IV
OR fin Enrique Heine tendrá su estatua en París, verdadera patria suya. Sabido es que su patria original, la tierra de su nacimiento, Alemania, no ha consentido en que se levante el menor monumento.
Razones ha tenido Alemania para no tratar con excesivo cariño al portalira de la sardónica musa, que le dijo y cantó tantas verdades. Amor con amor se paga. Mas lo cierto es que los profetas y las patrias no han hecho nunca buenas migas. Un profeta molesta mucho al vecindario, perturba al cura, inquieta al alcalde; vale más que vaya a otra parte a hacer sus profecías. Si no se va, se le crucifica, se le apalea o se le desdeña. Pero entonces, sí, inmediatamente que muere, se le dedica una calle o se le inaugura un simulacro de mármol o de bronce. Heine amó grandemente a Francia; amó, sobre todo, a París, respiró este ambiente, sufrió aquí la terrible enfermedad que tanto le hizo padecer, y reposa en un rincón del cementerio de Montmartre. Allí están los despojos de aquel que dijo: «Yo soy un ruiseñor alemán que vino a hacer su nido en la peluca de Voltaire.»
Un ruiseñor alemán... Cantó divinamente aquel ruiseñor. Cantó divina y dolorosamente; así Dios, según dicen, saca los ojos a sus pájaros de poesía para que canten mejor.
Muchas gracias. Valdrá más, entonces, no cantar ni bien ni mal. ¿Por qué la desventura ha de ser condición del genio, y, sobre todo, de los maestros de la armonía, desde Homero, rey de los ciegos y de los cisnes?
Heine, dulce y áspero, risueño y sollozante a veces, padeció muchísimo, espiritual y corporalmente. Por eso se construyó su fina armadura de ironía, su escudo de desdén, su espada de amargura. Y de esa manera, alejado de los olimpos de un Goethe, o de la serena meditación de un Novalis, rompe con todos los dioses y desconfía de todos los hombres. Apenas algo antecesor en esto de Nietzsche, dedica una parte de su admiración a los grandes conquistadores, a los acaparadores de la gloria que, como el emperador francés, dominan en los siglos. Francia le atrajo con el irresistible encanto de sus seducciones. Alemania, gran madre, sin embargo, Germania mater, no ha llenado los sueños y aspiraciones de más de uno de sus ilustres hijos. Fuera de sus cazadores de absoluto, Fichte, Schelling, Hegel, están los que protestan y se erizan. «Previendo mi muerte, dice Schopenhauer, declaro: que desprecio la patria alemana, a causa de su estupidez, y que me avergüenzo de pertenecer a ella.» Y Heine: «El pueblo prusiano, es siempre el mismo pueblo de muñecos pedantes; siempre el mismo ángulo recto a cada movimiento, y, en el rostro, la misma suficiencia helada e estereotipada. Se apretaban, siempre tan tiesos, tan estirados, tan estrechos como antes, y derechos como una I. Diríase que se han tragado la vara de cabo con que antes les zurraban». «Es el país chato de Europa», escribe de su Alemania el flagelante Nietzsche: Das Flachlan Europas.
Pero la verdad es que aquel judío melodioso ha entrado a la eterna Walhalla de la gloria, si no a la consideración oficial del imperio de Guillermo II. Si en su Alemania, si en su Atta Troll, si en muchas partes de su obra admirable, zahiere la patria que no le fué maternal ni simpática, extrajo de ella misma una inmensa riqueza poética. En la luz de sus claros de luna cristalizó más de un collar de perlas del más mágico oriente; hay versos suyos eternamente húmedos de rocío de sus florestas y campos; el ensueño alemán flota, con su legendaria bruma, en el canto musical y entristecido del prusiano rhenano.
De su permanencia en París, Gautier nos ha dejado algunas páginas muy bellas. Cuando sufría el ruiseñor alemán, ya herido por su dolencia, no en la peluca de M. de Voltaire, sino en la silla de enfermo de la que no podía levantarse, le pinta un escritor, habitando rue de la Chataigneraie en Montmorency: «Vivía solo, pobre, orgulloso, cuidado por su mujer, que era muy bella, un poco vulgar. La amaba mucho y le toleraba, sin embargo, un compañero bastante desagradable: un loro hablador. Era una gran condescendencia de su parte, pues el menor ruido le irritaba. No podía ni resistir el tic-tac de un reloj en el bolsillo de un visitante; su sensibilidad exacerbada transformó la mitad de su existencia en áspera agonía. Pasó sus días como un desollado vivo.»
Suplicio prometeano, suplicio dantesco. Hay en él entonces algo de un Job irónico. No cabe en su delicadeza de imaginativo y de sensitivo la dura blasfemia, el desahogo brutal. Las abejas de su jardín zumban, melancólicamente, y extraen su miel heráclea de los más amargos ajenjos y gencianas.
Es interesante, vivamente interesante el culto, el cariño admirativo de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la mártir, por la memoria y la obra del lírico alemán.
La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de Berlín; la torpeza antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en la capital austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni los ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío» como reza el verso de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces, en su villa de Corfú le levantó su monumento. Muerta la emperatriz y puesto a la venta el Achilleion, un millonario italiano ha querido ser generoso también con el poeta, y ha dado la estatua para que sea colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha de faltar el día de la inauguración el cumplido homenaje de París. El primero de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su sepulcro y se celebrará su gloria como en lugar propio.
Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París, Heine, el admirador de Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.
¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros en Rusia, volvían a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente. Allí escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran ejército vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero. Entonces, los dos granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber tan tristes nuevas. El uno dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde mi vieja herida!» El otro dijo: «La canción ha concluído; yo también quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e hijo en la casa que, sin mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me importa el hijo: tengo más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan hambre. ¡Mi emperador, mi emperador prisionero!
»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere ahora, lleva mi cadáver a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz de honor con la cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil en la mano y me ceñirás mi espada.
»Quedaré acostado así, el oído atento, como un centinela en la tumba, hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el sonar de cascos de los caballos relinchantes.
»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi tumba, mil espadas se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la tumba, para proteger al emperador, ¡al emperador!...»
Pocas liras francesas han celebrado con más bello sonar la grandeza del Cabito, del Petit Caporal.
M. George d'Esparbes debe hacerse presente en la fiesta de Heine, su antecesor, en el culto de la leyenda del Aguila.
Tanto peor para las patrias que desconocen a sus hijos ilustres; tanto peor para las patrias cuando los hijos gloriosos las dicen con justicia: «No tendrás mis huesos». Alemania hará construir cien monumentos más a sus mariscales, políticos y Césares.
Heine descansa contento en París.
Tiempo después de escritas las anteriores líneas he asistido a la inauguración del monumento, un modestísimo monumento. No hubo, pues, regalo de millonario. Tanto mejor.