NOVELAS Y NOVELISTAS
24 de julio.
Acaba de publicar don Juan Valera una novela nueva, Morsamor. Hace ya días que el libro ha aparecido, y la crítica «oficial»[2] no ha dicho una sola palabra, si se exceptúa el saludo de Cávia al aristocrático y veterano autor de Pepita Jiménez. Don Juan Valera se encuentra, a pesar de su ceguera y de los ataques del tiempo, en una ancianidad que se puede llamar florida.
Hablando de un argentino, en cuyos largos años ha nevado ya mucho, pero que se conserva maravillosamente, decía José Martí: «Es un lirio de vejez». El aspecto de don Juan Valera dice la salud y la paz mental. Hace algunos meses presidió, con sus ojos sin luz, una sesión pública de la Real Academia; Menéndez Pelayo le leía el discurso, y parecía que, con suave sonrisa y leves movimientos de cabeza, Valera se aprobase a sí mismo, al correr los períodos cristianamente fluviales de su prosa académica. Tiene muy feliz memoria, y su conversación es de aquellas que encantan. Sus sábados han sido famosos entre las gentes de letras. La muerte ha raleado algo el grupo de sus contertulios. En siete años, encuentro de menos al duque de Almenara, a don Miguel de los Santos Álvarez, a varios más que tuve la honra de conocer en la casa de la Cuesta de Santo Domingo.
El joven don Luis, hijo de don Juan, se ha casado con una hija del duque de Rivas, nieta del autor del Don Álvaro y de los Romances, la cual solía asistir a las reuniones literarias de los Sábados. La casa de Valera es la de un hidalgo noble de estirpe y de pensamiento. Que los bríos del escritor se sostienen, lo dicen la constancia en la labor y el mantenimiento de la bella virtud del entusiasmo. El nombre de Valera es conocido en toda Europa; se le ha traducido mucho. Antes que las heroínas de las novelas de Armando Palacio Valdés fuesen luciendo su garbo español por el extranjero, ya la «señorita» Pepita Jiménez «andaba en lenguas» por el mundo. Tiene conquistadas el ilustre maestro generales simpatías y el respeto de todos. Si algo ha podido hacerle daño, ha sido su extremada benevolencia en ciertos casos, aunque se defiende casi siempre con una delicada ironía. Ha hecho mucho por hacer conocer aquí las letras americanas. Sus célebres Cartas son de ello buena prueba.
A pesar del cansancio natural que produce este estilo común a todos los escritores peninsulares—hoy en vías de adquirir, por los nuevos, flexibilidad y variedad—, la prosa de Valera se lee con el agrado que se deriva de su inconfundible distinción. Su lengua trasparente deja ver a cada paso la arena de oro del castizo fondo, y en su manera, de una elegancia arcaica, de una gracia antigua, se observa siempre el gesto ducal, el aire nobiliario. Como Buffón, él también posee sus manchettes, con la diferencia de que no se las tiene que poner para escribir, porque no se las ha quitado nunca. Se le ha observado su apego por asuntos de cierto picor erótico; y ha habido quienes se hayan escandalizado de sus llamadas libertades. En realidad no es el hecho para tanto.
No son las suyas sino figuras de pecado que pueden circular sin temor entre el concurso de las «honestas damas» de nuestro tiempo, de las cuales habría él sido, si le hubiese venido en deseo, el incomparable cronista, el Brantome enguantado de piel de Suecia. Buena cantidad de pimienta y demás aromas y picantes especias hay en el tesoro clásico de novelas ejemplares y picarescas, para que no puedan aparecer hoy, mostrando sus naturales gracias, mujeres españolas de cepa autóctona y de indiscutibles atractivos, como Pepita Jiménez, Juanita la Larga, Rafaela la Generosa. Don Juan es autor de formas y de fórmulas.
No varían mucho de las de fray Luis de Granada. Esto es una curiosidad y hasta cierto punto un mérito. Se cree aquí que los americanos estamos imbuídos exclusivamente en la literatura francesa, sin saber que nos hacen su visita provechosa todas las literaturas extranjeras. Se entiende que hablo de Buenos Aires. Sin salir de nuestro periodismo—guardando las distancias—no se sospecha que hay un Ebelot, francés, un Ceppi, italiano, y en sus puestos consiguientes, un Loweinstain, inglés, un Clímaco Dos Reis, portugués, que escriben castellano en nuestros periódicos sin que se les note el acento.
Y, consagrando el purismo, se habla con respecto al castellano de América y en especial del de la República Argentina, con espanto castizo, con horror académico, para venirnos, por opinión de su más conspicuo crítico, con que don Juan Valera, a quien estimamos y admiramos en su legítimo valer, es superior en algún punto a Flaubert o a Anatole France.
Esto no es una excepción. Ya os he dicho que un espíritu tan informado y sutil como doña Emilia Pardo-Bazán no ha vacilado en hacer de Víctor Hugo un émulo de Campoamor. Por lo general, aquí se compara lo propio con lo extranjero, cuando no con aire de superioridad, con un convencido gesto de igualdad. No se dan cuenta de su estado actual.
No se dan cuenta de que quitando a Cajal y a algunos dos o tres más en ciencias, y a Castelar en su rareza oratoria, no les conoce el mundo más que por sus toreros y sus bailaoras. Pongo naturalmente a un lado a los pintores. Y esto no es sino lo que oigo decir y reconocer por hombres de pensamiento imparcial y sin preocupaciones, que desean para su hermoso país una renovación, un cambio, una vuelta a la pasada grandeza. Decía, pues, que uno de los incondicionales méritos del eminente Valera estriba en su anticuada gracia estilística, en su impecabilidad clásica, en ese purismo que hoy combaten humanistas como Unamuno. Ciertamente, leído a pocos, saboreado a sorbos, ese estilo agrada, pero después de varias páginas, el cansancio es seguro. Esto llega hasta lo insoportable en el santanderino Pereda, el hombre del «sabor de la tierruca» que para decir los restos de la comida dice «los relieves del yantar». Le censura a Valera cierta crítica quisquillosa, su tendencia a la rica mina amatoria, su hasta cierto punto complacencia erótica. El amor le subyuga, es claro, como a todo artista. Las gafas del censor en este caso deberían hacer leer bajo el simulacro del Dios los conocidos versos del señor de Voltaire:
Qui que tu sois, voici ton maître;
Il l'est, le fut, ou le doit être.
Valera se deleita, es verdad, en asuntos de esta clase, pero lo hace con tanta discreción y, sobre todo, con tanto talento, que sus historias desnudas o semiveladas se escuchan como la relación perfumada y sugestiva brotada del anecdotario de un abate galante. Más atrevida es doña Emilia Pardo-Bazán, y sus novelas adquieren en sus pasajes escabrosos doble sabor por venir de fuente femenina.
Doña Emilia, mujer de vasta cultura, muy conocedora de literaturas extranjeras y escritora fecunda, es también bastante famosa fuera de España. Naturalista, desde los buenos tiempos del naturalismo, ha permanecido en su terreno realizando el curioso maridaje de un catolicismo ferviente y una briosa libertad mental. Ha escrito la novela gallega y la novela de la corte, ambas con el conocimiento directo del asunto a que su vida de alta dama de Madrid y terrateniente de La Coruña le ha ofrecido campo. Sus últimas novelas han tenido menos resonancia que las primeras, sin motivo especial, pues sus cualidades de vigor y brillantez son las mismas. Cuenta con gran habilidad, y es uno de los primeros cuentistas españoles actuales.
Armando Palacio Valdés puede asegurarse que escribe para el extranjero, para ser traducido. Su clientela está en Londres, en Nueva York, en Boston, no en Madrid. Se me asegura que cuando publica un libro no manda ejemplares a la Prensa madrileña, sino con raras excepciones. No se señala ciertamente por calidades de estilo, y se conoce que no tiene grandes preocupaciones de arte; pero narra con verdad y color y sobre todo es un gran técnico, un constructor de primer orden. Por otra parte, el autor de El Origen del Pensamiento no está por descubrir como un fuerte talento, como una de las más hermosas figuras de la España intelectual.
El famoso don Benito Pérez Galdós ha vuelto a cavar en la antigua mina de Episodios Nacionales; convertido en el Charpentier de sí mismo, se ha industrializado y fabrica de un modo prodigioso. Casi no hay mes sin episodio, y el público observa que la ley de antaño era otra. A pura novela se ha construído un elegante hotel en Santander y es hombre de fortuna.
Era tiempo de dedicarse a la labor para sí mismo, como me decía Jean Paul Laurens de la pintura, a la obra de arte y de idea en que el alma ponga toda su esencia, en la libertad del soñado y perseguido ideal.
Don José María de Pereda, propietario de una fábrica de jabón, descansa en sus conquistas. Regionalista rabioso, su mundo se concentra en el Sardinero o en Polanco; su estética huele a viejo, su cuello se mantiene apretado en la anticuada almidonada golilla. Es un espíritu fósil, pero poco simpático a quien no tenga por ideal lo rancio y lo limitado. Hay que leer esa Sotileza que han traducido al francés, hay que leerla en el idioma extranjero para ver lo que queda en el esqueleto, despojada de sus afectaciones de dicción: un colosal y revuelto inventario.
El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico, sencillo como un buen árbol; lleva como la esencia de su tierra y en su rostro el reflejo de un atávico rayo morisco. La Barraca le ha colocado recientemente entre los primeros novelistas españoles. Es joven, y los vientos de la política le han envuelto. Como diputado a Cortes ha hecho bien sonoras campañas, con mayor felicidad que el francés Barrès y el italiano D'Annunzio. Cierto es que lo que menos hay en él es un esteta, en el buen sentido de la palabra, porque aquí tiene uno muy malo. Sí, Blasco Ibáñez es el hombre natural, de su país de flores y fierezas, de cantos y bizarrías, y su alma sincera y sana va por la vida con una libertad aquilina. Y tiene ese potente varón de lucha el pecho de un sensitivo. Como a todos los pensadores contemporáneos, preocúpale el áspero problema del hombre y de la tierra y está naturalmente con los de abajo, con los oprimidos. En sus palabras del Parlamento como en sus escritos, se manifiesta su continua ansia de combate. En La Barraca se exterioriza en las musculaturas del estilo uno de esos espíritus de gladiador, o de robusto constructor, a la Zola. La onda mental corre sin tropiezos con un ímpetu de fecundación que denuncia la original riqueza. Libros como ese no se hacen por puro culto de arte, sino que llevan consigo hondos anhelos humanos; son páginas bellas, pero son también generosas acciones y empresas apostólicas. Pinta con colores de vida escenas de su tierra que para el lector extranjero son de un pintoresco interesantísimo. Es la «huerta», trozo paradisíaco, rincón de amor y de vigor, saturado de energías primitivas, y en donde la Naturaleza pone por igual en el hombre dulzuras y rudezas. En esa tierra es en donde cantan las dulzainas sus sones de reminiscencias africanas y las muchachas danzan llenas de sol. Alrededor de la barraca surgen, en la obra de mi eminente amigo, tipos bañados de sombra y luz, en aguas fuertes de una hermosa intensidad. Es el desgraciado tío Barret, el asesino de don Salvador el terrateniente; es esa alma salvaje de Pimentó, y su mujer, la Pepeta, que en la narración, en medio de su revuelo de pájaro zahareño, se enternece de maternidad; es la figura graciosa y buena de Roseta; y sobre todo, la vigorosa persona de Batiste, fiero y alto ante el peligro, pero vencido al fin por una funesta fatalidad; todo en una sucesión de cuadros, que encantan o se imponen en su valor de verdad a punto de contagiar de angustia o de sufrimiento; tal la muerte del hijo de Batiste, la de Pimentó, y el incendio de la Barraca, en el cual, sin pecado, creo sentir un potente aliento homérico.
Blasco Ibáñez es de contextura maciza, cabelludo y de bravas barbas, ojo fino que va a lo hondo, amable o terrible: su conversación es, sin penachos meridionales, franca y vivaz; es un bon garçon ese soldado de tormentas. Por lo de Montjuich ha luchado con entusiasmo, en unión de otros dos escritores, Dionisio Pérez, redactor de Vida Nueva, novelista cuyo Jesús ha tenido cierta resonancia tanto en España como en América, también hombre de combate y de talento tesonero, y Rodrigo Soriano, cuyo nombre La Nación ha hecho conocer en Buenos Aires; carácter de irresistible simpatía, autor de libros varios sobre asuntos distintos, pues si hace cuentos encantadores, sus críticas artísticas son de interés y amenidad notorios, como sus artículos de periodista; y en todo una fácil manera, un estilo de escritor mundano, al tanto de todo lo que pasa en el extranjero, cosa rara aquí; un diletantismo discreto y un innegable tono personal. Su amistad con Emilio Zola es sabida; y el ilustre maestro le ofreció asistir al meeting proyectado en San Sebastián, en favor de la revisión del proceso de Montjuich. Otros novelistas buscan también vías nuevas.
Un distinguido amigo escritor me manifiesta que la novela española no existe hoy, como la francesa, la inglesa, la rusa. ¿Por qué? «Porque las costumbres españolas comenzaron a perderse a fines del siglo XVII, y la novela fundada en las costumbres no tiene carácter nacional si aquéllas no son propias, nacionales. Habría que remontarse a los clásicos para encontrar «costumbres», y, por consiguiente forma especial del género novelesco. Acaso el triunfo de Alarcón, y, sobre todo, el de Pereda, estriban sólo en esa cualidad: sus obras tienen mucho de la tierra en que se formaron. Lo mismo podría decirse de Fernán Caballero». No creo lo propio. En la literatura universal los españoles tienen ese aislado tesoro que se llama la novela picaresca, hoy ciertamente olvidado. Pero si es verdad que los novelistas de España, del siglo XVIII a esta parte, han sido influídos por corrientes exteriores, academicismo, romanticismo, bon sens, socialismo, realismo, naturalismo, psicologismo, etc., a través de la imitación ha permanecido visible el carácter nacional. Larra mismo fué tentado por Walter Scott, y ¿quién más español que él, a pesar de su conocimiento de literaturas extranjeras? Justamente ha escrito don Juan Valera a quien estas líneas traza:
«Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es nada más que un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición española». Fernán Caballero realizó la novela andaluza, junto a los admirables cuadros de Estébanez y Mesonero Romanos. Hoy mismo, las novelas de Salvador Rueda y Reyes son puramente andaluzas. La novela gallega nos la ha dado, aun vestida con modas extranjeras, la egregia doña Emilia; la novela vasca tendría su sola representación con esa admirable y fuerte Paz en la Guerra, de Miguel de Unamuno. Existe, pues, no solamente la novela española, de Galdós, Palacio Valdés, Valera o Alas, sino la novela regional.
Hubo un tiempo en que reinó el folletín. Eugenio Sué tuvo su doble, en Madrid, en don Wenceslao Aicuals de Izco. Los Misterios de París se multiplicaron en María o la Hija de un Jornalero y en la Marquesa de Bella Flor. El socialismo romántico de entonces encontró excelente campo de este lado de los Pirineos. Luego vino la época de aquel buen Pérez Escrich, que causó muchos llantos a nuestras madres y abuelas, pues la inundación de entregas sentimentales no fué tan sólo en la Península, sino que recorrió la América entera. Lo propio daba el Cura de la Aldea, que el Mártir del Gólgota, o la Mujer Adúltera. Tras él vino Antonio de Padua, caro a las modistas y señoritas ansiosas de ensueños burgueses. Y otros de la misma harina que encontraron fácil la explotación de esos antiliterarios filones. Puesto muy distinto es el de don Manuel Fernández y González, una especie de Dumas el viejo, fecundo y brillante de imaginación, productor incansable, tonel de cuartillas, al que la pobreza soltaba la espita, intrigador colosal y cuyo espíritu galopante no deja de encenderse de tanto en tanto con bellas chispas de arte.
El diluvio de entregas pasó. Algunos libros aparecieron de corta extensión, como los de las bibliotecas francesas. Eran El Escándalo, de Alarcón, y la Pepita Jiménez, de Valera. La literatura recobraba su puesto, así fuese en aislados esfuerzos. Alarcón, escritor de hábil inventiva, sutil y emotivo, causó gran impresión con su novela de espíritu hondamente conservador, o neo, como aquí se dice, a la cual novela habría de oponerse, en un combate de doctrina moral más que de ideología, la Doña Perfecta, de Galdós. Valera asimismo se impuso desde luego por la delicada elegancia de su manera, por la resurrección de antiguos prestigios nacionales, por el abolengo impoluto de su estilo. Valera tenía la gracia, Galdós conquistó con la fuerza. Pereda, que publicara sus Escenas montañesas desde 1894, no tuvo verdadera resonancia sino muchos años después. Pedro Sánchez y El Sabor de la Tierruca señalan el principio de su renombre. Después llegaron la Pardo-Bazán, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés. Se creaba ya la novela de ideas. Al surgir victoriosos esos nombres, un grupo en que bien podía haber un talento igual, mas no certera orientación, se presentaba, en el deseo de hacer algo nuevo, de encauzar en España la onda que venía de Francia. Era la época del naturalismo. Nadie se atrevería a negar el valer mental de López Bago, de Zahonero, de Alejandro Sawa; pero la importación era demasiado clara, el calco subsistía. López Bago, en cuya buena intención quiero creer, tuvo un pasajero éxito de escándalo y de curiosidad. Sus obras eran abominadas por los pulcros tradicionalistas y por los mediocres que le envidiaban su buen suceso. Se trataba de verbosos análisis, de pinturas de vicio, escenas burdelescas, figuras al desnudo y frases sin hoja de parra. Zahonero siguió un naturalismo menos osado. Sawa, muy enamorado de París, y más artista, se apegó a los patrones parisienses, y produjo dos o tres novelas, que aun se recuerdan. Alejandro Sawa es un escritor de arte, insisto, y el naturalismo no fué propicio a los artistas: era una literatura áptera.
He de hablar de Silverio Lanza, un cuentista muy original, cuyo nombre es escasamente conocido. Sin perder el sabor castizo que suele aparecer con frecuencia en sus narraciones, este escritor tiene todo el aire de un extranjero en su propio país. Es un humorista al propio tiempo que un sembrador de ideas. Pero en su humor no encontraréis mucho el chiste nacional, sino el humor de otras literaturas. Su ideología se agria de cierta aspereza al rozar problemas que se relacionan con defectos y tachas de su misma patria. «Y si habla mal de España, es español», dice Bartrina en uno de sus versos. Pero no es este el caso. Es que se trata de un hombre de pensamiento que se subleva ante las desventajas de su patria en comparación con otras naciones, a las cuales desearía sobrepasase en el camino del progreso humano, ante los vicios característicos que habría que combatir, y los inconvenientes de educación que habría que subsanar. Silverio Lanza es un hombre de guerra. Se ha repetido el caso de Stechetti y Olindo Guerrini. Olindo Guerrini en esta vez se llama en España Juan Bautista Amorós. Entre sus libros, sobresalen Cuentecillos sin importancia, Ni en la vida ni en la muerte y los Cuentos políticos. Recientemente Ruiz Contreras ha tenido la acertada idea de llamarle a la Revista Nueva, en donde sus cuentos ofrecen como antes,—extrañamente vertebrados, llenos de oscuridad que seduce, enseñadores de atormentadas gimnasias de estilo, al decir mucho en cortas oraciones, incoherentes con premeditación, y teniendo siempre a su servicio la mitad del Genio,—compañera del Ensueño, la Ironía. El director de esa revista me decía que a su sentir era Lanza «acaso el más fuerte y el más arrojado. Silverio Lanza no ha sufrido la menor decepción. Desde que publicó la primera obra, El Año triste, no ha cambiado una sola vez de senda. Es un carácter, un hombre, una inteligencia superior, y triunfará, logrando ser en la literatura española un personaje aislado sin antecesores y acaso también sin descendientes». Lo creo. La libertad por él proclamada con el ejemplo, que ha hecho resaltar en esta literatura de estilo uniforme—hablo en general—o uniformado, para decirlo mejor, su inconfundible individualidad, dará aquí buenos frutos, cuando el aire circule, cuando el aliento universal pase bajo estos cielos; el individualismo traerá consigo—y ya empieza a iniciarse, después del desastre—una floración flamante y saturada de perfumes nuevos.
Al paso observo un pequeño huerto bien cultivado, lejos del parque inglés de Palacio Valdés, de las granjas montañesas de Pereda y Galdós y de la rica quinta gallega de doña Emilia. El huerto es de José M. Matheu, cuyas excelentes cualidades de novelador son reales. Este es un modesto; se ruboriza de la audacia. Suave y metódicamente ha creado unos cuantos caracteres que ha alojado en sus libros, en donde si esas buenas notas resaltan, falta en cambio la divina virtud de la ironía, el culto del arte de la frase, las cambiantes estaciones del estilo.
Ortega Munilla, creo que, demasiado entregado a la política, ha permanecido sin producir un solo libro desde hace algún tiempo. De cuando en cuando florece su ingenio en algún cuento, que recuerda al vibrante narrador de otros días, el novelista de conciencia y el prosista aquilatado. ¿Taboada? A Taboada también hay que contarle ya entre los novelistas. El paso de la narración corta a la novela lo ha hecho, como sus semejantes, Mark Twain y Alphonse Allais. Este gracioso de España como el clownesco yankee y el incoherente francés, ha obtenido un enorme éxito con su obra después del continuado éxito periodístico de cuentos y crónicas desopilantes. Su mérito no puede ponerse en duda. Es una originalidad. Es el cronista incomparable de la vida cursi. Su Viuda de Chaparro se ha casi agotado en pocos días. Hace reir, con un si es no es de amargor, que, en verdad, merece su latín. Aquel de Ovidio, si gustáis:
...medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid...
La novela de Unamuno, Paz en la Guerra, es de esas obras que hay que penetrar despacio; no en vano el autor es un maestro de meditación, un pensativo minero del silencio. Es la novela un panorama de costumbres vascas, de vistas vascas, pero es de una concentrada humanidad que se cristaliza en bellos diamantes de universal filosofía. El profesor de Salamanca es al mismo tiempo el euskalduna familiar con la tierra y el aire, con el cielo y el campo. Su pupila mental ve transparentemente el espectáculo de la vida interior en luchas de caracteres y pasiones, en el olear de la existencia ciudadana o campesina. Sus figuras las extrae como de bloques de carne viva; y es un poderoso manejador de intenciones, de hechos y de consecuencias. Y en su manera no hay ímpetus, no hay relámpagos.
Tranquila lleva la pluma, como quien ara. Para leerle, al principio se siente cierta dificultad: pero eso pasa presto para dar lugar a un placer de comprensión que nada iguala. Este es uno de los cerebros de España, y una de las voluntades. Lo que su paisano de Loyola, San Ignacio, enseñó con sus Ejercicios a Maurice Barrès, él lo ha aprendido en los ejercicios de su alma, en la contemplación de la vida, en su tierra honorable y ruda con la rudeza de lo natural y de lo primitivo incontaminado y sano. Antes he amado, por innata simpatía, a esos hombres fuertes de Vasconia, que adoran su cielo y su tierra feraz y su libertad, en la conservación de una vida de grandeza antigua, que cantan tan sonoras canciones de meditación y amor y danzan tan bizarras danzas; marineros, herreros, campesinos, nobles todos, veneran un árbol y han tenido un bardo como Iparraguirre; pero jamás he comprendido el alma vasca como cuando me he impregnado de las páginas de Unamuno. El amor allí tiene el hervor de la prístina savia; los elementos conspiran para la fraternidad con el hombre, la tierra besa a la carne, la savia se une a la sangre; el abrazo, la cópula, debía ser como un sacramento, o como ley sagrada. Son razas poseedoras de la serena energía, de la fuerza donada por los viejos dioses, esa ilustre fuerza que saluda Gladstone junto al árbol de Guernica, que pinta Puvis de Chavannes, y a la cual invoca el canto cuando, en su Provenza, Mistral empuña ante el concurso conmovido la simbólica copa.
[2] La crítica «oficial» ha hablado por boca de don Leopoldo Alas: «Valera no es como los pedantes Flaubert y France...»