V
OS artistas—uno argentino, el señor Irurtia, otro mejicano, el señor Ramos Martínez—, me habían invitado para ir con ellos esta mañana al campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que ellos trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal y me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos luego a la Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero. Serían las seis, más o menos. El cielo estaba tranquilo y claro. Caminábamos conversando alegremente de proyectos, de luchas, de obras por hacer, de sueños por realizar. De repente, al llegar a la avenida, uno de mis amigos llama la atención:
—«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont, seguramente». Un globo, no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia el lado de Mont Rouge.
Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios, había llegado hacía dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo. Seguimos mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se produjo una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó de espanto a todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se habían detenido a ver... No; es algo tan horrible que no encuentro cómo escribirlo. La impresión penosa me dura, y el recuerdo me durará por toda la vida. El globo reventado descendió en un momento, arrastrado por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué tan rápido eso, que no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos. Oímos el ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros... El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos y yo no nos hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que pasaron varios automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A lo largo de la avenida, cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos del globo, y bajo ellos, los despedazados restos de dos bravos hombres: el pobre señor Severo, diputado brasileño, émulo de Santos Dumont, y su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban las camillas y se recogían los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos de carne y huesos deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de Vaugirard, la pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado, locos de terror, la caída...
Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos volvimos, rudamente conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré esto nunca, nunca...
Este pobre señor Severo, brasileño como Santos Dumont, había venido a París con el objeto de encontrar gloria, gloria y provecho, superando a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con buenos ojos el aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel joven aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia y mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que el Congreso del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero es el caso que él también estaba poseído por el demonio del invento, y unía a su carácter tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según dicen los entendidos, eran conocimientos prácticos en la navegación aérea, pues no había subido en globo a pesar de sus estudios teóricos, sino dos o tres veces, lo cual hace más temeraria la tentativa que le ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga lista de los devorados por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la fuerza secreta de la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos designios desconocidos se oponen a la conquista del universo, al humani generis potentiam et imperium in rerum, de Bacón. Después de que muchos han caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil constancias y paciencias, un día llega en que alguien logra dar un paso adelante, entrar un poco en el campo ambicionado. Enorme es el martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el ejército silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen las construcciones, explotan los laboratorios, muelen las máquinas, envenenan los gases, fulminan las fuerzas eléctricas, emponzoñan los microbios, y los consagrados a hacer adelantar la felicidad y el progreso humanos siguen en su labor ardua y paciente.
En la lucha con los elementos, el aire resiste, misterioso y traidor. Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del antiguo Icaro; muchos los imprudentes y osados.
Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso pintado en que representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva. Juzgo que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la irremediable catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que los tenía aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su hijo Icaro; pero éste no escuchó los consejos prudentes de su padre y fué precipitado en el Egeo. Así, los Icaros modernos deben tener siempre fijo el significado del mito griego.
El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué víctima del fuego; al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y al otro el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en una sangrienta masa, supera en su horror al poético descenso del personaje legendario a las aguas de un mar armonioso. Severo era fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su barquilla papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde el Pax». Su entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre en los verdaderos sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble impaciencia de victoria. Pensaba construir después de su primer triunfo un gran globo que se llamaría Jesús, y con el cual atravesaría el Océano. Soñaba en la paz humana, en la conquista de tranquilidad del mundo por la ciencia y por la virtud cristiana. La casualidad, que es misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo llamado Pax cayese con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el globo Jesús quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable brasileño.
No se arredran los que tienen la fiebre del descubrimiento. No les atemoriza la terrible lección de un antecesor que fracasa en un drama espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y lo que es peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres no aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre muchos, a Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier, a Renard y Krebs, a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.
Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles de los elementos. Los dioses del aire, de la tierra, del fuego, son seres a quienes hay que hacer sacrificios y no ofender en sus distintos reinos. La iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia que obedece a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día señalado, conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada paso el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor asientan más y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para alcanzar esas victorias, ¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!
¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más atrayente, más grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción aérea dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado actual de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre los hombres; pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en ello mucho en que soñar, y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de una graciosa imaginación con ese tema.
Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer ya en su poder las riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el águila o el cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y realizar una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo oculto se manifiesta contra el hombre invasor que se atreve a rasgar el velo de lo misterioso.
Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air
Fétide, consumant la pensée et la chair
De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles
Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.
Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido en el penoso y largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los Edisson, desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos Icaros.
—¿Qué hará usted ahora?—han preguntado a Santos Dumont después del trágico suceso de la Avenue du Maine.
—Recomenzar—contestó.
Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a aumentar la lista de los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los héroes y a los sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?
El elemento que pasa por la naturaleza entera y al cual llamamos vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice Emerson. Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo—la cosa prevista por Dios—, es tan fuerte, que, así el mundo entero hubiese jurado lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no llega en mil años, llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros deseos o apetitos, guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí gobernados por una presidencia superior.
Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la fatalidad del bien es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que sabe adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.
Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con que ha tanto tiempo brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los trofeos ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la fantasía, acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne y hueso y el maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge un hijo de la tierra americana, que representa la antigua estirpe y que quizá sea el señalado por la suerte para el logro definitivo.
Es de notarse que es el nuevo continente quien da hoy esos nombres a la gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que le posee, son lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la América toda. O para decir mejor, de la humanidad.