LOS INMORTALES

22 de septiembre de 1899.

Pronto aparecerá la nueva edición del Diccionario de la Real Academia Española. La casa editorial de Hernando da la última mano al grande y lujoso mamotreto. El señor Echegaray ha explicado ya en la Prensa muchos de los nuevos términos científicos que la Corporación ha decidido adoptar. Dentro de poco el volt se llamará voltio y el culomb culombio. En cuanto a la palabra trolley, queda sencillamente convertida en trole, como hace muchos días tuvo la amabilidad de comunicármelo mi eminente amigo Eugenio Sellés. Ignoro si el presupuestar de Ricardo Palma tendrá cabida esta vez en el léxico. Mas lo cierto es que hay novedades, y es posible que el chistoso pedante de Valbuena prepare otra «fe de erratas». Veremos lo que se limpia, lo que se fija y lo que se da de esplendor, para recordar nuestro Horacio y su jus et norma loquendi.

Estos inmortales cumplen con su deber conservador sobre todo; de las tres partes del lema prefieren el fijar. Sus sesiones parecen de una amenidad muy discutible. Ha pasado ya de moda el murmurar de sus hechos y gestos. En Francia todavía las palmas verdes y el espadín provocan una que otra ocurrencia. Aquí es poco decorativa la representación, y un libro no se vende más porque el autor pueda poner debajo de su nombre: De la Real Academia Española. La labor de los excelentísimos e ilustrísimos, fuera de las papeletas del Diccionario, es poco activa: la publicación de algunas obras, como las que dirige Menéndez Pelayo, y la adjudicación de varios premios.

La Real Academia se fundó en 1713, y trece años después apareció el primer tomo del Diccionario; otros trece años pasaron para que pudiesen publicarse los otros cinco de aquella primera edición. El rey ordenó que se diesen a la Academia mil doblones al año. Aprobada por Felipe V, logró especiales concesiones. Los académicos quedaban en cierto modo y para ciertas ventajas iguales a la servidumbre de la Real Casa. En 1793 se les favoreció con la renta anual de 60.000 reales. Desde 1793 tuvo su local, en la célebre casa de la calle Valverde, hasta que hace poco tiempo se ha instalado en edificio especial que hizo construir con propios fondos.

Los inmortales de Francia son cuarenta; los de España sólo llegan a treinta y seis, sin que yo sepa el motivo. Lo que no cabe duda es que el sillón 41.º de Houssaye, que aquí corresponde al 37.º, existe en la academia del marqués de Villena como en la academia de Richelieu... No deja de haber aquí también su partido «de los duques». La política no anda asimismo muy alejada de las influencias que privan en el reino de la gramática. Ved un simple desfile de figuras. El director actual es el conde de Cheste. Muy viejo, antiguo militar, muy querido en la Corte; hace algún tiempo que no asiste a las sesiones académicas. El conde de Cheste dejará una obra extensa principalmente de traducciones. Hasta hace poco, obsequiaba a sus colegas con buenas comidas y candorosos versos. Secretario perpetuo es hoy don Miguel Mir, desde la muerte de Tamayo y Baus; censor, Núñez de Arce; bibliotecario, Catalina; tesorero, el marqués de Valmar; vocal administrativo, Sellés, e inspector de publicaciones Menéndez Pelayo.

El marqués de Valmar es un verdadero aristócrata. Este viejo hidalgo, muy erudito, en sus primeros años literarios escribió para el teatro. Su obra más considerable es un estudio acerca de la poesía castellana en el siglo XVIII. Se le debe la publicación de las Cantigas del Rey Sabio. Su vejez se desliza entre libros y comodidades; es un caballero que ha sabido proteger, cuando ha podido, a los jóvenes de verdadero valer que le pedían su apoyo literario y social. Mucho le debe a este respecto el señor Menéndez Pelayo. Demás decir que el marqués de Valmar, noble y literato, ha pertenecido al cuerpo diplomático.

Campoamor llevó su humor a la Academia. No sé que haya contribuído mucho a la cocina del Diccionario; pero si encontráis en la nueva edición algunas humoradas, creed que son suyas, a menos que no sean de don Juan Valera. Es de pensarse que en el secreto del ministerio, en lo más intrincado de la tarea filológica, sabrá poner una gota de su espíritu ático este marqués del estilo que habría sido amigo de Barbey. Más que los ratones de los estantes empolvados, le conocen las alegres liebres que, según Hugo, telegrafían al buen Dios en las mañanas de primavera: ¡content! Por lo demás, Pepita Jiménez conversa muy amigablemente con fray Luis de Granada.

Don Enrique de Saavedra, duque de Rivas, emparentado con don Juan Valera, es, sobre todo, el hijo de su padre. Su mayor título académico es ser obra de don Ángel, hermano por lo tanto de Don Álvaro o la fuerza del sino. La herencia espiritual no fué en este caso completa, y don Enrique es a don Ángel lo que Francisco o Carlos Hugo al César de los poetas franceses.

Don Cayetano Fernández es un señor presbítero adobado de humanidades. Su candidatura a la Academia salió de Palacio. Ha sido el áulico profesor de las infantas viejas. Creo que ha escrito un volumen de Fábulas morales. Moral: Timeo hominem unius libri.

Don Gaspar Núñez de Arce ilustra con su poesía el árido senado. Es el Sully-Prudhon de los españoles, o el José María de Heredia.

Don Eduardo de Saavedra es ingeniero de caminos. Se le abrieron las puertas de la Academia por su ciencia, como a Lesseps. Dicen que tiene gran talento. Alcalá Galiano es otro hijo de su padre. Ha traducido a Byron, en verso. Ignoro si el sacrificio fué antes o después de entrar en la Academia.

Don Mariano Catalina se distingue entre otras cosas por sus barbas rojas, y por sus ideas, que son completamente opuestas al color de sus barbas. Sus dramas valen mucho más de lo que se ha dicho de ellos. En ese reaccionario hay un varón de fibra. Le silbaron, injustamente, y se dedicó a otras cosas. Su manera es parecida y anterior a la de Echegaray, menos descoyuntada y más española; sus versos aceptables, es decir, malos. Es editor de la colección de escritores castellanos, que publica, entre otros libros importantes, la Historia de las Ideas Estéticas y demás obras de Menéndez Pelayo.

Don Marcelino entró muy joven en la Academia, como se recordará. Hiciéronle triunfar por una parte su saber enciclopédico y vasto, por otra su conocida filiación conservadora. No hay duda de que sus conocimientos son asombrosos: don Marcelino sabe más que todos los académicos juntos, y sus trabajos han sido y son los de un gran crítico, los de un verdadero sabio. La edición monumental de Lope y la Antología lo demuestran.

Pidal y Mon escribe correctamente.

El señor Mir escribe con muchas intenciones académicas, y, como la mayor parte de los escritores de su país, se toma muy escaso trabajo para pensar. Siempre esa onda lisa del período tradicional cuya superficie no arruga la menor sensación de arte, el menor impulso psíquico personal. Ha publicado un libro en que se descubre sinceridad e independencia, libro antijesuítico y de largo nombre: Los Jesuítas de puertas adentro y un Barrido hacia afuera de la Compañía de Jesús. Escribe la historia de Cristo y memorias o monografías académicas; en lo académico suspiraréis por un poco de literatura o de sentimiento artístico, y en lo religioso es en vano buscar el espíritu de los antiguos místicos—única cosa que el académico español podía perseguir.

Balaguer acaba de publicar uno de los innumerables volúmenes de que constan sus obras. No parece que le preocupen gran cosa los asuntos de instituto. Maestro en gay saber, vive mucho para las musas.

Commelerán entró en la Academia en ocasión famosa. Se sabe que luchó con Galdós y que la candidatura del novelista fué pospuesta. Se escribió mucho con este motivo, y hubo enérgicas protestas. No veo tanto la razón. El señor Commelerán sabe más latín y más lingüística que el señor Galdós; es más útil en las tareas de la Academia. Además, el novelista debía entrar tarde o temprano. No estaba en el mismo caso de Zola... Commelerán es un incansable trabajador en sus estudios oficiales. Tuvo en un tiempo aficiones literarias y, apasionado de Calderón, hizo algo para el teatro, que no llevó a la escena. Publica ahora un gran Diccionario latino y libros de texto que son bien juzgados.

Fabié es de una eminencia especial; para unos es un sabio; para otros, lo contrario de un sabio. No es digno, a mi entender, de lo uno ni de lo otro. En sus escritos se ve, además de la irremediable corrección, mucha cultura clásica y legítima solidez.

Ha preferido en sus disciplinas, a lecturas insustanciales y nuevas, generalmente obras de segunda mano, el desempolvar pergaminos viejos en los rincones de archivos y bibliotecas; de ahí que la crítica histórica tenga en el señor Fabié uno de sus más serios representantes en España.

Del señor Silvela diré que, hijo de un padre ilustre y hermano de otra notable inteligencia española, vale muchísimo más que lo que él se figura. Tiene atracción y un inmenso número de amigos que le siguen. Con todo, su política es mejor que su literatura, literatura de aficionado. Lo cual no quita que encontréis en sus discursos páginas admirables.

Colmeiro es un sabio. Nada más que un sabio.

El señor Fernández y González es un arabista insigne, según aseguran los que dicen que entienden el árabe. Se me ha hablado mucho de su talento de crítico, y conozco estudios suyos nutridos de doctrina; pero no he podido encontrar su libro La Crítica en España, del cual se cuentan maravillas.

El conde de Buenos Aires, don Santiago Alejandro de Liniers, hoy alcalde de Madrid, tiene ante todo su alta posición social y pecuniaria. Ha publicado un libro, Líneas y Manchas, y ha sido periodista. Exprimiendo toda la producción de esta excelente medianía, no se sacaría la cantidad de pensamiento y de arte que hay en una sola página de su sobrino Ángel Estrada.

De don Luis Pidal y sus obras confieso mi absoluta ignorancia.

Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, es otro poeta de la Academia. Vive ahora un tanto retirado, después de que el duque de Almodóvar tuvo la peregrina ocurrencia de quitarle su empleo en la Administración; por lo cual la indignación de su verso envió unas cuantas abejas de su jardín a picar al caballero, como él dice «un poquito duque y un poquito tuerto». Arquíloco es mal enemigo.

La ciencia por un lado y el teatro por otro, apadrinaron a don José Echegaray para entrar a ocupar su sillón. Castelar le hizo el dudoso favor de compararle con Goethe al contestarle su discurso de recepción. El señor Echegaray es un hombre eminente, «de lo mejorcito que aquí tenemos», me dice don Leopoldo Alas; pero su enciclopedismo de nociones en este tiempo de las especialidades le coloca en una situación que fuera de su país sería poco grata para su orgullo.

Sellés, conquistador del teatro, desde su sonoro Nudo Gordiano, continúa escribiendo piezas en un acto, y aun se dice que abordará el libreto de zarzuela, sin que se perturbe el decorum de su noble compañía.

Al conde de Viñaza le he conocido en casa del secretario de la legación argentina. Es uno de los académicos más jóvenes. Estudioso y erudito, tiene entre otras obras suyas un libro muy interesante sobre Goya; y prepara un estudio, que será de indudable valor, acerca de la historia del grabado en Europa, y especialmente en España, para lo cual cuenta con copiosos datos inéditos y planchas antiguas de colecciones hasta hoy desconocidas.

El señor Moret está en la Academia oficialmente. Hubo una ocasión que para celebrar un acontecimiento resolvieron los académicos ofrecer un sillón al ministro del ramo. Le tocó al señor Moret, que casualmente ocupaba entonces el Ministerio. El señor Moret, por otra parte, es orador agradabilísimo y su palabra debe animar y flexibilizar las secas discusiones.

Pérez Galdós, para el reglamento, vive en el paseo de Areneros, núm. 46; pero en realidad reside en Santander, en la villa que se ha levantado a fuerza de novela. Ya he dicho que presentó su candidatura la primera vez y fué vencido por el latinista Commelerán. En poco tiempo se cumplió su voluntad. Pereda, el montañés, según la guía, vive también en la Corte, en la calle de Lista, núm. 3; pero en realidad vive en Santander, en Polanco, y como las novelas no se le pactolizan como a Galdós, a pesar de que es rico, sigue fabricando jabón. El señor Pereda debería no separarse de la Real Academia, no faltar a sus sesiones. Es él quien escribe los relieves del yantar; por limpiar, fijar y dar esplendor a las sobras de la comida.

El señor Balard, académico electo, es el poeta meloso y falso que ya conocéis, y crítico de una limitación asombrosa, que beneficia no obstante en España la más injusta de las autoridades.

Don Daniel de Cortázar es ingeniero de minas, hijo del autor de un muy conocido tratado de matemáticas elementales. Su ciencia le ha ganado la honra. Los académicos aquí, como en Francia, quieren tener de todo en su casa.

El último académico electo es el poeta Ferrari. Su candidatura ha brotado de los salones influyentes que frecuenta y en donde sus recitaciones son proverbiales... Conste que una vez yo le he visto defenderse con bravura—y al fin sucumbir—en casa de doña Emilia Pardo-Bazán.

La Academia cuenta con innumerables miembros correspondientes, en Europa y América española, y con dos miembros honorarios, ambos de la América Central: uno de Honduras, otro del Salvador. Esto os causará alguna sorpresa, pero he aquí la explicación. El presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, hace mucho tiempo ordenó por decreto gubernativo que en la República se usase, al menos en todos los documentos y publicaciones oficiales, la ortografía de la Real Academia Española. Supongo que acompañaría el decreto con alguna demostración de afecto académico más práctica. El presidente del Salvador, Rafael Zaldívar, hombre muy inteligente, viajó un día por España, con gran séquito y con la pompa de un príncipe exótico. Tengo entendido que dió a la Academia asimismo valiosas pruebas de amistad. Se le correspondió con una sesión especial en su honor. Todas las personas de su comitiva tuvieron nombramiento de miembro correspondiente. De aquí que los dos únicos miembros honorarios sean esos expresidentes centroamericanos.

La labor de la Real Academia, dígase bien claro, es en nuestro tiempo inocua, como la de los inmortales franceses. Hacen el diccionario, reparten premios más o menos Montyon y coronan obras mediocres y correctas.

Aquí se defiende el purismo, la virginidad de esta vieja lengua que ha dado y dará tantas vueltas. Y esos defensores tienen eco en ciertas naciones de América; pues como reza un decir magistral—cito de memoria—«cuando el purismo desaparezca de Salamanca se encontrará en algún cholo de Lima o en el morro de un negro mejicano». En ese continente, en las aldeas más primitivas no falta el barrigudo licenciado abarrotado o abarretado que persiga el le y el lo, y el caso y la concordancia, y entre tortilla de maíz y tortilla de mais no haga su discursito en caribe en defensa de los fueros del idioma.

No puedo menos que concluir citando las palabras de un ilustre profesor de la más célebre de las Universidades españolas: «Hay que levantar voz y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo en el simple empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y lo que es aún peor, de reacción entera y verdadera. Eso del purismo envuelve una lucha de ideas. Se tira a ahogar las de cierto rumbo, haciendo que se las desfigure para vestirlas a la antigua castellana. Se encierra en odres viejos el vino nuevo para que se agrie». Y luego: «Hay que hacer el español internacional con el castellano, y si éste ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él. El pueblo español, cuyo núcleo de concentración y unidad dió al castellano, se ha extendido por dilatados países, y no tendrá personalidad propia mientras no posea un lenguaje en que sin abdicar en lo más mínimo de su modo peculiar de ser, cada una de las actuales regiones y naciones que lo hablan hallen perfecta y adecuada expresión a sus sentimientos e ideas. Hacen muy bien los hispanoamericanos que reivindican los fueros de sus hablas y sostienen sus neologismos, y hacen bien los que en la Argentina hablan de lengua nacional. Mientras no internacionalicemos el viejo castellano, haciéndolo español, no podemos vituperarles los hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los hispanocastellanos, y hacen muy bien en ir a educarse a París, porque de allí sacarán, por poco que saquen, mucho más que de este erial, ya que lo que aquí mejor puede dárseles, la materia prima de esa lengua, consigo la llevan y con libros pueden perfeccionarla».

El autor de esas líneas se llama Miguel de Unamuno. Aquí y entre nosotros protestarán especialmente de ellas los que no se llaman ni son nada, pas même académiciens.