III
El acontecimiento del día es la entrada a la Academia del marqués de Vogüé, su discurso y la respuesta de José María de Heredia. El «preux» y el conquistador. Se ha visto más que nunca que la Academia es, ante todo, un oficial salón aristocrático. La fiesta ha sido un triunfo del mundanismo y de la nobleza. Allí había Gotha, d'Hozier y el Almanach des châteaux. La pompa solemne era sacada de una página de historia. El académico entrante y el que le recibía tienen una buena parentela de armaduras. Heredia lleva en su blasón, si mal no recuerdo, una ciudad de plata bajo una palmera de oro, o viceversa; Vogüé, un gallo de oro sobre campo azul.
Como es natural, Vogüé hace el elogio de su antecesor, el duque de Broglie. Habla de su vivaz inteligencia, de su espíritu penetrante e incisivo y del fondo vigoroso de su alma. Y no calla sus lados opuestos y defectuosos, como su timidez. ¿Quién diría que el fuerte duque de Broglie fuera un tímido? «Este hombre, cuyo coraje cívico y valentía moral no se desmintieron nunca, era un tímido que el contacto de sus semejantes embarazaba, a quien un acto de autoridad costaba un penoso esfuerzo. Su naturaleza, un poco dura, sujeta a extrañas distracciones, no respondía siempre a los impulsos de su corazón o a las intenciones de su perfecta cortesía.» Cuestión de «raza». Tanto en un discurso como en otro, a cada momento se habla de raza. Largos párrafos van desenvolviéndose, evocando rasgos históricos, presentando tipos vigorosos de mariscales, de estadistas o de obispos. Aguarda uno el momento en que, por fin, llegue la parte de las letras, objeto principal, al parecer, de la Academia. Y llega sin gran brillo, aunque respetable, la cita de la obra intelectual del duque de Broglie. Algún sentimental lamentaría que no aparezca en todo el discurso una sola vez citado el nombre del pobre Doudan, el áulico preceptor, el filósofo doméstico, el fiel cronista de los Broglie. Cierto es que no era sino un criado para el cerebro.
El discurso de Vogüé es una obra maestra de ese estilo correcto, distinguido, eminente, que conviene a los escritores de su laya, temerosos o desdeñosos de la metáfora; literatura de buen tono. En un párrafo, creeríase oir una repetición de la escena de los retratos en Hernani... «Francisco María de Broglie, el primero que sirviera a Francia y que se hizo matar a los cincuenta y seis años por su patria adoptiva—Víctor Mauricio, que fué el primer mariscal de su nombre—; Francisco María, el lugarteniente preferido de Villars, que fué el último en dejar el campo de batalla de Malplaquet y entró el primero en la de Denain, y que a su vez mariscal de Francia, peleaba aún en Bohemia a los setenta años, Víctor Francisco, tercer mariscal, el vencedor de Bergen y de Sondershausen; su hermano, el discreto y valiente depositario del secreto del rey; su hijo Mauricio, obispo de Gante, quien resistió a Napoleón y preparó la emancipación de la Bélgica. Otros aún, cuyos servicios, no por ser menos brillantes fueron menos abnegados.» Los párrafos y las frases van en el discurso guardando su categoría; sin precipitaciones ni violencias. La admiración misma se manifiesta con pulcritud. Aun en los pasajes en que se trata de política, nada revela que se altere la noble limitación de la pieza académica. Apenas en un punto, a propósito de la actitud de Broglie con Chateaubriand, expresa: «Una voz solamente salió del círculo habitual de sus trabajos y de su moderación habitual, Las Memorias de ultratumba acaban de aparecer; esta confesión póstuma del genio, que descubría sin prudencia las más secretas llagas de un alma desgarrada, y mostraba, sin velos, todo lo que la irremediable flaqueza humana puede mezclar de pequeñeces y de egoísmo a las sublimes aspiraciones del patriotismo. El joven crítico se indignó. Vertió su indignación en rasgos de un raro vigor y viril elocuencia en que flagelaba con mano implacable las tristes confidencias de un viejo lúgubre, las injustas recriminaciones del político desengañado, levantando la piedra de su tumba para verter la calumnia, en la seguridad y la irresponsabilidad de la muerte.» Confesaréis que, aun lo de «viejo lúgubre», aplicado nada menos que a Chateaubriand en tal recinto, guarda siempre ciertas conveniencias.
La producción intelectual de Broglie aparece, ya que no grandiosa, respetable. Como historiador, su Historia de la Iglesia y del Imperio Romano en el siglo IV, le da una buena base. Es una obra de estudio, de reflexión y de labor, pero hecha con un criterio parcial en cuanto a ideas religiosas, y muy lejos de un procedimiento estrictamente científico. En dos revistas, la Revue des Deux Mondes y el Correspondant, dejó gran parte de sus lucubraciones el autor blasonado que, a los cuarenta años, era acogido por la Academia, bendecido por Pío IX y defendido por Lacordaire.
M. de Heredia, para responder a la aristocrática arenga, se puso todos sus hierros españoles; sacó la vieja espadona del abuelo de Cartagena, y tuvo gestos de adelantado que ni el mismo Pedrarias Dávila o Pedro de Mendoza. Sabido es que Heredia tiene la nobleza homérica de los fundadores de ciudades, y guarda en su salón, como una joya heráldica, una evocación de «L'Ancêtre» por Claudius Popelin.
Su discurso fué otro desfile de figuras nobiliarias y de hechos heroicos, iluminados esta vez por el resplandor meridional de su verbo de poeta, y en la música de un idioma sonoro y metálico. Hay allí una gran cantidad de sonetos perdidos.
El severo y magnífico D. José María ha demostrado una ocasión más que el deus no abandona a los favorecidos de las Gracias en ninguna ocasión, así sea en la ardua de contestar el discurso académico de un Vogüé. Galeras conquistadoras, choques de armas, vuelos de gerifaltes, todos los trofeos aparecen en el animado fondo de esa prosa elegante y soberbia. No dejará él de dirigir sus párrafos genealógicos a propósito de los Vogüé, como al cubrirse por vez primera un grande de España. «En el año de 1084 Bertrand de Vogüé funda el monasterio de San Martín de Villadieu. Raymond de Vogüé estuvo en la tercera cruzada, si he de creer a una escritura fechada en 1191 en el campo cristiano, bajo los muros de Ptolemais sitiada, por la cual el buen caballero recibe prestados de algún judío o lombardo ochenta y cinco marcos de plata. Paso, en el curso de los siglos, más de un Raymond, Jorges, Pedros, Geoffroys y Audebertos. De todos esos barones, caballeros o donceles, los mayores guerreaban, se casaban con herederas y vivían noblemente, acreciendo su dominio y su descendencia. Grandes bailíos de espada del alto y bajo Vivarais, caballeros de la Orden, se asentaban en los estados de la nobleza de Languedoc. Los menores eran obispos o canónigos de Viviers y de Trois-Châteaux, o entraban en la Orden de San Juan de Jerusalén, mientras que las hijas no casadas se hacían religiosas o abadesas de Saint-Bernard d'Alais y de Saint-Benoît d'Aubenas.» Con toda la dignidad del caso, el hidalgo enumera todas las glorias familiares de ese antiguo y frondoso árbol de Vogüé, en que han florecido muchos reyes magos; conviene a saber, varios Gaspares, Baltasares y Melchores, uno de los cuales ocupaba ya un sillón de la Academia Francesa y es uno de los escritores más eruditos, discretos y sabrosos de estas letras contemporáneas. M. de Heredia quiere disculparse, en un pasaje de su persistencia, en tratar esos asuntos personales, y da por excusa que en la Academia, «l'homme, quel qu'il soit, n'est estimé qu'à sa valeur personnell». Haciendo el elogio de toda la ilustre parentela, halaga al recién venido y de paso a la Corporación que, como la otra que sabéis, pretende o aparenta fijar, limpiar y dar esplendor a la lengua de Flaubert y de Baudelaire—, dos que no pertenecieron al senado «inmortal».
La prosa de M. de Heredia tiene mucho de marcialidad; cosa no extraña en el traductor de Bernal Díaz, y compulsador de tanta crónica y página de viejos soldados escritores. El épico penacho de crin aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la superbia lírica, no abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no puedo menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos que se sientan en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su valor personal». «¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos heroicos y las cláusulas sonantes se van por el aire de la inmortalidad
Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.
Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra parte, positivos, y su entrada a la Academia estaba prevista desde hacía tiempo. Además, era ya miembro del Instituto en su sección de Inscripciones y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes. M de Heredia saluda admirado esas Iglesias de la Tierra Santa, Templo de Jerusalén, Siria Central, Inscripciones semíticas, que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia y aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones y la numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado el arte chipriota, explicado la representación religiosa y comercial de los hebreos y de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva sobre los palmirianos y los nabateos, esos dos pueblos que el comercio del Oriente hizo tan prósperos y que han desaparecido dejando dos maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra. Cuando en 1868 fuiste elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso las brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores son justos, puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la sabiduría, antes, o al mismo tiempo que al descendiente de una docena de mariscales y una veintena de duros y «ferrados» barones, matizados de amatistas con varias abadesas y dignatarios episcopales.
La Academia une, después de todo, a los hombres de genio que alberga como a los mediocres de espíritu resplandecientes de apellidos, en una misma tarea, vaga y eterna: hacer el diccionario. Un diccionario que se está haciendo desde hace muchísimo tiempo y que, probablemente, no se acabará nunca. Sospecho que ese es el secreto de la «inmortalidad». Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa y dilatada tarea, es M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz sus famosos sonetos.
Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto «bajo la Cúpula», como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio desde hace algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y de la solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así, presentó la obra de Gabriel D'Annunzio a los franceses.
El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá hacer notar a su pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para que quede completo el número de los reyes magos tradicionales.