I

En un momento crepuscular

pensé cantar una canción

en que toda la esencia mía

se exprimiría por mi voz:

predicaciones de San Pablo

o lamentaciones de Job,

de versículos evangélicos

o preceptos de Salomón.

¡Oh, Dios!

¿Hacia qué vaga Compostela

iba yo en peregrinación?

Con Valle Inclán o con San Roque,

¿adónde íbamos, Señor?

El perrillo que nos seguía,

¿no sería, acaso, un león?

Íbamos siguiendo una vasta

muchedumbre de todos los

puntos del mundo, que llegaba

a la gran peregrinación.

Era una noche negra, negra,

porque se había muerto el Sol:

nos entendíamos con gestos

porque había muerto la voz.

Reinaba en todo una espantosa

y profunda desolación.

¡Oh, Dios!

¿Y adónde íbamos aquellos

de aquella larga procesión;

donde no se hablaba ni oía,

ni se sentía la impresión

de estar en la vida carnal

y sí en el reinado del ¡ay!

Y en la perpetuidad del ¡oh!?

¡Oh, Dios!