I
La señorita Alfonsina Duplessis, que ganó la inmortalidad por el amor, será siempre la bienvenida. Nuestros biznietos oirán todavía, arrullada por los organillos, las quejas italianas de la pobre Traviata. Jules Bois, que recientemente ha escrito una monografía sobre la real Dama de las Camelias, dice de ella con justicia que está fija «en ce paradis de sants de la Volupté, ce paradis dont le Christ est exclu, mais où touts les dieux de l'Olimpe demeurent». Es esa la recompensa de las almas de amor. Las vírgenes cuerdas, desde los balcones del paraíso del Buen Dios, se asoman a mirar, con una curiosidad no exenta de envidia, el paraíso en donde son admitidas las vírgenes locas. Allí pasa entre sus innumerables compañeras, la heroína de Dumas, en la mano una de sus flores preferidas, que han adquirido, por otra parte, a causa de su recuerdo, un renombre no muy angelical, a punto de que se murmura de ellas en el círculo de las nobles rosas y de las honradas violetas.
Esa monografía de que he hablado, basada en auténticos documentos e indagaciones, no es para ser leída por aquéllos que desean conservar su aureola de idealidad a la encantadora y sentimental cortesana.
Perderían una ilusión. La Dama de las Camelias fué una vendedora de gracias, ni menos banal, ni menos seca de intelecto, ni menos mujer, en fin, que la totalidad de sus iguales. Era, exactamente, un ejemplar de esas alegres parisienses que han podido observar quiénes se les han acercado—las Emilienne d'Alençon o Marion Delorme, procedentes del campo, del arroyo, de no se sabe dónde, favorecidas por la fortuna, comedoras de oro, polutas desde la infancia, más o menos histéricas, caprichosas, infantiles, bête, hasta que llega la muerte a rematarles lo que dejan, si es que dejan algo, o a tenderlas en un lecho de hospital, que es lo más frecuente.
He aquí lo que se sabe de sus comienzos, según Bois, que ha estudiado su vida y posee de ella cartas y hasta cabellos: Casi al nacer perdió a su madre. Su padre fué un tal Martín, brujo y colporteur, hijo de una mendiga y de un cura, el cual le dió las primeras lecciones de perdición cuando apenas tenía doce años. Después penetró abiertamente en la comunidad de las grisetas, y se estrenó gastándole en pocos días cinco mil francos al dueño de un restaurant. Llegaron otros y otros. Como toda viciosa de su especie, era apasionada por el juego, y derrochaba el dinero loca y estúpidamente. Cada quince días cambiaba de poseedor. Se puso de moda, y los aficionados de su época le hacían estupendos regalos para conquistarla. Uno de ellos le envió un día un cesto con doce naranjas, cada naranja envuelta en un billete de a mil francos. Ella exprimió las naranjas y los bolsillos del que se las obsequiara. Se divertía. El amante romántico de la novela y de la comedia, existió y gastó por ella una buena fortuna. Ella pudo ser que le amara; el caso es que—¡oh! vosotros que gustáis del encanto romancesco—se casó con él en Londres, ante un clergyman y dos testigos. Lo que no obstó para que pasada la luna de miel, el esposo resultase acteonizado. Tuvo ella en seguida una cantidad fabulosa de admiradores satisfechos, entre los cuales «un barón tristemente célebre, un pianista ilustre, generoso como un boyardo, un «maquignon» y un poeta». Era frívola, coqueta, mentirosa. Decía: «La mentira emblanquece los dientes.» Se hizo conducir, ya casi en vísperas de su muerte, al Palacio Royal, para ver el estreno de Pommes de terre malades. Murió: en sus manos de difunta había un ramo de camelias y un crucifijo. He allí la realidad. Después, la leyenda romántica la envolvió en un bello velo de sentimiento.
A su tumba, como a la de Heloisa, vánse a depositar, por manos ignoradas, flores; cocotte tocada de histeria, tiene sus horas en que sueña ser Margarita Gauthier. He conocido un joven artista obsedido por una de la especie que bebía vinagre, hablaba del «rinconcito florido en su pueblo de campaña» y sorbía sangre de un pollo para manifestarse perfectamente tísica. Su ideal era ser una segunda Dama de las Camelias. Entre Dumas y Verdi, la camelina, ese curioso alcaloide, adquirió una boga insólita. María Alfonsina Duplessis estaba destinada a encarnar ese tipo femenino compuesto de sensualidad, inconsciencia moral, ligereza mental, crueldad instintiva, nervios y faltas de ortografía. Sus cartas revelan una vulgaridad inaudita. No se puede saber bien si hay allí algo que tenga origen cordial, entre efusiones deplorables y sentimentalismos de ocasión.
Su figura era encantadora, si es fiel el aguafuerte de Los Ríos, d'après Besnard: una carita de niña, ojos de inocencia voluptuosa, bandeaux que cubren las orejas, boca diminuta y mano inquietante y fina.
Ahora, si en su aspecto legendario es una de las más lindas y amables sacerdotisas del pecado; si nos recuerda viejas emociones, vibraciones apasionadas de los años de juventud, y nos trae como corolario la afirmación del sentimiento; si nos habla por voz de admirables artistas, que nos hacen el bien de conmovernos y dorarnos la realidad con una luz de poesía, bien venida Margarita Gauthier—Sarah Duse, Reiter, Tina o Vitaliani—, que nos resucita el amor en estos momentos en que ya no se ama.
Sea bien venida hoy, por esta imperiosa Vitaliani, que nos ha demostrado anoche que, si el estilo escriptural es el hombre, el estilo «teatral» es la mujer. No hay que hacer comparaciones, sino que señalar el hecho; la Dama de las Camelias de la Vitaliani, es de la Vitaliani; como la Dama de las Camelias de Sarah, es de Sarah.
He allí una lira viva, esta italiana vibrante de arte, cálida, llena de un irresistible poderío espiritual.
Ella da a la idea su carne y su sangre; esculpe su gesto, armoniza su voz en una magistral orquestación pasional, y con sus ojos de «dea» ilumina todas las fases del pensamiento por un poder extraordinario. Esta actriz intelectual ha pasado «por la Sede del Arte Severo y del Silencio»; su llegada no ha sido anunciada con clarines de bronce y sonoros tambores de fama. Ella se presenta; ella triunfa.
Margarita Gauthier volvió a vernos anoche. Una Margarita Gauthier que nos rememoró la historia sentimental de sus famosas flores, de su pasión, de su sacrificio y de su muerte, de un modo nuevo, impresionando y conmoviendo como solamente es dado hacerlo a las emperatrices de la escena.
Al sentir ese soplo de vitalidad artística, al sufrir ese al mismo tiempo delicioso y doloroso choque de divina electricidad que produce el talento de una artista semejante, en obras como la que anoche obtuvo tan merecida victoria, se experimenta algo semejante al efecto saludable de una gimnasia del alma. Y da deseos de decir a los espíritus que aún sueñan y creen en el amor: «Aquella María Alfonsina Duplessis, cuyos cabellos guarda Jules Bois, poeta y mago, no es la verdadera, no ha existido.» La única que ha vivido y ha amado es ésta, la Margarita de anoche. Ella era así, pálida y dulce, nerviosa, caprichosa y amorosa de amor; murió de muerte, a fuego de pasión; siendo una infeliz cortesana, tenía el alma de una santa doncella; bienaventurada sea en el paraíso de las Magdalenas, en donde sus camelias, por la misericordia de la barba blanca del Buen Dios, se le convertirán en un luminoso ramo de lirios. Esa es la verdadera y la única. La otra, que se dice real, y cuya vida está hoy estudiada y conocida por indagaciones y documentos, es una impostora. La que recibe en el cementerio las flores de los fieles anónimos que visitan su sepultura, es la buena y la mártir. «¡Guardad su recuerdo y quemadle vuestro mejor perfume!»
Los artistas que acompañaron anoche a Italia Vitaliani en su nueva conquista del público de Buenos Aires, merecen un justo aplauso, sobre todo Duse, que acentúa más sus ya reconocidos méritos; pero habrá que señalar especialmente a ese bravísimo De Sanctis, que tuvo instantes magistrales, como en el final de los actos tercero y cuarto.
20 de junio de 1896.