UNA NOVELA DE GALDÓS

26 de octubre de 1899.

Otro nuevo «episodio nacional» estalla en los escaparates de librería, con sus colores amarillo y rojo en la cubierta, formando bandera española. Y bajo el título, y el 7.000 que se refiere a los ejemplares, la esfinge sentada sobre el globo nos anuncia que aparece un libro más en que se tiene por divisa Arte, Naturaleza y Verdad. Ya os he dicho del ordenado fabricar del maestro novelador. No censuro—sino todo lo contrario—el método y la exactitud en el término de la producción. Eso indica que la voluntad priva sobre el talento, lo cual es razón que honra al carácter humano. Lo que lamento es que se transparente, hasta casi llegar al público, un plan industrial con mengua de propósitos mentales. Quién encuentra una familia como la Rougon Macquart, quién la Historia de España. El Sr. Galdós pudo comenzar en los tiempos de Vamba y concluir en los de Sagasta. Habríase llenado una biblioteca y desbordado el capital de la casa editora. Pero el potente autor de Gloria, de León Roch, de la primera serie de los Episodios, no tiene el derecho de descender en calidad por ascender en cantidad. Yo respeto y saludo ese admirable y sereno talento que ha producido innegables obras maestras; pero ese mismo respeto es el que me hace contristarme ante una fecundidad inquietante, porque la obra precipitada de ahora no resiste comparación con la madura de antaño. Claro está que un libro de Pérez Galdós no podrá nunca ocultar el lustre original; no será un libro malo jamás, ni un libro mediocre, que es peor. Pero se advierte que falta la gestación indispensable en partos de esta índole—gestación casi siempre elefantina—. Sale el libro flojamente vertebrado, un si es no es anémico, con marcada tendencia al raquitismo; aunque se observan—como en los ojos del niño—reflejos y chispazos del alma paternal. Son libros faltos de tiempo. La Estafeta romántica está escrita de julio a agosto de este año, en que van publicándose ya cuatro episodios. Cabalmente acabo de salir de la inmensa floresta de Fécondité, y al dejarla he visto el tiempo que Zola ha empleado en ella. Cerca de un año. Es el lapso más corto para realizar una labor de conciencia, sin llegar a la religiosidad flaubertiana. Zola, con todo y su simétrica tarea de gran obrero, sabe que tiene que elevarse a sus Cuatro Evangelios con la mayor energía y el aliento de su idea, y que no es sino con ímpetu aquilino y ansias de grandeza moral como podrá escudriñar a su manera las que llama San Agustín «montañas del Señor», para bien de su patria la Francia. Bien podría el señor Galdós dar a España un libro cada año, en el cual libro pusiese la esencia saludable de su pensamiento y ayudase a la obra social y al resurgimiento de la nación española. De estos volúmenes se ocupa escasamente y mal la crítica de casa; y la extranjera, por respeto al nombre del autor, suele hacer una que otra compte rendu, aunque sea como la de M. Vicent, del Mercure de France, que ha hojeado seguramente el libro, y ha sacado en claro, traducida una novedad del título de La campaña del maestrazgo. Su precario español le haga confundir campaña con campana, y traduce: La cloche du Maestrazgo.

Es el caso de decir que ha oído campanas y no sabe dónde.

No veo que en la Prensa de Madrid se le haya hecho la menor observación al ilustre novelista, respecto a ese producir absolutamente mecánico. No hay duda que causa el silencio, la consideración a sus altos méritos y a su celebridad. Él propio debía notar que si antes el aparecimiento de un libro suyo era lo que llama el clisé un acontecimiento literario, hoy apenas conmueve la atención y suscita uno o dos artículos de complacencia y las rituales gacetillas. Es natural que nunca su producción será colocada entre la copia innumerable y repetida de los multíparos conejos de las letras.

Veamos la Estafeta romántica.


En estos libros, donde dice Benito Pérez Galdós, no se pone el aditamento: De la Real Academia Española. Debía hacerse, pues pocos escritores contemporáneos contribuyen más a sostener dignamente la amojamada castidad del idioma.

Con ser heterodoxa la médula, lo exterior va siempre en una lengua conservadora y depurada y cuya espontaneidad non infiere el menor agravio a su legítimo y castizo abolengo. Esta novela de que trato está compuesta de una serie de cartas, y de ahí que sea Estafeta. Romántica es por la época en que el argumento se desarrolla. Y el ser la novela en cartas, quizás, no sea ajeno al título, pues el género en dicha época tuvo su boga. Consta la obra de cuarenta cartas en que se desarrolla una intriga amorosa, se trata de la política del tiempo y de literatura. El autor no ha descuidado la documentación; se ve que se ha tomado el trabajo de informarse en las mejores fuentes; y pone ante el lector, viviente y palpitante, esa curiosa vida de comienzos de siglo.

Algo de lo más interesante es el episodio de la muerte de Larra, narrada y comentada en el curso de estas epístolas.

Figura en la estafeta una carta simulada de don Miguel de los Santos Álvarez, el amigo íntimo de Espronceda y de Fígaro. No hay duda de que el señor Galdós trató a Álvarez y de sus labios obtuvo muy interesantes informes. Yo tuve oportunidad de conocer a dicho personaje en casa de don Juan Valera, y no dejé pasar la ocasión de despertar en más de un punto sus recuerdos, especialmente en lo referente a la amistad estrecha que le unía con el poeta del Diablo Mundo. Álvarez, ya muy viejo y bastante sordo, no había perdido sus facultades de delicioso parlante.

El general Mansilla ha publicado en sus interesantes causeries algo sobre la vida de aquel original ingenio en Buenos Aires. Es sabido que, creo que en tiempo de Rozas, fué al Río de la Plata, enviado por el Gobierno español. Él se complacía en rememorar aquella época de su vida y guardaba muy buenas impresiones de sus noches y días americanos. Digo noches, porque don Miguel de los Santos fué incorregible noctámbulo durante toda su larga existencia. A los setenta y tantos inviernos, y hasta muy poco antes de su muerte, era de los últimos en abandonar a la madrugada el tresillo del Casino. «Vea usted, me decía, dicen que el trasnochar es malo. Tengo de hacerlo tantos años y me va perfectamente.»

La carta fingida de Álvarez al tipo principal de la novela, Fernando Calpena, está escrita de manera que bien podía considerarse como no apócrifa. Es alabar demasiado la inteligencia del Pilar creerla capaz de una imitación palpablemente difícil. Y Galdós, en esta carta, como en muchas de las del libro, demuestra que posee una flexibilidad de pensamiento que no siempre es un don de los fuertes. Todavía no se ha escrito la vida íntima de la época en que pasan estos sucesos de la Estafeta, y no se conocen detalladamente, pongo por caso, las causas que condujeron a Larra a suicidarse. El romanticismo tuvo, sin duda alguna, gran parte en el arrebato de aquel brillante espíritu. Era el tiempo en que el romanticismo estaba más en el ambiente que en la literatura, y en que, en París, como cuenta el doctor Verón en sus memorias, un serio y conservador hombre de letras, después de atacar y negar la revolución romántica con la pluma, se fué a echar al Sena, por causa de un amor imposible. Larra, según dicen, se mató también por amor. Su querida, una dama casada, cortó la intimidad obligada por la severidad de su confesor. El poeta no pudo lograr que se reanudasen las relaciones y, enamorado de veras como estaba, se precipitó en la muerte. No puedo dejar de haceros conocer el párrafo de la carta de Álvarez a Calpena, en que trata del desgraciado acontecimiento, y que, como digo, debe estar basado en algunas conversaciones entre Galdós y don Miguel: «Supe yo la muerte de Larra al día siguiente del suceso, o sea el 14 de febrero. Fuí a verle con otros amigos a la bóveda de Santiago, donde habían puesto el cadáver, allí me encontré a Ventura y a Roca de Togores, tan afligidos como yo y Hartzenbusch, que me acompañaba. ¿Y por qué?... decíamos todos, que es lo que se dice en estos casos.—¿Cuál ha sido el móvil?... Quién hablaba de un arrebato de locura; quién atribuía tal muerte al estallido final de un carácter, verdadera bomba cargada de amargura explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir a parar en aquella siniestra caída al abismo. ¿Y ella? Si alguien la culpaba en momentos de duelo y emoción, no había razón para ello. No era ya culpable. Por querer huir del pecado, había surgido la espantosa tragedia. En fin, querido Fernando, suspiramos fuerte y salimos después de bien mirado y remirado el rostro frío del gran Fígaro, de color y pasta de cera, no de la más blanca; la boca ligeramente entreabierta, el cabello en desorden; junto a la derecha, el agujero de entrada de la bala mortífera. Era una lástima ver aquel ingenio prodigioso caído para siempre, reposando ya en la actitud de las cosas inertes. ¡Veintiocho años, una gloria inmensa alcanzada en corto tiempo con admirables, no igualados escritos, rebosando hermosa ironía, de picante gracejo, divina burla de las humanas ridiculeces!... No podía vivir, no. Demasiado había vivido; moría de viejo, a los veintiocho años, caduco ya de la voluntad, decrépito, agotado. Eso pensaba yo, y salí, como te digo, suspirando y me fuí a ver a Pepe Espronceda, que estaba en cama con reuma articular que le tenía en un grito. ¡Pobre Pepe! Entré en su alcoba y le hallé casi desvanecido en la butaca, acompañado de Villalta y Enrique Gil, que acababan de darle la noticia. El estado de ánimo del gran poeta no era el más a propósito para emociones muy vivas, pues a más de la dolencia que le postraba, había sufrido el cruel desengaño que acibaró lo restante de su vida. Ignoro si sabes que Teresa le abandonó hace dos meses. Sí, hombre, y... En fin, que esto no hace al caso. Gran fortuna ha sido para las letras patrias que Pepe no haya incurrido en la desesperación y demencia del pobre Larra. Gracias a Dios, Espronceda sanará de su reuma y de su pasión y veremos concluído el Diablo Mundo, que es el primer poema del ídem... Sentéme a su lado y hablamos del pobre muerto. En un arranque de suprema tristeza, vi llorar a Espronceda; luego se rehizo trayando a su memoria, y a la de los tres allí presentes, los donaires amargos del Pobrecito hablador, el romanticismo caballeresco del Doncel, y el conceptismo lúgubre de El Día de Difuntos. También hablaron de ella, y tal y qué sé yo, diciendo cosas que no reproduzco por creerlas impropias de la gravedad de la historia. Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de Fígaro con el «mayor lucimiento posible», y me quedé solo con el poeta, el cual, de improviso, dió un fuerte golpe en el brazo del sillón diciendo: «¡Qué demonio! Ha hecho bien». Yo rebatí esta insana idea como pude, y para distraerle, recité versos, de los cuales ningún caso hacía. A media tarde entró de nuevo Villalta con Ferrer del Río y Pepe Díaz. Espronceda sintió frío y se metió en la cama. Yo, caviloso y cejijunto, hacía mis cálculos para ver de dónde sacaría la ropa de luto que necesitaba para el entierro...» Luego narra lo acontecido en el entierro, con la nota saliente del aparecimiento de Zorrilla, «de la estatura de Hartzenbusch, y con menos carnes; todo espíritu y melenas; un chico que se trae un universo de poesía en la cabeza»; el triunfo del poeta en un tiempo en que los banqueros y los ministros se entusiasmaban con los versos, y los festejos de que fué objeto. Zorrilla no duerme esa noche; al día siguiente va a ver a Álvarez, le toma su chocolate y le da la estupenda noticia de que le han colocado en el Porvenir, Pacheco y Pastor Díaz, ¡con treinta duros de sueldo! Toda la carta está escrita ingeniosa y vibrantemente, es un documento de verdad; y crea el mismo Pérez Galdós que ella no es obra de Pilar ni suya, don Miguel de los Santos Álvarez se la ha dictado desde el otro mundo como otros espíritus lo han hecho con Hugo o Claretie... ¡El señor Galdós ha sido espiritista sin saberlo!

La intriga principal de la novela no interesa tanto como esos episodios en que se resucita la vida privada de la España de aquellos días. Lo anecdótico histórico triunfa sobre la inventiva del escritor. Hay cartas que sobresalen, como las firmadas por la joven Gracia, la cual pone en su escritura mucho de su nombre, aunque escasísima ortografía. En este caso podría ella decir, con gran justicia, que la ortografía no es lo primero, y que epitológrafa de tanto vuelo como madame de Sevigné, no era muy católica en tales disciplinas.

Entre otras figuras que aparecen en el desfile de personajes, está la del célebre banquero Salamanca, pero apenas esbozada y falta de detalles, que habrían sido muy del agrado del lector contemporáneo. Apenas si se entrevé algo de la juventud de Zorrilla; no se nos informa de la vida intelectual del semiargentino Ventura de la Vega. De Espronceda habrían sido muy bien recibidos datos sobre sus amores con la famosa Teresa del no menos famoso canto. Pudo el señor Galdós aumentar la parte íntima de sus tipos, para lo cual no le faltarían seguramente buenos informantes. Muchas gentes hay en España que han vivido parte de esa época, no tan remota, y que, testigos de varios hechos, ayudarían eficazmente a la documentación del novelista.


A propósito del suicidio de Larra. La primera vez que fuí a visitar a Mariano de Cávia, este excelente camarada y escritor de tan rico ingenio, me llevó a uno de los balcones de su casa, y señalándome uno de la casa de enfrente, que forma esquina en la calle de Amnistía, me dijo: «Cada vez que me asomo veo allí una página de gran filosofía». Y me explicó de qué manera en aquella casa se había dado muerte uno de los más firmes y finos talentos de la España de este siglo, el pobre Mariano José de Larra. En lo primaveral de la juventud, en un tiempo en que todo favorecía al encumbramiento de su personalidad, al definitivo triunfo, a la gloria segura, aquel hombre, que había recibido de la implacable Eironeia las más temibles armas del estilo, los más sutiles venenos del pensamiento, fué una víctima de ella misma. La aventura pasional se cristalizó en un diamante de sangre, y aquel amargo dueño de la sátira murió por desdenes de amor, muerte de buen romántico.

No querráis nunca ver el reverso de la sonrisa.