A UNA NICARAGÜENSE

Brilla en tu alma una estrella nórdicamente pura,

y en la blanca beldad de tu egregia escultura

una maravillosa virtud de amor se fragua

que ha encendido una chispa del sol de Nicaragua.

Que bendecida sea la parisiense hermosa

que hechizará allí lejos, como una rubia hada,

al pica-flor de fuego y a la garza de rosa

con el místico azul de su tierna mirada.

Entre vivas fragancias tendrás a Pan sumiso;

por ti será más bello el lago de cristal,

la aurora de mi tierra, ave del paraíso,

y el poniente del trópico un gran pavo real.


Divina Psiquis, dulce mariposa invisible,

que desde los abismos has venido a ser todo

lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible

forma la chispa sacra de la estatua de lodo.

Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra

y prisionera vives en mí de extraño dueño:

te reducen a esclava mis sentidos en guerra

y apenas vagas libre por el jardín del sueño.

Sabia de la Lujuria que sabe antiguas ciencias,

te sacudes a veces entre imposibles muros,

y más allá de todas las vulgares conciencias

exploras los recodos más terribles y obscuros.

Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres

bajo la viña en donde nace el vino del Diablo.

Te posas en los senos, te posas en los vientres

que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.

A Juan virgen y a Pablo militar y violento,

a Juan que nunca supo del supremo contacto,

a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,

y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.

Entre la catedral y las ruinas paganas

vuelas, ¡oh, Psiquis, oh, alma mía!

—Como decía

aquel celeste Edgardo,

que entró en el paraíso entre un son de campanas

y un perfume de nardo,—

entre la catedral

y las paganas ruinas

repartes tus dos alas de cristal,

tus dos alas divinas.

Y de la flor

que el ruiseñor

canta en su griego antiguo, de la rosa,

vuelas, ¡oh Mariposa!

a posarte en un clavo de Nuestro Señor.


cuando España tenía

todas las torres.