NUEVOS POETAS DE ESPAÑA

I distinguido compañero Enrique Gómez Carrillo ha venido a verme, en su calidad de redactor de la sección de letras españolas en el Mercure de France, y me ha dicho: «Necesitamos que me conteste esta pregunta: ¿Qué piensa usted sobre el estado actual de la poesía en España?» La pregunta es compleja, porque no hay una poesía actual española, sino muchos poetas españoles. Pocos excelentes, algunos buenos, y los demás...

Lo que sí se advierte en el primer momento es que la manera de pensar y de escribir ha cambiado. La liberación de la intelectualidad es un hecho, y más que la europeización, la universalización del alma española. En mi «España contemporánea» he hablado del movimiento mental que por la influencia del simbolismo francés transformó las letras hispano-americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a España, y dió nueva vida a las letras españolas. Se acabaron el encantamiento, la sujeción a la ley de lo antiguo académico, la vitola, el patrón que antaño uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer versos de determinada manera, a lo Fray Luis de León, a lo Zorrilla, o a lo Campoamor, o a lo Núñez de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la libre manifestación de las ideas, el vuelo poético sin trabas, se impusieron. Y eso trajo una floración nueva y desconocida. Y el nivel de los espíritus subió. Hasta hace pocos años, apartando al gran Zorrilla, los poetas castellanos estaban en segundo o tercer término entre los de Europa. Ahora, entre los poetas jóvenes de España, los hay que pueden parangonarse con los de cualquier Parnaso del mundo. La calidad es ya otra, gracias a la cultura importada, a la puerta abierta en la vieja muralla feudal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas.

Antonio Machado es quizá el más intenso de todos. La música de su verso va en su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es la de un filósofo estóico. Sabe decir sus ensueños en frases hondas. Se interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo sobre la tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo inmenso, neroniano y diogenesco. Tiene la admiración de la aristocracia intelectual. Algunos críticos han visto en él un continuador de la tradición castiza, de la tradición lírica nacional. A mí me parece, al contrario, uno de los más cosmopolitas, uno de los más generales, por lo mismo que lo considero uno de los más humanos.

Su hermano Manuel, que ha permanecido en París durante varios años, es muy diferente. Este es fino, ágil y exquisito. Nutrido de la más flamante savia francesa sus versos parecen escritos en francés, y desde luego puedo asegurar que son pensados en francés. Es en muchas de sus poesías—por ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco—un verleniano de la más legítima procedencia. Con los elementos fonéticos del castellano ha llegado a hacer lo que en francés no han logrado muchos seguidores del prodigioso Fauno. Sus «arietas» son perfectas. En cuanto a sus resurrecciones de viejos metros y sus tentativas de versolibrismo, indican un gran virtuoso y un artista de la palabra.

Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta asturiano, pero que es castellano, pero que es cosmopolita; joven, luego rico en primavera, luego sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador de la libertad, luego soñador. D. Ramón Pérez de Ayala tiene un nombre que trasciende a líricas vejeces, a pergaminos venerandos, a flores secas halladas en un breviario de arcipreste enamorado de las musas. D. Ramón Pérez de Ayala es un poeta absolutamente del siglo XX, con igual educación estética que nuestros mejores poetas hispano-americanos actuales, y con una hermosa independencia de espíritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la manera más sencillamente posible. Mas hay que advertir que la sencillez es en este caso lo más dificultoso. Ahora todos queremos ser sencillos... Todos nos comemos nuestro cordero al asador después que lo hemos tenido encintado en el hameau de Versalles. El Sr. Pérez de Ayala se expresa a veces con reminiscencias clásicas, arando en el antiguo y fecundo campo con los apacibles bueyes de Berceo y de Juan Ruiz; y su arado, de modernísima fábrica, hiere la tierra con igual virtud que los venerables y rudos hierros viejos. He leído «La paz del sendero», manifestación primigenia de esta fragante alma. Tiene el autor demasiado talento para que sonríamos ante la premura de un dolor fatal apenas entrevisto. Desde esos primaverales años clama una voz de hondo y meditabundo poeta, animado por el infuso saber, amargo don del destino.

Con sayal de amarguras, de la vida romero,
Topé tras luenga andanza con la paz del sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba.
Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba,
Morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
Vertía en el crepúsculo olores celestiales.
Veíanse blancos brotes de silvestres rosales,
Y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila iba besando el son
Al canto del jilguero, mi pobre corazón
Sintió como una lluvia buena de la emoción;
Entonces a mi vera vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
Y este ganado era por seis vacas formado;
Lucidas todas ellas, de pelo colorado,
Y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón:—Dios guarde al señor forastero.
—Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero
Rapaz.—Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero.
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía.
Y quedó dulcemente otro algo que nacía.
En la paz del sendero se anegó el alma mía.
Y de emoción no osé llorar. Atardecía.

Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta fragante alma en su más amable estación. Es una primavera sentimental color de otoño. Hay después sensaciones rurales y familiares que tan solamente pueden compararse a las de Francis Jammes. Son de una modernidad intensa, y en su manera clara y en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que complica en nuestro espíritu el acendrado cultivo mental. ¡Cuán extraordinario es encontrar en las almas nuevas de todos los puntos del mundo la alegría! Pérez de Ayala no es una excepción. De la tristeza principesca e hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la casi rústica de «La paz del sendero», no hay gran diferencia. Es una diferencia de decoración, de ambiente, de música. El sutil veneno es el mismo. Hay amor, naturalmente; amor de verdad, a la antigua, amor de clair-de-lune y de adoración romántica. Lo sexual no tiene gran importancia cuando la primera ilusión llega con sus manos llenas de jazmines. Cuando el poeta de los «Jardines lejanos» ve que sus princesas de ilusión tienen blancos y rosados senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha hablado al oído.

He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de Ayala, de abolengo literario que obliga, es en la generación a que pertenece de los poetas que piensan. Las nuevas influencias que han transformado la poesía castellana han traído con la renovación de la forma un grande amor a las ideas. Un escritor de gran valer y de extrañas violencias, el Sr. Unamuno, se enreda en eso de las ideas, desdeña las ideas, sin ver que ellas son nuestra única manifestación, el único fruto que da constancia de la existencia del árbol humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía, y el sabio no halló sino una gran verdad con lo de «pienso, luego soy». Pensemos, pues, y que el sentir no se excluya, pues el sentimiento mismo se produce en nuestra máquina cerebral. El palacio de Psique está entre las paredes del cráneo, allí donde Cajal y compañeros van encontrando desconocido en la mina misma de los pensamientos.

Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos, prendados de nobleza, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces «con pensamientos nuevos hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus «sonetos» se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.

Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jiménez, he dicho en otra ocasión lo que pensaba. Hablaba yo de su don musical. Decía de él...: «lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha aprendido a ser él mismo—être soi même—, y dice su alma en versos sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así, en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente,

Convalescente di squisitti mali...

pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida».

Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de todas las formas, seguidor de todas las maneras, hasta que se encontró él mismo, si es que se ha encontrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su mundo interior de modo que, ciertamente, seduce y encanta. También es cierto que ha sufrido mucho, y que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro Maestro el Dolor.

En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado desde hace algún tiempo y ha producido ya los mejores frutos. No puede negarse que hoy impera una influencia extranjera, cosmopolita, pero principalmente francesa e italiana. Mejor dicho, d’annunziana. (Villaespesa, Pujol—un joven poeta que comienza con los mejores bríos, muy sentimental, muy musical, muy elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que ha expresado sus quereres y soñares con modos refinados, dando a veces un tono menor que traduce sus prematuras melancolías contagiosamente.)

No dejan de encontrarse—sobre todo, en los sujetos a las ordenanzas académicas—gestos pasados, libreas mentales, poesías «a la manera de...», o a l’instar, como se diría en París. Mas los que imperan son los otros.

Hay, por ejemplo, uno de los más nuevos, Andrés González Blanco, que se ha impuesto desde los comienzos. Sus versos revelan una gran cultura, una gran mentalidad, y, como antes se decía, una gran «inspiración». En estas líneas olvido, seguramente, a otros buenos poetas, gentiles adoradores de las musas. Mas hay que ver que aquí indico únicamente mis preferencias.