LA JOVEN LITERATURA
3 marzo de 1899.
Acaba de representarse en Granada un drama póstumo de Ángel Ganivet: coyuntura inapreciable para hablar del pensamiento nuevo de España. Pues Ganivet, especial personaje, era quizás la más adamantina concreción de ese pensamiento.
El propio se ha encarnado en su Pío Cid, simbólico tipo, en el cual el antiguo caballero de la Mancha realiza, a mi entender, un avatar. Ganivet era uno de esos espíritus de excepción que significan una época, y su alma, podría decirse, el alma de la España finisecular. No conozco la obra que se ha dado recientemente a la escena, El escultor de su alma; pero desde luego, creo poder afirmar que se trata meramente de una autoexposición psíquica; es el mismo Pío Cid, de la Conquista del Reino de Maya, el último conquistador español Pío Cid. Antójaseme que en Ganivet subsistía también mucho de la imaginativa morisca, y que la triste flor de su vida no en vano se abrió en el búcaro africano de Granada. Su vida: una leyenda ya, de hondo interés.
Desde luego, un joven, que sube a la torre nacional a divisar el mundo, luego se encamina a la ideación de una nueva patria en la patria antigua: en Pío Cid hay simiente para una España futura. Después, cosa que sorprenderá a quien tenga conocimiento de las costumbres literarias de todas partes y sobre todo de este país: Ganivet no tenía enemigos, y por lo general, si conversáis con cualquiera de los intelectuales españoles, os dirá: «Era el más brillante y el más sólido de todos los de su generación». En la Corte tuvo sus bregas, sus comienzos de gloria. Hubo una pasión, toda borrasca, que según se dice fué la causa de su muerte. Entró a la carrera consular, tan propicia a la literatura, aunque no lo parezca por los roces de lo mercantil; y continuó en su labor ideológica y artística. Sabía ruso, danés, casi todos los idiomas y dialectos de los países boreales, sabía lenguas antiguas, escribió un libro curiosísimo sobre las literaturas del Norte; publicó otro de sol y de música, al par que una obra de cerebral, sobre su Granada la bella, en el país de Hamlet; produjo más libros, y un emponzoñado día, un mal demonio le habló por dentro, en lo loco del cerebro, y él se tiró al Volga. Así acabó Pío Cid su vida humana. Su vida gloriosa y pensante ha de ir creciendo a medida que su obra sea mejor y más comprendida. Entonces se verá que en ese sér extraño había un fondo de serena y pura nobleza bajo la tempestad de su temperamento; que vivió de amor, de abrasamiento genial y murió también por amor, en la forma de un cuento. En la Conquista del reino de Maya exprime todos sus zumos de amargas meditaciones, y su forma busca la escritura artística, que en Los Trabajos no se advierte. Aun vemos desarrollarse el período cervantesco; pero las encadenadas y ondulantes oraciones, van por lo general repletas de médula. La obra queda sin concluir; o mejor dicho, tuvo la conclusión más lógica al propio tiempo que más extraña, en la unión de una fábula escrita y una vida. Pío Cid debía concluir con quitarse la existencia. No es él quien habla en el diálogo, pero Olivares, un personaje de Los Trabajos, dice en cierta página del libro: «Se exagera mucho, y además, alguna vez tiene uno que morirse, porque no somos eternos. Entre morirse de viejo apestando al prójimo o suprimirse de un pistoletazo, después de sacarle a la vida todo el jugo posible, ¿qué le parece a usted?... Yo, por mí, les aseguro que no llegaré a oler a rancio.—Cada cual entiende la vida a su modo—dijo Pío Cid—y nadie la entiende bien.—Ahora ha dicho usted una verdad como un templo—dijo Olivares—. Lo mejor es dejar que cada uno viva como quiera y que se mate, si ese es su gusto, cuando le venga la contraria». ¡El pobre Ganivet! Llegó el trágico minuto, abrió la puerta misteriosa y pasó. De las Cartas finlandesas escribe Vincent en el Mercure, que «no es una obra dogmática, antes bien familiar; en el punto de vista no es español, es humano: el autor, en efecto, que conoce perfectamente toda la Europa, gusta de hacer recorrer a sus conceptos distintas latitudes; agregad a eso un sentido muy real de nuestra época, una información que va de Ibsen a Maeterlinck, de Tolstoi a Galdós: ninguna pedantería; una dulce sensibilidad que afecta disimularse tras un velo de ironía. En fin, un libro de actualidad perfecta en que la Finlandia es vista por un espíritu desembarazado de prejuicios y por un latino». El crítico francés, demasiado benévolo por lo general en sus revistas de letras españolas, no ha pasado por esta ocasión de lo justo. Ganivet, escritor de ideas, más que de bizarrías verbales, merece el estudio serio, el ensayo macizo de la crítica de autoridad. Nicolás María López, otro granadino, amigo y compañero suyo, habla, además, del drama que acaba de representarse, de otras obras póstumas que están en su poder: Pedro Mártir, en tres actos, y Fe, Amor y Muerte, drama, dice «profundamente psicológico, con ideas alucinadoras y extrahumanas, con una fuerza trágica tan extraña y sutil, que parece romper los moldes de la vida y entrar en los senos de la muerte». Rara y bella figura, en este triste período de la vida española, y que parece haber absorbido en sí todos los generosos y altos ímpetus de la raza. Y recuerdo el sintético acróstico latino de Pío Cid, en Los Trabajos, Arimi:
Artis initium dolor
Ratio initium erroris.
Initium sapientisæ vanitas.
Mortis initium amor.
Initium vitae libertas.
Jacinto Benavente es aquel que sonríe. Dicen que es mefistofélico, y bien pudieran ocultarse entre sus finas botas de mundano, dos patas de chivo. Es el que sonríe: ¡temible! Se teme su crítica florentina más que los pesados mandobles de los magulladores diplomados; fino y cruel, ha llegado a ser en poco tiempo príncipe de su península artística, indudablemente exótica en la literatura del garbanzo. Se ha dedicado especialmente al teatro, y ha impuesto su lección objetiva de belleza a la generalidad desconcertada. Algunas de sus obras, al ser representadas han dejado suponer la existencia de una clave; y tales o cuales personajes se han creído reconocer en tales o cuales tipos de la Corte. Como ello no es un misterio para nadie, diré que en El marido de la Téllez, por ejemplo, el público quiso descubrir la vida interior y artística de cierta eminente actriz casada con un grande de España y actor muy notable; y en La comida de las fieras, entre otras figuras se destacó la de una centroamericana, millonaria, casada con un noble sin fortuna y hoy marquesa por obra de Cánovas del Castillo. Benavente niega que haya tomado sus tipos del natural; pero el parecido es tan perfecto que toda protesta se deshace en una sonrisa. La comida de las fieras fué basada, seguramente, en el caso penoso de la venta en subasta de las riquezas seculares que contenía la Casa de los Osunas. Los personajes son de una humanidad palpitante; y he de citar estas frases de Hipólito, al finalizar la comedia: «Porque en lucha he vivido siempre; porque viví desde muy joven en otras tierras donde la lucha es ruda y franca. ¿Por qué vinimos a Europa? En América el hombre significa algo; es una fuerza, una garantía... se lucha, sí, pero con primitiva fiereza, cae uno y puede volver a levantarse; pero en esta sociedad vieja, la posición es todo y el hombre nada... vencido una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar grandes empresas. La riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos y aquí desastres... Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas, donde sólo cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa».
En Figulinas y Cartas de mujeres no puede dejarse de entrever la influencia de ciertos franceses: un poco aquí Gyp, otro poco allí Lavedan y Prevost; la parisina aplicada al alto mundo madrileño que Benavente ha bien estudiado. Benavente es caballero de fortuna, y mientras leo un sutil arranque suyo en Vida literaria y se ensaya en la Comedia un arreglo suyo del Twelfth night, tropiezo con lo siguiente en la cuarta plana de un diario:
«Se venden los pastos de rastrojera y barbechera, del término de Jetafe, divididos en lotes o cuarteles, cuya venta tendrá lugar en pública subasta, ante la Comisión del gremio de labradores, en la Casa Consistorial, donde está de manifiesto el pliego de condiciones, el día 19 del actual, a las diez de su mañana.—Jetafe 9 de marzo de 1899.—Por la Comisión, Jacinto Benavente.»
De mí diré que con toda voluntad juntaría a mis sueños de arte una estancia entre las montañas de González, junto a las riberas del Paraná de Obligado, o en la Australia Argentina de Payró. Día llegará en que la literatura tenga por precisa compañera la tranquilidad del espíritu en la lucha por la vida y el trabajo industrial o rural como contrapeso al ya terrible surmenage. Los ingleses y los norteamericanos han comenzado a aleccionarnos, y un gentleman-farmer artista no es un ave rara. Dejo como última nota el Teatro fantástico de Benavente, una joya de libro que revela fuerza de ese talento en que tan solamente se ha reconocido la gracia. Fuerza por cierto; la fuerza del acero del florete, del resorte; finura sólida de ágata, superficie de diamante. Es un pequeño «teatro en libertad», pero lejos de lo telescópico de lo Hugo y de lo suntuoso que conocéis de Castro. Son delicadas y espirituales fabulaciones unidas por un hilo de seda en que encontráis a veces, sin mengua en la comparación, como la filigrana mental del diálogo shakespeareano, del Shakespeare del Sueño de una noche de verano o de La tempestad. El alma perspicaz y cristalinamente femenina del poeta crea deliciosas fiestas galantes, perfumadas escenas, figurillas de abanico y tabaquera que en un ambiente Watteau salen de las pinturas y sirven de receptáculo a complicaciones psicológicas y problemas de la vida.
Este modernista es castizo en su escribir y es lo castizo en su discurso como la antigüedad en el mérito de ciertas joyas o encajes, en puños de Velázquez o preseas de Pantoja. Y al conocerle, en el café Lion d'Or, que es su café preferido, he visto en su figura la de un hidalgo perteneciente a esa familia de retratos del Greco, nobles decadentes, caballeros que pudieran ser monjes, tan fáciles para abades consagrados a Dios como para hacer pacto con el diablo. En las pálidas ceras de los rostros se transparentan las tristezas y locuras del siglo. Así Jacinto Benavente. En toda esta débâcle con que el décimonoveno siglo se despide de España, su cabeza, en un marco invisible, sonríe. Es aquel que sonríe. Mefistofélico, filósofo, filoso, se defiende en su aislamiento como un arma; y así converse o escriba, tiene siempre a su lado, buen príncipe, un bufón y un puñal. Tiene lo que vale para todo hombre más que un reino: la independencia. Con esto se es el dueño de la verdad y el patrón de la mentira. Su cultura cosmopolita, su cerebración extraña en lo nacional, es curiosa en la tierra de la tradición indominable; pero no sorprende a quien puede advertir cómo este suelo de prodigiosa vida guarda, para primaveras futuras, las semillas de un Raimundo Lulio. Ahora trabaja Benavente por realizar en Madrid la labor de Antoine en París o la que defiende George Moore en Londres: la fundación de un teatro libre. Dudo mucho del éxito, aunque él me halagaría habiéndoseme hecho la honra de encargarme una pieza para ese teatro. Pero el público madrileño, Madrid, cuenta con muy reducido número de gentes que miren el arte como un fin, o que comprendan la obra artística fuera de las usuales convenciones. Cuando no existe ni el libro de arte, el teatro de arte es un sueño, o un probable fracaso. No hay una élite. No se puede contar ni con el elemento elegantemente carneril de los snobs que ha creado Gómez Carrillo con sus graciosas y sinuosas ocurrencias. Conque, ¿para quiénes el teatro?
Junto a Benavente me presentan a Antonio Palomero, o sea Gil Parrado. Este pseudónimo, nombre de un gracioso tipo clásico, no está mal en quien, con sales autóctonas nos revela un Raul Ponchón madrileño, un rimador seguro, un cancionero bravísimo, en cuanto puede permitirlo el género político: Aristófanes en couplets o yambos con castañuelas. El libro de flechas de humor maligno y risueño que forman los «Versos políticos» de Palomero, Gacetas rimadas, tiene un prólogo, en verso, de Luis Taboada. Creo que fué Gutiérrez Nájera quien escribió un día que en medio de la noche del arte español contemporáneo, Luis Taboada era tal vez el único «artista». Era una broma del «duque Job» mejicano, excusable por su falta de conocimiento del grupo español, digamos así, secreto, que hace una vida ciertamente intelectual.
Y además, en su tiempo—hace de esto ocho o diez años—las cosas andaban de Barrantes a Valbuena. Pues Gil Parrado no pudo tener mejor protagonista que el desopilante Homero fragmentario de la vida cursi de Madrid, puesto que él quiso ser el Píndaro de las cursilerías épicas de la política. Conociendo la labor y la propaganda estética de quien escribe estas líneas, ellas no pueden sino ser vistas como la mayor prueba de sinceridad. Mas Palomero no es solamente Gil Parrado. Además de los alfileres de su conversación, de las más interesantes que un extranjero hombre de letras puede encontrar en la Corte, su crítica teatral se estima justamente, y en el cuento y el artículo de periódico, sobresale y comunica la intensidad de su vibración, el contagio de su energía indiscutible. Mariano de Cávia dice de él hablando de sus Trabajos forzados, que es «un literato culto, agudo y sincero»; gratifícale además con «popular y brillante». Cávia sabe lo que se dice, él, maestro de única escritura en su país que ha logrado unir, en la faena asperísima del periodismo, la flexible gracia autóctona a las elegancias extranjeras. ¡Quevedo en el bulevar, Dios mío! Y cuando Cávia alaba a Palomero es justo, y yo que conozco la transparencia de este talento, me complazco en deciros que aquí, entre lo poco bueno y nuevo, esto es de lo que en la piedra de toque deja una suave y firme estela de oro fino.
Así Manuel Bueno, el redactor que en El Globo escribe todos los días esa paginita que lleva la firma de Lorena, con el título general de «Volanderas». Verdes Montenegro ha hecho para el libro primigenio de Bueno un prólogo de sustancia y espíritu al propio tiempo que de justicia y cariño. De Verdes Montenegro os hablaré en otra ocasión más detenidamente. De su ahijado literario os diré que ha recibido en su alma mucho sol de nuestra pampa y a su oído ha cantado la onda caprichosa de nuestro gran río. Es un vasco. Vasco, así como ese especialísimo y robusto Grandmontagne, que ha injertado una rama de ombú en el árbol sagrado de Guernica, para que más tarde nazcan—¡Dios lo quiera, y ya se ven los brotes!—flores de un perfume singular, rosas fraternales del color del tiempo, iluminadas de porvenir, en tierra de Mitre y Sarmiento, en la capital del continente latino, al amparo del satisfecho sol. El joven Bueno anduvo por Buenos Aires, padeció tormento de inmigración y penurias de mozo de intelecto que va a hacer fortuna por el Azul y Bahía Blanca... Y vuelto a su tierra, no es de los que vienen con arranques despechados de fracasadas bohemias, de existencias adoloridas de nuestra necesaria ley de trabajo, de ese Buenos Aires cuya fuente social es para los labios del mundo, y que en el progreso corresponde, con su pirámide de mayo, índice indicador, a los obeliscos de París y Nueva York.
Bueno es aquí, en su labor diaria, nota extemporánea, y tan parisiense que hay quienes le denuncien de afectación. Pero no es poco servicio intelectual el servir a un pueblo ese plato escogido, todos los días, esa ala de faisán, después de la sopa de política española y antes del asado político también. Bueno, como Lorena, da un eco que aquí, aunque tiene semejantes en la Prensa, permanece en su individualidad. No seré yo quien oculte su ligereza de juicio habitual, su insinceridad quizás, también habitual; ¡pero es tan bello el gesto!
Ricardo Fuente es el director de El País. Quizá envíe a La Nación una información interesantísima sobre este diario de oposición, que ha tenido sobre sí la atención de Madrid y de España, y que, periódico que ha respondido al eco popular, ha sido quizás el que ha tenido mayor número de intelectuales en su redacción. En París, un Intransigeant se explica: en Buenos Aires, el antiguo Nacional, también; en Madrid, El País de hoy es un caso de extremada curiosidad. Los redactores, desde hace mucho tiempo—el diario es republicano absoluto—van a la cárcel periódicamente. Allí se dice la verdad a son de truenos de tambores y trompetas. La censura ha tenido en esa hoja la mejor lonja en que cortar, y las estereotipias, a las cuatro de la mañana, han sido en tiempo de la guerra brutalmente descuartizadas.
El capítulo de la censura, publicado cuando ésta se ha levantado, ha sido de sensación. Un detalle curioso es, que mi artículo «El triunfo de Calibán», publicado en Buenos Aires, fué mutilado en El País y dado intacto en La Época... En ese diario, El País, han escrito Dicenta, Maeztu, etc., y Romero Robledo puso allí su gran sombra... Ricardo Fuente es el director. Cuando uno piensa en ese abominable Villemesant que nos pinta Daudet o que nos acaba de retocar Claretie; cuando recuerdo a ciertos directores europeos y americanos, en quienes el elegante shylokismo se junta a un irrespeto voluntario de todo lo intelectual, pienso en este buen Fuente, que como el pobre parisiense Fernand Xau, sabe juntar—en su tan limitada esfera—la autoridad al tino y la comprensión a la afabilidad. Ser director de un diario ¡qué difícil tarea! Son como las perlas rosadas y negras aquellos a quienes se puede aplicar la frase inglesa: That is a man. Ser un director querido de sus redactores es de lo más difícil del mundo, así se llame uno Magnard o Valdeiglesias, Bennet o Láinez. Fuente lo es. Pero es que él propio es un trabajador de la Prensa que ha subido con mérito a ese puesto; y quizá, y sin quizá, tanta bondad personal hace daño a su posición. Porque no ha de ser quien dirige una tan complicada máquina un compañero de sus redactores en toda la extensión de la palabra, sino en lo que ella tiene de aprecio necesario y benevolencia justa; y ¡ay de aquel director que no se calce sus botas imperiales, y no ponga a su gallo, empezando en casa, a cantar claro y bien, como ese Arthur Meyer del Gaulois, tan combatido sin embargo! Fuente es el tipo ideal del director para sus redactores; pero su gallo no se ha alzado hasta ahora...
Se alza, personal y simpático, en el articulista, en el literato, de quien dice Joaquín Dicenta: «El camino literario de Fuente se halla trazado con líneas vigorosas. Puede seguirle sin retroceder y sin temblar. No hay cuidado de que le tiren al suelo de un empujón; tiene los músculos muy duros». En el volumen De un periodista—del cual en Buenos Aires se ha reproducido bastante—, hay la manifestación de la contextura de un artista; la fuga contenida de un amante del estilo que atan las usanzas de la limitación del diario; las explosiones ideales o sentimentales sujetas por la línea señalada, o la hora de la Prensa, la preferencia al telegrama, la tiranía de la información. ¿Qué periodista no sabe de esto? Y así nos habla de Augusto de Armas, nos pinta rápidas acuarelas húmedas del más rico sentimiento, o apuntes de una fiereza de lápiz cuyo blanco y negro nos seduce por su juego de luz y de sombra.