LOS POETAS

Madrid, 24 de agosto de 1899.

El modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes. Antes lo eran el Darro, que como se sabe tiene arenas de oro, y el Genil que las tiene de plata. Los cisnes viejos de la madre patria callan hoy, esperando el momento de cantar por última vez. Ya os he hablado de Campoamor, cuando se pensó en su coronación, ceremonia de que no se ha vuelto a ocupar nadie, a pesar de las buenas intenciones del Círculo de Bellas Artes, cuyo presidente, el señor Romero Robledo, manifestara tanta excelente voluntad. El anciano poeta sigue cada día más enfermo. Últimamente no ha podido contestar a una enquête iniciada por una revista de París, La Vogue, sobre el asunto Dreyfus. Casi imposibilitado de moverse, sufre en su retiro horas dolorosas, y visitarle es ir a pasar momentos de pena. Sus últimos versos son una que otra dolora dolorida que ha publicado la España Moderna, una que otra humorada en que se depositan las últimas gotas que quedan del humor antiguo en el vaso de ese espíritu que fuera tan bellamente lozano, tan frescamente juvenil. Ahora es cuando hay que volver los ojos al viejo tesoro prodigado, aquella poesía tan elegante en sus sutiles arquitecturas y tan impregnada del amargor que el labio del artista siente al primer sorbo de vida.

Recordad aquellas perlas brillantes de ironía, de las doloras; y aquellos pequeños poemas que conducen por una corriente de sonoras transparencias verbales a la finalidad de una inevitable melancolía, la melancolía que por ley fatal florece en los jardines de la humana existencia. ¡Amable filósofo! Daba la lección de verdad adornada de la gracia de su música, su música personal, inconfundible en toda la vasta orquesta poética de las musas castellanas.

Núñez de Arce, también silencioso. Dirige las oficinas del Banco Hipotecario, y Luzbel, anunciado hace largos años, no se concluye. Dicen que padece el poeta de enfermedad gástrica, y así debe ser por el continuo gesto de displicencia que presenta su faz. No es ya el tiempo de los Gritos del Combate y de la Visión de fray Martín. El vate de antes se encuentra ya transpuesto en época que desconoce sus pasados versos, el alma de sus pasados versos, alojada hoy en una casilla de retórica. No es esto desconocer el inmenso mérito de ese noble cultivador del ritmo, que ha dominado a más de una generación con su métrica de bronce. Hoy España no cuenta con poeta mejor. Más aún, no existe reemplazante. Cuando deje de aparecer en el nacional Parnaso esa dura figura de combatiente que ha magnificado con su severa armonía la lengua castellana, no habrá quien pueda mover su armadura y sus armas. Porque Núñez de Arce, dígase lo que venga en antojo a los que no es simpático intelectual o personalmente, ha sido un admirable profesor de energía. En verso, pero de energía. Ha mezclado más de una vez la prosaica política en sus imprecaciones, y ha sido ministro de Ultramar cuando había ministros de Ultramar. Ha sido con su manera sonante y oratoria un parlador de multitudes, un dirigente del espíritu público de su época. Y si de algo se resiente el conjunto de su obra, es de haber sacrificado más de una paloma anacreóntica o cordero de égloga a la diosa de pechos de hierro que no tiene corazón, a la Patria, en su más triste ídolo: el ideal de un momento. Porque el mayor pecado de este poeta es no haber empleado sus alas para subir en el viento del universo, sino que se ha circunscrito a su terruño, al aire escaso de su terruño aun en los poemas de tema humano en que debiera haber prescindido de tales o cuales ideales de grupo. Krausistas y neos han tenido en esta tierras liras en sus batallones. La obra de Núñez de Arce aun persiste. Su puesto, como he dicho, se mantiene el primero. Que su Visión de fray Martín tenga por origen el abad Hieronimus de Leconte de l'Isle, que La Pesca tenga la fisonomía familiar de la copiosa producción coppeista, eso no obsta a la marca individual de este forjador de endecasílabos; endecasílabos de Toledo que vibran y riegan su resonante son: spargens sonus. Mas eso no basta al deseo de la juventud que observa la deslumbradora transfiguración del arte moderno. No dice nada a las almas nuevas el conocido alternar del endecasílabo en la estrofa núñezdearcina, que por otra parte, es estrofa dantesca, del Dante de las poesías amatorias. Y Núñez de Arce queda solo ante su ara, o ante su Banco Hipotecario, como el finalizado Campoamor entre el recuerdo y la tumba.

Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, vive también flotante en las brumas de su Olimpo muerto. Bueno, triste, aun guarda una chispa de entusiasmo que brilla en el fino azul de sus ojos penetrantes. Esa tristeza suya me recuerda cierto pequeño poema de Baudelaire, el de los viejos juglares. Pasó para del Palacio el buen tiempo en que un soneto espiritual daba la vuelta a la Corte entre preciosos comentarios, pasó el tiempo de la diplomacia lírica que ponía en humor jovial a los bonaerenses, gracias a este excelente don Manuel, entonces ministro en el Río de la Plata, y al nunca bien ponderado colombiano señor Samper. Hoy está aún más amargado el ingenioso poeta, porque ha quedado cesante de su empleo de secretario de la orden de Isabel la Católica, por obra del duque de Almodóvar. El cual no ha contado con que la indignación del verso debía venir. Y ha venido. No hace muchas noches nos leía don Manuel a varios amigos las vengadoras ocurrencias de su musa:

Alegre por fuera

y triste por dentro,

con la carga encima

de muchos inviernos,

muchos desengaños

y muchos recuerdos,

voy ya por el mundo

a paso de espectro,

como va entre brumas

la nave hacia el puerto.

A mi espalda quedan

cada vez más lejos,

placeres y glorias,

quimeras y sueños;

y al fin del camino,

que cercano veo,

dos sombras me aguardan

olvido y silencio.

Centinelas mudos

del reposo eterno,

¿pensáis que ya tardo?

Pues no estéis inquietos:

ni os odio, ni os amo,

ni os busco, ni os temo.

Cansado de luchas

del alma y el cuerpo

para toda empresa

inútil me siento.

De hacer beneficios

que era mi embeleso,

un ministro imbécil

me quitó los medios,

y nunca a los pobres

negando consuelo

al darles mis lágrimas

les doy cuanto tengo,

de lo cual resulta

que, de puro bueno,

la vida me paso

haciendo pucheros,

¿y vale la pena

de vivir para esto?

Sirva usted a su patria,

defienda el derecho;

por él y por ella

sufra usté destierros,

prisiones, calumnias

y otros vilipendios,

y cuando juicioso

la edad le haya vuelto,

logre entre los sabios

pasar por discreto

y entre los tunantes

fama de no serlo,

mientras llega el día

en que un majadero,

un poquito duque

y un poquito tuerto

por chiripa jefe

de elevado centro,

venga y diga: «¡Basta!

¡Vaya usté a hacer versos!»

Y usté que en la lengua

nunca tuvo pelos,

le responda: «¡Sánchez,

Vaya usté a paseo!»

Manuel del Palacio, a quien poéticamente el satírico señor Alas tasaba en cincuenta céntimos, es decir, cincuenta céntimos de poeta, da señales de perseverancia de cuando en cuando en las revistas de la Corte, aunque no ya con la frecuencia de antaño. Cuando la guerra, se puso él también en campaña contra el yanqui; sus «chispas» no produjeron desde luego ningún incendio. El señor don Sinesio Delgado, Casimiro Prieto y Manuel del Palacio fueron los tres patriotas del consonante.

Manuel Reina ha logrado recientemente un triunfo con su Jardín de los Poetas. Lírico de penacho, en color un Fortuny. Ha llamado la atención desde ha largo tiempo, por su apartamiento del universal encasillado académico hasta hace poco reinante en estas regiones. Su adjetivación variada, su bizarría de rimador, su imaginativa de hábiles decoraciones, su pompa extraña entre los uniformes tradicionales, le dieron un puesto a parte, alto puesto merecido. Le llaman discípulo e imitador del señor Núñez de Arce. No veo la filiación, como no sea en la manera de blandir el verso. Núñez de Arce es más severo, lleva armadura.—Reina va de jubón y gorguera de encajes, lleno de su bien amada pedrería. No hay versos suyos sin su inevitable gema. En el Jardín de los Poetas se ven sus preferencias mentales, un tanto en choque, por la variedad de las figuras. Su jardín es trabajo de virtuoso. Cada poeta le da su reflejo, y él aprovecha la sugestión felizmente.

¿Grilo? Es una situación literaria especialísima la de Grilo. Es el poeta laureado de España, aunque España no tenga oficialmente poeta laureado. Su barril de malvasís, o pongamos de Jerez, debe tenerlo por obra y gracia de la infanta doña Isabel, y demás gentes de palacio. Grilo ocupa un lugar especialísimo, semejante al de ese pobre míster Austin en Inglaterra. Los intelectuales, y aun la mayoría, sonríen ante la parada de esa áulica musa de ocasión que dice sus rimas con acompañamiento de piano. Grilo es el poeta de la reina Isabel, de la reina regente, del rey, y de las innumerables marquesas y duquesas que gustan de leer el día de su santo un cumplimiento en renglones musicales. ¡Aun hay melenas! La poesía suya es de esa azucarada y húmeda propicia a las señoras sentimentales y devotas. Según se me informa, la protección práctica de sus altas favorecedoras es eficaz, y ese ruiseñor no puede quejarse de los cañamones del mecenato.

Don José Echegaray, a quien Castelar hizo el peregrino obsequio de compararle con Goethe, no ha vuelto a taquiner la musa. Es sabido que de todo entiende, y gratifica periódicamente a sus compatriotas con la información de una ciencia de colegiales. El ingeniero poeta goza de una enorme popularidad, y cada vez que yo manifiesto mi asombro por la ocurrencia castelarina, no falta quien se asombre de mi asombro. Su musa concluyó en los empujes de sus dramas elásticos, en las tiradas de la Guerrero. Ferrari es también un poeta de salón, y he tenido la honra de compartir con él una noche el curioso éxito de una recitación para ladies and gentlemen. No puede negarse su mérito, bajo el árbol frondoso de don Gaspar. Don Juan Valera ha hecho versos correctísimos; hoy ya no los hace. Menéndez Pelayo asimismo ha frecuentado el Helicón. Este erudito humanista, cuando se le presenta una niña con su álbum, sale del paso con escribir unas estrofas de su antigua composición:

Puso Dios en mis cántabras montañas...

Salvador Rueda, que inició su vida artística tan bellamente, padece hoy inexplicable decaimiento. No es que no trabaje; pues ahora mismo acabo de ver el manuscrito de un drama de gitanos—otro modo de ver que el de Richepin—que piensa someter a los cómicos en la temporada próxima; pero los ardores de libertad ecléctica que antes proclamaba un libro tan interesante como El Ritmo, parecen ahora apagados. Cierto es que su obra no ha sido justamente apreciada, y que, fuera de las inquinas de los retardatarios, ha tenido que padecer las mordeduras de muchos de sus colegas jóvenes; dándose el caso de que se cumpliese en él la palabra del celeste y natural Francis Jammes: «Los que más te hayan nutrido con las migajas de tu mesa, los que te atacarán serán aquellos que más te hayan imitado y aun plagiado». Los últimos poemas de Rueda no han correspondido a las esperanzas de los que veían en él un elemento de renovación en la seca poesía castellana contemporánea. Volvió a la manera que antes abominara: quiso tal vez ser más accesible al público y por ello se despeñó en un lamentable campoamorismo de forma y en un indigente alegorismo de fondo. Yo, que soy su amigo y que le he criado poeta, tengo el derecho de hacer esta exposición de mi pensar.

Dicenta ha encontrado su filón en las tablas, y no hace otra cosa que obras para el teatro, como su compañero Paso. Se nombra mucho a Ricardo Gil. He buscado sus obras, las he leído; no tengo que daros ninguna noticia nueva. Es la poesía que conocéis, con un copioso número de aedas, entre los cuales, estos nombres más resaltantes: Catarineu, Ansorena, Morera, Galicia, Melchor de Palau. El espíritu regional cuenta con buenos representantes. Hay ahora un poeta de Murcia que ha conquistado Madrid, Vicente Medina. Se le ha elevado a alturas insospechables, se le ha declarado vencedor. Es verdad que trae con su emoción, con su sencilla facultad de ritmo, su gracia dialectal y su fondo de sensitivo, una nota desconocida hasta hoy; es un hallazgo. Pero lo monocorde de su manera llega a fatigar, con la repetición de la queja, una queja continua, picada de diminutivos que por su copia llegan a causar otra impresión que la buscada por el poeta. De todas maneras Vicente Medina es un excelente poeta campesino.

El señor Vaamonde ha intentado algunos cambios de ritmo, algunas flexibilizaciones de verso, y ha conseguido interesar. Después de la guerra, publicó un libro de inspiración patriótica. Los catalanes tienen buenos poetas, desde su padre Verdaguer, el de la Atlántida, hasta los modernos Maragall, Pajes de Puig, y Maten. Son infinitos los rimadores y mestres en gay saber. Los andaluces forman también su grupo, con Díaz Escobar, especialista en cantares, Arturo Reyes, de la familia de Rueda, como el joven Villaespesa, bello talento en vísperas de un dichoso otoño, y otros escanciadores de sol y manzanilla. Los vascos no sé que tengan un poeta representativo; debe haber varios, que escriban en su idioma y no quieran confundirse con el Parnaso de la Maquetania. Pero con Unamuno basta para tener aún en la lírica representación digna en la Corte.

Los jocosos son legión. Los diarios y revistas publican una cantidad increíble de chistes rimados, y periódicos como el Liberal tienen un redactor especial que trata asuntos de actualidad, en verso. Pues aquí Felipe Pérez y González, como antes Antonio Palomero o José María Granés, tiene por tarea dar diariamente cierta cantidad de estrofas a los lectores, sobre sucesos del momento. Y la gente paga, y pues lo paga, es justo.