IV

N almirante de la marina de Francia se quejaba los días pasados, en el Congreso, de las disposiciones del gobierno que suprimen a bordo de los barcos de la armada toda manifestación religiosa, desde luego la bandera con la cruz, que se izaba durante el sacrificio de la misa, y después, la misma misa... «No sé qué mal puede hacer a la marina francesa, decía el almirante, el signo y el nombre de Cristo, cuando en Francia casi todos son cristianos, y en una enorme mayoría, católicos.» Una vez puesta la atención en estos asuntos, la verdad que encontraréis es que el espíritu que anima a este país no es el de un pueblo ateo. Un espiritualismo histórico impregna la médula de la raza, y no es por cierto una seca filosofía lo que subsiste junto con la claridad tradicional al influjo lejano del ensueño celta. Aun en la locura diluviar de la Revolución, la idea de la divinidad queda flotante. «Si no existiese Dios, dice un demoledor, sería preciso inventarlo». Los hombres de la Enciclopedia, aun los osados como D'Alember, confinan con la tolerancia. Toda la literatura clásica converge a una concepción deísta.

Dieu laissa-t-il jamais ses enfants au besoin?, es la voz de Racine en Atalia; mientras Corneille deja el drama cristiano encarnado en toda su intensidad en su admirable Poliuto... A veces una explosión revela los ardientes elementos contenidos en el seno de la nación, las exasperaciones del fanatismo, el fermento de una creencia demasiado recelosa; según los tiempos, la complicación de causas se caracteriza, y así es el movimiento de las Cruzadas, la revocación del edicto de Nantes, la noche de San Bartolomé, y en nuestros lamentables tiempos el antisemitismo reforzado del veneno de políticas caseras. Mas un soplo religioso agita todas las florestas, pasa por todas las ciudades, y no está echada en el olvido la antigua divisa Gesta Dei per Francos; la corona de los emperadores de Occidente fué colocada en la frente del gran Carlomagno por las manos de un Papa, y la ampolla de San Remy aún guarda en Reims el recuerdo de Juana de Arco... Son cosas que tiene en entredicho la república francmasona o pseudosocialista... No pertenece al reino de lo imposible que las palabras a Clovis sean repetidas más tarde a tantos fieros sicambros... No está destruída, ni con mucho, en esta Francia generosa, la savia de la conciencia religiosa. Hay unas frases de Tolstoï, que así dicen: «No ignoro que, siguiendo una opinión extendida en nuestro tiempo, la religión es un prejuicio del que la humanidad está ya libre, y resultará de esto que no existe en nuestro tiempo conciencia religiosa común a todos los hombres... Sé también que esta opinión pasa por ser la de las clases más ilustradas de nuestra sociedad. Los hombres que no quieren reconocer el verdadero sentido del cristianismo, inventando toda suerte de doctrinas filosóficas y estéticas para ocultar a sus propios ojos la sinrazón de su vida, esos hombres no pueden ser de otra opinión. Sinceramente o no, confunden la idea de un culto religioso, y rechazando el culto, se imaginan rechazar con el mismo golpe a la conciencia religiosa. Pero todos esos ataques contra la religión, todas esas tentativas de establecer una filosofía contraria a la conciencia religiosa de nuestro tiempo, todo eso prueba bastante claramente la existencia de aquella conciencia, y que ella reprueba la vida de los hombres que la atacan y la contradicen. Si se determina en la humanidad un progreso, es decir, un paso hacia adelante, preciso es necesariamente que algo designe a los hombres la dirección que deben seguir en la marcha. Pues tal ha sido siempre el papel de las religiones. Toda la historia nos demuestra que el progreso de la humanidad se ha verificado siempre bajo la guía de una religión. Y como el progreso no se detiene, como su marcha ha de continuar durante mucho tiempo, mucho tiempo necesita también una religión propia.» Es lo que acontece en todas partes y en Francia en particular, revelado por signos que un día son las grullas de M. de Vogüé; otro, las tendencias artísticas y literarias de una élite; otro, la palabra de tal o cual representante del espíritu universitario, como M. Brunetiere. A una inclinación exagerada, responden un enderazamiento y un impulso en ángulo igual. Veremos, quizá pronto, la contraparte de la ley de las Congregaciones. Tómese como ejemplo la ley Falloux, de cuya abrogación se trata en estos momentos.

En 1850, el ministro Falloux propuso la ley que lleva su nombre y que fué aceptada, en favor de la enseñanza primaria de las Congregaciones religiosas. En 1886, la ley de 30 de Octubre quitó los privilegios. Actualmente, el maestro de primaria religioso tiene los mismos grados que el institutor laico. Y la resultante es que, si en 1849, según la declaración del hermano Philippe ante la Comisión extraparlamentaria, los Hermanos de la Doctrina Cristiana, solamente, enseñaban unos 200.000 niños, y las Hermanas de la Caridad, cerca de 120.000 niñas, hoy las Congregaciones sostienen, según los mejores datos estadísticos, por lo menos 1.600.000 niños.


Acaba de ser juzgado en consejo de guerra el soldado Grasselin, del batallón de artillería, después del soldado Delsol—dos especies de «doukhobors»,—influencia de Tolstoï en el medio del «pioupiou». No he de presentaros sino un fragmento del interrogatorio:

—«El 19 de Noviembre se os ha dado la misma orden; os habéis negado a ejecutarla. Pasan días y seguís con la misma actitud de oposición. Se os ha leído el Código penal cinco veces. Ruegos, amenazas, reprensiones, nada ha logrado vencer vuestra obstinación. ¿Por qué obráis así?

—»Jesucristo ha dicho: No matarás. Amaos los unos a los otros. Yo no he querido ser dañoso para nadie.

—»Abrir una culata no es dañar a nadie.

—»Más tarde se me habría dado un fusil; un fusil sirve para matar, como el hierro del arado sirve para cultivar la tierra.

—»En fin, no teníais que discutir; se os daba una orden.

—»Sobre mis superiores, que son hombres, está el Cristo.

—»Por último, ¿no queréis ir a la guerra?

—»No.

—»¿Aceptáis, al menos, someteros a la ley?

—»No para matar. Que se me ordene hacer otra cosa.

—»¿Haríais lo que se os mandó, abrir las culatas, ahora?

—»Querría prometer, pero no cumpliría. No podría cumplir. Esto no es insubordinación, es sumisión a mi conciencia.»

Esto no está tomado del «acta» de ningún mártir, no está en la Leyenda Dorada ni en los Bollandistas: está en los periódicos. Todo el mundo ha podido leerlo. Muchos se han encogido de hombros, y han creído que esos dos casos son simplemente casos clínicos. Esos dos soldados que toman al pie de la letra los mandamientos de Jesucristo no son irresponsables, puesto que han sido condenados... y son ciertamente significativos.

La aristocracia francesa y la alta burguesía no son anticristianos. Es la república la que—y esto no siempre—ha sido hostil a las creencias nacionales. Y aun en la república no ha habido gobiernos antirreligiosos, sino ministerios antirreligiosos. La Revolución ha sido, según el P. Delaporte, «este acto de felonía de la Francia oficial para con el Hombre-Dios.»

Este activo sacerdote lleva a un plan decisivo su concepción de la salud de la patria. «Dos perspectivas se ofrecen a nosotros: una, la de la vuelta de las naciones a la aceptación de la soberanía de Dios; otra, la de la potencia que se disfraza con nombres diversos: revolución, ciencia, estado laico, soberanía del sufragio universal. Lo que hay que hacer es restablecer el orden verdadero. El orden verdadero es la preeminencia de la sociedad religiosa, la sola absolutamente esencial.»

Es el lenguaje de un bravo sectario. «¡Leed, releed el Evangelio!—dicen otros.—El Evangelio está descuidado aún en los colegios de enseñanza religiosa, en los seminarios; hay que volver a él y dejarse guiar por él.» Así lo ha hecho M. François Coppée; y el otro día le he visto, por el jardín del Luxemburgo, muy contento y rejuvenecido... Antes, uno de los personajes de su drama Pour la couronne, certifica el bien de tales fuentes:

—Qui t'a rendu si bon?

Ma mére et l'Evangile.

El evangelismo no está ausente en la literatura contemporánea más en boga. ¿Quién diría que un tan fino inmoralista como Paul Bourget lo predica discretamente? Cristo ha sido y continúa siendo una preocupación de los intelectuales y de los socialistas, así se le considere como un simple cartel, como dice Severini con demasiado oratorio irrespeto: «El tribuno pálido, clavado, como el primer affiche socialista, sobre el madero del Gólgota.» Jules Guesde declaraba en una sesión del Congreso, la del 19 de Febrero de 1794: «Estamos obligados a dejar constancia de que hay en esta asamblea, al menos un miembro, el abate Lemire, que representa el Evangelio del Cristo, ante el cual se inclinan hoy los socialistas». Los anarquistas mismos, si cuentan con elegantes blasfemos como M. Tailhad, tienen poetas que no desdeñan nombrar al Divino Libertario en versos como éstos:

Puisque le Christ, le sang, les pleurs

Tyrans! no'ont pu former vos cœurs

Aux sentiments de la Colombe:

Gare la bombe!

Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen presentar muestras de literatura fervorosa, a propósito de los oradores sagrados. Los conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados como apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte y el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros cuantos severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en piedad, y fe verdaderas una plegaria del Verlaine de Sagesse.

A través de los últimos salones se ha visto también el arte preocupado de religiosidad. Después de las grandes «machines» de Munckassy, nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea en marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M. Carolus Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su pasión en tiempos de Semana Santa.

Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894, hacía notar M. Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia cristiana; los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso, reproducen escenas de la vida moderna.

Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir ese movimiento en el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los escépticos se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y corresponde evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento religioso son numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido darme cuenta de la impresión producida, y he escuchado a menudo las observaciones hechas. Rara vez he oído reir; raramente he visto burlarse. Es un signo del tiempo, que deben tomar en cuenta los que quieren gobernar el país.» Hay que apartar del movimiento religioso las comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el preciosísimo decorativo de un misticismo literario completamente superficial. Mas los casos de recogimiento, las victorias morales como la de Huysmans, son, sí, de atraer al observador. La Samaritana de M. Rostand frecuenta demasiado la calle de la Paix, como la María Magdalena de M. Massenet; pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en tales monasterios de París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el verdadero canto de la música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas angélicas como en los versos de Schiller:

Sie flœten so süs,

Wie Stimmen der Engel im Paradies...

La provincia está llena de religiosidad, desde la clara Provenza hasta la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el talento que distingue al conde Austin de Croze, no son completamente imparciales. M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no debe ser confundida con la obra de una política que tiene muy poco de evangélica. La Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores comprometedores de los sectarios y de las campañas ruidosas de un clero harto combatido.

Suelo penetrar en los templos—Saint Severin, Notre Dame, Saint Eustache—lejos de la devoción elegante y ostentosa—, y allí veo, siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio, haciendo una cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se hace, y menos en París,—orando.