III

ARTÍ rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda quietud, espiritual y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus escabeles los actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con música de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su mejor reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las apreturas en las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia de trenes, los roces horribles de las aglomeraciones, las difíciles comidas en los restaurants, la cama por ochenta francos en cuartos compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril y otras cosas que deseo echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin contar con la demanda de papeles por la policía a cada instante, y la imposibilidad de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos pasaron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como por un tubo de acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...

Miedo... Mientras Francia se ponía de gala para saludar al emperador aliado; mientras se preparaba Compiègne, antiguo nido de águilas, para recibir a la bicéfala de las Rusias; mientras Nicolás y su linda mujer se alistaban con el mejor humor posible a escuchar marsellesas y a entrar de fiesta en donde han de sonreir a Liberté, dar la mano a Egalité e ir del brazo de Fraternité; mientras se disponen las trompetas de los saludos y los violines de los bailes, y todo el mundo está muy contento, en espera de un regio y regalado divertimiento... quelqu'un, troubla la fête, allá lejos, en los Estados Unidos, quelqu'un que quita la vida al jefe de la inmensa república imperialista que estaba por tender un tentáculo a la América del Sur; y quelqu'un hijo de un país que se llama Polonia... Nicolás se puso pálido; pues no es cómodo ya el oficio de Rey, habiéndose llegado a fuerza de civilización a tener en perpetua realidad la prueba simbólica de Dionisio de Siracusa.

Mas la cita estaba dada, y debía cumplirse con el pequeño prólogo suavizado de Dantzig, suavizador para Guillermo, amado primo, que busca a las claras el flirt.

Cuando llegué a Dunkerque, la ciudad hervía de gozo municipal y forastero; mas en verdad, fuera de las manifestaciones de gremios aislados y de la pompa y engalamiento oficiales, no encontré que hubiese allí un foco de entusiasmo, una de esas fiebres que ponen a los pueblos en delirio en ocasiones semejantes. No encontré, por ejemplo, el estremecimiento ciudadano de París cuando la llegada de Krüger, o cuando la primera venida de este mismo zar. Quizá serían las precauciones, absolutamente rusas, tomadas para evitar un atentado, las cuales llegaron a impedir casi por completo que los dunkerqueses contemplasen la figura de las imperiales personas; o, quizá también, una disminución del ardor con que se tomó al principio la alianza, cuando no estaba tan menguante la inquina con el alemán; o quizá, porque no deja de estar en buen sentido del populo la filosofía que oí hacer a un quidam, frente al arco de triunfo, elevado ante los bassins del puerto:—«¡Mirad!—decía, y en voz alta, de modo que no sé cómo no fué arrestado—; ¡mirad! ¡tanta bandera y tanto lampion por un hombre que viene a quitarnos dinero!»

La ciudad presentaba un aspecto florido, toda ceñida de estandartes, pabellones, banderas y banderolas. La noche anterior a la llegada del zar, las iluminaciones hacían de toda la población un inmenso ramo de fuegos de colores; y, por el lado del mar improvisaban el día, un día blanco y deslumbrante en el vago tapiz de la sombra, los focos y reflectores de la escuadra. Imposibles los hoteles, los cafés rebosando de gentes, las calles con arcos de linternas, estofas vistosas y bombas japonesas; la catedral empavesada como una colosal nave; las músicas resonando a lo lejos; los grupos circulando por todas partes; todo el mundo en espera del acontecimiento del siguiente día, la entrevista, más que la revista. Aunque no se ocultaba en las conversaciones el despecho del pueblo: «¿Somos acaso unos parias para que se nos prohiba que le miremos?» Mas este despecho se aminoraba por la causa: el Gobierno quería prevenir cualquier atentado; nadie podría acercarse al séquito; la línea misma del ferrocarril por donde habría de pasar el tren, estaría como en Rusia, guardada por doble fila de soldados.

A las siete de la mañana del día 18, M. Emile Loubet se embarcaba en el Casini, para ir al encuentro del Standart, yate imperial. Las olas hacían bailar los barcos, y los cañones daban un continuo trueno. Nadie más que las gentes oficiales pudo llegar al punto de desembarco. La revista: vasta cuadrilla y tempestuoso cañoneo. El zar, por fin, llegó a tierra, y con él la zarina: él de uniforme, ella de negro, dicen los que los percibieron. Yo no vi con el anteojo, desde lejos, más que muñequitos, al son de los clarines y de las bocas de fuego. Llegaba en los aires el severo himno ruso y la siempre impetuosa Marsellesa; y los aires deben haberse encontrado perplejos al presentarse cosas tan contradictorias: «¡Dios salve al zar!»... y: «¡contra nosotros se ha levantado el estandarte sangriento de la tiranía!»...

Loubet, cuya buena madre aldeana, quizá, daría en ese instante de comer a sus gallinas en la casa de campo de Montelimar, iba del brazo de la zarina Alix; Alix, la zarina de Rusia, que aparece allá, en la pompa de su corte semiasiática, semejante a una emperatriz bizantina, ídolo autocrático de un colosal imperio cuasi bárbaro. En la galería que une el desembarcadero con la Cámara de Comercio, un grupo de pescadoras, de ropas obscuras y blancas cofias, ofrece a Alix un pez de plata sobre un cojín de seda. El séquito se detiene en la Cámara de Comercio. En Dunkerque, el zar Nicolás, el Pacificador, es saludado por la Guerra y hospedado por el Dinero. Y son luego los cortesanos, los protocolares, las presentaciones y los salamalecs. Y el ágape, en que han de oirse nuevas protestas de amistad y liga, y los brindis que llegan y repiten en esa manera oficial, que cree decirlo todo y no dice nada, palabras que parecen simpáticas y fraternas, pero de las cuales los siglos sonríen.

Luego el tren partió con los porfirogénitos huéspedes, hacia Compiègne. El recuerdo de Luis el Piadoso sería propicio al emperador, y el de Juana de Arco a la emperatriz, y a ambos los de Napoleón y María Luisa, en cuyas alcobas iban a dormir.


Cuando el maire de Compiègne ofreció a la emperatriz un ramo de brezos, su flor preferida, M. José María de Heredia había ya lanzado el suyo por las columnas de su diario. No era un soneto. Eran versos serios, académicos y mediocres, como si hubiesen sido de encargo. Versos a la emperatriz a la cual trataba de vous... Car le poète seul peut tutoyer les rois. Rostand, por su parte, encargado oficial esta vez, había escrito una oda, en la cual dice a su majestad cosas como ésta:

En revenant de Danemark,

Vous avez, pour gagner ce parc

Passé devant chez Jeanne D'Arc.

Ante los malos versos aristocráticos, prefiramos los buenos versos anarquistas. En la presente ocasión, las musas de la Cúpula no han ayudado al ilustre autor de los Trofeos, y el autor de Cyrano.

París no sabía si iría a recibir la visita de los soberanos amigos. Tras el bouquet de brezos y el cumplimiento, se durmió en el castillo de Compiègne, donde debe vagar algunas noches una sombra cesárea que extrañaría mucho ver al amo de los cosacos en íntima unión con la República francesa. Se consolaría observando que el Bósforo no es ruso todavía.

La revista de Dunkerque, como las grandes maniobras del Este, eran el principal objeto de la venida de los autócratas; al día siguiente, pues, el 19, se dirigieron al campo de operaciones. El zar montó a caballo, galopó a su placer, se hizo explicar cañones, almorzó tarde y precipitado, examinó el nuevo freno hidráulico en la artillería, meditó ante el nuevo cañón de 75 milímetros, vió desfilar los batallones, las corazas, los penachos, las espadas desnudas, las lanzas, los uniformes vistosos, oro, hierro, acero, escarlata, oyó las bandas y el ensordecedor trompeterío; bebió el vino del soldado bajo la tienda de campaña, y sumó en su interior la fuerza de la aliada república con la fuerza de sus dominios inmensos; y después de esto, recordando quizá el pasado Congreso de la Haya celebrado junto a la gracia sonrosada y joven de la última flor de la rama de Orange, habrá repetido el verso del lírico italiano:

¡Io vo gridando pace, pace, pace!

Y he pensado en que aquel pobre y grande Castelar, que vivió y murió tachado de poeta, tuvo una palabra profética al escribir, a la orilla de la muerte, esta sensación del porvenir: «El descontento del gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krüger y la dictadura del desequilibrio del Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos, de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines de Austria; el movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable, y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la exposición de 1900 no tendremos una hora de paz, y que los elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes.» Mas como el zar Nicolás ha sido el coronado mensajero de pacificación universal, ante el cual hombres como el bravo periodista Stead han creído ver un ser casi elegido por la Providencia, pronuncia después de la revista frases que no cuentan con la codicia de las naciones y con las trampas de los políticos, esta gran manifestación de guerra, como la revista naval de Dunkerque, serían, ¡oh, paradoja! el mejor sostén de la paz en el mundo.

Y tras la revista, el sacrocesáreo ortodoxo visita la basílica de Reims, en que han sido consagrados los reyes de Francia; allí el representante de la paz, esto es, de Cristo, le recibe en su pompa ritual, rojo entre negras sotanas. Allí, bajo el rosetón que corona la doble entrada, ante la estatua de la Virgen, entre las estatuas de santos que decoran la vieja arquitectura, el cardenal arzobispo saluda al jefe de la iglesia rusa, que penetra en la catedral católica. Y la catedral dice en su inscripción de entrada: Deo Optimo Maximo. Prudente sería su eminencia para no rozar la religión rusogreca ni hablar con untuosa diplomacia pontificia, ya que de uniones se trata, de la unión de las cristianas iglesias. En el Diario de Pedro el Grande, al referirse a la visita que aquel duro emperador hiciera a París en 1717, se lee: «El 3 de Junio su majestad se presentó en la Academia, donde los doctores de la Sorbona trataron ante su majestad de la unión en la fe, diciendo que sería fácil establecerla. A lo que su majestad se dignó responderles que este asunto era grave y que era imposible arreglarlo en un breve término; que por lo demás, su majestad se ocupaba principalmente de asuntos militares. Pero que si lo deseaban en realidad, no tenían más que escribir a los obispos rusos, pues este era un asunto importante, que exigía una asamblea eclesiástica; al mismo tiempo se dignó prometer a los doctores que si escribían a los obispos rusos, ordenaría a éstos contestar según la autoridad que Dios les había dado.» Como véis, aquel espeso autócrata tenía la malicia fina. No se trató ahora en Reims con doctores de la Sorbona, sino con un purpurado de la república, bajo el pontificado de León el Diplomático.

Después fué el día de real holgorio en Compiègne: paseos en el parque lleno de encantos, el bello parque poblado de arboledas magníficas, de estatuas que saben secretos eclógicos y aguas tranquilas realzadas de cisnes; y por la noche, en el teatro del mismo castillo, la fiesta de gala, con declamación, danzas preciosas y divertimientos lindos y delicados como conviene a los reyes. Y la emperatriz con su diadema imperial, y el zar, pequeño y apretado en su uniforme y en su orgullo, formando un contraste curioso con el bueno, honesto y sonriente Loubet, la excelente presidenta y el coro de ministresas burguesas que han tenido que estudiar con profesor de baile la reverencia, y que lo que menos pudieran tener sería al taburete en la corte de Francia, la almohada en la corte de España. Y Millerand por allí, al antiguo atacador de este mismo zar; elementos que se rozan con el socialismo, contemporizando con elementos autocráticos; la república de los Derechos del Hombre, el país que se precia de ir adelante en la historia con la bandera de la libertad, festejando al jefe de un imperio en que reina el despotismo más absoluto, en donde Tolstöi bajo Nicolás, sufre por sus ideas más que Soloviov bajo Alejandro; el país que predica la soberanía de la prensa, unido al país en donde el caviar tradicional empuerca y mutila periódicos y libros; la tierra en donde por todas partes se encuentran las letras L. E. F., hecha una con la tierra en donde el Knut existe y la Siberia continúa siendo lugar de deportación y de castigo, y en donde los estudiantes acaban de ser apaleados y heridos y muertos. Es cosa verdaderamente singular. Los versos de Rostand resuenan en el teatrito:

En revenant de Danemark

Vous avez, pour gagner ce parc

Passé devant chez Jeanne D'Arc...

La tierra de Juana de Arco, con la tierra que se ha tragado a la desventurada Polonia. El grande anciano de la lesnaia-Polonia lo acaba de aclamar a los cuatro vientos de la justicia y de la verdad: la unión entre Francia y Rusia es un enorme absurdo y una mentira colosal.


Pedro el grande, que era inculto, hasta limpiarse los dedos en los trajes de sus vecinas de mesa, vino aquí a observar civilización: la observó, junto con la cara de la hábil viuda Scarrón. El abuelo del actual zar, Alejandro I, vino también, pero con otro objeto, después de Austerlitz, después de Friedland, después de Eylau y después de la paz de Tilsit; vino en compañía de los Borbones, y entonces no se le cantaron marsellesas. Alejandro II vino o estrechar amistades con Napoleón III, lo que no obstó para que en el 70 la Francia estuviera sola. Alejandro III no vino, pero dice que dijo estas palabras: «La Francia debe ser grande, para que la Rusia se desarrolle. La Rusia debe ser fuerte y armada hasta los dientes, para que la Francia viva en paz». ¿No creeríais oir en el cuento de Perrault el toc, toc, toc, del lobo en la puerta de la cabaña? Nicolás ha venido porque ama a Francia, dicen unos; otros, porque quiera saber cómo está de armas el aliado; otros, por un empréstito. Este joven zar aseguran que, siendo niño, al ver un álbum con vistas de París, exclamó: «¡oh comme je voudrais la visiter!» Quizá sea París su fascinación, y como el gran rey crea que bien vale una misa. París le ha correspondido. Ni en sus Lividias, Petersburgos y Vladivostocks; ni cuando siendo zarewich recorrió medio mundo, encontró nunca acogida tan formidablemente satisfactoria cual la que le brindó París en su primer viaje. Por todas partes va regando frases que halagan el amor propio francés. Y cuando el metropolita de San Petersburgo, Paladius, le casó con la princesa Alix, la mujer que tomaba era, según se cuenta, una adoradora de Francia. Cuando la visita a esta capital, Nuestra Señora de París recibió como correspondía a los devotos de Nuestra Señora de Kazan. Hasta se ha encontrado una descendencia francesa a Alix de Hesse. Una hija de Santa Isabel de Hungría se casó en el siglo xiii con Enrique el Magnánimo, duque de Brabante y príncipe de la casa de Lorena. Hijo de ellos fué Enrique el Niño, quien abandonó el ducado y fué a Hungría, donde fundó una rama nueva que fué después la casa de Hesse. La genealogía tiene más utilidad y oportunidad de lo que aparenta. Es una dulce y bella mujer la zarina de Rusia que está al lado de su esposo como un escudo de marfil. Desgraciadamente, ¿no era hecha de marfil y rosas fragantes y de espirituales perlas, aquella infeliz Elisabeth de Austria que encontró en Ginebra, en su soledad errante, el puñal que va derecho y no distingue?

¡Terrible vida la de un César como el zar eslavo! Aparte de las víctimas que el anarquismo ha hecho y sigue haciendo por todos los lugares de la tierra, tiene en su propio país la misteriosa sombra del nihilismo, que duerme, pero no ha muerto; y el recuerdo de su padre, el coloso Alejandro, despedazado por las bombas, debe venir a cada instante a su mente, aun en los momentos del hogar y del amor. Porque está visto que cuando llega la hora señalada por lo desconocido, el príncipe de las Mil y una Noches, encerrado en su torre, muere violentamente, y el monarca encuentra su asesino en su centinela o en su ayuda de cámara. Parece que mientras mayor potencia opresora se aglomerase arriba, por ley de presión, asciende la fuerza de abajo.

No vino esta vez a París el zar, claramente se mira, no porque no tuviese deseos, o porque tan sólo hiciera su visita a la marina y al ejército, como lo dió a entender en el brindis de Bhéteny el presidente; no vino porque la policía rusa no lo quiso consentir de ninguna manera, porque hay muchos rusos vigilados en París, y porque de donde menos se pensara podía brotar la certera locura de cualquier libertario.

Porque: es bella y triunfante una coronación cuasi divina bajo el amparo del Santo Sínodo, en ceremoniales que recuerdan la prestigiosa Bizancio que Jean Lombard ha evocado de tan magnífico modo; es bello y grandioso el dominar el imperio más potente del globo, y ser aún, en el siglo xx, las dos divinas mitades de que habla Hugo, papa y emperador; son soberbias las excursiones a Livadia, y la mirada omnipotente sobre el mar Negro, y la caza del oso con parientes de real sangre; es dulce e imperial tener por esposa una animada y rubia figura de icono, «ser que parece que anda en las nubes», ser nefelibato; tener como guardias dorados gigantes, rudos y pomposos heiducos; comer a la mesa más exquisita del mundo; poder lanzar hordas de cosacos como los hunos de Atila, cabalgar con los húsares de Grodno o con los soldados del Preobrajensky; poseer el Kremlin en Moscú, el Palacio de Invierno, el Anichkoff y el Ermitaje en Petersburgo; y el Tsarkeio-Selo, y el de Peterhof, Versalles ruso; ser saludado «padrecito» por el mujick, cuando se va en el chato drosky o en la rápida troika; reunirse con la familia de coronas y diademas en la mesa del «suegro de Europa», allá en Fredensborg; tener por antepasados a los majestuosos Romanoff, autócratas de hierro; reposar en la Casa de Pesca en Finlandia, a la orilla del río lleno de peces como de oro y plata; recibir de más de 120 millones de hombres, en lenguas distintas, el respeto y la casi adoración como Imperatorkij Goubernator y como cabeza de la iglesia; y todo eso para estar en el continuo cuidado de un condenado a muerte que no sabe si logrará el indulto... estas cosas son la sonrisa de la Boca de Sombra.

En el 98, por orden del emperador Nicolás, decía el Messager Oficiel, de Saint-Petersburgo, que «el mantenimiento de la paz general y una reducción posible de los armamentos excesivos que pesan sobre todas las naciones, se presentan en la situación actual del mundo entero, como el ideal a que deberían tender los esfuerzos de todos los gobiernos. Los deseos humanitarios y magnánimos de su majestad el emperador, mi augusto amo, están allí enteramente dirigidos. En la convicción que ese elevado fin responde a los intereses más esenciales y a los votos legítimos de todas las potencias, el gobierno imperial cree que el momento presente sería más favorable a la rebusca, en la vía de la discusión internacional, de los medios más eficaces para asegurar a todos los pueblos los beneficios de una paz real y durable, y a poner ante todo un término al desarrollo progresivo de los armamentos actuales. Penetrado de ese sentimiento, su majestad se ha dignado ordenarme proponer a todos los gobiernos cuyos representantes están acreditados cerca de la corte imperial, la reunión de una conferencia que habría de ocuparse en ese grave problema.

»Esta conferencia sería, con la ayuda de Dios, de un feliz presagio para el siglo que va a empezar; ella juntaría en su haz poderoso los esfuerzos de todos los Estados que buscan sinceramente hacer triunfar la gran concepción de la paz universal, sobre los elementos de perturbación y de discordia. Ella cimentaría al propio tiempo sus acuerdos por una consagración solidaria de los principios de equidad y de derecho sobre los cuales reposan la seguridad de los Estados y el bienestar de los pueblos.» De allí el Congreso de la Haya. ¿Qué salió de esa conferencia en la capital de la fresca Guillermina? Inglaterra saltó sobre el Africa del Sur; Alemania agarró más fuertemente la Alsacia y la Lorena; Francia apuró sus fábricas del Creusot; la China fué «castigada» por la pacífica y civilizadora Europa; y hoy Nicolás, cuyo ferrocarril transiberiano conduce las más sanas intenciones, viene en visita de paz, a admirar marinos y soldados, nuevos armamentos y nuevas invenciones para matar mejor. Los perros de la destrucción y de la muerte están mejor amaestrados que nunca: Death and destruction dog... dice Shakespeare. El sueño de la paz universal queda reducido a espuma en esa revista de Reims, tierra florida de dulce vino de champaña. Allá en las largas estepas, en las chozas de los pobres, la figura del zar es colocada al lado de la milagrosa panagia, y San Félix Faure está a su lado. Rusia, Francia, Alemania, Inglaterra, los amenazantes yanquis, el entero mundo civil está listo para la matanza y para la rapiña. Los reyes, por más que busquen la paz, son siempre, en la inmensa fauna humana, águilas, las águilas son pájaros de presa, son carnívoras. Mas en lo hondo de la montaña misteriosa, en lo profundo de los valles del porvenir, se oyen de cuando en cuando sones de cuernos, ladridos, tropeles. Se mira en el Oriente como una alba terrible. Los pueblos presienten algo: el presente está en cinta: y quién sabe si de repente el hombre a tientas encontrará el camino que desde el principio de los tiempos le tiene señalado la voluntad infinita, el Dios de todas las razas y de todas las almas.

¡Entonces será tal vez el advenimiento de la Justicia y de la Paz!