UN «MEETING» POLÍTICO

4 de octubre de 1899.

He asistido hace pocas noches a un meeting republicano. Sabía que la concurrencia sería numerosa, y procuré llegar a tiempo, para no perder en ese acto ninguno de los hechos y gestos del «pueblo soberano». Nuestro compañero Ladevese, uno de los organizadores, me había conseguido un puesto de prensa. Allí me senté, cerca de un francés y un ruso. Era enorme aquel hervor humano. Todo el circo de Colón lleno, y por las entradas, la aglomerada muchedumbre hacía imposible que penetrase la gente que todavía quedaba en las calles cercanas. No gusto mucho del contacto popular. La muchedumbre me es poco grata con su rudeza y con su higiene.—Me agrada tan solamente de lejos, como un mar; o mejor, en las comparsas teatrales, florecida de trajes pintorescos, así sea coronada del frigio pimiento morrón. Esta gente republicana, debo declarar que estaba con compostura, a la espera de los discursos, y cuando la campanilla presidencial se hizo oir, el silencio fué profundo.

El presidente, hombre de años, y sin duda de respetabilidad, inicia su alocución de apertura, con cierta gravedad, y luego, a la bonne franquette, como habla con cierta dificultad, se explica: «Estos dientes no son los míos, y por eso...» El buen pueblo está contento. Se encarga a un pésimo lector las cartas recibidas de personajes extranjeros. El pobre hombre mutila a Goblet y le convierte en mumsiú René, y no hay medio de que oiga al soplón que al lado le corrige; Clemansó, Clemansó; él sigue impertérrito: Cle-men-ceau, Cle-men-ceau. El público protesta, no por el descuartizamiento de los apellidos franceses, portugueses e italianos, sino porque no se oye nada, y un varón de buena voluntad salta a la tribuna y se ofrece para leer. Al fin acaban las cartas, que Ladevese oye descuartizar con impaciencia visible—pues gracias a sus buenas relaciones han venido—, y él va a pronunciar un discurso.

Se sabe que el conocido corresponsal de La Nación y ex secretario de Ruiz Zorrilla es español, por consiguiente, demás está decir que es orador. Desde sus primeras palabras fué acogido con los más nutridos aplausos. Dijo a los partidarios de la república que es el momento de que el pueblo vuelva a ser lo que fué hace treinta y un años. Ahora que la Patria está más abatida después de las recientes catástrofes, es hora de levantarse. «Yo estoy seguro de que este pueblo volverá a ser grande, fuerte y libre. Algunos al verte por la desdicha y el dolor postrado, se figuran que estás de rodillas... ¡No, no estás de rodillas! Levántate y cubrirás con tu sombra a los que hoy aparecen más altos». En este punto nuestro amigo recibe una sonora y larga ovación. «Pero si estas reuniones han de ser útiles a la idea que las inspiran, es preciso que salga de ellas algo práctico, y nada más práctico que señalar las causas de nuestra impotencia, para remediarlas. Una de las principales causas del estado en que nos vemos es el funesto y antidemocrático sistema de las jefaturas personales»; Ruiz Zorrilla, a quien por cierto se le acusaba de querer ejercer una jefatura personal, quejábase amargamente de ese sistema funestísimo en una democracia, y muchas veces, allá en la emigración, nos decía:

«Si me duele la cabeza, le duele la cabeza a todo el partido; si me duele el brazo, a todo el partido le duele el brazo». «Con motivo de este meeting hemos tocado otra de las lamentables consecuencias de jefaturas personales. Hay republicanos que para venir a tomar parte en este fraternal abrazo, han ido a pedir permiso a un jefe... y luego no han venido. El republicano que para abrazar a sus hermanos necesita el permiso de un jefe, ¡valiente republicano estará...» Se oyó primero una voz de las filas laterales, luego cien voces, luego gritos de todos lados, dicterios, protestas, insultos. Unos contra otros; era una tormenta de interjecciones, de amenazas. Y nuestro buen Ladevese se paseaba al ruido de aquella tempestad, esperando el silencio. Que al fin se hizo. Reconquistó su público el orador y prosiguió: «A las jefaturas personales deben reemplazar las direcciones democráticas. Verdad es que ya se ha hecho algo en ese sentido. Pero al hacerlo se ha incurrido siempre en el error de excluir sistemáticamente de esas direcciones a todos los elementos revolucionarios. Por eso no existe la estrecha armonía que debiera haber entre directores y dirigidos.—Nadie ignora que mientras el pueblo quiere la lucha, hay hombres que quieren la república sin esfuerzo y sin peligro. Sin duda esperan que va a caer llovida de las nubes... y ya ven lo que cae de las nubes: ¡contribuciones, jesuítas y epidemias!» Aquí, mientras el pueblo aplaude rabiosamente, yo no puedo dejar de observar una guapísima muchacha, elegantemente vestida, que en uno de los palcos da muestras del más vivo entusiasmo. La republicana ostenta el par de ojos más librepensadores que os podáis imaginar, y, decididamente, manifiesta el propósito de romper sus guantes.

El orador hace ver la conveniencia de la unión. La república, una vez constituída, velará por la suerte de los que trabajan.—Concluye con estas palabras:

«En todo estamos conformes los republicanos. Y como lo estamos además en que nuestra fraternidad, que hoy vamos a sellar aquí, sea la fraternidad de la lucha, podemos darnos ese abrazo.

»La organización de la república la decidirá la soberanía nacional, representada en Cortes constituyentes cuyo fallo todos acataremos. Y como la república que queremos no ha de ser sólo para los republicanos, sino que ha de ser, como el sol, para todos los españoles, yo tengo la esperanza de que este abrazo ha de extenderse a todos los patriotas de buena voluntad, que aunque no militan en nuestro campo, desean para España mejores días. También a ellos les abro mis brazos y a aquellos que hace treinta y un años estuvieron con nosotros, les digo: ¡Ya ha llegado la hora de pasar el puente! A pasarlo y estaremos en seguida unidos todos los españoles. Y no olvidéis que el río no se pasa sólo por el puente sino también por el vado. Si para pasar el río queréis nuestra mano, la mano del pueblo es fuerte; ¡nosotros os la daremos! ¡Arriba y adelante! Sólo viven los que luchan y sólo de los que luchan es la victoria. ¡Si el que ayer hizo treinta y un años pasó el puente a la cabeza del ejército, el que hoy lo pase lo pasará al frente de un pueblo!» Ladevese es rodeado y aclamado. Luego sube a la tribuna un joven zaragozano, que se descubre como un copiosísimo orador. Y luego varios más. Se habló con libertad completa. El representante de la autoridad parece a veces querer protestar, cuando son ya demasiado violentos los golpes a la monarquía. Bien puede ser la tolerancia convencimiento de que no se trata más que de palabras, palabras y palabras... De pronto un hombre del campo solicita hablar. Él también quiere decir su discurso, y, a vuelta de varias observaciones del presidente, «Evaristo Jiménez habla en nombre del pueblo de Colmenar de Oreja». Y habla bien. Untado de periódicos, aborrecedor de los curas, probable suscriptor de El Motín, sus palabras brotan con una facilidad de fuente. Su retórica pasa de pronto a un color poco diplomático y de indudable irreverencia para con el congreso católico de Burgos. «Allí nos han arrojado el guante; nosotros debemos recogerlo y darles con él por los hocicos...» El pueblo aplaude al temerario paleto. El presidente le llama al orden; mi muchacha de los ojos soberbios continúa en su entusiasmo. El «orador» se retira, no sin protestar. Al pasar por mi lado le oigo decir: «¡Qué van a ser republicanos éstos!» La gente vocifera y la tempestad vuelve a estallar en el circo. Por fin se logra la tranquilidad, y el meeting sigue: se aprueban las conclusiones formuladas por la Comisión iniciadora y se nombra una Comisión ejecutiva encargada de realizar los acuerdos.

Persona informada me da los datos siguientes: El local en que solían celebrarse las grandes reuniones políticas de los partidos era el circo del Príncipe Alfonso, que estaba situado en el paseo de Recoletos, frente al Palacio de la Biblioteca y Museos. Aquel circo, al que se le llamaba Circo de Rivas por el nombre de su propietario, fué demolido hace algunos meses. Allí se celebró una reunión memorable en los últimos meses de 1868, en la cual se fundó el Partido Republicano español. Acababa el Gobierno revolucionario de Serrano y de Prim de lanzar al país un manifiesto en favor de las instituciones monárquicas (redactado por Núñez de Arce, a quien el Gobierno encargó de aquel trabajo) y entonces los republicanos contestaron a aquel manifiesto convocando al Circo de Rivas a todos sus correligionarios de Madrid. Presidió la reunión el decano de la democracia española don José María Orense, y hablaron en ella Castelar, Pi y Margall, Figueroa, Salmerón y otros grandes oradores. Acordóse lanzar al país un manifiesto declarando que quedaba fundado desde aquel día el Partido Republicano. Todos los arriba citados—menos Salmerón—y una multitud de republicanos no tan conocidos, firmaron aquel manifiesto, que fué el principio de la propaganda republicana en España. A la reunión, donde el entusiasmo fué numeroso, acudieron 4.000 personas. Todas las que allí cabían. Desde entonces hubo en dicho circo numerosas reuniones políticas. Una de las últimas que se celebraron, pocos años antes de la demolición, fué cuando los republicanos de Madrid emplazaron a los diputados y a los concejales del partido para que diesen al pueblo explicaciones acerca de la conducta que seguían en el Congreso y en el Ayuntamiento, calificada de apática y tibia. Aquella reunión fué un continuo tumulto; el público insultó y maltrató despiadadamente a los diputados y a los concejales, y hasta volaron algunas sillas lanzadas contra los oradores. Estos abandonaron el local, y se suspendió la reunión entre silbidos. El 11 de febrero de 1897, habiéndose hecho la unión entre las fracciones que acaudillaban Salmerón, Muro, Ezquerdo, y los disidentes del partido de Pi y Margall,—Menéndez Pallarés y Vallés y Ribot—convocaron, todos estos reunidos, a un meeting en el Circo de Colón, local mucho más espacioso que el Circo de Rivas. Tratábase de hacer una gran ostentación de fuerzas populares republicanas con motivo del aniversario de la proclamación de la República del 1873, y como todas las parcialidades republicanas—menos la federal pactista de Pi—estaban unidas, esperábase que el Circo de Colón, en cuya sala caben 6.000 personas, se llenase. La concurrencia de público fué muy grande, pero el Circo de Colón no se llenó. Asistirían unos 5.000 republicanos. Nunca hasta entonces se había visto a tantos republicanos juntos en el local cerrado. La reunión fué en extremo tumultuosa. El público silbó terriblemente a Salmerón y a Ezquerdo. Los discursos fueron sin cesar interrumpidos por las protestas y los gritos hostiles del auditorio. Salmerón se encaró con el público y empezó a insultarle; la lucha entre el público y Salmerón se prolongó más de media hora, y, después de aquella reunión agitadísima, no habían vuelto los republicanos de Madrid a celebrar ninguna reunión pública. Los prohombres republicanos, a pesar de las circunstancias por que España ha pasado desde entonces, esquivaban presentarse ante el pueblo. Al meeting de «fraternidad republicana» del 29 de septiembre último, celebrado en el Circo de Colón, han acudido 8.000 personas. Como ya he dicho, el circo estaba completamente lleno, comprendida la pista, y en la calle se quedaron cerca de 3.000 personas que no consiguieron entrar en el local.

De modo que ésta ha sido la reunión republicana más numerosa que ha habido en Madrid.