II
Uno de los grandes sucesos de los teatros de Francia e Italia, y repetido por 312 noches seguidas en el teatro Des Varietés, en París, así rezaba el cartel.
Autores, Ordenneau y Grenet Dancourt. Y la gente, como cuando le nombran un vino que no conoce, haciendo resonar la etiqueta, juzga que debe de ser excelentísimo: «Ordenneau y Grenet Dancourt». ¡312 noches en el teatro Des Varietés, en París! Admirable. «Chateau Ordenneau y Grenet Dancourt.» ¡Qué bouquet...!
Y sirven, señor, en italiano, un estupendo engendro, relleno de gracias de vaudeville, de chistes de grueso cedazo; de una sal pesada, imposible y que indudablemente se quería disculpar con la inexcusable «gaité gauloise». Sí, es esa «gaité gauloise» que ha constituído una de las desventuras del exquisito poeta llamado Armand Silvestre.
Es la bufonería de anchas bragas, que le pagan a tanto por ciento al creador de Laripette y compañía. Un cuento a lo Laripette, más o menos bien urdido y puesto en el pentágrama escénico, para que lo griten y mimen unos cuantos actores de buena voluntad: he ahí la famosa pieza de anoche, abonada en el Victoria por 312 noches seguidas del teatro Des Varietés, de París. Y que si es soportable en francés por claras razones, se hace absolutamente abominable en una traducción.
Y la Vitaliani descendió a representar un grosero tipo de sainete, un papel a todas luces indigno de su talento; ¡así las continuas elevaciones de sus ojos lo hayan querido salvar...!
Y otros tantos buenos elementos de la compañía se han caricaturado para la función de risa, con un éxito claramente satisfactorio.
Fueron aplaudidos, sí. Fueron aplaudidos el jovial abdomen de Bracci, las payasadas de Rodolfi, los sacrificios de ingenio que el discretísimo Falconi se vió constreñido a ejecutar.
Toda la comparsa de títeres secundarios estuvo también digna de tal aprobación.
Lazzi, ocurrencias, divagaciones y chispas dialogales, cosas de uso en las comedias cultas; todo ello fué de una chatina incomparable.
Querer exponer el argumento y entrar en detalles, sería no guardar las consideraciones intelectuales debidas a mis lectores.
En cambio, hablemos de la reprise de la Dama de las Camelias, que logró un éxito fundado y del cual tienen que estar satisfechos los actores.
Es a todas luces, claro el contraste entre este trabajo de fina escena y la obra de corteza áspera que anteriormente se ha ofrecido al público.
Se ha vuelto a comprobar la distinción artística de Vitaliani, cuyo cordaje nervioso, cuya alma de elección, cuyos recursos plásticos, cuya vitalidad pausante y sensitiva, la señalan como a una eximia y prestigiosa intérprete de la creación teatral.
Se ha advertido en esta vez mayores fuerzas en ella, unidas a mayores gracias. Ha ejercido su dominio con más imperial grandeza artística que otras veces; ha sabido sollozar mejor, hablar mejor, gemir mejor, ser mujer mejor.
¡Lira de los veinte años! Anoche ha vibrado para muchos, en la renovación de muchos sueños, la resurrección de horas supremas, el retoño de tiempos pasados; la Dama de las Camelias hizo verter unas cuantas lágrimas a los nerviosos y conmovibles oyentes.
¿Qué escena señalar? Señalaré la de la llegada del padre de Armando, la conversación con él y el sacrificio de la pobre Margarita.
Y, a propósito, recordaremos una cuestión suscitada por Teodoro de Bauville en una de sus maravillosas cartas quiméricas: la entrada del señor Duval, padre, a la casa de Margarita Gauthier con el sombrero puesto. El divino poeta no podía admitir que un caballero francés cometiese tal falta de cultura, así penetrase lleno de todos los rencores posibles en casa de la última mujer perdida. El problema es para ser discutido y aprovechado en la sección de «Vida Social».
El momento en que Vitaliani, Margarita, se despide del viejo M. Duval, fué de aquéllos que dejan una impresión imborrable. Fué momento de actriz absoluta. En el acto último, según impresión general—la cual corrobora el juicio de esta crítica—Vitaliani murió mejor que nunca: es decir, que su realismo y su traducción del instante mortal fueron decisivos en la admiración de la sala.
Muy celebrado De Sanctis, como en la primera vez, y el resto de la compañía, plausible siempre.
El público demostró su satisfacción con llamadas repetidas y aplausos calurosos.
Y para que fuese mayor el triunfo, la inevitable estupidez humana hizo acto de presencia con el más sonoro eco que pudiera brotar de la cabeza de Bottom: un silbido asnal.
Al escucharlo, Vitaliani sonrió, y recordé entonces el Dieu te benisse... que oyó Groussac de labios de la gran Sarah, con motivo de un estornudo.
Pero el estornudo es involuntario y la bestialidad consciente, ¡oh, pueblo soberano!
R. D.
23 junio 1896.