HORACIANAS
La fidelidad une al traductor inglés (Gladstone) con el argentino. Así se explica que en las traducciones de Gladstone, como en las de Mitre, haya sus inversiones y construcciones más o menos obscuras. Muchos han querido ser el espejo fiel del poeta latino. Mas ¿cómo lograr, ni el uno con su violento y elíptico inglés, ni el otro, aun con las ventajas del español, dado los inconvenientes que hay para que exista un buen consorcio entre las musas y los hombres que manejan los asuntos del Estado, y, como la política, es muy poco compatible con las músicas de la lira?
Los Gobiernos, sobre todo los Gobiernos democráticos, han ignorado siempre—¡cuándo no han sido fatales para ellos!—a los grandes artistas. Algunos célebres conquistadores guerreros y reyes han tenido a bien recrearse con el cultivo de las artes y de las letras. Lino enseña a Heracles a tocar la lira; Alejandro, lee su Homero; Napoleón, no desdeña rimas alejandrinas; Enrique IV, invoca el amor en versos; Carlos IX, versifica; Un ingenio de esta corte, hace comedias. El genial Carnot, que hizo canciones, despide líricamente a Felicidad Glairez, que parte para París de Magdeburgo:
Félicité nous est ravie;
Mon cœur en est déconcerté;
Les Ris, les Grâces l'ont suivie;
Pour nous plus de félicité.
Que le tendre amour l'accompagne,
O Dieu des cœurs, par charité,
Ramène-nous notre compagne
Rends-nous notre Félicité.
En nuestros días, reyes y hombres ilustres de la política no han tenido a mal frecuentar un poco la lira. León XIII, Don Pedro II del Brasil. En las Cortes europeas hay más de una bas-bleu conocida. La misma reina Victoria ha escrito su librito de recuerdos. El rey Humberto es un regular dantista, según se asegura. El rey de Grecia, versifica; el emperador de Alemania acaba de dar a luz su Canto de Hegir...
En cuanto a los hombres de Estado, Gambetta, hacía versos; Bismarck, no echa en olvido sus clásicos. En España, Cánovas tiene alto puesto entre los académicos poetas.
En Inglaterra es más común encontrar al político-literato. En todo inglés de cierta cultura está el scholar que duerme... Un periódico inglés pregunta, con motivo de la reciente publicación del Horacio, de Gladstone:
«¿Gladstone es el último de los hombres de Estado que combinan el estudio de los clásicos con la política? Las citas latinas son ahora raras en las Cámaras y en los discursos electorales. El griego ha sido casi excluido. Desde luego, la poesía en general hace mal menage con la política moderna. Los versos que se citan son sacados, probablemente, de ópera cómica... Felizmente, varios de nuestros hombres de Estado más en boga se distinguen por otras cualidades que las del político.»
No son muchos, por cierto, los casos que pueden citarse, en nuestras Repúblicas americanas, de hombres públicos que tengan amor a las letras y las cultiven. Sin referirnos, por supuesto, a los diletantismos gramaticales de Guzmán Blanco, apenas podemos recordar uno que otro nombre. Entre los primeros, el del actual jefe de la República de Colombia, Dr. Miguel Antonio Caro, a quien se debe, como es sabido, la mejor traducción de Virgilio en lengua castellana; el del inolvidable e ilustre doctor Rafael Núñez, que aun en los más agitados períodos de su vida de repúblico no pudo olvidar el cultivo de las letras; el de otro presidente, el del Ecuador, Dr. Luis Cordero, que es poeta filólogo y americanista consumado y que ya en el ejercicio del alto cargo que hoy desempeña, envió al Congreso de Huelva, en 1892, la contribución de un valiosísimo Diccionario quichua, y del general Bartolomé Mitre, que después de una larga vida de brega y triunfos civiles y militares, ofrece ejemplos de constancia, laboriosidad y vigor intelectual incomparables, obras como su versión completa del Dante, sus estudios lingüísticos y los frutos menores de sus descansos y vagares.
Esos ejemplos son honra para el continente y deben parecer cosas extrañas para el europeo—con justicia prevenido desde antaño contra nuestro modo de ser moral y nuestra cultura—que mira realizar tamañas empresas y brillar intelectualmente a varones semejantes en el país de los sargentones y de los rastas—virgen del mundo, ¡América inocente!
Y noble y trascendental lección da el traductor americano de la Divina Comedia a la generación que hoy se levanta en su patria, al ruido de tanto tráfico comercial y tanta agitación política y tanto y tan funesto olvido del espíritu. Bien habló a ese respecto en estas columnas el Dr. Maguasa.
Todos los intelectuales se quejan del actual decaimiento.
La mayor satisfacción para un hombre de letras—por no decir la única—es que sus producciones sean discutidas, criticadas y leídas.
No ha mucho hemos visto a nuestro general Mitre, al pie de una enorme, formidable montaña, a cuya cima se asciende por escalones de granito de hierro, de oro, de diamante, de desconocidos metales astrales: la montaña dantesca. Al poner el pie en el primer escalón: Nel mezzo del Cammin... alzó la vista a la altura y llenóle de temor la emprendida ascensión; más lejos, vió llameante el infierno en donde pensó quedarse como traductor si le alcanzaba la condenación que acompaña a los traductores infieles: «traduttore traditore»; más allá los prodigios del purgatorio; en la cumbre la gloria divina, la inmortal aurora del Paraíso. Y poseido de la fe en el arte y en su poeta, siguió hacia arriba, escalón por escalón, terceto por terceto, hasta poder escribir ya en la cima después de esfuerzos admirables, el verso ansiado de la coronación de la obra. El amor que al sol mueve y las estrellas. Después de todo, ¿quién sabe si refresca y halaga más a esa frente marcada por la guerra, el fresco y verde laurel de los poetas que las coronas ganadas en las luchas tribunicias, o las palmas de las batallas?