IV
NA noticia llega: el príncipe consorte de los Países Bajos, le ha pegado a su mujer... Sensación. Indignación... Sonrisa... ¡Cómo! ¿Ese muchachón teutón, educado a la prusiana, ha podido levantar la mano contra una reinita que París ha visto, saludado y aplaudido, entre el ruido y alegría de los bulevares?
...La reina habría dicho a su marido algunas palabras, en la mesa, que provocaron después la cólera del Mecklemburgo... ¡Cómo! ¿Las majestades y las altezas se tiran los platos y se tratan exactamente como el vecino del entresuelo, o del primero, o del segundo?
La Prensa comenta el hecho, comenta y aumenta, e inventa... Los salones de Europa tienen por muchos días un asombroso y pimentado tema que gustar... Guillermina, que es, con Nicolás, la soberana de la paz... ¡Buena está la paz! Los caballeros franceses que quedan, censuran ásperamente a ese caballero de ultra Rhin que olvida el precepto oriental: ni con una rosa... Exigen al príncipe de Holanda que se esté bien quieto, dentro de su queso.—Los detalles llegan. El príncipe es un hombre poco galante, muy seco, muy militar, muy soudard. Desde los primeros días del matrimonio, se le ha visto alejarse más y más de la reina, demostrarle diferencia y desvío, él que no tiene más oficio que ser el marido de su mujer... Los detalles aumentan. El príncipe debe y bebe... Los acreedores pasan sus cuentas y la reina no quiere saber nada de eso, de las cuentas enormes del príncipe Enrique... En cuanto a su afición báquica, se complica de pasión cinegética y el príncipe prefiere irse al campo, con sus amigos a permanecer junto a su esposa. Además, se dice que el consorte no tiene simpatías por Holanda, y los holandeses le pagan en la misma moneda... La reina se disgusta, se enferma... Salen a su defensa oficiales de su real casa, que son heridos en duelo por el marido espadachín. El castillo de Loo está en conmoción.
Por otra parte, trae el telégrafo nuevas que desmienten todo eso... No, no ha pasado nada en el castillo de Loo, y los racontars no tienen fundamento ninguno... El príncipe Enrique no debe nada a nadie y sus relaciones con la reina están en perfecto estado. La corte está apenada por todas esas invenciones, obra de malintencionados socialistas... La indisposición de su graciosa majestad ha tenido otras causas que las que las que se murmuran y van por las gacetas, por la Gazzette de Hollande... La reinita del cuento azul, o de poemita en prosa de Gaspard de la Nuit, la favorita de la paz, vive en paz con su marido, quien no tiene inconveniente en apartarse de los negocios del Estado por consagrarse por entero a las funciones para que ha sido elegido. Cuando deja la grata compañía de Guillermina, es para dedicarse a la agricultura... Hay en ello siempre el idilio.
¡Hélas! como se dice por aquí. ¡Y cuán cotidiana es la vida, según el verso del admirable montevideano Jules Laforje, áun para los que viven en palacios reales, y han nacido porfirogénitos! Verdad: no se necesita de anarquistas amenazadores para que se tenga por poco envidiable, una cantidad de derecho divino y una figuración en el almanaque de Gotha.
Hablaba el ministro argentino una vez, en Bruselas, con una de las princesas, mujer cuerda y de inteligencia, y a propósito de algo, concluyó una de sus frases: ...«para las que tienen la dicha, o la desgracia, de ser princesa»... Le malheur, monsieur le ministre, le malheur!...», contestó en seguida su alteza real. Le malheur... Ciertamente, no es una historia de dichas la de las testas coronadas, y circunscribiéndonos al caso de la reina de Holanda, el hogar y el trono no pueden caber, sino con raras excepciones, en el mismo sitio... Las Jantipas coronadas han sido muchas, y reyes que puedan señalarse como modelos de virtud conyugal son tan escasos.... El prudente Ulises queda para Homero con la reina Penélope, que sabía tejer, y la princesa Nansicaa, que sabía lavar su ropa.
En nuestro tiempo, con dirigir la vista alrededor de Europa, hay para estarse quieto, en la apacible medianía horaciana, en la descansada vida de fray Luis o en la modesta burguesía que tiene su ideal supremo en un automóvil.
Mirad allá en Rusia, en donde hoy, según se ve, reina la más envidiable paz doméstica bajo las techumbres de los palacios imperiales, no puede borrarse el no muy lejano recuerdo de un matrimonio como el del zar Pedro III, el marido de la gran Catalina... Ser el marido de la gran Catalina... ¡Morir como murió ese pobre zar Pedro...! No, en verdad, no era ese un hogar modelo, ni de varios grandes duques, cuyas aventuras y desventuras suenan por ahí. En Austria, la tragedia... Vagará por mucho tiempo, en Mayerling, la sombra de aquel pobre príncipe heredero, muerto de tan romántica muerte con la Vetsera... Para que su buena esposa después se case con un elegido de su corazón; y luego se hable del divorcio de la condesa de Lonyay... Agregad las varias méssalliances cuajadas de anécdotas, ya cómicas o dramáticas...
En Italia, todo muy bien... Solamente, un gran rey de grandes bigotes, es apellidado el Galantuomo. Y luego, en el reinado siguiente, en la paz de la corte, una bicicleta francesa va por allí, dando vueltas, causando perturbaciones... en la familia.
En Alemania, perfectamente, en las altas regiones; pero escándalo sonoro y granducal, en el país de Hesse y de Aquel...
En España como es de razón, por el sol y por la sangre. Hay libros, memorias, cuentos, anécdotas, chascarrillos. Isabel II, Don Francisco de Asís... Alfonso XII, el rey Barbián... La reina Mercedes que pasa malos ratos, la reina Cristina, que quiere irse a casa de su familia... el Papa que Interviene. Y los matrimonios que vienen. La infanta Eulalia y su divorcio ruidoso... Un pueblo entero queriendo impedir que se case una joven infanta con un joven Caserta... ¡Es delicioso el goce del hogar, en el esplendor de la corte de España!
En Servia... Este era un rey que se llamaba Milano... Por España anda la viuda, que fué tan hermosa, la reina Natalia... Se ha hecho católica, reza mucho... El hijo se casó con una señora que es hoy la reina Draga... Y en su palacio pasan cosas, cosas tan tristes... ¡Y tan ridículas... Fué un matrimonio por amor, el del hijo del rey Milano y de la reina Natalia!
En Rumania, la reina continúa haciendo literatura y la señorita Vacaresco también, aquí en París... Esta pobre señorita Vacaresco, que pensaba posibles los cuentos azules, que creía llegar a ser reina, o cuando menos, esposa morganática, según se cuenta... Para venir a parar aquí, soltera, siempre, haciendo versos, coronada poetisa por la Academia francesa, y recitando en casa del ministro Haití...
En Portugal...
¿Los príncipes de antes eran más felices que los de ahora?... Hay quien achaca la culpa de las desventuras de los actuales al periodismo, al reporterismo. Antaño la maledicencia cortesana no transcendía como hoy, a las hojas de los periódicos; los decires iban de boca en boca, tan solamente circulaban en las cortes, en el plano superior... Ahora, todo va a todos. Y las debilidades de los afortunados son el regocijo de los de abajo... El pueblo siente un verdadero placer en la demostración práctica de que todos los seres privilegiados que tienen una corona o una autoridad, están sujetos a las mismas pequeñas miserias que el más humilde de los hombres. Y como el periodismo no deja noticia sin publicar y detalle sin aprovechar, las alcobas imperiales y reales son exhibidas a la mirada de un público lleno de odios y malignidades.
Volviendo, pues, al caso tan comentado de la reina de Holanda, hay que convenir en que la posición del príncipe no es de las más envidiables. Del rey de Dinamarca se ha dicho que es «el suegro de Europa». Es una inestimable ventaja. En el príncipe Enrique de Mecklemburgo, la situación es desventajosísima: la nación es su suegra. En todo otro Estado, el papel de príncipe consorte habría sido lleno de inconvenientes y de molestias; pero en Holanda, en donde la reina es el ídolo del pueblo, en donde todo el mundo está con los ojos fijos para velar por su completa tranquilidad y por su dicha, el puesto es de todo punto incómodo. De aquí han venido los recientes ruidos, con base real o ficticia, pero que tienen por un momento la atención y curiosidad de Europa dirigidas al castillo de Loo.
La verdad, según personas bien informadas, es que el matrimonio es muy dichoso, la reina y el rey se quieren mucho, y todo lo que se ha dicho ha sido producto de muchas imaginaciones. La más enamorada pareja está sujeta a pequeñas nubes estivales. Algún instante hay en que el mejor amor interrumpe su constante faz por un ligero choque, que suele tener siempre exquisitas consecuencias y aumentos de afecto, si es posible. Uno de esos instantes ha sido sorprendido por alguien, que ha aumentado el hecho, y la bola de nieve ha llegado al alud periodístico. La reina Guillermina, por su belleza, por su juventud, por sus bellos gestos como el de tender la mano al errante y lamentable viejo Krüger, por las cualidades de su espíritu, de su carácter, de su corazón es adorada de sus súbditos. Al príncipe le tienen en perpetua observación, como a quien se ha confiado una joya incomparable o la existencia de un hijo. Y los celos públicos son terribles. Por algo se ha silbado en los music-halls holandeses el retrato del príncipe Enrique, después de saludar con aclamaciones y aplausos el de la reina... El príncipe hace lo que puede, para pasar inadvertido, para dejar que la reina sea única y exclusivamente saludada, para apartar su persona de las miradas del pueblo. Y cuando va con su graciosa mujer, ya en la Haya, o en la linda población de Apeeldorn, en donde se ha elevado un monumento conmemorativo de las regias nupcias, él hace como que no escucha, y apenas si saluda, ante las manifestaciones de la muchedumbre. Sabe bien que él es nadie—el esposo de su majestad;—y parte, desde que lo puede, a la campaña, a interesarse por cuestiones agrícolas y a cazar.
Es muy conocido el cuento del rey que andaba en busca de la camisa del hombre feliz, y que nunca la encontró, pues el hombre más feliz que había en todos sus Estados no tenía camisa... No es muy probable que esa prenda se encontrase hoy en ninguna de las cortes de Europa.
¡Quizá, como nos hace pensar cierta filosofía, la camisa del hombre feliz existe, y es la que a uno le ponen cuando va a dormir el último sueño...! Si se la ponen.