V
OS franceses suelen mirar con cierto menosprecio a los belgas. Cuando digo los franceses, digo sobre todo los parisienses. Es una injusticia, y Víctor Hugo no pensaba de la misma manera. Baudelaire fué cruel, en «su corazón puesto al desnudo». Hugo vivió aquí desterrado, Baudelaire también: Hugo por la política, Baudelaire, por la vida. No sé si Baudelaire se arrepintió; pero los intelectuales belgas de hoy han olvidado la amargura del hombre del estremecimiento nuevo. Intelectuales y en su parte latina, Bélgica está unida a Francia y ha dado a la literatura francesa contemporánea buena parte de sus mejores espíritus. «¡Eh, Eh! ¡Bruselles! Vous n'avez qu'a vous bien tenir vous autres ici. ¡Bruxelles, oui, je n'en dis pas plus!» Es Villiers de l'Isle Adam el que habla y es Mallarmé el que lo cuenta. Aquí vino Hugo, aquí sufrió Verlaine, aquí sufrió Baudelaire; y Mallarmé aquí regó satisfecho en su campo propicio, mucho de la simiente de sus sembrados mágicos. Los Verhaeren, los Maeterlinck, los Rodenbach, como poco antes y ahora los Huysmans, acrecen la común heredad del pensamiento de lengua francesa, siendo en Francia entre los nativos los primeros. «Bruselas, se dice, es un París chico.» Mas si Bruselas imita a París; Bélgica no sigue a Francia. Aparte está su gran movimiento industrial; sus ciudades de trabajo, flamencas y walonas representan las propias energías, conservadas de la activa vitalidad de antaño. Son los hombres sanos y fuertes, pesadamente alegres, ruda flotación de pueblo. La flamenca canta, por boca de uno de sus más bravos poetas:
Mon homme est fort.
Dans tout le port
On sait les fardeaux qu'il souleve;
Il a le cœur au bon endroit.
Il marehe vite et marche droit...
Son sang monte comme la sève...
Je suis heureuse de mon sort.
Mon homme est fort.
Mon homme est fort.
Le froid du nord
Le soleil pas plus que la grêle
N'usera son cuir de flamand:
C'es en vain qu'en leur tournoiemet
La neige et le vent pêle-mêle
Le cernent. Intact il en sort
Mon homme est fort.
Las mujeres también, fuerte son, hermosas de carnes, frescas de colores; y el primer día, al llegar, pude contar: uno, dos, tres, diez, muchas Rubens y Jordaens. Bruselas peripuesta a la moderna, tiene, verdad, en pequeño, mucho del París bulevardero, con poco de aquella sensualidad ambiente que lo cantaridiza todo. La ciudad trepida al paso de los tranvías eléctricos; los carruajes circulan, y deja su mal olor o bufa cuando menos lo pensáis, el odioso automóvil; y las bicicletas pasan a cada instante por las avenidas y desfilan por el bosque de la Cambre. Hay cafés con terrazas, en las vitrinas se ven retratos de bellas parisienses, sobre todo el de la señorita Cleo de Merode; en las librerías se venden con profusión libros de franceses; las damas se visten con Doucet o Paquín, o cualquiera de esos señores; se lucha por Wagner; Sarah y Coquelin vienen a trabajar en estos teatros; los diarios tienen algunos redactores franceses. Me diréis que todo eso pasa en Buenos Aires también. Perfectamente. No argumento, sino que certifico.
Al que está acostumbrado al francés de París, el de aquí parece duro y amarsellado. Otra cosa que extraña es el cambio de carácter en la población. Tienen fama de insolentes los cocheros belgas. ¡Jamás podrán igualar a los parisienses! El servilismo del larbín no se encuentra tampoco aquí. Aquí no os estrujan a genuflexiones y a s. v. p. La obra social ha adelantado mucho. El obrero conserva aún el orgullo de los gremios antiguos. En cuanto a la burguesía no hay que olvidar que es en su fondo la misma que ennoblecieron los pintores de siglos gloriosos. El mejor maire tiene algo de vulgar; en el último burgomaestre se cree hallar algo de dignidad atávica...
Una de las ocurrencias biliosas e injustas de Baudelaire fué ésta. «Los belgas piensan en banda». El pensamiento belga está, por el contrario, compuesto de individualidades. Bastaría con señalar actualmente a Rodenbach, a Lemonnier, a Maeterlinck, a Felicien Rops, y a ese potente Wiertz, cuyo atrevimiento y libertad anteceden a tentativas revolucionarias artísticas que han triunfado en el mundo, y al cual sería una injusticia no considerar como un precursor. Aquí laboran silenciosos sabios y artistas, trabajadores de la transformación social, aquí viven tranquilos; aquí he visto la persona venerable del viejo Reclus pasar bajo la sombra fresca de la avenida Luisa, cuyos árboles, ahora pálidos de otoño, son hospitalarios y acogen pensativos.
En el bosque de la Cambre, paisajes y lugares a que la naturaleza y el hombre contribuyen, entretienen la mirada, brindan su regalo de salud y de belleza. No os libraréis del restaurant a la moda en que se retienen mesas y os asesinan alma y paciencia los violines de los tziganos, ni tampoco de la amenaza vandálica del chauffeur. Mas hallaréis amables umbrías, dulces rincones en que vagar y meditar, y en donde lo que menos pensáis es en que aquí reina el rey Leopoldo, ese señor bien que tiene una estancia negra que se llama el Congo.
Kiekenfretter quiere decir en flamenco comepollos. Jordaens y sus reyes glotones y obesos me han traído a hablaros del apetito brabanzón, y en cadenas de ideas, de la comida bruselesa. Aquí se come mucho, y juro que muy bien; así los refinados encuentran la bonne chère que sueñan, los cultivadores del estómago la sana y bondadosa cocina local, cuyas carbonadas y gallinas asadas con compotas de fruta, llaman el acompañamiento del lambic. Hallaréis buenos vinos; pero las cervezas os brindan su reino; los reyes de Jordaens todos son parientes de Gambrinus. Y comiendo bien y bebiendo bien, el pueblo es francamente alegre—-; lejos las pálidas faces de los ajenjistas de París, la inmensa bruma verde que envuelve tantos espíritus en aquella alegría nerviosa y torturada; aquí, por la tarde o al anochecer, he solido encontrar grupos de muchachos y muchachas que van por las calles cogidos de los brazos como en las rondas de las kermeses, y lanzando sus cantos en coro, muchachos robustos, muchachas con carrillos como manzanas, de estos mismos que en el florecimiento de su pubertad dejan ver, bajo la corta falda, las más firmes y torneadas piernas.
Como en todas partes, gusto más de la parte vieja de la ciudad que de la nueva. La ciudad, en sus signos monumentales, habla de grandes cosas pasadas; y tan solamente en San Marcos de Venecia he sentido el respetuoso placer de la contemplación, de la evocación de siglos difuntos, que en la Grand Place, a la cual Hugo, con alguna exageración, llamara la primera del mundo. Nada más hermoso que este conjunto de nobles arquitecturas en que la Maison du Roy es cincelada joya, las casas de las corporaciones, bellas páginas de piedra, y el Hotel de Ville, osado y soberbio, la más admirable catedral cívica que haya labrado la legendaria masonería gótica. La imaginativa de los antiguos escultores se revela en simples detalles de una concepción definitiva, que forman en el vasto libro arquitectónico, lecciones estupendas en la interpretación de la faz humana y en el simbolismo zoológico. Al entrar, nada más, podéis adivinar ciertas páginas de Huysmans y ciertos gestos de Henri de Groux, en un simple murciélago lapidario o un rostro humano decorativo.
Las casas históricas con su estilo, sus dorados, su aristocracia de monumentos, parece que aguardan la presencia de cortejos reales o procesiones de dignatarios. Y mientras miro y admiro, me solicita una muchacha que vende flores, ofreciéndome pompísimas rosas, y pasa una lechera flamenca con su carrito tirado por tres magníficos y pacientes perros.
Un pensamiento que no dejará de despertarse en vuestra mente es el del perdido poderío español... Aún vaga por aquí la sombra del «duque de sangre», y las estatuas fraternales de los condes de Egmont y de Hornes, en el square del Petit Sallón, fijan en bronce el duro recuerdo. Se perdió Flandes; se perdió la América continental, se perdió Cuba...; el general Weyler no tendrá a mal que se le compare con don Fernando Alvarez de Toledo...
Santa Gudula es hermana de Notre-Dame de París, de la familia de tantas otras iglesias venerables en que las dos torres góticas se alzan, enormes centinelas del tabernáculo, trabajadas por la virtud de siglos de fe; urnas vastas en que se guardaba la esperanza cristiana y cuyas anchas ojivales puertas se abren hacia las bullentes ciudades, como con sed de almas.
Tan descriptos están los monumentos, que no caben de ellos ya más que las impresiones. Diríase que el tourisme ha profanado todos los santuarios de la tierra en que la religión y el arte conservan sus reliquias y elevan sus plegarias. La agencia Cook borra todas las huellas sagradas e interrumpe las meditaciones de los fervorosos que aún quedan. Es un complemento del experimentalismo... Mientras admiro en el severo templo los vitraux de Van Oreley y de Frans Florís, hay unas cuantas personas que rezan en el más profundo y piadoso silencio; mas de pronto una tropa (¿tropilla?) de viajeros con cornacq hace su irrupción y se percibe que la gente que ora sufre con la entrada de la caravana. La voz del guía pronuncia en inglés con mediano tono de discurso: «Aquí tenéis el cenotafio de Juan II, duque de Brabante y de Margarita de York, 1312 a 1318; y enfrente el del archiduque Ernesto, gobernador general de los Países Bajos, etc...»
La vista del palacio de Justicia da idea de un aplastamiento; es un edificio de Babilonia; lo rechoncho en lo enorme; la gran corona que remata el monumento semeja la tapa de una colosal pieza de postre en una mesa de Brobdignac. Polaert, el arquitecto, pensaba poner en lo alto una pirámide hindú; sus planes no se pudieron llevar a la práctica por imposibilidad material, y se construyó un domo con estatuas. Se alaba mucho esta gigantesca ensalada de estilos: hay griego, egipcio, asirio, romano, romántico, renacimiento. A mi entender, es una creación semiyanqui que asombra por su tamaño, y que queda bien entre las cosas greatest in the world.
Prefiero ir a admirar el Mercado, esa obra maestra de la ferreteria moderna, que encontró un cantor magnífico y férreo en Huysmans, y en donde el metal domado une la solidez a la gracia y a la elegancia; trabajo ciclópeo y artístico que no se cita ni se recomienda en las guías.
¿Cómo no hablaros de la gloria municipal de Bruselas, el muñequito de bronce que ha llegado a ser un símbolo, y que, en ejercicio de una de las más prosaicas funciones fisiológicas, ha adquirido el cariño popular, renombre y honores, todo como un hombre? Como habrá muchos de mis lectores que no sepan lo que es el Manneken-Pis, trataré de decirlo en pocas palabras. Cuéntase que un noble ciudadano de Bruselas tenía un niño a quien quería entrañablemente, el cual niño desapareció un día sin que su padre, que lo hizo buscar por todas partes, diese con su paradero. Por fin, fué encontrado en la calle, y en una posición difícil de explicar si se guardan las conveniencias. Hacía... lo que un personaje de Rabelais para apagar incendios; no tanto como Sancho en una de las más bravas aventuras de Don Quijote...; lo que se dice en un usual latín después de Domine labia... Si con tantas indicaciones hay quien no haya comprendido, que haga el viaje a la capital brabanzona y vea lo que está haciendo Manneken-Pis.
En conmemoración del hallazgo, el padre del niño hizo elevar la estatua, que se atribuye a Duquesnoy. Después, ésta tuvo tanta fama como la de Pasquino en Roma. Fué robada dos veces y encontrada. Luis XV le concedió la orden del Espíritu Santo; en ciertas épocas la han vestido de guardia cívico; se la mezcla en política; una vieja solterona la dejó mil francos de herencia, como a un simple gato o perro, y la municipalidad paga a un valet de chambre, para que la cuide, 200 francos anuales.
No es demasiado. En todas partes hay hombres que en la política, las letras, las ciencias y demás disciplinas hacen cosas peores que Manneken-Pis, y tienen buenas posiciones y ganan pingües rentas.