LA FIESTA DE FRANCIA
Hoy es el día en que, bajo todos los cielos, en todos los climas, erige, resplandecientes al aire, sus palmas de bronce, la Marsellesa. Todo el mundo parece que tomase parte en la alegría de la Francia, cual excitados los espíritus por los zumos de un vago Champaña de victoria. Las banderas, los tambores, las fanfarrias, los himnos franceses, nos hacen alzar la cabeza, correr más viva la sangre, marchar, pensar en cosas heroicas y bellas. ¿Cuál es el secreto de que Francia sea amada de todos los corazones, saludada por todas las almas? Preguntad al pastor decisivo por qué da la manzana a una diosa señalada. Entre todas las princesas de la tierra, ¡ave, regina Galia!, tú eres la más hermosa. El áureo París derrama sobre el orbe el antiguo reflejo que brotaba de la Atena marmórea. Ante esa capital mágica se extiende un inmenso océano de ensueños. Allá vamos los peregrinos del amor y del arte; allá van todos los adoradores de la vida, a cortar las rosas que curan con su perfume las ponzoñas de las víboras hiperbóreas, la somnolencia de filosofía brumosas. El idioma de Francia es el nuevo latín de los sacerdocios ideales y selectos, y en él resuenan armoniosamente las salutaciones a la inmortal Esperanza y al Ideal eterno.
Celto-germana, burgonda o normanda, toda la sangre de Francia se vierte en una sola vena, toda la savia francesa da alimento y existencia a una sola selva de fuerza y de gracia, en donde una Bella—despierta—del bosque, en su maravilloso palacio, ofrece a todo caballero errante de la poesía o de la gloria, el vino prodigioso de sus inexhaustas ánforas. ¡Selva de enorme y dulce encanto!, en ella encuentran los ojos absortos, ya a Carlo Magno sobre su pino, ya a Víctor Hugo bajo su laurel.
Son de «biniou», canto de marino de Bretaña, risueña farándula de Provenza, danzas provinciales, sus ecos nos llegan con los de la incomparable voz de París, dominándolo todo en clangor de gallo, o una cristalina diana de alondra. Y el arraigarse nuestra simpatía, no es tan sólo por ser Galia toda bella de su magnífica persona, sino también por la fragancia de su nobleza, por la virtud interior que se manifiesta en sublimes ímpetus o en brazos y alas abiertos: Francia, es hermosa por dentro; Francia, es buena; Francia, es generosa.
Me habláis de horribles y sublimes locuras, de sangre; el populacho, la caramañola, el cuello blanco de la reina... (Esas son las estaciones de las naciones.) Floreal viene precedido de tantas tempestades... Mas ved cómo aún de esa roja floración, cada libre pueblo de la tierra ha ido a hacer su ramo, y en sus días de fiesta, se adorna con él el pecho. Por otra parte, el himno de Rouget de L'Isle, ha vibrado ya en el Kremlin y en el Vaticano. A Europa toda, a Oriente, al continente nuestro, el fuego de la vasta hoguera de la Revolución ha llevado una parte de su resplandor. Parece que algo del alma de todas las naciones hubiese salido libre de la Bastilla en el día siguiente de su asalto.
Mas la amable tirana de Francia se muestra de modo principal en su pensamiento, que levanta sobre la humanidad, gemado como un cetro. Bajo la basílica de oro, un pontifice invisible hay que consagra y pone en evidencia toda idea que llega de cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Allá está la rosa de los cuatro vientos del espíritu. Su lengua es la verdadera lengua católica, en el verdadero sentido, la lengua del Universo. Hoy podemos decir lo que en su siglo decía el maestro del Dante: La parleure en est plus delitable et plus commune à toutes gens. D'Annunzio confirma a Brunetto Latini.
El mongol, el abisinio, el persa, el descendiente del inca, el cacique, no hay quien, por bárbaro o ignorado, no alimente el gran deseo de contemplar la ciudad soñada. París es el paraíso de la vida, Francia es el país de la Primavera y del Gozo para todos los humanos. Yo creo sentir lo que todos. ¿Es el Sol? ¿Es el aire? ¿Son las flores? ¿Los monumentos? ¿Son las mujeres? ¿Es la historia? En muchas partes hay historia que revive en memorable fastos; bello Sol, aire puro, flores raras, palacios soberbios, monumentos magníficos, mujeres llenas de gracia o beldad. Mas he ahí el sol de París, que nos llena de átomos de oro como un licor impalpable, cuerpo y espíritu; he ahí el aire de París, que nos satura de una maravillosa fragancia, de una inacabable esencia de juventud y de entusiasmo, de manera que nos sentimos como dueños de una imperiosa potencia de crear y de sentir; he ahí las flores de París, como más femeninas que las flores de ninguna otra parte, pues diría que los mismos lirios parisienses saben ya los secretos sonrosados de las rosas; he ahí los monumentos de París, las joyas de París—tu Gioconda, tu Victoria de Samotracia—; he ahí la mujer de París: su nombre es Poliginia; comprende en sí a todas las mujeres, y es ella sola, es la mujer; buena burguesa o tipo de Cheret, o perversa de Rops, hay en ella el innato hechizo que fascinaría de nuevo a los hijos de los ángeles. Y, sobre todo, eso pasa como un aire de luz el alma de la Francia, el heroísmo, el soplo artístico, el vuelo aquilino de los triunfos. En aquel castillo está, rodeada de palmas y de lirios, Clemencia Isaura. Sobre aquel fondo de púrpura, se destaca imperial el perfil de Bonaparte. Tras la estación triste, un trueno de trompetas anuncia que la Francia siempre está en pie, coronada de yambos o ceñida de odas. Tener la flauta de Verlaine no le impide tener los clarines que portan las victorias del Arco del Triunfo o las bocinas del Año Terrible. Tras el grupo de sabios, sobre el hombro de Pasteur, alza la testa de toro el Balzac de Rodin. Pueden agitar el fondo de la fuente patria las maculadas manos de la política, los dedos en garra de la Administración prostituida; el alma francesa purifica el daño—¡ah, en veces por el fuego y por la sangre!—y se alza, intacto, el antiguo oriflama, sin rasgadura ni lodo. El Arte y la Ciencia tienen allí sus torres de asilo, cuando la tormenta pasa. La Tierra necesita de Francia. Por más que claméis, Naciones hipócritas, allá está la sal y la miel. Sal de Francia, ¡tú desafías todas las corrupciones; tú estarás siempre en todo bautismo cordial y mental!
Francia es hermosa por dentro. Francia es generosa. Ha tiempo, tanto tiempo que cortó la roca Durandal y torció el alifante el soplo heroico... Ha tanto tiempo que desde sus sombríos habitáculos escribía el segundo Felipe de España: He ordenado al duque de Parma que socorra a mi ciudad de París... Apartado casi de la vida de las Naciones políticas del mundo, pobre, gastado, el hidalgo vecino es provocado, desarmado, aplastado por un nuevo enemigo, más fuerte, más joven, más rico.
Francia entonces estará de parte de la hidalguía caída, de la nobleza quebrantada, del antiguo y contrario paladín en desventura. ¡Bravos franceses! De Guiche pregunta a Cyrano de Bergerac:
... Avez vous lu Don Quichot?
Y Cyrano contesta:
Je l'ai lu.
Et me découvre au nom de cet hurluberlu.
Francia, de tal manera se inclina ante la desgracia del Caballero Andante de las Naciones, porque sabe que, como dice el poeta, si las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la derrota, otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.
Los señores sabios nos demuestran que no existen razas; que la raza latina, más que ninguna otra, no existe. Muy bien. Yo soy de la raza en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy del país en donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas Sceas, a celebrar la hermosura de Helena con una voz «lilial», como dice Homero; yo soy de los países pindáricos en donde hay vino viejo y cantos nuevos; yo soy de Grecia, de Italia, de Francia, de España. Y cuando España está abatida y veo apagado su esplendor antiguo, rotas sus armas, secas las mamas que alimentaron el mundo en que he nacido, vacilante la corona que ilustraron cien capitanes y celebraron cien poetas, estoy triste, muy triste; cuando Grecia cae, padezco; y cuando Italia sufre, sufro; y cuando Francia, la reina Francia, está de canto con ella. ¿Sabéis qué es una fiesta de Francia? Una Gran Patria de opulentos senos, como la Libertad, de Barbier, se yergue enorme en su bronce, en el Imperio de los vientos; y a su alrededor la alegría como la Primavera, de Boticelli, ceñida de guirnaldas, seguida de cantos y de risas; el orgullo, armado de una espada de oro; el amor con su compañía de horas y de gracias; la Marsellesa, como en el bajo relieve del Arco; la canción jovial, rítmica y desnuda cual la encarnada en mármol Charpentier. Es la apertura, la súbita eclosión de las rosas del recuerdo, la visión de las floralias del porvenir. La Galia pasada revive, el viejo espíritu franco se anuncia con sus pájaros matutinos. Y el grito marcial Allons enfants... no asusta a los cisnes ilustres que en los lagos de Versalles algo buscan, haciendo misteriosos signos en el fondo de las arboledas con el blanco énfasis de sus cuellos.
A clarín sonante y a tambor batiente fueron anoche los franceses de Buenos Aires, a saludar a su ministro, a sus diarios, a su club. Pues aquí en la República Argentina hay también un pedazo de Francia en donde amando el terruño hospitalario se guarda el culto por la gran patria que está al otro lado del mar. Entre la procesión de antorchas y estandartes iba la bandera de los tres colores. Cada corazón saludaba el símbolo. Trabajadores, comerciantes, periodistas, agricultores, obreros: los colonos franceses son queridos aquí; son planta buena que arraiga bien. Ellos no dejan de ser franceses; sus hijos son argentinísimos. Con todos ellos hemos aplaudido en nuestro suelo a sus estrellas de arte, a sus hombres de ciencia. Nuestras encantadoras mujeres se visten en francés y nuestras mentes jóvenes más que a otra luz mira lo que nos llega al amor de Francia.
Celebran su fiesta los colonos como en casa propia, y no de otro modo podrían ser en donde riegan sus himnos por las calles adornadas; dicen a voz ardiente sus discursos patrióticos; congregan en la plaza pública sus huerfanitos que se sienten como llenos de padres en este día de sonrisas; van a visitar a sus pobres enfermos en el hospital donde hoy triunfan violetas, vinos y colores; juegan a la pelota, cual recordando el juramento histórico; distribuyen socorros a los necesitados; pedalean y patinan bebiendo un aire de gozo; van a saludar quand même! la estatua de Alsacia Lorena, y en los teatros, con lujo y alegría, se canta, se recita, se aplaude, se ríe, y en los salones, se baila, se halaga, se siente, se ama ¡todo por amor a la Francia! Lo propio el rico propietario o el clubman en su círculo, que el obrero en su asociación o en su café preferido. Hay un placer contagioso que se derrama en ondas atrayentes. ¡En la comida, en la cena familiar, poned atención cómo el buen abuelo canta su couplet, de Beranger todavía!, y todos contestan con el «refrán».
Allá en París, allá en Francia entera, hierve el inmenso entusiasmo. El presidente presencia la gran revista; todo el día es un bouquet de sol y música. Pero en París, como en Buenos Aires, como en todos lugares que haya franceses, esta noche, esta madrugada, al poner la cabeza en el descanso, los niños sentirán que ha pasado la noche buena de la patria; las damas soñarán con amores que llevan escarapela tricolor; los ancianos se sentirán satisfechos de ver cómo no muere el patriotismo a pesar de tantas saetas modernas que le van directamente al pecho; todos soñarán por la futura y progresiva creciente de la grandeza maternal.
CARLOS EZETA EN MONTE-CARLO
Epílogo de la «Historia Negra»
El autor de estas líneas, a raíz de la traición que elevara a los hermanos Ezetas al poder, en la República del Salvador, publicó en Guatemala un folleto con el título de Historia Negra; contiene la narración exacta de los sucesos en que fué víctima lamentada el presidente Menéndez.
Cinco años después amplió aquellas apuntaciones en un artículo que apareció en las columnas de este diario, a propósito de la caída de los Ezetas.
Los lectores de La Nación están, pues, al corriente de los acontecimientos en que tanto se ha hecho sonar la tan famosa tiranía bicéfala de aquel pequeño país centroamericano.
Ayer el cable nos ha comunicado el escandaloso y ridículo epílogo de la Historia Negra, haciendo saber al mundo cómo los millones acaparados por «el hombre del 22 de junio» se han evaporado en la ruleta de Monte-Carlo.
En cinco años de poder, Carlos y Antonio Ezeta, que antes de la traición no tenían sino sus sueldos de militares, se convirtieron en millonarios: casa en Madrid, estancias en el Salvador, rentas, depósitos en el Banco de Londres.
Recientemente la asamblea salvadoreña ha ordenado la instrucción del largo proceso.
Cuando huyeron a los Estados Unidos los dos hermanos, les fueron embargadas por el Gobierno de Gutiérrez las propiedades que tenían en el país.
Siguiendo las huellas de todos los ex presidentes de la Pepa, Carlos se dirigió a París a gozar de su dinero, en tanto que Antonio estaba preso en San Francisco de California, a pedido del Gobierno salvadoreño que negociaba su extradición.
Esta no se pudo conseguir, y Antonio, ya libre, se dirigió a Méjico, en donde creía encontrar apoyo en Porfirio Díaz.
Parece que cuando estuvo a punto de estallar la guerra entre Méjico y Guatemala, Antonio Ezeta ofreció sus servicios a la primera nación, con esperanzas de poder después recibir auxilio para revolucionar el Salvador.
Uno y otro hermano hicieron más de una vez que el cable comunicase de ellos poco honrosas noticias; ya era Carlos humillado y afrentado en un teatro de París por un colombiano a quien persiguiera durante su tiranía; ya era Antonio haciendo el Don Juan Tenorio con doncellas de labor en el país del tío Samuel. Mucho tuvieron que hacer los lápices de los caricaturistas.
Esparcidos por todos lugares, después de la débâcle, los exseides de los Ezetas, tenían encargo de comprar a la Prensa extranjera poco escrupulosa. La diatriba y el odio se multiplicaron contra los antiguos amigos de Menéndez y los vencedores de la revolución encabezada por Gutiérrez. El autor de la Historia Negra no fué de los menos atacados, y hasta la superchería de una falsa muerte fué propalada por diario como La Estrella de Panamá.
Mientras Antonio Ezeta pretendía inútilmente que Porfirio Díaz le ayudase a recuperar el Gobierno perdido, Carlos se divertía.
Sin la distinción y la habilidad de un rasta de alto vuelo, de un ilustre americano, no podía aspirar a casar a sus hijas con un Morny, ni a figurar en el «tout Paris» en manera alguna. Dedicóse a gastar sus millones, y la vida parisiense le fué fácil para ese objeto.
Mas el nabab iba quedándose cada día con menos rentas, y buscó refugio en Monte-Carlo. Monte-Carlo le ha llevado a la ruina; ruina pregonada por la Prensa del mundo.
Es un hermoso capítulo de Los presidentes en el destierro—novela que espera un Daudet corregida por Juvenal.
Es en verdad digna de estudio la vida política de esos países centroamericanos. South America no cuenta con ejemplares tan admirables de perfecta tiranía. Luego ¿no es asombroso que de republiquitas cuyos habitantes son los de un barrio de Buenos Aires, puedan extraer esos tiranuelos dineros con que ufanarse varias veces millonarios?
Un día, Emilio Castelar, ofrecía en su casa, de Madrid, un almuerzo al representante de una República centroamericana, antiguo colaborador de La Nación. Como éste viese en una panoplia, entre varios retratos de celebridades universales, uno de Carlos Ezeta, dijo, poco más o menos, al célebre tribuno:
—Voy, señor, a buscar en Madrid un retrato de San Martín o de Bolívar, de Bello o de Andrade, para que esté quien debe estar en el lugar que ocupa en esa panoplia el presidente del Salvador. ¿Sabe usted la historia política de Carlos Ezeta?
Sonriente, Castelar, se dirigió a un amigo suyo, invitado al almuerzo, el Sr. Abarzuza, que después ha sido ministro.
—Esos países, esos países, están aún en estado primitivo.
Y continuó en larga peroración, con su manera siempre oratoria y maravillosa. Habló de las frecuentes revoluciones americanas, de las tiranías nuestras desde Rosas a los Ezetas, pasando por Guzmán Blanco y Rufino Barrios y Zaldívar. Bien enterado de nuestras agitaciones y pequeñeces, disertó de modo magistral, concluyendo, optimista, por augurar un tiempo mejor. Y en cuanto a la particularidad del envío del retrato de Ezeta, habló de la pomposa dedicatoria, y de cómo no era el primer retrato de mandarín americano que hubiera recibido con dedicatorias semejantes.
El retrato del tirano salvadoreño le había llegado por medio de los hijos de su amigo Carlos Gutiérrez, el millonario de San Sebastián, los cuales eran agregados, si mal no recuerdo, a la Legación del Salvador, presidida por Enrique Soto.
De este ministro contó aventura tan peregrina, que quizá jamás se haya visto cosa semejante. Consultaba, nada menos, con Castelar, la manera de ser recibido por la reina Cristina, sin pronunciar el discurso correspondiente...
¡Y cómo reía el maestro cuando narraba el caso!
Naturalmente, el embajador Carlos Ezeta tuvo que pronunciar su discurso, después de ser introducido por Zarco del Valle.
La compra de una casa-palacio en Madrid, según decires, fué hecha por un capitán, Francés y Roselló, y un señor Jerónimo Pou, ex secretario de Ruiz Zorrilla; Pou y Francés ayudaron a los Ezetas en su traición, estando ambos, en aquel tiempo, encargados de la escuela militar de la capital salvadoreña.
Antes de Carlos Ezeta, la América Central ha tenido excepcionales ejemplares de tiranos, comenzando con Darrera y acabando con Sacasa.
La unión de las cinco Repúblicas sería el comienzo de una verdadera regeneración; pero las ambiciones personales y los intereses de partido dificultarán por mucho tiempo el sueño de Morazán, de Cabañas y de Jerez.
Los pronunciamientos tienen por hoy raíces inextirpables, y de ellas no salieron Gobiernos buenos ni Gobiernos malos.
El imperio del militarismo triunfa, y los Presidentes de las Repúblicas no están seguros ni de los jefes de sus guardias de honor. Y no hay entre ellos más diferencia que la de la honradez: Menéndez, o Ezetas.
21-3-1895.