academias militares. Nombrándose de Real orden los profesores, y siendo aptos para el cargo de profesor todos los individuos del escalafón después de un cierto número de años de servicio, resulta que en ciertas épocas y en ciertos cuerpos que tienen su centro de enseñanza en buena población, todo el mundo quiere ir a desempeñar cátedras, no por sus aficiones a la asignatura, sino por la residencia. Y, en cambio, a otros hay que enviar a la fuerza a quien explique, y claro es que no van los más aptos, sino los más desvalidos. Conceder aptitud para desempeñar una asignatura por el mero hecho de haberlo cursado, es una estupidez colosal; y cuando la asignatura es cálculo diferencial, mecánica, geología, construcción, botánica, química, sube de punto el disparate. Así en las escuelas y academias especiales se repiten todos los errores de que viene siendo víctima el joven desde que tuvo la mala idea de ponerse a estudiar, y esta vez aumentados prodigiosamente. Me dicen cosas monstruosas de tales centros de enseñanza, y si no las refiriese persona muy culta y muy conocedora, serían increíbles. En una clase de topografía, después de trabajar todo el año entre los alumnos y el profesor, al hacer las prácticas de fin de curso no consiguieron cerrar un perímetro. Las clasificaciones botánicas y mineralógicas, los experimentos químicos, no van más allá. Muchos libros, muchas horas de clase, muchas horas de estudio; mucho atiborrarse de teorías, leyes y teoremas; pero la ciencia, la verdadera ciencia no aparece.

De algo semejante se quejan en algunos países europeos, pero la falta de conocimientos elementales no sea tal vez tan grande como en España en nación alguna. Precisamente la cuestión del sumernage preocupa en Francia a muchos espíritus cultos que desean dar al estudio una marcha menos violenta y no tan apartada de la vida práctica.

Es verdaderamente lastimoso ver a los jóvenes sufriendo por ocho años la ingestión de voluminosos tratados, rozando las más graves teorías científicas, para venir al fin, terminada la prueba oficial, a trabajar, los que trabajan, con el auxilio de los anuarios de bolsillo extranjeros. Tanta ecuación, tanta integración, para sujetarse a las fórmulas calculadas ya de resistencia, pendientes, velocidades, etc.; tanta bambolla de experimentación para someterse a las apreciaciones, no siempre exactas, de una cartilla de análisis. La verdad es que si esto no fuera terrible sería bufo.

Luego la influencia clerical en la enseñanza. La alta clase española está convencida de que no se puede recibir una buena instrucción sino en establecimientos religiosos. Hay multitud de colegios regentados por Ordenes religiosas; ahí están las Universidades libres de Deusto, manejadas por los jesuítas; el Escorial, por los padres agustinos, y así otros centros docentes. La experiencia ha demostrado aquí y en otras muchas partes que los internados son funestísimos.

La institución libre de enseñanza que empezó hace tiempo con muchos bríos, fracasó por completo. Para esa forma nueva se unieron a don Francisco Giner muy buenas inteligencias, y no consiguieron nada; lo cual prueba que o ellos no supieron enseñar, o el sistema no es aplicable a esta raza; yo creo ambas cosas.

Para ese género de enseñanza se necesita en el profesor un instinto paternal y humano que no permiten la frivolidad y ligereza españolas: y en el alumno una atención y voluntad que las mismas causas hacen imposibles.

Lo que habría que hacer en España sería formalizar la enseñanza elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética. Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada cual siguiese su rumbo. Probablemente ahora es cuando hay menos cultura general en la Península, a pesar de la revolución y de los esfuerzos de algunos cosmopolitistas. El siglo XVIII fué más culto que este fin de siglo; y si las Universidades llegaron entonces a una situación calamitosa, fué por falta de administración y gobierno, por la preponderancia clerical, que ahora nuevamente amenaza con mayores ímpetus, por falta de base, por incultura elemental, por cubrir con el relumbrón académico la miseria de una ignorancia vasta.

No hacen falta reformas, ni planes nuevos ni estudios novísimos. Lo que necesita con urgencia la juventud española es que le enseñen a leer, ¡que no sabe!, que se mueran de una vez todos los maestros agonizantes, en cuyas manos se deshilacha como una vieja estofa el espíritu nacional, y que se pongan las fabulosas «Cartillas» en manos de hombres de conciencia, hombres que den al abecedario la importancia de un cimiento sobre el cual ha de apoyarse el edificio de la común cultura.

Santiago Alba, ¡buena cabeza!, a propósito del soñado libro de Desmolins se pregunta: ¿El régimen escolar español forma hombres? ¡Y con la universal voz se contesta: no! Hay mucha disposición, mucho reglamento—; ¡estamos en el reino del expediente del cual hemos sido herederos directos!—, y en el fondo, nada. Todo en los papeles. Alba ha hecho una comparación estadística.—El 1 ½ por 100 (0,73 por habitante) del total del Estado consagra éste en España a la pública instrucción, mientras Francia el 6 ½ (5,82 francos por habitante), Italia el 2 ½ (1,75); y hasta Portugal el 2 ¼ (1,11). No hablemos de Inglaterra, donde el espíritu anglo-sajón y la riqueza del país por el mismo espíritu creado permiten dedicar a la enseñanza el 8 ½ por 100 del presupuesto total, esto es, más de siete francos por individuo. Entrando en lo hondo del asunto, la palabra del señor Alba no puede ser más franca ni más justamente dura. «¿Es que nuestros bachilleres, dice, nuestros abogados, nuestros médicos, nuestros ingenieros, nuestros peritos mercantiles y hasta nuestros militares y nuestros marinos, no son víctimas también del inevitable chauffage, de que Demolins abomina escandalizado y dolorido? Bachilleres incapaces de escribir una carta con ortografía, abogados ignorantes al salir de la Universidad de lo más rudimentario de la profesión; médicos que no saben ni tomar el pulso; ingenieros a quienes se hunde la primera obra en que ponen mano; peritos mercantiles que no podrían llevar regularmente ni un libro diario;—en fin, militares a quienes «no caben en la cabeza» cien hombres y marinos de cuyos viajes da precisa y exacta cuenta el número de las averías del barco que dirigen, entonan a coro himno grandioso al admirable sistema que empieza por hacer inútiles a cientos de hombres de uno de los pueblos más reconocidamente despiertos del planeta.»

Lo dice el vulgo con toda claridad: «Aquí el bachiller, el abogado, el médico, el ingeniero, el perito mercantil, el militar, y el marino que llegan de veras a serlo «se hacen» por sí solos cada uno en su casa, en su hospital, en su taller, en su cuartel o en su barco; lo que estudian en el Instituto, en la Universidad, en la escuela, o en la Academia, es sólo por coger el título o la estrella».

En lo relativo especialmente a la enseñanza superior, ha iniciado ahora, como he dicho, el catedrático de griego de la Universidad de Salamanca, señor Unamuno, una campaña nobilísima y valiente.