CHARLES A. DANA
«No puedo acompañarlo mañana porque me voy a Tampa—me dijo Martí—; pero yo le daré dos palabras de presentación que le harán pasar un rato agradable con el viejo Dana. Corto el rato, porque es hombre ocupadísimo y avaro de su tiempo.»
Ningún «sésamo» mejor que la bondadosa presentación del generosísimo José Martí para su amigo el viejo director del Sun.
Estaba éste en la oficina suya, con una visita, y de la barba blanca, la gran barba hermosa y blanca, brotaba su fuerte inglés, de un acento dominante y decisivo. El otro, con atención, le oía. Seguramente sería corresponsal en algún punto de los Estados. Yankee era. No hay duda que recibía órdenes. Apuntó algo en un papel. Salió sin hacerme la menor inclinación de cabeza, ni darse cuenta de mi presencia. Yankee era, como Charles A. Dana.
¡Bravo yankee éste!
Se volvió a mí; me tendió la mano; volvió a leer la tarjeta de José Martí. Yo sentado, él de pie, paseándose, conversamos. ¿De qué? De muchas cosas del canal de Nicaragua, de la infanta Eulalia, a la sazón en Nueva York; del duque de Veragua, de literatura española.
Yo montaba mi inglés redomon con gran cuidado; Ollendorff, inútil, estaba en derrota. Un instinto poliglótico me guiaba, y salía con bien. Por otra parte, el gran periodista me permitía apenas uno que otro monosílabo.
De Martí me habló, cuando hablamos de letras castellanas. «Una vez, me dijo, ese hombrecito que era un grande hombre, vino al Sun, como suele hacerlo.
Le encargué un artículo sobre José Zorrilla. Al día siguiente estaba hecho el artículo. Pocas veces ha publicado páginas literarias tan bellas, en un inglés encantador.»
José Martí, era su íntimo amigo. Confesaba que debía a la amistad del ilustre cubano, más de una buena obra, más de un útil pensamiento puesto en práctica.
La popularidad de Charles A. Dana en los Estados Unidos era inmensa. Su diario, el Sun, es una de las grandes potencias del periodismo mundial.
Distinguíase el célebre diarista por su energía y firmeza. Era hombre probo y severo. El pueblo yankee veía en él a un varón que encarnaba una de las primeras representaciones de esa raza nueva y formidable.
Los latino-americanos tenían en él un criterio simpático y un amigo.
Conocía también, como pocos compatriotas suyos, todo lo relativo a la América española. Era buen admirador de Sarmiento, y supongo que Bartolomé Mitre y Vedia debe guardar buenos recuerdos de aquel noble y excelente anglo-sajón.
Muchas campañas políticas llevó a cabo; su nombre llegó a sonar en una célebre candidatura. Entonces fué cuando le ocurrió lo del cuento de Mark Twain.
Sus enemigos se desencadenaron en su contra. El hombre probo fué maculado; el honorable Charles A. Dana, fué crucificado en muchas hojas de la Unión. Pero después pasó la tempestad, y el Sun brilló con mayores fulgores.
Como periodista era una portentosa cabeza. Aquel hombre de gusto, aquel literato, aquel artista, era un estupendo ciudadano del país del dóllar; tenía el don del éxito; la información de su diario es comparable a la del Herald o New York Journal.
Sus repórters y reporteresas—pues hay un batallón de mujeres en el servicio del periódico—son de primer orden. Y la empresa del Sun es una de las más fuertes de los Estados Unidos y de la tierra.
En Nueva York refiriéronme una de las muchas curiosas anécdotas de su vida periodística. Sucedió que una vez recibió, por correo, una carta escrita con una letra semejante a la del Bob de Gyp. Llamaba la atención aquella carta entre el enorme montón de la correspondencia recibida. Más o menos leyó lo siguiente:
«Mr. Charles A. Dana.—Director del Sun.—Soy una niñita de cinco años. Hoy no hemos comido. Mañana pasa Santa Claus y no tendré muñeca, ni mi hermanito tendrá juguetes. Hace mucho frío y ya no tenemos carbón.» Firmaba un nombre de niña cualquiera, y junto al nombre la dirección de la casa.
Envió Dana a un repórter activo e inteligente a cerciorarse de lo que hubiere de cierto y ver si no había en el caso superchería. El repórter volvió afirmando el contenido y alabando la inteligencia rara de la niñita.
La madre, viuda, estaba en cama, y hacía días que había concluído sus ahorros. Estaba próxima a la más espantosa miseria, en medio de un crudísimo invierno.
Dana, ¿qué hizo? En el número del día publicó, sencillamente, el facsímil de la cartita, y he aquí el resultado, completamente yankee. Varias fábricas de muñecas y grandes almacenes, regalaron magníficos juguetes a los dos niños, en tal cantidad, que hubo que tomarse un local para exhibir—por paga, naturalmente—los regalos.
Varias compañías de ferrocarril obsequiaron a los niños con toneladas de carbón. El Sun adoptó al niño, y le costeó su educación. Una dama millonaria adoptó a la niña. Y Santa Claus fué el viejo Dana, con su gran barba, sus ojos dominadores y bondadosos, su gesto dictatorial y sus gentiles obras.
El nuevo edificio del diario, uno de los más altos de los Estados Unidos, y, por consiguiente, del mundo—greatest in the world!—, ha llamado la atención en el paso de las cosas enormes, país Manmuth, que diría Groussac.
El tiraje del diario aumenta cada día, y su popularidad es inmensa. Es de notar que entre las hojas yankees, que no descuidan, a pesar de su business, la parte amena, literaria y artística, el Sun es el diario más intelectual, más «bostoniano» en esto que neoyorkino.
La muerte de Charles A. Dana es una gran pérdida para la nación americana y enluta el periodismo universal. Y los que tuvieron el gusto y la honra de conocerle personalmente, no olvidarán—como quien estas líneas escribe—, su bella cabeza, su sonora palabra, su franco y sincero apretón de manos.
He was a man!
19-10-1897.
RECUERDOS DE LA HABANA
El general Lachambre
En noviembre de 1892, el autor de estas líneas llegaba a la Habana, de vuelta de un viaje oficial a España. En un banquete que siempre agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada El Fígaro, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica elegante de dicha publicación.
En la noche siguiente, Raoul condújole a su casa y presentóle al señor Cay, padre, antiguo canciller del Consulado imperial de la China, en la capital de la isla, entonces a cargo del gran señor Tam Kin Cho, y a María, su hermana, una hermosísima cubana, gallarda, espléndida, con lánguidos y milagrosos ojos de criolla y una fabulosa cabellera.
Entró una visita. El señor Cay me presentó, y me dijo su nombre. Era el novio de María: «El señor general Lachambre.»
Tipo marcial, de esa especial marcialidad española. Joven todavía, correcto, elegante; la mirada vivaz y escrutadora, barba y bigote negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente serio; en la solapa del smokin una camelia blanca.
Pasamos Julián del Casal—el poeta celebrado por Verlaine y alentado por Huysmans y Gustave Moreau—, Raoul Cay y yo, a un saloncito contiguo, a ver chinerías y japonerías.
Primero las distinciones enviadas al señor Cay por el Gobierno del Gran Imperio, los parasoles, los trajes de seda bordados de dragones de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos y surimonos en las paredes, los pequeños netskes del Japón, las armas, los variados marfiles. Julián del Casal, el pobre y exquisito artista que ya duerme en la tumba, gozaba con toda aquella instalación de preciosidades orientales; se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles.
... Y recordaba yo cómo Julián del Casal había cantado en admirables versos a María Cay—versos que pueden leerse en su volumen Nieve—, ¿enamorado de ella?... tal vez. Él parece que nunca lo manifestara. De todos modos, allá en el salón los novios conversaban, en vísperas de sus bodas, pues éstas se realizaron poco tiempo después.
En la celda—era una verdadera celda—en que el poeta vivía en la redacción de El País, gracias a la bondad del señor Ricardo del Monte, había entre reproducciones de telas de Gustavo Moreau, una del Calvario de Gerome, y otros cuadritos menores, un retrato de María Cay, de japonesa, antes de ser la generala de La Chambre. Ante ese retrato escribió un poeta amigo de Casal un sonetino que anda por ahí, por los periódicos:
Miro enfrente de la moza
Bañado en la luz del día,
El retrato de María,
La adorable japonesa.
El aire acaricia y besa
Como un amante lo haría
La orgullosa bizarría
De la cabellera espesa.
Diera un tesoro el mikado
Por contemplar a su lado
A princesa tan gentil.
Y ordenara a su pintor
Pintarla junto a una flor
En un vaso de marfil.
El general Lachambre logró hacer suyo aquel tesoro, la «adorable japonesa» fué generala, y luna de miel pasó en España, de donde volvió a la isla el distinguido militar, a ocupar el puesto de gobernador de Santiago de Cuba.
El cable nos anunció anteayer su muerte, en una de las batallas con los revolucionarios; ayer, felizmente, la noticia ha sido desmentida.
Es el general muy querido en la alta sociedad habanera, y muy estimado en la Capitanía general y allá en la corte de Madrid. En su carrera no es dudoso que llegue a más altos destinos.