III
Una nueva compañía italiana que se da a conocer en Buenos Aires bajo la agradable protección de ese armonioso y sonoro nombre: Italia Vitaliani.
La fama había anunciado ya a la actriz recién llegada, aunque no con las trompetas que avisan el paso de la Duse, y aun de la preciosa Tina di Lorenzo. El estreno de anoche ha demostrado a través de los inconvenientes de una obra cual la elegida, que la Vitaliani es algo más que lo que se califica con el fácil adjetivo de «discreto». Ya en el principio, en la representación de la delicada pieza de Cavalloti, logró manifestar que hay en ella cualidades que, si no se imponen de luego, se hacen notar favorablemente.
Que Italia, tierra de la antigua farsa, es país de comediantes, es cosa bien sabida desde que Cyrano de Bergerac señaló el don en cada italiano. Si le faltan autores, actores le sobran. De la Mandrágora, de Maquiavelo, a las tentativas modernas de Praga, cuán poca cosa si se compara con el acervo escénico de las otras grandes naciones; pero, sin ir muy lejos, de Gustavo Modena a Novelli, ¡qué hermosa sucesión de intérpretes artísticos! La gloria de las actrices italianas no palidece delante de ninguna extraña gloria, y bien pueden nombrarse después de Rachel y Sarah, a la Ristori y a la Duse.
Hemos visto ya cómo se levanta la bella Tina, y cómo Virginia Reiter, en su espléndido otoño, encanta y atrae y se coloca en un alto lugar.
Los cómicos italianos son los más cosmopolitas del mundo en la elección de sus obras. Ellos dan a conocer tanto lo escandinavo de moda como lo francés olvidado o lo alemán recientísimo. Ellos se atreven a obras que en París mismo son dadas en teatros especiales, y para auditorios restringidos y selectos; y presentan valientemente a Ibsen o a Mæterlink ante públicos que están demasiado satisfechos con los repertorios fáciles de comprender, y poco afectos a novedades abstrusas que no vienen bien para las tranquilas digestiones. Compréndese que la compañía de la Vitaliani, en vez de estrenarse con la Anabella, de Ford, por ejemplo, nos haya dado la Niobe, de los Paulton.
La Niobe ha hecho reir; ha dado ocasión a que la graciosa Italia, en su peplo griego, haya mostrado personales riquezas y haya declamado de manera que se le aplaudió sus grotescos endecasílabos.
Pero hay quienes hubieran preferido reir menos y tener alguna más de alto arte. Después de la delicada obrita de Cavalloti, habrían deseado algo distinto a ese parto del humor británico, Niobe.
Es ella una obra para las grandes risas de un grueso público; una obra por un lado comparable a Orphée aux enfers, sin música, y por otro, a las pantomimas de los circos. Los hermanos Paulton fabricaron esa cosa con absoluta comprensión del reinante gusto actual; el Strand se llenó en Londres más de seiscientas veces; los yankees se deleitaron con la estupenda machine; los alemanes la aplaudieron en su Lessings Theater, y cuando los públicos latinos la conocieron, se desencuadernaron a carcajadas.
Ciertamente, en el país de los scholars no podía faltar aún en tan inepta creación como esta, el muestrario clásico. De cuando en cuando Footit rememora a Sófocles, en versos griegos. Y míster Peter Dunn, hombre de seguros, conoce perfectamente la fábula de Anfión.
Por el ansia de lo extranjero han ido a buscar al escueto teatro inglés contemporáneo bufonerías como esta y la famosa Charley's aunt, con que no hace mucho tiempo hizo desternillarse a nuestro público el hábil Seigheb.
Es indudable que, una nueva manera de hacer reir, no dejará de ser solicitada.
El eterno asunto de los cocus y las eternas suegras en berlina; los fáciles intríngulis sobre manera repetidos; las rebarajadas escenas de las siempre usadas comedias, debían ser reemplazadas, y el reemplazante ha sido el payaso, que suaviza sus gracias y quita su colorete al pasar de la pista a las tablas. Pero Mr. Dunn, no podía negar, por más que quisiese, su parentesco estrecho con el perilustre Tony. He aquí lo que hoy sucede en la Gran Bretaña a la feerie del gran Will: los inventos exportables y productivos de los Brandom Thomas, Paulton y Compañía.
El argumento de la obra es ya conocido de los lectores de La Nación. Sin diálogo, y al son de una música más o menos sugestiva, sería la obra una agradable pantomima.
Han dado los actores que en esta comedia se han presentado, muestra de innegable talento, pues se esforzaron por contener la clownería en momentos en que lo bufo llegaba al colmo.
Niobe, por otra parte, no ofreció toda la beldad que cuentan la leyenda y los carteles.
De lamentar es que se haya elegido para obra de estreno, en Buenos Aires, la pieza de que nos ocupamos.
Se ha reído, ciertamente. Pudiera ser que si no los seiscientos llenos del Strand, alcanzase unos cuantos el Victoria. Pero no juzgamos a propósito para la presentación de una artista que se tiene como tal, en grado más que común, una producción en que el arte no aparece, y la alteza estética está substituída por la burda fabricación de productivos enredos, cuya ficelle, por lo gastada, llega a causar impresión de novedad. ¡Ese sueño de Dunn, Dios mío! ¡Y esas reminiscencias de Bellanis y de Mark Twain, cuando la ridícula Niobe mira con sus ojos antiguos las cosas modernas!
Un tiempo se acostumbraba, después de los tres o cuatro actos de la obra seria de la noche, el acto del sainete en que el buen público reía después de las emociones anteriores. Anoche se vió trocado todo esto.
El fino acto de Cavalloti dió una ligera sensación artística, y el sainetón inglés vino luego, con sus tres actos.
Pero Niobe está de moda: y eso basta.
13 junio, 1896.
ESAS REPÚBLICAS
José María Mayorga Rivas.
Una víctima de la guerra entre Nicaragua y Honduras
Un pobre joven, mi amigo de los primeros años—poeta si gustáis—, de familia noble y buena—familia de raíces coloniales, peninsulares—, un bravo corazón, un brazo, una energía, acaba de morir en las cercanías de Tegucigalpa—Honduras, América Central—, a la cabeza de su tropa, llevando honrosamente su uniforme de coronel.
Diera yo dos docenas de licenciados politiqueros, de los que abundan en el país en que me tocó nacer, por esa fresca vida, por ese enérgico talento, por esa alma escogida que se sacrificó en aras del becerro de cobre del más falso de los patriotismos.
Ya sabemos que se va Bryson, corresponsal del New York Herald, a Centro América, pues se anuncia una nueva carnicería política. ¡Pobres Repúblicas! Si algo me regocija es que el barco que llevaba a Groussac en su última gira, haya pasado lejos de las costas centroamericanas. Si ese admirable justiciero desolló a Chile y a Méjico, al pasar por aquellos tropicales países, no hubiera dejado hueso sin quebrantar.
Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas conocida por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas, vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un cielo tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo: ejemplo, Medina, el banquero de París, o sucumben en los paraísos artificiales; ejemplo, el poeta Cesáreo Salinas, o mueren en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a otro, porque sea presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.
He leído la orden general en que el presidente Zelaya hace justicia a Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones Exteriores, hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y diplomático que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé, digo, que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.
«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa tuya. No debes negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del cariño que sé tuviste a mi hermano.»
¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a aquella amable memoria. Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente, triste, opaco, a causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado de algún Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó, fué un buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente. Su muerte ha sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de un verdadero poeta.
Estas son las palabras que envío al hogar de duelo, donde se venera la barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son las palabras que desde lejos, dedico a una querida memoria.
13 mayo 1894.