EN ASTURIAS
I
Desilusión del milagro.
OR Palacio Valdés y el difunto Clarín sospeché la vida ovetense, en tierra de Asturias. La existencia ciudadana, como en nuestras antiguas villas hispano-americanas, aún tibias de la empolladura colonial, con sus curas, bachilleres, señoronas y chismes. Las iglesias siempre triunfantes, la alta sociedad untada de sports por el contagio de los viajes. En el ambiente universitario, aún rancio, invasión de cosas nuevas que llegan del extranjero. Para ver bien todo eso, ahí tenéis El Maestrante y La Regenta. Y en las revistas podéis saber que es aquí, en Oviedo, donde tiene su asiento principal esa ciencia internacional y periódica que posee sus mejores representantes españoles en los profesores Posada, Buylla, Dorado y Altamira.
Yo voy a lo que más puede interesar vuestra curiosidad y halagar vuestra fantasía. Os ofreceré un poco de maravilloso.
Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un tesoro de reliquias más rico que el de cualquier basílica italiana o que el de Nuestra Señora de París; y que entre las cosas que aquí se encuentran las hay extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de ellas a través de cristales de poesía. Saludé, pues, la torre esbelta y labrada, la plazoleta antigua y estrecha, y me encontré en el ambiente oloroso a incienso de las vastas naves ojivales. Era la hora del coro y los canónigos celebran el oficio. Resonaba el canto llano. Un órgano se hacía oir de tanto en tanto. Y como vibrantes chirimías, las voces de los monagos se unían a los agudos del instrumento. Uno de esos levitas en miniatura andaba por ahí con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A una seña se me acercó. Le pregunté por el lugar de las reliquias, y el duende, no exento de gravedad, me dijo que tuviese paciencia por unos instantes. Y fué a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto al facistol. Algunos minutos después salió acompañado de dos canónigos. A una indicación les seguí.
Entramos por una puerta cercana a la sacristía. Subimos una escalera; bajamos otra corta. Henos ante otra puerta junto a la cual hay una campana que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tanto, los canónigos rezan. Uno de ellos, algo encorvado, misterioso, de ojos agudos, llama mi atención. Mientras le miro me instruye en voz baja un poeta del país que me acompaña: «—Ese es un bravo y terrible sacerdote... Ha sido periodista de combate, hombre de empuje... Le llaman El Angelón...»
La puerta se había abierto, y tanto El Angelón, semejante a un Claudio Frollo, como el otro canónigo, nos precedieron al entrar al Relicario, sin dejar de mascullar sus rezos. Entraba claridad por la puerta y no recuerdo si por algún ventanillo; mas el monago encendió un cirio, y con el tono y manera de un cicerone que se respeta, comenzó a pronunciar su sabida lección y a mostrar a mi intranquila curiosidad un cúmulo de sacras maravillas. Poco me faltó del «Breve sumario de las santas reliquias que en la cámara santa de Oviedo se veneran manifiestas, fuera del arca santa, después que por la misericordia divina, por el año de mil setenta y cinco, a instancia del señor Rey Don Alfonso el VI, fué abierta con asistencia de varios de los prelados de España, que por la general devastación del reino se hallaban refugiados en dicha ciudad; y asimismo de las indulgencias concedidas a este santuario, que ganan los que visitan y asientan cofrades en virtud de esta bula». Poco me faltó, digo; pero con lo que percibí tuve para copiosa provisión de ensueños en una exploración de invisible por espacio y tiempo.
Mas antes os he de decir la historia milagrosa de estas riquezas benditas, tal como consta en episcopales documentos. Reinaba Cosroes de Persia sobre Jerusalem, dominada por sus ejércitos, cuando por disposición divina fué llevada de la ciudad superilustre a tierras africanas una caja, hecha en «madera incorruptible», por cristianos que habían recibido la doctrina de los apóstoles mismos. Siempre prodigiosamente, la caja erró de Africa a Cartagena de España, de Cartagena a Sevilla, de Sevilla a Toledo, de Toledo al Monte Sacro de Asturias y del Monte Sacro a la iglesia de San Salvador, de Oviedo, «donde dicha arca fué abierta, y hallaron en ella los fieles muchos cofrecitos de oro, de plata, de marfil y de coral, los cuales, abiertos con suma veneración, ciertas cédulas atadas a cada reliquia de las que dentro estaban, manifiestamente declaraban lo que cada una era». El arca estaba central ante mí, mas cubierta de antiguas chapas y bien labrada orfebrería. Y dentro del arca, algunos de los objetos venerados que no se muestran sino en señalados días del año, con ocasión de fiestas especiales y con gran aparato ritual y manifestaciones de fe.
La vocecita dijo:—«Esta es una pequeña parte de la sábana santa en la cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.» Yo sentía una vaga emoción, con un vago perfume de infancia..., a pesar de que un mal diablillo me andaba por lo interior diciéndome: «¡Muy bien, muy bien! ¿Qué van a decir, si usted cuenta esto, ciertos amigos suyos que saben tanto del protoplasma?» Dejé murmurar al diablillo, y vi en frente de mí, bajo un fanal en un marco de oro, un trozo de tela blanca, que me pareció demasiado blanca para tantos siglos, y muy semejante a ciertos tejidos manchesterianos. Mas luego abandoné las influencias razonadoras, y con el admirable poder imaginativo pude agrandar el pedazo de tela y ver el inmortal cuadro del descendimiento, y el del lavado del santo cuerpo, y la piedad del vecino hierosolimitano que primero que todos los celebrantes de la misa colocó sobre el Corporal la misteriosa y carnal Hostia antes de la transubstanciación.
Continuaba el rezar de los canónigos, y la fina vocecita casi no se daba tiempo:—«Estas son ocho espinas de la Corona Sagrada, de la Corona cruel que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro Redentor.» Y vi, en una a modo de custodia, las negras espinas, que más bien se me representaron clavos. Recordé una que antes viera en ya no sé cuál templo romano, y la corona despojada de sus espinas que se muestra el Jueves Santo a los fieles en la basílica parisiense, corona que parece un círculo de secos mimbres... Mas surgió en la lejanía de lo pasado, en la tarde lívida y eléctrica del Calvario, la dolorosa y portentosa Figura, con la frente ceñida por la diadema de martirio, sangre y palidez, amargura humana y desconsuelo divino.
—«He aquí—prosiguió la lengua infantil—un pedazo de la caña que los judíos pusieron a Cristo por burla.» Recordé a las iluminadas, a las videntes Emerich y Agreda. Lo que pude ver fueron unas a manera de dos hojas de palma resecas, de amarillento color. Mas se apareció la indestructible canalla burladora e insultadora de las majestades espirituales, y el triste Cristo, vestido de melancolía, soportando la tortura de las risas miserables.
—«Un pedazo de la túnica inconsútil...» no logro verla en el relicario; «de su sepulcro», tampoco; «de los pañales en que estuvo envuelto en el pesebre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. Me hace pensar en los panes encontrados en las ruinas de Pompeya. Y después me entra un pueril deseo... Si pudiera probarse esa supernatural pasta, en la cual, antes que por las palabras de la consagración, estuvo la carne simbólica de la divinidad, simbólica y efectiva para el creyente... ¡Y si probando esos relieves del ágape de los 13 no conseguiría uno la visión de lo inmortal, la potencia de lo infinito, los dones que traen las lenguas de fuego del Santo Espíritu...!
Mas el monago no da paz a la palabra:—«He aquí uno de los treinta dineros porque Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por Judas.»—¿En dónde está? «Dentro de esa caja.»—Lo creo.—¡Judas, desastrado Judas, precioso chivo emisario del cristiano triunfo, pobre cabeza de turco de la Redención! El libro de Petruccelli della Gatina es un curioso libro... Mas, sobre todo, hay que meditar, ¡oh creyentes mis hermanos!, en que Judas cumplió las disposiciones del Padre; y en que sin la obra inconsciente suya no se hubieran cumplido las profecías.
En cuanto a este dinero, uno de los treinta famosos, creo que debería sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral ovetense, y llevarse a París, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a otra parte cualquiera del mundo, a la casa de otro congénere, donde pudiera devengar los racionales intereses.
Ocultos también están los que canta la boca del eclesiástico gnomo «preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen; lienzos humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no fué sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo mortal sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen, completa e intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio están cometiendo los canónigos que conservan y se glorian de poseer algo de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, en San Salvador de Oviedo. Yo opino que habría que sacar a la luz esos cabellos. Y si son, en efecto, ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo en la mano del sayón, tornarse éstos hebras de luz sobrenatural; notar los sabios una descomposición en la máquina del día, y la humanidad sentir entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse las almas en un deseo de amor universal y de fe profunda.
Después, aquí están un lignum-crucis, que no me interesa tanto después del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de Notre-Dame; un pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los apóstoles después de la Resurrección—cosas que no me mostraron—; tierra sobre que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el sepulcro del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la entrada en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los cristianos habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos, obstinados por su antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y con una lanza hirieron el costado derecho, del cual salió sangre y agua.» No veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. Pero credo.
Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el monaguillo: algo de la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!; la suela de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la cartera, ¡sí, la cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que los gauchos guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos y reliquias de todos los que vais a oir: San Juan, San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, Primitivo, Justo, Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano, Mamés, Verísimo, Máximo, Vedulo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio, Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el Exorcista, Eugenio, otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías, Martino, obispo Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda, Justa, Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona, Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa Catalina.
¡Ah, no!
Y El Angelón y su compañero siguen rezando.
Y luego me muestran «una parte de la vara con que Moisés dividió las aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un lápiz, yo, que soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire pondría espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!
Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo, labrada por mano de los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos; y se me dice que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual ayunó Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia, Ananías, Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió el agua en vino; los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y los de San Julián y de San Serrano, y la espaldilla de San Pedro Regalado y otros huesos más...
¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El Angelón y su colega me están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.
Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios... Pero, ¡idos al diablo!
II
A la orilla del mar.
Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos—ante el caprichoso Cantábrico.
Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso de Oviedo, junto a la desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago. En frente se divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano caserío; y más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita nueva y fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está al pie de una pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de conservas marinas y un restaurant que se ve bullicioso y se siente sonoro los domingos. La Arena es lugar de pescadores, y por el lado de la costa tiene una que otra casita pintoresca que alquilan las pocas familias que vienen durante el verano.
Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en construcción que avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro, la costa abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.
Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma, son tranquilas y serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado, y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo cargado de frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos cantaban su melopea, un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda y unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo.
Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras antiguas en desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que aguardan.
Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia chica y triste, en donde los más devotos forasteros retroceden ante el formidable ejército de pulgas, que sin duda el rey de las moscas, o sea Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes. Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones» botella. Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.
El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.
Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas épocas, dramas tremendos. «Por allí—me dice un pescador, señalándome el extremo del rompeolas—, por allí murieron el invierno pasado catorce hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la espuma. Recuerdo ya viejos versos:
Claudicante, viejo, solo.
Viene del Polo el Invierno.
Eolo sopla en su cuerno
Saludando al rey del Polo.
Al son del cuerno de Eolo
Lanza el gran mar su clamor.
Sobre el oceánico hervor
Da el tritón su canto extraño,
Y con su crespo rebaño
Pasa el terrible pastor...
Como todas las gentes de mar, como las de Normandía, como las de Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su patrón celeste, su representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro de los huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los árboles de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión anual, va vestido de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos y músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según se me informa, se verificará pronto, y ya tendré entonces ocasión para describírosla.
No han progresado mucho que digamos estos lugares desde el año de 1794, en que se publicaron las Memorias históricas del principado de Asturias y obispado de Oviedo, por el Dr. D. Carlos González de Posada, canónigo de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor Pedro Cavals. Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena: «Puerto de mar a la boca del río Nalón, dos leguas y media distante de Avilés, y de corta población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 vecinos en la misma boca del Nalón y frente a La Arena, sin más distancia que el río en medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inmediaciones se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las maderas que bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo, Cangas, Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo nombre, corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»
Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza, ha de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios comerciales y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y cuya riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha de cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá aquí veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros automóviles que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes petits-chevaux, y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que dan estas cosas primitivas, se irán con la música y los sueños a otra parte. Aunque pronto no habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La unificación del planeta será absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros mártires se estremecerán en la eternidad, y sobre el globo uniforme prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.
Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño. La clientela no es numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los visitantes que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se ve pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio minúsculo hacia las olas.
A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco graves, el imaginarse a Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado algo más tremendo al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas costas. He advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la guapa y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón más salaz recule épouvanté. Mas no percatan las pudorosas damas que las tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se pegan al cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro en los talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una realidad irónica y flagrante.
He notado que las puestas de sol no son aquí, al menos por estos días, prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he visto libre de nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se muestra sino a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una como cordillera de montañas obscuras, cuyos filetes bruñía de un fuego vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no se veía. Fué más tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se abrió una tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones amontonados. La cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando blandamente aquella aglomeración de masas enormes y obscuras. El mar, que fué primero gris, luego plateado, luego violeta, luego verdoso, luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente en el último momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de las aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos algodones sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la llegada de una vela latina, de una rezagada barca pescadora, con la aparición, siempre enigmáticamente luminosa, del milagro de las estrellas.
III
San Telmo.
Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. El patrón ya sabéis que es San Telmo, el de los fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre estas buenas gentes, la superstición queda. En Dios se puede tener poca fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la mañana, temprano, sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles del pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo misa con sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en una intempestiva Marcha Real cuando el sacerdote alzó.
Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante, que es de D. Edmundo Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista y escritor ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde debía pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro kodak en finas manos.
La procesión fué después del almuerzo. Desde donde yo estaba pude dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor de una fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí, casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de «preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover de barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el «Brillante» en fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada, argentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, manchado de pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y estudioso que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas blancas, con un jardincillo en que hay verdores apacibles, flores e higueras.
Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la procesión. El cielo se ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua está como el cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis hanté: Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el acento con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me asomo me parece veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me antoja ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión en barcas. Entre las pequeñas de los pescadores viene, como un Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que está el santo. Y en el vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las barcas de los pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros, todo es una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España! ¡España!
Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presencio, no es el triunfo marino del Bucentauro; es una fiesta española y asturiana. Son los buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran el día de su patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de función imponente por sus lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de las góndolas señoriales, paños de seda flecados y bordados de oro. La obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas sobre el cristal especular.
Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son dulce de la provincia, de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan, pues es el día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En la procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la embarcación en que pasa el santo, van vecinos notables, autoridades, curas con sus roquetes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedumbre que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de plata. Y hay por todas partes alegría, la alegría de un día de regatas.
¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar, de las terribles rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y cordial con tus gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos ásperos, van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la racha de mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que va el trabajador de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos eléctricos, a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. Dales buen tiempo, mucha pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor, beberán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un diablo rojo que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses y descabezando santos!
IV
San Telmo se porta bien.
... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi barquero. El cual es un marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante, me dijo en medio de la conversación:
—Yo creo haber visto al diablo, señor.
—¿Cómo, Evaristo?
Y me contó una su nocturna aventura, complicada con un caso telepático que complacería al duque de Argyll.
—Melo de la Morena—me dijo—era un pescador como yo. Nos conocíamos desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la sardina.
Una noche—de esto hace poco tiempo—volvía yo por la ría, del lado en que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros... Era como la media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme en la lancha un tanto hacia la ribera, oigo:—«¡Evaristo! ¡Evaristooo!—Y la voz era tan espantosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. No obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre, reconocimos juntos la voz de Melo de la Morena.—Es Melo de la Morena, dije yo.—Es la voz de Melo de la Morena, afirmó mi padre—. Pero, ¿qué andará haciendo a estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del lugar, y de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por la mañana vi a Melo de la Morena:—Melo, ¿qué andabas haciendo anoche tan lejos, por el puente de Muros, como a las doce?—Yo estaba en mi cama, dijo Melo.—Pues mi padre y yo hemos oído tu voz que nos llamaba—. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo—. Y lo terrible del caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a la sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.
—A todo esto, Evaristo—le dije—, no ha aparecido el diablo.
—Es verdad—contestó—. Eso fué otra noche. Y digo sería el «diaño»; aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me narró sus aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una barca para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca, de pie.—Vamos, padre; dijo Evaristo.—Ya voy—respondió la figura blanca—. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de llamar, y la figura seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que aquello era cosa diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la figura. La cual se deshizo como un humo.
—Evaristo—le dije—, indudablemente era el «diaño».
En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer llorando, que corría hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:
—Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres. Allá por la punta del muelle.
Fuimos a ver lo que pasaba.
El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un fuerte viento nordeste que había causado el desastre. A la vista de los que estábamos, en la costa, una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba volcada. Se notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas. ¿Cuántos pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos. Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos hacia las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas, lloraban también. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se escuchaban lamentaciones: «¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una Hécuba. «Aquélla—me dijeron—tiene un hijo en la pesca; aquella otra tiene dos hijos; aquella otra su marido y un hijo.» Así era la desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena era para conmover a un hombre de bronce.
Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir: «¡San Telmo, señor San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de nuevo las lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero. Todos nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?
¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a escuchar entre el grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros y diesen cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a remolque, y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a reconocer a los que venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.» «Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.» Y venían voces de ellos: «¡No hay cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»
Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados los náufragos. Uno de ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San Telmo:
—¡San Telmo, te has portado bien!
V
Un eclipse.
Siendo España un país favorecido por los «eclipses»—desde que se pone el sol en sus dominios...—he aquí que la reciente manifestación solar ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención del mundo. De todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en los asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se aleja el pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen el patriarcal, con su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con sus ojos meditativos y profundos entre la nieve de su senectud; vino Rayet sonriente con su corona de invierno, y otros cuantos más, con los más jóvenes, con los coroneles de la artillería óptica, y con las ayudantas, la inevitable compañía femenina, las cantineras de las batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando anda por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica de la corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con Cahen, que compite con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman Lockyer, dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia llegaron Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann, Dugan, y más alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece astralmente el gran Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más notorios y más eficaces cazadores de secretos celestes, y de Estados Unidos un batallón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, director del californiano observatorio de Lick. La América latina estaba felizmente representada por Méjico, con un excelente cuerpo de astrónomos mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio de Santiago. Confieso que me sorprendió no encontrar un representante argentino, uno de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en Córdoba y en La Plata.
Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno español y las autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones con cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los lugares adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra civilizada, fué saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, y paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su excelente señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de sabia consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron los campamentos astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo científico, el turismo europeo invadió por esos días la Península; y, como sucede en ocasiones semejantes, todo se puso por las barbas del sol y los cuernos de la luna: hoteles, habitaciones en casas particulares, alimentación y cuanto se hubo menester. Lord inglés hubo que pagó dos mil pesetas diarias el departamento para su familia. Y era como en el cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los comestibles y las habitaciones? No, señor; lo que son raros son los lores y los eclipses.» Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Sigüenza, en Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios para sus observaciones, el negocio fué pingüe.
En España fueron grandes el movimiento y la curiosidad. Los trenes, la víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de gente a los lugares estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de todas clases de curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que aquí llaman «botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico precio.
Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey de su tiempo y de su edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué, con su agilidad y bizarría de siempre, en su automóvil, y la Reina y las Infantas también fueron, desde el palacio de Miramar de San Sebastián, en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias del veraneo. Y tras el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre elegante que se desprendió de sus nidos de villegiatura para ir a la ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril. Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia para poner la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid, y para inaugurar una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir en seguida a cazar rebecos a los picos de Europa. Visitó las instalaciones astronómicas nacionales y extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa a hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó de todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar por él la función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el mejor punto para contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el firmamento.
El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuando reapareció la luz del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No lo entiendo.
Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el célebre autor del Escándalo y del Diario de un testigo de la guerra de Africa, presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de 1860, y en las impresiones que de él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio, animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y monótonos zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos al deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora anunciada y esperada hace tiempo por los astrónomos...
... El eclipse había principiado, pero aún no se percibía alteración ninguna en la luz del sol.
A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer las nubes, mientras el mar se ponía cada vez más sombrío.
La luz del sol era blanca como la de la luna, y la sombra de los cuerpos intensamente negra, pero de vagos contornos.
El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana. ¡El sol se hallaba en el mediodía, y, sin embargo, se aproximaba la noche! Nuestros semblantes se iban poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no era semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro. Las nubes tomaban un color gris, como el de la ceniza. El mar continuaba obscureciéndose... ¡En esto (todo lo que yo digo sucedió en menos de un segundo), en esto expira instantáneamente el último fulgor, cambian de aspecto todas las cosas, vense lucir las estrellas cerca del astro agonizante, levántase un espantoso viento, hace frío, corren las nubes, ennegrece el mar, camina la sombra a nuestros pies, parece ser que se desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro; muere el sol... y sustitúyelo un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y grandioso; más bello que todo lo imaginado por el hombre! Un grito de terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen indudablemente que se ha acabado el mundo. Pero al ver que el sol ha sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un «bravo», en una aclamación frenética y entusiasta.»
Don Pedro Antonio de Alarcón explica, pues, el motivo del aplauso; lo explica como poeta y como creyente. Yo supongo más bien semejante explosión de entusiasmo teatral una manifestación vulgar, no del pueblo, sino del público, de la concurrencia semileída, que celebra el hecho como el final de una función pirotécnica, o del ensayo de una nueva lámpara de luz eléctrica...
Ahora, he aquí mis impresiones personales.
... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña terraza, o más bien jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del Cantábrico. La mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o menos, desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba fresco. Las olas formaban gran movimiento. No había, en lo que la vista alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las casas vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros diminutos y grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos, afanosos; saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el mundo miraba el cielo con un vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el mundo, y apunté hacia Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman el primer contacto. En la bola incandescente del sol noté la intrusión de la luna. Varias veces observé, a medida que lo negro iba aumentando sobre la superficie solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué una bolsa de oro, ya una raja de melón, ya una hoz.
La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba sobre el mar y sobre la tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió una noche súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno como temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines» dejaron de merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse a las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último se acurrucaron junto a un muro. Habían salido unas pocas barcas. La obscuridad no me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el comentario de un misterioso coro.
En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá en busca de los nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un verdadero malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios. Yo no había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era el mismo sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos hipnagógicos. Y pensé luego en las ancestrales angustias, en los terrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No habría gran verdad en el espanto de la humanidad antigua, que veía yo reflejado en el inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se destacaba un sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca, un nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de sombra rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía temblar a los hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes, el precursor de las catástrofes.
Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y fatales, brilló por un momento, maravilloso, el diamante de Venus.
A un viejo criado que está cerca de mí, y que se consterna, le preguntó: «¿Qué tiene usted?» «Tengo miedo», me dice. Y esa era la palabra; había miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la tierra conmovida.
Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. Y los andarines anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como llena de súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva mañana, y el día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su tranquilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí este párrafo de la «Crónica de los Reyes Católicos», de Bernáldez, en que habla «del espantoso eclipse que el sol fizo: «...El dicho año de mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve días del mes de julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol un eclipse, el más espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a poco a poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día esclareció como en los días de antes solía estar, y así se puso el sol muy caliginoso». Buen Bernáldez, que no sospechaba el coronium, pero que vivía en una época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien no es hoy de buen gusto nombrar.
ÍNDICE
| Páginas | |
| El ejemplo de Zola | [7] |
| Gorki | [23] |
| El poeta León XIII | [35] |
| Libros viejos a orillas del Sena | [47] |
| Un cisma en Francia | [55] |
| Las tinieblas enemigas | [63] |
| Algunas notas sobre Jean Moreas | [73] |
| A propósito de Mme. de Noailles | [83] |
| Niñas-prodigios | [93] |
| Rostand, o la felicidad | [107] |
| La prensa francesa: | |
| I. Los diarios | [115] |
| II. Las revistas | [125] |
| La evolución del rastacuerismo | [133] |
| El escultor argentino Irurtia | [141] |
| Clésinger y su obra | [151] |
| Miss Isadora Duncan | [159] |
| Rémy de Gourmont | [167] |
| Henri de Groux | [175] |
| Lo que queda de Heredia | [191] |
| Nuevos poetas de España | [201] |
| En Asturias: | |
| I. Desilusión del milagro | [211] |
| II. A la orilla del mar | [220] |
| III. San Telmo | [226] |
| IV. San Telmo se porta bien | [230] |
| V. Un eclipse | [234] |
Acabóse de imprimir este libro en Madrid, en la TIPOGRAFÍA YAGÜES el día x de Mayo del año mcmxviii
Editorial “MUNDO LATINO”
APARTADO 502.—MADRID
===Extracto del Catálogo general===