V

E recibido de M. Jacques Morland la comunicación siguiente: «En un discurso reciente, el emperador Guillermo II ha proclamado de nuevo la pretensión del espíritu germánico a una supremacía mundial.»

Parece, no obstante, que una reacción se produce contra la influencia intelectual alemana que fué tan fuerte en maestros como Renán y aun Taine en Francia, y en la mayor parte de los espíritus de la segunda mitad del siglo xix.

Las victorias de 1870 han valido a Alemania un ascendiente universal. Los franceses, vencidos, estuvieron por reconocer esa preponderancia y creyeron deben instruirse en el país de sus vencedores.

De vuelta de ultra-Rhin, los jóvenes franceses se interrogan, se felicitan de algunos fecundos procedimientos de trabajo adquiridos en las universidades alemanas, pero muchos confiesan una decepción.

Numerosos síntomas indican un descenso de esa autoridad que se había acordado a la cultura germánica.

Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués, Georg Brandes, al dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de los diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.

Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes ingleses comienzan a desertar de las universidades alemanas para venir a instruirse a París.

En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de Goethe y Schopenhauer, ha hablado de sus compatriotas con desdén.

Se cree interesante hacer una «enquête» entre algunos sabios, filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el objeto de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un examen personal. El Mercure de France emprende esta «enquête», sin «parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de los alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.

«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana desde el punto de vista general intelectual, y más especialmente desde el punto de vista filosófico y moral en la América del Sur?

¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus resultados?»

Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo haber tenido, por primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a un famoso asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado por las bocas de fuego de los buques de guerra alemanes. Fué mucho después que leí la Crítica de la razón pura...

Después de recorrer casi toda la América española y de haber residido por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder afirmar que las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen terreno en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado, el pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos de un comienzo deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha seguido hasta hace algunos años por el antiguo cauce español. Pero una tendencia continua al progreso ha hecho que cada movimiento de ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas abuelas», como las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental savia latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria. Cuando en España causó una especie de revolución filosófica un mediocre profesor alemán poco admirado en su país—he nombrado a Krause—, el contagio no pasó el Atlántico, y la América española estuvo libre de él. En cambio, Comte encontró allá largas simpatías y el positivismo discípulos y seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas intelectualidades, ha sido después de pasar por Francia.

Ciertamente, alguna parte de la juventud hispanoamericana se ha educado en Alemania y ha logrado grandes progresos desde el punto de vista profesional. No nos falta el médico que guarda en su cara el recuerdo de los estúpidos duelos universitarios y la dilatación de estómago de los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de cerveza. Pero no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño en Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de contacto con los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del notable libro sobre la Educación, el centro-americano Ramón Salazar y el colombiano Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo claros, influídos voluntariamente o no, por los pensadores y escritores franceses. Chile es quizá el único país de la América hispana en donde el espíritu alemán haya logrado alguna conquista. De Ventura Marín a Valentín Letelier, los estudios filosóficos dan un paso enorme del aula hispanocatólica a la enseñanza universitaria alemana. Con todo, después de las doctrinas de un Lastarria, no creo que las ideas del señor Letelier, representante el más conspicuo de las tendencias germánicas en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.

Las victorias alemanas sobre Francia han producido, naturalmente, en aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La divisa chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: Por la razón o la fuerza. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El progreso ha llegado a la importación del casco de punta y del paso gimnástico marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos se ha implantado. Pero esos gobiernos han caído, caen o presto caerán, al impulso del pensamiento nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad humana. Los sudamericanos que meditan en la verdadera grandeza de los pueblos, los hombres de buena voluntad y de juicio noble, no se hacen ilusiones sobre la virtud y alteza del alma alemana.

Se conocen los versos célebres de Arndt:

Deutsche Freiheit, deutscher Gott,

Deutscher Glauber ohne Spott,

Deutsches Herz und deutscher Stahl

Sind vier Helden allzumal.

Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta, que casi no hay día en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de los alemanes no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó en Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por el «canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner, y que el acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones militarizadas de la América española, en donde hay la desgracia de tener un agente de la casa Krupp.


No, no puede ser simpático para nuestro espíritu abierto y generoso, para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro, ingenuamente opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la gloria y de la tradición latina.

Los eruditos de la última gaceta os dirán que han aprendido que no hay raza latina, y que en Europa misma los elementos componentes de la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda de ideas, no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la lengua, por el soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América del Sur, ha escrito M. Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre el viejo tronco latino y le preparan el más brillante porvenir.» En países como los nuestros, en que, ante todo, se busca hoy un ideal comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de las armas, las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace poco preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría ser durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El país de Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la Alemania, un escritor francés que la conoce mucho y que ha sido el introductor de Nietzsche en Francia, acaba de expresar: «Los Heine, los Boerne, los Herwegh—para no nombrar sino poetas—, han encontrado entre nosotros una segunda patria y la libertad de escribir. Sin duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern ha reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura ha venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la hinchazón. Se trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de tener espíritu. No se impide a Hegel profesar, pero es tal vez porque no hay otro Hegel. Se tiene el orgullo de las libertades políticas, pero ¿se admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha circulado una protesta entre los escritores alemanes. En ella se pedía la abrogación del párrafo 166 del Código penal del imperio, que se refiere a los «ultrajes a las instituciones religiosas». ¿Y a propósito de qué? A propósito de una traducción alemana de un volumen de Tolstoï, titulado El sentido de la vida, y que contenía, entre otras cosas, la Respuesta al Sínodo, volumen confiscado en Leipzig—y no en Rusia—. El escritor polaco Estanislao Przybyzewski, que publicaba sus obras en lengua alemana, tuvo que dejar Berlín hace algunos años. Escribe ahora libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las condiciones intelectuales de Alemania, ¿no se agravan más?

La tiranía de la opinión pública iguala a la severidad policial y la estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace cincuenta años, Max Stirner, hizo aparecer Lo único y su propiedad, sin ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían a reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban por todas partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que, acaso, musicalmente, nos habrá conquistado el espíritu alemán? No me parece que el wagnerismo mecánico de la moda haya obrado muy transcendentalmente en nuestros talentos musicales.

Por más que se diga, somos, más que otra cosa, hijos mentales de Francia, de la civilización latina. Un impulso latino mantiene nuestro anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son heredados y tradicionales cuando no reflejados o impuestos por una ley simpática.

Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán que hizo su nido en la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la orgullosa patria. Así Oscar Panizza, el autor de Parisiana, que vive aquí, como Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos valientes y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre intelectual, la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la patria original.

Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos que desconocen y ofenden.