LO QUE QUEDA DE HEREDIA

OSÉ María de Heredia está ya enterrado en el cementerio de Rouen, adonde fué a hacer compañía a su mujer. Tras sus despojos iban tres poetas, sus tres yernos: Henry de Regnier, Maurice Maindron y Pierre Louys.

Se presentan ya muchos candidatos al puesto de bibliotecario del Arsenal. Se habló un poco de la desaparición del célebre artista del soneto. Se escribieron unos cuantos artículos. Después, ha venido el silencio sobre el que partió en lo gris del otoño. No obstante, queda de él mucho, en poco. Un libro. Ese libro vivirá. Mil hay que dejan cien volúmenes para el olvido y para los ratones.

Fué, como es sabido, cubano de nacimiento, pero esto es un accidente que apenas advertís en tal reminiscencia de uno o dos sonetos. El fué poeta francés, completamente francés, a pesar de sus pergaminos de «conquistador», a pesar del «ancêtre», del fundador de ciudades. Nació en Cuba, como su maestro Leconte de Lisle nació en la isla Borbón, o como Julio Laforgue nació en Montevideo. Mas su gloria es absolutamente francesa, porque su alma se nutrió en Francia, sin conservar casi nada del perfume de las islas natales. Vagamente ese perfume le llega una vez, a la orilla del mar... No es el mismo caso el de otro José María que hoy comienza a engarzar en hermosos collares perlas de Francia: José María Cantilo. Si llega el triunfo futuro, será gloria argentina, a pesar de la lengua de adopción en que exprime sus líricos pensares.

Hay la idea común de que los parnasianos fueron simples artesanos del verso, fabricantes de piezas de orfebrería. «Nosotros, que cincelamos los versos como copas», decía uno de los más grandes entre ellos. El verbo humano y el ritmo divino tienen tal virtud, que no le es posible al artífice más impasible labrar una copa que no esté siempre llena de algo. La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el vino de poesía diluído un sentimiento, un pensamiento. Y en las urnas de José María de Heredia se conserva un licor precioso que ganará calidades envejeciendo. Ciertamente fué un orfebre como todos los del Parnaso. Tenía el cuidado de la rima, la preocupación de la palabra y, naturalmente, el orgullo del pensamiento. No hay uno solo de los «impasibles» que no tenga en su estrofa, en la apariencia, fría, un estremecimiento emocional, pues emoción hay hasta en las más profundas especulaciones mentales.

Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del mármol y del metal, materiales de su labor. La dedicatoria a su madre en «Les Trophées» es una lápida romana. La mayor parte de sus sonetos son casi epigráficos, dignos de una estela. Heredia no escribió una sola línea que no fuese monumental. De allí esa augusta disposición de los conceptos, esa noble euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de sus pequeños templos de catorce columnas.

Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único. ¿Se habría preferido que amontonase en las librerías volúmenes sobre volúmenes, a la manera de tanto fecundo multíparo de la literatura cuya prole, sin dolor creada, servirá tan sólo por su inanidad y número para hacer más pesada y más invisible la losa del más justificado de los olvidos?

A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar de la cita que en una ocasión me dio el maestro por medio del poeta Angel de Estrada, nunca fuí a verle, ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de que era administrador, después de Nodier, de Alexandre Duval, del bibliófilo Jacob, de Loredan Larchey, de Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas sé que todos los que a él se acercaron quedaron encantados de sus afabilidades señoriles, de su fondo hidalgo, de su generosidad espiritual. No creo que le agradase mucho hablar el español, el cual, según tengo entendido, pronunciaba con acento francés. Estaba, por otra parte, un poco sordo; así es que la entrevista que tuvo con Núñez de Arce, hace años, debe haber sido curiosa, dado que el poeta español hablaba muy poco y muy mal el francés.

Heredia era amado de la juventud, de esa juventud acusada tantas veces de iconoclasticismo y de irrespeto para con los maestros. A esta acusación contesta con mucha justicia un claro y valiente espíritu, André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, y demasiado pronto numerosos, Verlaine, Mallarmé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad en que se os abandonaba?, y vos, magnánimo superviviente de una época valiente, León Dierx, ¿quién os rodea de fervor y de afección mas que nosotros? ¿Quiénes, pues, José María de Heredia, desde los primeros años literarios venían con un orgullo tímido a consultaros, a entregaros sus esperanzas y a confiaros sus dudas?» Y es que el carácter acogedor y la noble confianza que inspiraba el perfecto lírico daban a los principiantes un amable calor de entusiasmo, un seguro estímulo, un deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era el alma misma de ellos la que sentía la espuela de oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José María de Heredia, ningún aîné supo acoger, lleno de una bondad igual, a los principiantes, a quienes prodigaba con simpatía sus consejos fraternales. ¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes su casa fué abierta, ha podido perder el recuerdo de los primeros minutos de su primera visita? Cuando desfalleciendo casi de temor y de respetuosa incertidumbre el recién llegado era introducido a un vasto y claro gabinete cuadrado, sonoro de voces vibrantes y alegres, se habría sentido presa de un vértigo extraño y temeroso, si el Poeta, suspendiendo con un ademán alguna disertación tumultuosa, no acorriese casi de un salto a él, a darle la bienvenida, con abundancia y precisión que daban al espíritu ansioso y encantado a la vez el tiempo de reponerse, de admirar, y de comprender a un tiempo, y amar a ese hombre, que se revelaba completamente en su movimiento de cordialidad franca y de calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproximaron. Mi proverbial condición ursina no me permitió poder apreciar personalmente la gentileza hospitalaria del hidalgo.

La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya sabéis que sus tres hijas se casaron con escritores. Hasta la hora actual, parece que son felices, y ningún rumor de divorcio se ha oído. Una de las jóvenes, la casada con Henry de Regnier, es mujer de gran talento, y se ha hecho notable por sus poesías, publicadas casi todas en la Revue de Deux Mondes, y, sobre todo, por las novelas que ha firmado con el pseudónimo de Gerard d’Houville, nombre de un abuelo maternal de brava y pintoresca vida. Su salón era uno de los pocos que quedan exclusivamente literarios, y allí se reunía mucha parte de la élite de la mentalidad francesa contemporánea.

En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único artículo que conozco en que se decrete y anuncie la desaparición en el olvido de la obra herediana. «Les Trophées» de Heredia! Cuando hoy hay quien exhume y comente los seccionales del lejano y encriptado Du Bartas. Se ignorará en lo porvenir a Heredia si se borra por completo la historia de la poesía francesa en el siglo XIX, en la cual él es ciertamente un «antillano»; tiene su isla.

Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y por el material aere perennius, esa «Leyenda de los siglos» en miniatura, ese museo di camera, esa labor cuyo defecto sólo es la casi completa perfección. Tal la de su maestro Leconte de Lisle, y la de su antecesor Chenier. Poesía pura y lengua pura. Y tanta confianza había en el alma del poeta en lo futuro, que el primer soneto de la colección está dedicado al Olvido:

Le temple est en ruine au haut du promontoire...
. . . . . . . . . .
Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux
Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines,
La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.

Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la historia, supo concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes, los dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la gran figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago de Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a Neso, cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de Epiro»; la centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»; la admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y Medea aparecen como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto dedicado a ese pintor. En el «Termodonte» véis pasar a los potros blancos, rojos de la sangre de las Vírgenes. En «Artemis», la diosa se presenta como llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego pasará, cazadora, saltando entre sus molosos; y la flauta pánica resonará en una ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador de ninfas desnudas». Su risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso cincelado, en cuyos flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador, triunfa a las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los funerales de Adonis; Circe siente los perros sagrados que la siguen aullando. En un soneto dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que habría podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, «Marsyas», hace recordar el Marsyas de mármol del Louvre.

Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue sobre la mar su grande sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le ciel ebloui de ses ailes de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlacés font un tiède berceau».

En los epigramas y bucólicas es un admirable evocador de la vida antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones votivas; clamores de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten; esclavos, sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce; un cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o bien estas palabras que hoy son para dichas por sus propios labios fríos:

Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse,
Et maintenant habite, hélas! A pour jamais,
L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.

En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de Virgilio. Conoceréis al discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en labios de un pastor. El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida es breve, como cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las sombras». He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:

Grave-les dans la frise et dans les bas-relief
Profondement, de peur que l’avenir te frustre...

Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a un gran pájaro de oro que espía a lo lejos su presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre soneto en que Antonio ve en los ojos puntuados de oro de Cleopatra:

Toute une mer immense ou fuyaient des galères.

Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos epigráficos suceden la Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en su terreno de labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que decora las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En «l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió Verlaine, y en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués de Bradomín.

Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, Petrarca y Ronsard; y es un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que contribuyen a la gloria fraternal de Claudis Popelin.

En los conquistadores, puede decirse que se recrea en la gloria del Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con «une Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los Trópicos, se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo. Es allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen cubano del poeta.

Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia una traducción de Bernal Díaz del Castillo, un «Romancero», inferior a lo que en este sentido se encuentra en la «Leyenda de los Siglos», y «Les Conquérants de l’Or», fragmento épico que poca cosa puede agregar a su gloria.

Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves, las estatuetas, los templetes, las logias que construyó con amor y pasión de artista. Y vivirán, sobre todo, porque puso en ellos su vida y su alma, su constante esfuerzo y su adoración a la Belleza pura.

Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la sociedad ni cambiar el mundo. No se dedicó a la pistonuda carrera de apóstol. Era un cuerdo.