ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS

N el antiguo teatro de Orange, junto a los viejos muros que el Rey Sol llamaba los más bellos de su reino, al amparo de las divinidades antiguas que protegieron la civilización helénicorromana, Jean Moreas, poeta francés, de sangre griega, hace en estos momentos renacer la gloria de los ilustres coturnos, renovando en sonoros y soberbios versos a su antepasado Eurípides, y cumpliendo una vez más, en la fuerza de su otoño, la promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas de Grecia libarían una miel francesa.

Hace diez años tuve el honor de hablar por primera vez en nuestra América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos Aires, como cónsul general de Colombia, vía París... En este soñado París había recogido las impresiones espirituales que más tarde fueron Los Raros. Iba con cosecha de ilusiones y amables locuras... Mi sueño, ver París, sentir París, se había cumplido, y mi iniciación estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y me entusiasmaba... Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas. ¡Amigo de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques, adonde iba a soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados de ramas nudosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores!

¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba entonces en casa del temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la entonces hirviente bohemia intelectual de La Plume. Conocía a casi todos los miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo: «Esta noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy vivamente.

Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a buscarme. Encontramos al poeta del Pelerin Passionné en un café del barrio, creo que en el Vachette. Estaba a su lado su entonces compañero menor y ayudante en sus líricas campañas, Maurice Duplessis. Y encontré a un Moreas sereno, sonoro, admirable parlante, amable, noblemente fraternal, sin buscar ni admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a los insensatos. Y como le dijese que el holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en que se trataba de la leyenda moreana—vanidad cómica, frases asustadoras, autolatría—, me dijo simplemente con su voz de bronce, del profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos toda esa noche de arte, de ideal, de belleza—es decir, él habló... Como cerraron el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es el pasado—¡ah!, como mi fresca juventud.

Las páginas que publiqué en La Nación sobre Moreas fueron hechas en el mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad. Confieso que jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más poseída de la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir la vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y piadosa de Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excepción en esta ciudad de las duras intrigas, de las crespas batallas; los roces ásperos no han hecho más que abrillantar sus facetas, como a las piedras finas. Primero sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le atacaron la rivalidad y la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la réclame. Desdeñó cetros de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras que desaparecen... Y modificándose, mejorándose, siempre siendo el mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un lado confina con la selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde están sus abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos. Y así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes, fué simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal de sus poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su íntimo consejo su más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales Stances y ha concluído su Iphigénie, la desde hace tanto tiempo anunciada e incubada tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su retiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy, con el triunfo de Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos en la historia de las letras francesas los buenos combates de los simbolistas y decadentes, aclarado el campo intelectual, surge definitiva la figura del lírico resucitador de las hermosuras clásicas, del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a decir en pleno siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de la Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de heroísmo y de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de recordar por los siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.

Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni menospreciar sus primeras victorias. No hay que renegar de la juventud. Las Syrtes, el Pelerin, las obras primigenias, inician la obra por venir, la obra presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras decisiones futuras. Mejorarse no es contradecirse. Simplificarse no es desdecirse. Cada momento tiene su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no hay mejor certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan—o la hostia.

Paris, je te ressemble; un instant le soleil
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
Au vent septentrion si tu te fais pareil,
Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
Et le sombre destin sourit sur mon visage.

Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, pues, que es necesario que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París, que se parezcan a París y que de repente digan palabras universales, sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad: «Hélas! que le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es en la trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.

Cuando he vuelto a París a establecerme—por siempre—no he procurado buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de impertinente la admiración intempestiva y la solicitud irrazonada. Por otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta es una mala condición de mi carácter en mis tareas. No he sido hecho para la visita ni fabricado para la interview. Tanto peor para mí, que no he gozado de la familiaridad de los chers maîtres. No obstante, a Moreas le he vuelto a ver. Triste, con su melancolía altiva y con sus canas. Allí, en el café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a Courteline y otros señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y Moreas, notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo—¡un Carrillo cuán otro!—con Duplessis—¡un Duplessis cuán cambiado!—hemos solido recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos Aires, cargado de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras verdes a los mercados, una mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.

La Iphigénie actual estaba ya empezada en aquellos días. En tal ocasión dije que el poeta preparaba una pieza para la Comedia Francesa, y que, dados sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella pieza es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua memorable escena del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de Francia.

Gloria sea dada al severo ordenador de admirables escenas y al siempre magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es exageración deciros que los versos de Moreas—los mejores de Moreas—son superiores a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa. Este descendiente de los Píndaros y de los Sófocles se expresa con singular majestad en el verbo de los Racine y de los Chenier, y he aquí también uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.

Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y de sabia armonía. Esto es del coro del quinto acto:

Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête
Où couléront des pleurs
Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête
D’un chapelet de fleurs
Telle, en riche apparat, victime couronnée,
Pour désarmer le ciel,
Une pure génisse à la peau tachetée
S’approche de l’autel,
Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie
Près des courantes eaux,
Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie
Au son des chalumeaux.
Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,
Avec un soin jaloux,
T’élevait pour te voir dans le palais prospère
D’un prince ton époux.
Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!
Une brutale main
Avec le fer aigu fera de la poitrine
Jaillir ton sang humain.
Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage
D’un charme virginal.
Et la fierté décente et la fleur de ton âge
Sauraient vaincre le mal,
Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,
Le vice injurieux
Ont fait que les mortels sont livrés sans défense
A la haine des dieux!

Y esto de Ifigenia al coro:

Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets
Vous ferez retentir des chants qui seront dignes
D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits
Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.
Où sont les vases d’or et les libations?
Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.
O rapide Artemis qui règnes sur les monts,
Je donne sans trembler le sang que tu demandes.
Voici ma chevelure et mon front virginal;
Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.
Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal
En célébrant ma mort comme un heureux présage.
Je triomphe de Troie et fais tomber à bas
Sa forte citadelle et sa muraille antique,
Et pour fixer enfin la chance des combats,
J’efface de mon sang l’oracle prophétique.
O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,
Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,
Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont
Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?

La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain, y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!