LA «ESPAÑA NEGRA»
18 de marzo.
No hace muchos días hice una corta visita a Aranjuez. Si Versalles recuerda a una coja encantadora en la historia, Aranjuez guarda aún el perfume de una tuerta hechicera: bien vale un viaje a ese bello buen retiro de los príncipes castellanos, el ir a rememorar a la princesa de Éboli. Entre los olorosos y evocadores boscajes resucitan las lejanas escenas, y hay en el ambiente de los jardines y alamedas como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el poeta que sepa despertarlos. En el Palacio Real y la Casa de Labrador es un espíritu de tristeza el que impera, desde que penetráis en las suntuosas y solitarias mansiones. Al recorrer los innumerables habitáculos, adornados de siglos de oro, de plata, de mármol, de ónix, de ágata, de seda, de marfil, al respirar bajo esas techumbres que han cubierto tanta hora trágica, feliz o misteriosa, en la vida de muchos monarcas de España, sobrecoge el sombrío momento, la sala ha tiempo sin vida, la luna que retrató en su fondo las imágenes pasadas, la hora detenida en un reloj de Manuel de Rivas; el cojín en que se reclinó la cabeza de Felipe II, el fresco, el cuadro, el dije, o la estofa vieja con su atractivo peculiar y triste... Y el conserje que dice su aprendida relación, y se descubre ante un cuadro que representa una capilla de El Escorial en que se está diciendo la misa... Viene a la mente la España negra.
Acababa de leer ese libro reciente de Émile Verhaeren y Darío de Regoyos, La España negra; y la novela española de Barrès Un amateur d'âmes; y el volumen positivo sobre la evolución política y social de España, de Yves Guyot: en todos la observación, la sugestión, la imposición, de la nota oscura, que en este país contrasta con el lujo del sol, con la perpetua fiesta de la luz. Por singular efecto espectral, tanto color, tanto brillo polícromo, dan por suma en el giro de la rueda de la vida, lo negro.
Es la tierra de la alegría, de la más roja de las alegrías: los toros, las zambras, las mujeres sensuales, Don Juan, la voluptuosidad morisca; pero por lo propio es más aguda la crueldad, más desencadenada la lujuria, madre de la melancolía; y Torquemada vive, inmortal. Granada existe, abierta al sol, como el fruto de su nombre, perfumada, dulce, ácidamente grata; pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice Barrès, la pasión que hace amargamente florecer en recinto semejante, es la nefasta y ardorosamente paladeada de un incesto. Verhaeren anota sus impresiones dolorosas, copia, al agua fuerte, paisajes cálidos y calcinados, colecciona sus almas violentas y bárbaras como los productos de una flora tropical, excesiva y rara. Domina atávicamente su sangre belga la fiereza de la España que apretara a sus antepasados entre los hierros del duque de Alba; los espectáculos de la torería le dejan ver la cristalización sangrienta que yace bajo el subsuelo de esta raza, cuya energía natural se complica de la ruda necesidad de las torturas; y el concepto de la muerte y de la gracia, enlutados y caldeados por un catolicismo exacerbante, por una tradición feroz que ha podido encender las más horriblemente hermosas hogueras y aplicar los martirios más purpúreos y exquisitos. El arte revela ese fondo incomparable. La imaginaria religiosa hace de las naves de los templos, lúgubres morgues que me explico hayan conmovido a Verhaeren como a cualquier visitante de pensamiento que traiga sus pasos por estas iglesias sangrientas en que Ribera o Montañés, entre tantos, exponen al espanto humano sus lamentables Cristos.
Un español de gran talento me decía: «En cada uno de nosotros hay un alma de inquisidor». Cierto. Fijáos, y decid si José Nakens no se junta, paralelamente, en lo infinito—así las dos líneas matemáticas—con Tomás de Torquemada. Es la misma fe terrible, la intransigencia que llega hasta la ceguedad, la aplicación del potro, la certeza en la salvación por el sufrimiento, tan magníficamente iluminada en el drama de Hugo. Los conquistadores y los frailes en América no hicieron sino obrar instintivamente, con el impulso de la onda nativa; los indios despedazados por los perros, los engaños y las violencias, las muertes de Guatimozin y Atahualpa, la esclavitud, el quemadero y la obra de la espada y el arcabuz, eran lógicos, y tan solamente un corazón excepcional, un espíritu extranjero entre los suyos, como Las Casas, pudo asombrarse dolorosamente de esa manifestación de la España Negra. «Mi morena», dice Mariano de Cávia.
Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de don Valeriano Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.
La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de regeneradores improvisados. Es un sport nuevo. Y la zambra no se interrumpe. «España—dice un escritor de Francia—ha querido, sin duda, evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del tiempo, el hervor del fermento social.
Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras cabezas surgieron protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el nombre del padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice que la religiosidad española no es sino formal; que el papa no es la potencia hacedora en la vida política y social, sino hasta muy limitado punto. He encontrado sirviendo de señal en un libro viejo, un documento curiosísimo, que os pondrá a la vista el sentir y pensar de muy buena parte del pueblo español. Es una serie de proposiciones que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma, para ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877. Este caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro matritense, y muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.
PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS CONGREGACIONES DE ROMA
«Si se puede ser partidario de la persona[1] del rey Don Alfonso XII de España, por creerle monarca legítimo, sin ser por esto católico liberal.
»Si aun en la hipótesis inadmisible de que fuera un usurpador y siguiese las corrientes racionalistas o se abrazase a la política doctrinaria, sería lícito al pueblo español por sí, alzarse en armas contra él, para destronarlo, dada la situación política de aquel país, y caso negativo, si a pesar de esto podría intentarlo, siguiendo al llamamiento que le hiciera otra persona que invocase, con más o menos fundamento, sus derechos al trono, o si en la duda de quien sea el verdadero rey, debe respetarse el hecho de la posesión de la autoridad y obedecer lo existente.
»Si de ser lícito el alzamiento a que se refiere la proposición anterior es hoy conveniente o de probable éxito o de tenerse por temerario.
»Si considerando el estado de las conciencias y la escasa resistencia que los tronos oponen en nuestros días a la revolución, puede decirse que deja de ser católico el monarca que sanciona la tolerancia de cultos disidentes. Entiéndase esta proposición no para preguntar si realiza un acto nulo en sí, porque éste parece evidente, sino en el sentido de si por tal hecho revela el monarca odio al catolicismo, o pueden aquellas circunstancias y el deseo de consolidar el orden público, cuando los revoltosos enarbolan la bandera de la tolerancia, o con ella hacen la oposición al rey, mitigar algo la gravedad de este acto.
»Si dado el hecho de haberse sancionado por el monarca la libertad y tolerancia de cultos, o cometídose cualquier atropello a los sagrados derechos de la Iglesia católica, es lícito trabajar dentro de las vías legales para destronar al rey acusándole por su conducta, o si únicamente pueden censurarse sus actos sin el fin ulterior de quitarle la posesión de la autoridad: si para juzgar este hecho hay que distinguir entre el usurpador y el príncipe legítimo, y cuál de estas calificaciones ha de aplicarse al posesor de la autoridad, cuando el pueblo en que impera no tiene opinión unánime sobre este punto. Si la proposición 63 del Sillabus, de 8 de diciembre de 1864, condena la insurrección en este caso y si es aplicable al monarca cuya legitimidad es reconocida por unos y negada por otros súbditos.
»Si los verdaderos católicos pueden estar al servicio doméstico de los monarcas católico-liberales y asistir a sus recepciones oficiales y fiestas, y si pueden defender su derecho dinástico y su autoridad, sirviendo voluntariamente en sus ejércitos.
»Si se puede ser partidario del régimen representativo y constitucional, sin ser por ello católico liberal.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por sistema parlamentario y si se puede sostener su conveniencia en nuestros días, sin dejar de ser católico ultramontano.
»Si, supuestas unas o ambas afirmaciones, es lícito desear el planteamiento en España de la Constitución de 23 de mayo de 1845, por considerarla apropiada a las necesidades presentes del pueblo español, o si la doctrina de este Código es católico-liberal, y, por lo tanto, inconciliable con los derechos e intereses del catolicismo, determinando en semejante supuesto, cuáles son los artículos que deberían suprimirse o modificarse para que fuese francamente católica.
»Si aun siendo mala esta Constitución pueden ser tenidas por católico-liberales aquellas personas que sostienen la conveniencia de haberla restablecido en España en el año 1875, como base del orden político, sin perjuicio de reformarla en sentido más restrictivo.
»Si es lícito a un católico verdadero prestar juramento a la vigente Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876 y con qué salvedades.
»Si es lícito y conveniente trabajar en las elecciones como elector y como elegible, con el fin de defender el catolicismo; y en todo caso, si es enteramente libre opinar en pro o en contra de esta conveniencia.
»Si el sufragio universal considerado, no como fuente de la soberanía del Derecho o del Poder, sino únicamente como forma de elección, es incompatible con el catolicismo y está condenado por la proposición 60 del Sillabus.
»Si puede un verdadero católico servirse de la Prensa periódica para propagar y defender la doctrina de Jesucristo y los derechos de la Santa Iglesia Romana; si puede también concurrir a los Ateneos, Academias y demás Centros donde impera el racionalismo y el liberalismo, para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas las conclusiones católicas. Si esto es conveniente y si es enteramente libre opinar en pro o en contra de su oportunidad.
»Si la llamada libertad de la Prensa, entendida, no como un derecho individual, sino como una concesión temporal del poder supremo, y, por lo tanto, revocable, y aun así limitada por las leyes que castigan las transgresiones de la doctrina católica y del orden político y social constituyen un principio católico-liberal; y si la previa censura forma parte integrante del uso de esta libertad para que sea compatible con el catolicismo.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por liberalismo; si es lo mismo que sistema parlamentario y constitucional...
»Si los católicos, al defender el catolicismo y los derechos de la Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella les proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la obediencia pasiva a los Poderes constituídos, se separen de aquélla y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál es, en resumen, la conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y si es completamente libre opinar y obrar en uno u otro sentido.—Ángel García Goñi.—Madrid, abril 14 de 1877.»
Es este un trabajo de casuística política española, que os abre un mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida al Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de las reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La libertad y la individualidad—dice Georges Lainé—son sentimientos accidentales que España ha siempre desconocido. La antigüedad y el Oriente no han imaginado otra forma de gobierno que el despotismo fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen en la intimidad de las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa concepción, ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces sino una variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese osado suprimir la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla por una filosofía del Estado; pero bruscamente, sin preparación, el siglo XIX rompió ese molde social».
Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas no puedo desconocer que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez largamente aun del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa corrompida dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya el mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo un juicio certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío antiguo, la clerecía no tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a su justo puesto en España católica, en donde, ya que no como cuerpo, particularmente se protegiesen las artes y las ciencias. No es un sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he citado, en el papel reservado a la Iglesia en lo porvenir, con tal de que la barca simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia, dice, es una admirable institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno asilo de todos los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos los Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día hacia la Iglesia, sea que—por privilegio de Dios—entren directamente, sea que, paganos, les haya sido preciso, de desilusión en desilusión, seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste.
Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o está unido tan íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las pompas escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida nueva, en la gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises, de las taras vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta doctrina; la «locura de la cruz» no es la insensatez de la cruz.
¡Oh sí! el Máximos de Ibsen podría venir, más no sería sino el mismo soberano Jesucristo, un emperador galileo cuyo fin sería siempre la paz y el triunfo de la verdadera vida. El Anticristo nació en este siglo en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia humana, o superhumana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio al doctor de la Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los sexos y las voluntades; consiguió un ejército de inteligencias, y se cumplió por él más de una profecía. Pero el Anticristo alemán está en el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez.
[1] Lo subrayado está en el manuscrito.