UN PASEO CON NÚÑEZ DE ARCE
13 de octubre.
Comienza en la Carrera de San Jerónimo el ir y venir de las gentes a la hora del paseo de la tarde. La Carrera de San Jerónimo es la calle de Florida de Madrid. Mucha vitrina elegante, mucho carruaje que va y viene; y por la noche mucha luz y alegría de ciudad moderna.
En la librería de Fe, poco antes del crepúsculo, encontré hace algunos días al poeta Núñez de Arce con su amigo Vicente Colorado, también poeta. Hacía algún tiempo que no veía al maestro, y le hallé, aunque quejoso de su salud, bastante mejor que como le viera la reciente vez. Tras hablar unas cuantas cosas del obligado asunto América, se le ocurrió: «¿Si diéramos un paseo?» Acepté con gusto, y salimos los tres hacia el Prado.
Despacio, pues don Gaspar no puede fatigarse. El tiempo estaba fresco, el aire era grato; el cielo lucía afable; pero el poeta desde que comenzó a conversar con nosotros, parecía verlo todo gris. Como yo le preguntase si tenía algún trabajo en obra, si escribía algo.
—No, nada, me contestó, fuera de las cartas que escribo a un diario de Buenos Aires.
Y con un aire de vago desencanto:
—Ah, amigo Darío, mi tiempo ha pasado. Soy ya viejo, y las musas, como hermosas hembras que son, no gustan de los viejos. El campo es ahora de quien se llama...
—Maestro—le interrumpí—, eso quien menos lo puede decir es usted. El amor y el gozo de la vida tienen a Anacreonte y Hugo...
—Lo que de Hugo vale verdaderamente fué escrito en su juventud.
No quise contradecirle.
Pero el hábil Colorado, cuyo ingenio es mucho, apoyado en su antiguo cariño y en su amistad íntima, le increpó con amable irrespeto. «Es que usted se está poniendo insoportable de pesimismo». Y le manifestó que era cosa de los años, que en la juventud todo lo vemos lleno de una luz de rosa. (Lo cual no es cierto en nuestro tiempo; decía yo en mi interior.)
Núñez de Arce prosiguió entonces en un largo parlar todo ornado de bellas frases de decepción. No creo ni en la misma vida. ¿Acaso sabemos algo de lo que hay tras el impenetrable velo de la eterna Isis? ¡La Ciencia! Pues la Ciencia no ha conquistado sino un pequeñísimo reino, el reino de lo experimental. La débâcle a que se ha hecho tanto ruido no hace mucho tiempo, no puede ser más cierta. ¿El arte? Campo para las ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que humo vago que deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en todo. La sociedad, después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver el problema de su misma organización. Véanse las rojas flores que brotan en tal terreno: se llaman socialismo, anarquismo, nihilismo. ¡La nacionalidad española! un sueño. Al primer cañonazo que se oiga en la Península, ya verán cómo se deshace la nacionalidad española. Yo volví a tocar el tema del arte y de la literatura. «Ah, el arte, la literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más patente ejemplo. Los ideales se levantan, se ven como bellos mirajes y luego no se logran nunca. Es el inmenso camino cuyo fin no se encuentra ni se encontrará jamás, a pesar del vuelo continuo de las humanas aspiraciones». Y así seguía, con su voz pectoral, un tanto apagada, y en sus ojos vivaces había una chispa fugitiva y en sus labios se marcaba una sonrisa que podía decir resignación y convencimiento.
Entretanto yo me decía—siempre para mí sobre todo—: Gaspar Núñez de Arce,
...Don of course
A true Hidalgo, free from every stain
Of Moor or Hebrew blood, he traced his source
Through the most Gothic gentleman of Spain...
Don Gaspar Núñez de Arce, sin duda alguna el primer poeta de la España de hoy, parecería por sus negros mirares y sus desconsoladores decires, un espirite extranjero, un alma septentrional, rara bajo su cielo de alegría, si no se supiese que en el fondo del alma española crece siempre una oscura rosa. Puede tener un rocío de creencia o no tenerlo. Este fuerte poeta es un Carlos V sin fe que se encierra en su Escorial interior y celebra los funerales de su propia poesía, de sus propios ensueños, de su propia gloria. Y no es nuevo en él este modo de pensar y de ver los cuatro puntos cardinales de la existencia. Allá, ya lejos en el siglo, se oyen aún sus Gritos del combate, y ya había resonado en sus oídos el fracaso producido por la risa de Voltaire, a quien en nombre de sus sueños agonizantes o muertos maldecía en el último endecasílabo de un soneto célebre; decía a los poetas que colgaran, en un desconsuelo bíblico, sus harpas, de los llorosos sauces. Gracias a que la férrea contextura de su estro daba animación para la lucha, no se caía en el anonadamiento voluntario. Por esos tiempos, o poco después, miraba con cruel desdén al pobre Becquer, que vivía de pan de amor y vino de sueño. Sonreía el caballero vestido de su pesada armadura, de los que él llamaba «suspirillos germánicos»: le disgustaba el poco de azul que fué a traer en su ramillete de vergissmeinnichts de Alemania, para suavizar el escarlata de sus claveles, el artista triste de las Rimas, que después de todo, era esta cosa formidable: un corazón.
En el Prado reían los niños: la tarde desfallecía risueña; en el poniente se fundía una montaña de oro de sol. Don Gaspar proseguía en sus doctrinas. La muerte es lo único que nos interesa verdaderamente, pues da la clave del enigma, Isis aparece entonces sin velo. El hombre no mata nada: todo se muere. El hombre cree inventar algo: todo está ya inventado; todo ha sido. De pronto, en un yacimiento de tiempo, descúbrese alguna cosa; eso es todo. Pero nada de lo que se cree nuevo es nuevo. La palabra de la Escritura dice una inconmovible verdad cuando dice: Nihil novi sub sole. El hombre vive en la lucha perpetua con la vida y consigo mismo porque, pasada la divina estación de la juventud, quiere ver, quiere saber, quiere conseguir la posesión de un fantasma, descubrir lo imposible, y la realidad le hiere y le desconsuela. El hombre sólo es feliz en el instante de su primavera.
Miré en los ojos a don Gaspar, y canté en mi memoria el recuerdo:
¡Oh recuerdos, encantos y alegrías
De los pasados días!
¡Oh gratos sueños de color de rosa!
¡Oh dorada ilusión de alas abiertas
Que a la vida despiertas
En nuestra breve primavera hermosa!
—Yo, ya estoy viejo, repito, y creo ver en lo que dije la verdad; o lo que me parece la verdad, porque, ciertamente, ella no ha mostrado su faz nunca; su desnudez no ha sido profanada por nadie. Crea usted, me dijo, que la juventud es lo único que vale la pena, y esto por su jardín de ilusiones; esto es, por lo que existe.
Yo volví a clamar dentro de mi: «¡Oh poeta, oh querido amigo y maestro! no haces obra de bien predicando el desencanto, tú que sabes la perenne renovación de las cosas, el placer del vivir, con todo y la persecución del dolor; no debes, porque hayas pasado ya mucho más del medio del camino de la vida, quedarte en tu primera etapa, y no mostrar a la juventud sedienta de ideal nada más que el infierno; tú bien debes saber que en la tercera está situada la gloria incomparable del Paraíso, así haya que pasar para penetrar en sus dominios bajo el arco de la Ilusión. La misión del poeta es cultivar la esperanza, ascender a la verdad por el ensueño y defender la nobleza y frescura de la pasajera existencia terrenal, así sea amparándose en el palacio de la divina mentira. Te ha tocado un difícil momento en la historia de tu patria; momento de vacilaciones y de derrumbes, de dudas y de miserias; pero tú no colgaste el harpa del «lloroso sauce». Antes bien, elevaste por tu sonora y acerada poesía las almas, reavivaste el amor a lo bello; de la duda hiciste hermosas esculturas de palabras en que vió la joven generación cómo se esculpía el castellano en potentes estrofas; con el Idilio tomaste a la inagotable viña de amor, cuyo jugo dará sangre a la poesía y al arte por los siglos de los siglos. No, no intentes destruir una sola ilusión. En verdad te digo que retoñará en mil partes. La obligación de la vejez sabia, es decir a los que vienen coronados de flores, en su estación de encantos, en palabras de luz, lo que dice la Boca de Sombra. Hay un caballero cantado en tus poemas, que podía servirte de admirable ejemplo. Es aquel maravilloso Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de ilusiones, capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues bien, Raimundo Lulio no se fué por el camino de la desesperanza, sino que, como entró en el templo, montado en su caballo, ascendió a las estrellas, cabalgante en su pegaso, en seguimiento siempre del ideal. Aquel inmenso poeta, aquel príncipe del símbolo, aquel sabio, te señala una buena pauta que seguir. No pasa el tiempo para los poetas que tienen el alma firme y libre; para los que no reconocen fronteras, preocupaciones, limitaciones: las musas son como dices, muchachas fragantes y frescas, pero no tienen inconveniente en ir a dormir con Booz, o acostarse en el lecho del viejo David.»
Y no sé en qué libro antiguo he leído que Abisag, después de sus nupcias con el anciano rey del harpa, quedó en cinta y dió a luz una estrella.