II

O se sabría ignorar que París ha atraído y atrae a la intelectualidad de todos los lugares del mundo. Numerosos artistas y escritores extranjeros hacen de París su residencia preferida. No se encuentra en ninguna parte este ambiente espiritual y esta contagiosa vibración de vida. Si la inmigración a este respecto no es mayor, débese a que París no consiente el triunfo constante de un extranjero. Un escritor, un sabio o un artista, será alabado en este centro en tanto que su nombre llegue de lejos. Cuando ese artista, ese escritor o ese sabio, instalado en París, se convierte en un rival, cuando su producción llega a hacer competencia a la producción propia, se le atacará, se le demolerá o se le desdeñará.

Strindberg, entre cien, pagó cara su carta de vecindad parisiense; D'Annunzio no ha vuelto a pensar en escribir en francés, y Sienkiewicz, aun allá en Varsovia, por sus multiplicadas ediciones, es apellidado ya le juif polonnais. Viven, pues, aquí muchos hombres de letras, extranjeros, que escriben para sus respectivos países, o como Max Nordau, para públicos de distintas naciones.

La literatura hispanoamericana es, como lo he dicho en otra ocasión, completamente desconocida. Apenas el Mercure de France abrió por algún tiempo en sus páginas una sección, que ha desaparecido. Por otra parte, todo lo hispanoamericano se confunde con lo netamente español. Y es digno de notar que gran parte de la élite de las letras de nuestras repúblicas vive hoy en París.

En épocas pasadas, París albergó a notables personalidades de la intelectualidad de nuestro continente. La figura más alta, indiscutiblemente, fué la de Alberdi. El chileno Bilbao fué aquí donde recibió las lecciones directas de sus maestros Lamennais y Quinet. El colombiano Torres Galcedo, diplomático y escritor de muy buenas intenciones, logró hacerse una personalidad un tanto parisiense, y Jules Janin le escribió un prólogo para un libro de versos. Héctor Varela, de bulliciosa memoria, hizo por un instante volver la vista hacia sus fuegos artificiales. Numa Pompilio Llona, el respetable poeta ecuatoriano, tuvo muy buenas amistades en la corte de Hugo.

Más recientemente, otro ecuatoriano genial muy poco conocido en la América de este lado de los Andes, Juan Montalvo, pasó los últimos años de su vida, duros y penosos, bajo este cielo. Demás decir que en cuanto murió se le levantó una estatua en Quito o Guayaquil.

Actualmente residen en París, establecidos desde hace tiempo, el célebre filólogo colombiano J. Rufino Cuervo y el crítico cubano Enrique Piñeiro. El señor Cuervo es un prodigioso trabajador de infinitas pequeñeces transcendentalmente lexicográficas. ¡Es el autor asombroso del Diccionario de regímenes! Es, indudablemente, un lingüista sabio, y la Academia española se inclina ante su inmensa labor, que ocupará, concluída, varios estantes. El señor Piñeiro publicó hace muchos años en Nueva York un libro sobre poetas modernos, que puede considerarse como una de las más serias y elevadas obras de crítica intentadas en la América latina. El señor Cuervo continúa en su tarea lexicológica fabulosa, que ha hecho que en Colombia se le compare, con ventaja, a Littré.

Entre los diplomáticos hay algunos nombres. El ministro de Guatemala, D. Fernando Cruz, ha, en sus tiempos floridos, «pulsado la lira», y Clori y Filis le agradecieron más de un bouquet galante, allá en tierra guatemalteca. Su secretario, Domingo Estrada, ha publicado prosas y versos muy estimables, entre estos últimos la traducción de Las Campanas, de Poe. Recientemente ha merecido tener éxito su librito bien sentido sobre José Martí.

El marqués de Peralta, ministro de Costa Rica, parece que no tiene su conciencia bien tranquila respecto a asuntos del Parnaso, y, ahondando en sus recuerdos, se encontraría más de una ligera confabulación en las musas. Fernández Guardia, secretario de la Legación, autor de un muy bonito volumen de cuentos, es de los más notables escritores de los países centroamericanos.

A este respecto se lleva la palma de poeta el secretario de la Legación argentina, García Mansilla, cuyos versos, de una elegancia discreta, y escritos en francés, no quieren traspasar los límites del salón, en donde se tratan confidencialmente con las flores de Magdalena Lemaire y las músicas de Benberg.

El marqués de Rojas es un escritor de sólido saber, y cuya autoridad en asuntos económicos es por todos acatada.

El ministro de Chile, Señor Blest Gana, es autor de varias novelas que tuvieron en su época gran acogida. Si Miguel de Unamuno las lee, irá Martín Rivas junto con Nastasio a la Universidad de Salamanca. El ex presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, uno de los dos miembros honorarios de la Real Academia Española, y que hizo el Luis XIV bastante bien hecho, en Tegucigalpa, hace años que no tiene nada que ver con la literatura, lo propio que el señor Gustavo Baz, encargado de Negocios de Méjico. Hay otros literatos residentes en París, los activos, algunos de ellos no desconocidos en Buenos Aires.


Luis Bonafoux, corresponsal del Heraldo de Madrid y el director del Heraldo de París, es un crítico temido y de autoridad en España. Es nacido en Puerto Rico, pero se le considera como español. El señor Bonafoux, satírico violento, elegante y sutil cuando sujeta sus ímpetus flagelantes, y de una aspereza que en Francia tan solamente podría compararse con las justicias e injusticias de Bloy o de Tailhade, casi siempre tiene razón cuando ataca. Como cuentista ha publicado, entre otras cosas, un reciente pequeño volumen de narraciones y nouvelles, en donde hay verdaderos hallazgos de invención y bellas gracias de estilo.

Miguel Eduardo Pardo, autor de una buena novela venezolana, Todo un pueblo, es un temperamento de luchador y acompaña en el Heraldo de Madrid al señor Bonafoux. Escribe allí generalmente sobre asuntos políticos sudamericanos, y en especial sobre los sucesos de su patria, Venezuela, en donde, dado su carácter, no será difícil verle ocupar un puesto público.

Otro venezolano reside en París, cuyo nombre entre los intelectuales argentinos es saludado con simpatía y respeto: ha nombrado a Manuel Díaz Rodríguez. Es éste un espíritu de excepción, de los pocos que forman la naciente y limitada aristocracia mental de nuestra América. Es un entendimiento serio y reflexivo, aislado de las bulliciosas tentativas de un arte de moda, como de las filas de momias que duermen entre sus bandelettes tradicionales. Desde su primer libro, la nobleza de su pensamiento y la distinción de su estilo le colocaron en un lugar aparte en nuestra literatura. Confidencias de Psiquis, De mis romerías, Cuentos de color nos pusieron en comunión con una de las más fervientes almas de arte que hayan aparecido en tierra americana. Dentro de poco se publicará una novela, obra de médula y aliento, muy americana en su psicología, y muy europea en la forma arquitectural del libro, que revela desde luego en el autor la seguridad y la fuerza de un maestro. Y el señor Díaz Rodríguez es aún muy joven, apenas roza la treintena. Yo quisiera que todos los nuevos talentos de América cultivasen la propia personalidad con la firmeza y discreta gallardía de este generoso trabajador. La publicación de Ídolos rotos, si no se pudiera llamar con el usado clisé, un acontecimiento literario, causará innegable agrado. Y levantará los más justos y sinceros aplausos en los grupos pensantes de las repúblicas de lengua española. Esta es de las novelas que, traducidas, pueden incorporar una literatura hasta hoy ignorada, como la hispanoamericana, al movimiento cosmopolita. La idea de Max Nordau no anda muy lejos de la verdad, al ver en lo porvenir una rica primavera para el pensamiento americano. Si Europa llega a poner su curiosidad en nuestros productos intelectuales, habrá de comenzar por obras como las del señor Díaz Rodríguez.

Amado Nervo, el poeta mejicano, se ha establecido también en esta capital de las capitales. Buen artista, buen monje de la belleza, buen muchacho, lleva su nombre con toda seguridad; se le conoce, y al llamársele, no se miente. Sensitivo, verleniano, virtuoso en la ejecución del verso, y, sobre todo, sincero y de conciencia, que en esto, como en todo, es lo principal, tiene su triunfo seguro. He dicho que es mejicano, y, naturalmente, es en Méjico donde se le ataca. El ambiente de París ha dado nuevas vibraciones a los nervios de Nervo, y hecho el indispensable y complementario viaje a Italia, el fiel laborioso prepara nuevas obras que han de superar desde luego a Perlas negras y a Místicas, en donde un cuidado de métier y una preocupación de técnica y de décor, apartaban la fuente oculta de la íntima poesía de verdad y de vitalidad que empieza a aparecer en Savia enferma. Hay en el fondo de este poeta mucha savia sana, y es la que hemos de ver pronto en poemas de energía y de gozo, en una epifanía espiritual, en una exaltación de las propias fuerzas, sobre la simple «literatura», y que llevará en sí una virtud comunicativa de anhelos de bien, de esparcimientos de puro y caritativo arte. ¡Gloria sea dada en la tierra y en el cielo a los artistas de buena voluntad!

Vargas Vilas es un escritor genial, novelista y poeta. Su vida es también un poema, de luchas y de triunfos en la política agitada de nuestras repúblicas hispanoamericanas. Su obra, incorrecta como un torbellino, sonora como un mar, es una obra de bien. Vargas Vilas no es ni de su tiempo ni de su país. Su época habría sido la de la Italia del Renacimiento, y su país, esa misma Italia que él ama y en la cual su espíritu se ha aparecido y ha creado páginas de amor, dolor y belleza.

Rufino Blanco Fombona es un artista delicado y raro, al propio tiempo que un espíritu osado y violento; hay en sus versos trino y aletazo, suave pluma y garra de bronce. Sus cuentos son páginas de emoción y de pasión. La juventud, con todos sus dones primaverales y todas sus exuberancias irreflexivas, se abre paso en toda la producción, ya considerable, de este autor brillante y elegante. Ha viajado mucho y ha gozado mucho. Conoce el color de todas las cabelleras amorosas, y le han dicho «yo te amo» en todas las lenguas conocidas. Mañana será la madurez y el peso del pensamiento y la acción provechosa que su patria espera. Hoy, en la copa de oro, es justo y natural ver deshojar rosa y rosa o disolverse una perla.

Un folleto publicado en Nueva York hace algún tiempo, El continente enfermo, causó bastante ruido en algunas repúblicas hispanoamericanas. Su autor, un venezolano, César Zumeta, exponía con valiente franqueza las dolencias y vicios continentales, los peligros de nuestras democracias, la constitución dañada del social organismo, las consecuencias fatales de las malas políticas y lo inevitable de la amenaza yanqui. Este folleto ocasionó la publicación de un libro de alto mérito del señor Francisco Bulnes, mejicano. Como hombre de letras, el señor Zumeta merece un renombre superior al que ha logrado por su labor sociológica. Un libro suyo, de calidad exquisita, pero abrumado por un título que recuerda los cuadernos de escuela primaria: Escrituras y lecturas, conocido por un escaso número de lectores y apreciado en su justo valor por limitadísimo grupo intelectual, bastaría para dar a su autor la autoridad y consideración respetuosa. Es un sincero adorador de belleza. Produce poco y muy de tiempo en tiempo. En París sostiene precariamente una revista de intereses americanos, que, a pesar del talento de su director, no es sino una de tantas, por culpa esencialmente criolla.

El Mercure de France tenía como redactor de su sección de letras hispanoamericanas, a Pedro Emilio Coll, también, como el señor Zumeta, de Venezuela. Espíritu fino y delicado, Coll ha publicado escasamente; pero lo poco suyo conocido nos revela una fuerza mental sobre la mentalidad provisional de nuestra América. Como todo lo poco que pesa y se impone en las repúblicas de lengua española. ¡Estas repúblicas de Sud América son en todo tan provisionales! exclamaba con su sabia ironía monsieur Rémy de Gourmont, en uno de sus últimos Epilogues.

«POLONIO.—¿Qué leéis, monseñor?

HAMLET.—Palabras, palabras, palabras.

POLONIO.—¿Pero de qué se trata?

HAMLET.—¿Entre quiénes?

POLONIO.—Quiero decir ¿de qué asunto trata el libro que leéis?

HAMLET.—¡Calumnias! El perverso satírico afirma que los viejos tienen la barba gris, el rostro lleno de arrugas, que sus ojos vierten ámbar y goma, y que unen a la falta de entendimiento una gran debilidad de piernas; lo cual creo plenamente, y, sin embargo, no me parece honesto hallarlo consignado en tales términos, pues vos mismo, señor, seríais de mi misma edad, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.

POLONIO, in péctore.—Aunque todo lo que habla son locuras, no deja de tener en el fondo cierto método.»

Esta cita de Shakespeare sirve de prólogo al primer libro de Coll, Palabras, unida a estas exclamaciones de Hamlet, en las maravillosas Moralités Legendaires: «¡Ah, qué solo estoy! Y en verdad, la época no es culpable de ello. Tengo cinco sentidos que me atan a la vida; pero, este sexto sentido este sentido de lo infinito... Soy joven todavía, y en tanto goce de mi excelente salud, todo irá bien. ¡Pero la Libertad! ¡La Libertad! Sí, me marcharé de aquí y viviré anónimo entre gentes honradas y me casaré para siempre, la cual será la más hamlética de mis ideas. Pero hoy es preciso obrar, es necesario objetivarse. ¡Adelante por sobre las tumbas, como la Naturaleza!»

Estas preferencias inducen al conocimiento de un temperamento. Como crítico, el señor Coll ha dado a conocer, siempre con amable optimismo, en sus revistas del Mercure, la producción intelectual de la América española en estos últimos años. Es una lástima que su partida a Venezuela haya puesto fin a tan plausible tarea.

Otro venezolano aún, Pedro César Dominici, una de las más activas y abiertas inteligencias de su país, publicó el año pasado una novela, La tristeza voluptuosa, de innegable valor psicológico, aunque torturada de descuidos de forma; que no tendrían en absoluto excusa por ser voluntarios.

Bolivia tiene un representante en el joven poeta Franz Tamayo, autor de un libro de Odas muy meritorias que se dirían calcadas en Hugo. Este culto talento, cuyo solo contrapeso está en la difícil digestión de unas cuantas filosofías y variedad de erudiciones, honrará, si su voluntad persevera, al pensamiento de su patria, ya glorioso en el mundo de la nueva poesía, con el solo nombre de Ricardo Jaimes Freyre.

Argentino es el señor Soto y Calvo, autor de picantes páginas de viajes, y que por su mentado Nastasio ha juntado a lo que la naturaleza le dió lo que Salamanca le presta. Los méritos poéticos del señor Soto y Calvo han sido revelados a nuestro público por el sabio rector de la Universidad salmantina, ¡mozo jinetazo ahijuna! que no halla inconveniente es estudiar a un tiempo la patrología griega y ser el escoliasta de Martín Fierro o Anastasio el Pollo.

Argentino asimismo es Manuel Ugarte, joven cuyo talento ponderado y buscador ha logrado la realización de más de una bella joya de arte. Su sobriedad le ha impedido los pasos en falso, las caídas icarias. No tiende sino hasta donde sus fuerzas le alcanzan y el pegaso, en los vuelos precisos, jamás se ha dislocado un solo hueso. Su vaso es pequeño; pero cuando lo necesita, se fabrica otro más grande, y bebe así en sus dos vasos. Sabe lo que se propone, y el cielo de París le ha alentado en sus deseos. Sus versos son siempre gratos; bellos algunas veces. Busca la originalidad y se aparta de la extravagancia. En prosa es claro y pictórico cuando describe. Es socialista, y aun creo que en el fondo de sus voliciones, anarquista:

Y argentino Angel Estrada, cuyo libro El color y la piedra tanta agitación causó con su aparecimiento en Buenos Aires. Como el Dr. Cané, no pocos hemos sido los que hemos visto como un signo de vida nueva en la juventud argentina—yo digo en la juventud americana—el hermoso aparecer de este joven talento, cuyo libro primigenio tiene todo el color y la gracia del primer fruto de un árbol sano y gozoso de savia. Generoso temperamento ante la naturaleza, espíritu religioso y al propio tiempo dueño de la libertad del arte, ha viajado mucho, y en todos lugares, los paisajes de la tierra, las luces del cielo, las armonías de las cosas le han hecho vibrar como un instrumento acordado, y el don de Dios ha hecho fluir la digna idea en noble ritmo, en la música de la palabra. Ya conocido en nuestro mundo intelectual por su poema especular, en que el alma de Rodenbach se romantiza en la emoción lírica de una juventud coronada de sueños, su obra en prosa vino a asentar la fuerza de su pasión artística, la discreción aristocrática de su buen gusto. Nuevas poesías han brotado al influjo de climas diversos, y nuevas páginas de impresiones y de recuerdos, mentales y sentimentales.

Las prosas cantan en su música interna de ideas y evocaciones más sutilmente aún que en sus cuerdas de palabras; son las hermanas de los versos, educados ambos por la misma voluntad paternal, en un cuidado de armonía y en un anhelo de ascensión que se diría tienen las mismas voces y las mismas alas. Mayor sobriedad, el desdén de la preocupación puramente «artística», y que asoma con más frecuencia, apareciendo entre la riqueza del décor, el alma sincera y fresca del poeta, que sabe la inmensidad de su virtud íntima y tiene el orgullo de su tesoro—, orgullo que no se muestra más que benévolo en el don de su primavera.

Todos estos escritores y poetas que he rápidamente nombrado, y yo el último, vivimos en París; pero París no nos conoce en absoluto, como ya lo he dicho otras veces. Algunos tenemos amigos entre las gentes de letras; pero ninguno de estos señores entiende el español. El Mercure abrió la rubrique de letras hispanoamericanas, hoy desaparecida por un extremado cosmopolitismo, y M. Finot, director de la Revue et Revue des Revues, al encargarme un estudio sobre el movimiento intelectual argentino, fué franco en no ocultarme que tomaba el asunto casi como perteneciente al folk-lore. Así, de la literatura malaya se pasa a la literatura dominicana o a la poesía de las islas Fidji. Desgraciadamente todo es cuestión de moda. Hace algunos años todo lo ruso privaba y luego lo escandinavo. Se hizo una estación en Italia con D'Annunzio y la Serao, y hoy se grita ¡Vive la Pologne Monsieur! a causa del fatigante y asenderado Quo Vadis? A nosotros no nos ha tocado aún el momento; y mucho es que el poeta Díaz Romero encuentre su prosa traducida en revista como el Mercure, a propósito de Albert Samaín. Cuando uno piensa que hace más de dos meses que Bjorsterne Bjornson se encuentra en París y que si no fuera un grupo de naturistas y otros entusiastas que han pensado en hacer representar una obra suya, nadie sabría que el pobre grande hombre está en la enorme capital...