UNA EMBAJADA

La embajada extraordinaria alemana presidida por el príncipe Albrecht ha sido en estos días nota de actualidad. Él es un buen gigante teutón, digno representante de su tierra militar y férrea. Le ha traído el Águila Negra al adolescente rey Don Alfonso XIII, que en la ceremonia palatina ha dicho un muy bonito discurso en francés. No ha habido revistas militares, por disposición de gran cordura. Pero los príncipes extranjeros han visto mucho de la España grande e indestructible: han visto la sala de Velázquez en el Prado, han tenido otras varias impresiones que les han podido dar a entender que por más que la obra de los malos gobiernos traiga ruina y desastre a la patria española, queda un rico fondo de fecundidad y de vida de donde brote una España dueña de su porvenir.

Han podido admirar también la otra noche, en el Teatro Real, la soberbia mina de hermosura que se encierra en este pueblo lleno de bizarrías y hechizos. La aristocracia mostraba joyas de juventud y de belleza de que pocos países pueden enorgullecerse.

Ya es el tipo de grandes ojos negros y cabelleras de una riqueza incomparable que pesan sobre los cuellos armoniosos como la carga capilar que agobia a una d'annunziana virgen de las rocas; ya el tipo semiarábigo, que denuncia la andaluza procedencia; o la mujer maciza del Norte que en su opulencia guarda el orgullo gentilicio de una raza generosa. Y mientras la Darclée hacía su Manón bravamente, yo veía al coloso alemán recorrer con sus gemelos el jardín de los palcos. Allí tenía la fragante flora humana del país solar que ha vivido en un ambiente de heroísmo caballeresco bajo un cielo de poesía; allí las descendientes de los más preclaros nombres de la nobleza española, mantenedoras de la gracia que pintaron tantos pinceles ilustres y que cantaron tantos luminosos poetas.

Y algo de don Alonso Quijano el Bueno decía a mi alma: «Deja que la bala dum-dum se ensaye en el boer, y que el fin del siglo XIX sea de sangre y matanzas razonadas o sin razón. Alguien ha dicho que Krupp es Hegel y que Chamberlain es Darwin. No hay que desesperar. Estos descorazonamientos científicos pueden ser sucedidos por razonables y necesarios vínculos líricos. Nunca es malo Don Quijote. Y Guillermo II hace versos y pinta cuadros y escribe óperas e himnos. España no debe pensar ahora en guerras y cosas que le han enseñado lo vario de la suerte y lo frágil de la grandeza. Y cuando el César germánico envía un águila negra, se le debería corresponder con una paloma blanca.»