UNA CASA MUSEO
24 de febrero.
Ni del borrascoso conde de las Almenas que al abrirse las cortes ha vuelto a ser la voz que clama después del desastre, el hombre que dice a los generales verdades corrosivas y heridoras; ni del banquete que se le ha dado a Luis París, empresario de la Ópera, por su triunfo de la reciente temporada del Real bajo cuyas techumbres aun resuena el paso de la cabalgata de las Walkirias; ni de la próxima venida, en la primavera, de la compañía de Bayreuth, con sus directores y orquesta, lo cual implica una excepcional victoria de Wagner en este país del Sol; ni del maestro Zumpe, que ha traído con su batuta alemana un aliento de vida nueva al movimiento musical de esta Corte que es por cierto digno de larga atención; ni de las reuniones de Zaragoza en donde se ha tratado de la regeneración de España en sonoras y pintorescas arengas; ni de otros tópicos de ocasión os hablaré, por transmitiros las sensaciones de arte que acabo de experimentar en una casa que es al mismo tiempo un museo, y que, indiscutiblemente es la mejor puesta a este respecto, de todo Madrid, con ser famosa y admirable la del conde de Valencia de Don Juan; me refiero a la garçonnière que en la cuesta de Santo Domingo habita el director de La España Moderna, José Lázaro y Galdeano.
Es José Lázaro acreedor al elogio por su amor a las letras y artes; ha sostenido y sostiene la revista de más fuerza que hoy tiene España entre los grandes periódicos: ha publicado más de quinientos libros de autores extranjeros, haciéndolos traducir para su propagación en ediciones baratas y elegantes; su correspondencia, en ese punto, ha sido con escritores que se llaman Tolstoi, Gladstone, Ibsen, Richepin; ha llenado su casa de preciosidades antiguas, de armas, libros, joyas, encajes, cuadros, bronces, autógrafos; ha viajado por toda Europa y se prepara este año para ir a Spitzberg; es el amigo de todo sabio, de todo escritor, de todo artista que visita este país; es joven, soltero, muy rico; sus aficiones intelectuales no le impiden hacer una vida mundana; y cuando vuelve, por ejemplo, de una excursión del interior de España, ocupa la tribuna del Ateneo y obtiene el aplauso y la aprobación de todos; creo que su camisa está muy cerca de ser la camisa del hombre feliz. Yo le fuí presentado hace siete años, al mismo tiempo que dos escritores extranjeros, el novelista griego Bikelas—de quien os he hablado ya ha tiempo en La Nación—Maurice Barrès. A este propósito recuerdo una curiosa anécdota referente al célebre jardinero de su «yo». Sucedió que Barrès tenía gran interés en presenciar una corrida de toros; era el momento en que se movía en su cerebro más de un capítulo «de la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte». Quería ya que no documentarse, impresionarse, y manifestó a Lázaro el deseo que tenía de ir a la plaza, en compañía de una moza que se trajera de París, graciosa de su persona, fina y pimpante, flor de bulevar. Lázaro le consiguió un palco; pero el amigo y prologuista del general Mansilla díjole que prefería impregnarse de color local, de ambiente, y que para ello deseaba ver la función desde el tendido, mezclado a la gente popular. Se le hicieron algunas observaciones, mas no se pudo vencer el capricho de los parisienses, y se enviaron a Barrès dos asientos de tendido, a la sombra. Cuéntase por acá que el viejo Dumas se presentó en la plaza de toros de Sevilla, en una tarde de oro y alegría, con chaqueta de torero, pantalón ajustado, faja y... sombrero de copa. Os podéis imaginar la «ovación» de que sería objeto entre los habitantes del barrio de Triana el hombre del Monte-Cristo. Algo semejante ocurrió cuando en el tendido de Madrid se vió aparecer una pareja originalísima: él trajeado como para el Grand Prix, y ella con una de esas toilettes primaverales que encantan la Cascada o Armenonville. Pero la cosa fué en aumento cuando al comenzar los banderilleros sus suertes, el francés y su compañera aplaudían desusadamente; y cuando, al llegar los picadores, comenzó el desventrar de los caballos por los toros, Barrès se puso de pie, y sus protestas a gritos desolados llamaron la atención, y las aceitunas de sus vecinos, que comían rebanadas de salchichón y bebían vino en bota. Las interjecciones llovieron y hubo que ir a sacar de su puesto a la dama desmayada y al cultivador del «yo». He recordado esta historia divertida, tiempos después, al leer esas páginas supremas de pensamiento y de hondura psicológica, con ese estilo personalísimo del renaniano y stendhaliano—¡poderosa suma!—que ha dado tan bello libro sobre la sangre, la voluptuosidad y la muerte.
La casa de Lázaro está cerca de la de don Juan Valera y el general Martínez Campos; y enfrente de la del duque de Frías, el gran señor de romántica vida que arrebatara en época hoy legendaria la mejor joya de la embajada inglesa... De los balcones se ve la casa de la novela—que costó la inmensa fortuna del duque—y, al dulce oro de una tarde que hubiera podido ser de primavera, hablábamos de esos sueños vividos.
Luego fuí a visitar las telas viejas, los cuadros auténticos y admirables—¡oh, mi buen amigo Schiaffino, y cómo le he recordado!—Lo de Tiépolo, cabezas dibujadas con la conocida magistral manera. Un hermosísimo cuadro de la época rafaelita, de tonalidad única, a modo de creerse imposible que se haya podido lograr la conservación de tanta riqueza de color. Un Ribera que desearían muchos Museos; riquísimos trípticos bizantinos; retratos de valor histórico y de un abolengo artístico que desde luego se impone; y más y más preciadas cosas en que resalta con aristocracia absoluta, como soberano, santa «panagia» de esa casa del Arte, un Leonardo de Vinci.
Esta presea de la pintura es un cuadrito pequeño, un retrato, el de un tipo seguramente contemporáneo de la Gioconda; maravilloso andrógino, de una fisonomía sensual y dolorosa a un tiempo, en la cual todo el poema de la visión del artista incomparable está cristalizada, como en un suave y prodigioso diamante. Es una «ficción que significa cosas grandes», como decía el maestro en palabras que han florecido en el alma d'annunziana. Me gusta más todavía este retrato enigmático que el mismo sublime retrato de Monna Lissa. La mirada está impregnada de luz interior; el cabello es de un efecto que sobrepasa los efectos esencialmente pictóricos; el ropaje—que es hermano de la Gioconda—muestra la mano original; y el fino y delicado plasticismo de las armoniosas facciones, denuncia, clama la potencia del porfirogénito poeta-sapiente de la Anatomía, del príncipe de los maestros de la pintura de todos los siglos. Del Museo de Berlín vinieron a intentar llevarse tan magnífica obra, pero el dueño no quiso la buena suma del oro alemán. Al Louvre fué en persona a mostrar su tesoro, y también recibió propuestas. El cuadrito sigue imperante en tierra española.
Entre tanta rica colección de cosas de arte, me llaman la atención dos mantillas que pertenecieron a una altísima dama de la nobleza madrileña, que pasó sus últimos años en apuros y pobrezas y tuvo un entierro modesto, humilde, después de haber recibido, en tiempos de pompa, a los monarcas en sus salones. De ella era también un anillo de solitaria belleza, una perla cuyo oriente se destaca singular entre finas chispas, todo de un gusto de exquisitez hoy no usada, y que seguramente adornó en no muy lejanos tiempos dedos principales que muestran su gracia nobiliaria en los retratos de Pantoja. De ella asimismo una peineta que ostenta en su semicírculo tantas amatistas como para las manos de diez arzobispos.
De las joyas en mi rápida visita paso a los libros: primero los incunables alemanes e italianos; eucologios de Amsterdam; hermosas ediciones de España, las espléndidas de Montfort, de Sancha, de la Imprenta Real; varios infolios pertenecientes a la biblioteca del infante Don Sebastián; una crónica de Pero Niño, de severa elegancia tipográfica; rollos hebreos, pergaminos gemados de mayúsculas que revelan la fina y paciente labor de la mano monacal; sellos de Don Alfonso el Sabio; prodigiosas caligrafías arábigas, autógrafos de un valor inestimable. Buena parte de todo lo que adorna esta mansión fué expuesta en la Exposición Histórica europea y americana que se celebró en esta capital, con motivo del Centenario de Colón, y en el actual palacio de la Biblioteca y Museo de Arte Moderno.
Al ir revistando tan estupenda colección de riqueza bella, pensaba yo en cómo muchas de las cosas que atraían mis miradas eran parte del desmoronamiento de esas antiquísimas Casas nobles que, como la de los Osunas, han tenido que vender al mejor postor objetos en que la historia de un gran reino ha puesto su pátina, oros y marfiles rozados por treinta manos ducales en la sucesión de los siglos, hierros de los caballeros de antaño; muebles, trajes y preseas que algo conservan en sí de las pasadas razas fundadoras de poderíos y grandezas... Y recordaba la amarga comedia de Jacinto Benavente: La comida de las fieras...
Y antes de partir fuí otra vez a dar mi saludo de despedida a la creación del divino Leonardo. Y parecíame que la majestad del arte diese razón a la caída de todo edificio que no tenga por base la potencia mental. Esa faz reproducida o imaginada por el maestro luminoso vive y comunica su inmortal misterio, su hechizo supremo, a toda alma que se acerque a su mágica influencia, cual si desprendiese de la obra del pincel la maravilla avasalladora de una virtud secreta. Y a través de la fugaz onda temporal, esa dominación arcana se perpetúa, y la imperecedera diadema se hace más radiosa al tocar sus perlas invisibles el vuelo de las horas.