II

Las torres de la catedral

aparecieron. Las divinas

horas de la mañana pura,

las sedas de la madrugada

saludaron nuestra llegada

con campanas y golondrinas.

¡Oh, Dios!

Y jamás habíamos visto

envuelto en oro y albor

emperador de aire y de mar,

que aquel Señor Jesucristo

sobre la custodia del Sol,

¡Oh, Dios!

Para tu querer y tu amar.

Visión fué de los peregrinos,

mas brotaron todas las flores

en roca dura y campo magro;

y por los prodigios divinos,

tuvimos pájaros cantores

cantando el verso del milagro.

Por la calle de los difuntos

vi a Nietzsche y Heine en sangre tintos;

parecían que estaban juntos

e iban por caminos distintos.

La ruta tenía su fin,

y dividimos un pan duro

en el rincón de un quicio oscuro

con el marqués de Bradomín.