A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES

CABO de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula L’Ombre des jour, y viene después de otro: Cœur innombrable. Este flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de rosa—a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda malla, húmeda aun de su preferida fuente.

La condesa de Noailles no es una basbleu. Es una bella flor humana llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su naturaleza:

Car dans ce temps, haute et paisible
La Nature, ses bois, ses eaux,
N’avalent pas cette ame sensible
Qui plus tard fit pleurer Rousseau.

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo, dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su juventud y su sed de amor:

Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.

Ronsard se consolaba con ser leído a la chandelle por la amada envejecida; y Ponsard—¡hay distancia!—dijo la misma cosa en un soneto a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada después de la muerte», y dice:

Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
Ayant tout oublié des compagnes réelles,
M’accueille dans son âme el me préfère à elles.

Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo. La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor blasonado—en nuestros países el rico autor—como labor de dilettante, como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el flirt moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras viragos del feminismo militante.

Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.

A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y digamos con el excelente Chrisale:

J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,
Elle accommode mal les noms avec les verbes,
Et redise cent fois un bas et méchant mot,
Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
Je vis de bonne soupe et non de beau langage.

Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas, buen lenguaje y buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que las bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver con los puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda verdadera alta dama de antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que no por el cuidado de su belleza y por la distinción de su jerarquía ha dejado en abandono el capítulo importante y clásico de los asuntos caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Victoria. Y luego, se puede escribir el Heptameron y hacer los ricos platos de dulce que sabía confeccionar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga serie de madamas que han dejado muy buenas obras y que han sido muy hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma señora. La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon, la de Sevigné, la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, economía y ojo listo, eso no.

Lo que no es aceptable son las ridículas impertinentes, las excesivas Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y quieren abrazar a Vadius por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que el griego hay muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la snob, la decadente, la wagnerista, la partidaria{89} del amor libre, la Eva nueva, la doctora escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con Armanda.

No hay en Francia la cantidad de authoresses que en Inglaterra y los Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que escriben, autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha muerto hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los raros salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin, o, más recientemente, Mme. Adam.

Unas cuantas personalidades se destacan en el copioso grupo. Cierta revista muy mundana—Femina—ha propuesto como tema de un concurso, a sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres francesas, paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión fué actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna, Jeanne Chauvin, Judith Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin, Henry Greville, Gyp, Manœel de Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne Mayrel, Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret, Mesureur, Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand, Clémence{90} Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux, Marcel Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de los mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias humanas. Ya hay bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre la de «inmortales» varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de la mayor estimación y aun admiración, y los hay medianos y casi desconocidos. No puede haber parangón alguno entre, por ejemplo, Judith Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así sucede bajo la Cúpula!

Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante todo, las de esas dos admirables luchadoras que van a la acción, que ponen voluntad y talento al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pacificadora Severine. Luego vienen las de puro intelecto, las imaginativas y ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme. Vallete, o sea Rachilde, aparece como el cerebro femenino más complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos. Hace unos diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis entusiasmos de entonces iban hacia la parte extrañamente diabólica y misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya a la escritora sadista—Sade toujours—, a la juglaresa incendiaria, sino a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable destructora, a la Sybila de la anarquía, cuyas ideas,{91} hoy manifestadas en nuevas novelas, o en críticas singulares, se puede no seguir, pero no se puede dejar de admirar.

Después están las estudiosas, como Lucía Félix Faure; las «maestras», como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el pensamiento femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida entre la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su marido ha vertido, esas Mil noches y una noche, de los que parece emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el autor de Cyrano; la señora de Mendès, bella, que hace versos hechiceros, y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento especial de esa temible Gyp? Hay, por último, una novelista de actualidad, alabada por los periódicos, y que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la Vaudère. Aseguran que sus libros se venden mucho, y que está de moda en los salones. No hay nada más intencionalmente obsceno, ni más desprovisto de arte, que las lucubraciones de esta distinguida joven de letras.