I

Puesto que crees en Dios, hijo mío, retiene

lo que hay en la profunda voluntad de infinito,

que el dolor o el amor nos explica en el grito,

que en el suspiro espera o que en el llanto viene.

No aguardes que el inmenso clarín de oro truene;

a las nupcias del cielo con mis versos te invito,

no oigas a la faunesa que te lanza su grito,

ni al fauno extraordinario que su siringa suene.

Pero marcha, hijo mío, con tu flauta y tu lira

adonde Dios te llame y tu flauta te lleve,

lo que el Amor te dé y la Vida te inspira.

Haz tus versos de noche, haz tus versos de nieve;

tú tienes el poder de la lengua y la lira

con el dáctilo dúctil y con la danza leve...