LIBROS NUEVOS

Les fabliaux.—Estudios de literatura popular y de historia de la Edad Media, por Joseph Bedier (Biblioteca de Altos Estudios). Emile Bouillón, editor. He aquí, pues, por tierra, el viejo ídolo indio.

La teoría era así: que todos, o casi todos los cuentos populares, tenían un origen único: la India. Allí habían nacido, para esparcirse en seguida en el mundo entero, «Cendrillón» y las «Tres damas», que encontraron el «Anillo» y «Piel de asno», etc.

Cuna del género humano, la India era también la cuna de la literatura oral: el hombre había adquirido su forma y su conciencia allí, sobre una cierta «llanura central», y en seguida se había puesto a tantear bromas sánscritas, obscenidades arianas, ensueños irónicos. Huet, obispo de Avranches, fué el primero que, en términos bastante vagos, atribuyó la intervención de los cuentos a los orientales; después de él, la teoría se precisó, y Benfey, en 1859, le dió su forma definitiva y absoluta; dicha teoría recibió una grande autoridad de Max Müller, cuya ingeniosidad fué vasta, y quien debe haberse divertido mucho con la invención de sus mitos solares, estelares, crepusculares.

Mucho más tarde, Andrew Lang, esbozó otras hipótesis. Creyendo encontrar en los cuentos supervivencias de usos antiguos, les señaló por fecha tal época de la historia, en que esos usos estuvieron en vigor. El cuento del «Pulgarcillo», por ejemplo, no puede, dice Lang, haber sido inventado por un griego contemporáneo de Esquilo; preciso es situarlo, en el espacio o el tiempo, en un periodo o en un país en que los hombres se comían los unos a los otros. Hay, tal vez, algo verdadero en esa teoría de la supervivencia; pero nada lo prueba, pues las civilizaciones más pacíficas son capaces de literaturas más sanguinarias; y nótese cómo los niños acogen sin extrañeza, sin protesta—aunque no sin miedo—, el personaje del Ogro.

¿De dónde vienen, pues, los cuentos populares y cuál es su edad?

Vienen de todas partes y su edad varía. Algunos son recientes relativamente; otros son contemporáneos de los primeros balbuceos intelectuales de la humanidad.

La cuestión es, desde luego, a la vez, insolvente y pueril; el origen de las costumbres, de las leyendas, nos escapa; eso fué y eso es folk-lore, fué y es invisible.

¿Quién hizo el primer cuento? ¿A quién se le ocurrió primero acostarse para dormir? Hay quienes coleccionan los cuentos y comparan las versiones; el libro de Bedier debe turbar a esos monómanos. En suma, los cuentos populares, no son, tal vez, sino cuentos literarios que han llegado a ser populares. Han sido compuestos oralmente, y aun escrituralmente—en su integridad—, por un solo autor. Han parecido bellos, se les ha aprendido de memoria, se les ha recitado, se han escrito y vuelto a escribir, han tenido períodos orales y períodos escriturales, a menudo confundidos, y he ahí todo lo que se puede decir de verosímil sobre ese obscuro asunto.

La obra de Bedier, al mismo tiempo que destruye un viejo problema de folk-lore, es un excelente trabajo de historia literaria, tan ingenioso como docto.

En Barbarie, por Rolando de Marés. Con ese título, Rolando de Marés ha reunido muchos cuentos, cuya escena pasa en la Campine, en las épocas primitivas.

Desde luego, nos describe el país en que va a hacer vivir a sus personajes, y parece que esa región, tal como la pinta Marés, merece, en efecto, el nombre de Barbarie. Luego nos cuenta leyendas: la de la Princesa Thalia, la del Jabalí blanco, la del Gran San Nicolás; otras más, aún, leyendas ingenuas y rudas en que pasan, por las llanuras, salvajes, héroes sangrientos, implacables magas, y también, a veces, graciosas principesas.

De Marés ha sabido dar a sus leyendas las apariencias de cuentos populares, y esa apariencia convenía a narraciones que el autor quería hacer notar bárbaras; ha sabido, recordando de un cuento a otro, ciertos motivos, ciertos personajes o ciertas aventuras, dar unidad a su libro.

L'Ovex, por François de Nion. «El parentesco natural es para el matrimonio un impedimento dirimente, u óbice. Teología católica. Este epígrafe, bastante claro, permite que, sin gran esfuerzo, se adivine el contenido del libro, al menos en sus líneas esenciales.»

Mademoiselle de Royans, unida desde hace unos meses a un amigo de infancia, Jean de Vienne, descubre, en un pabellón en ruinas, antiguas cartas de su madre, de donde resulta que mademoiselle de Royans es hermana de su marido. Así, ante la joven, que no quiere divulgar el secreto maternal, se plantea un terrible dilema. Huir, sin motivo aparente, de Jean, a quien ama, o continuar el incesto. Un confesor, a quien ha consultado, le da el extraño consejo de continuar llevando sus deberes de esposa, sin rebuscar las ocasiones. Pero llega de Roma una anulación del matrimonio, y la señora, no queriendo decidirse por una ruptura, se deja llevar por una ola en los baños de mar en que se encuentra. Tal es la trama, muy simple, como se ve, de esa novela. Hay un estilo refinado hasta la preciosidad, en esta obra, en que las réplicas alternan vivamente, los personajes se presentan bien claros, en que los detalles no están desprovistos ni de propósito ni de oportunidad.

La suprema voluptuosidad, por E. Gómez Carrillo. Un librito bien escrito, mal pensado y falsamente perverso. Influencia de las «Eróticas», de Rops. Desearíamos que el joven autor perseverase en sus estudios de crítica, que le han dado un justo renombre.

R. D.

9 junio 1896.


EL DIVORCIO DE JEANNETTE
Affaire Daudet-Hugo

¿Recuerdan nuestros lectores el ruido que hizo en el mundo el matrimonio laico de la nieta de Víctor Hugo y el hijo de Alfonso Daudet? El tremendo Drumond tuvo a la sazón grandes desahogos.

El escándalo del matrimonio civil del hijo de Daudet, decía el antisemita, no es, desde luego, una excelente ocasión de ver claro en el alma de un gran letrado de fines del siglo XIX, de saber exactamente la idea que un escritor ilustre se forma de esas cuestiones religiosas, que a través de las edades han interesado y apasionado a los más nobles espíritus de la humanidad.

El padre de Daudet era un realista convencido; la madre, brava y digna mujer si las hubo, era una católica ferviente, como hay tantas en Mediodía; murió con el rosario en la mano; la hermana de Daudet es también una católica practicante. El hijo más joven del escritor, Luciano, gentil muchacho que tiene el aire tan distinguido y tan dulce, se ha educado en un Establecimiento religioso, en la escuela Bossuet; frecuenta San Sulpicio; su madre le acompaña, y para ayudarle, toma notas sobre el sermón, con la tranquila y sonriente bondad que pone en todo. Drumond mismo ha conducido a Luciano a misa, y se ha edificado con aquél buen comportamiento.

A León Daudet, estudiante, se ha referido recientemente, en el Courrier Français, el señor Groussac; Drumond nos dice que ha visto crecer su inteligencia. «Le he preguntado a menudo sobre el vocabulario médico, y me he extrañado de la precoz lucidez de espíritu de ese joven, que si hubiese querido trabajar[1] hubiera tenido las intuiciones filosóficas de su padre, con la ventaja de una educación más rigurosamente científica; ¡jamás, en cambio, he descubierto en él la sombra de una hostilidad contra la religión! La conmoción, justamente, lo que daba idea del asombro general, es ver a esas gentes renegar del Dios de sus padres públicamente, cínicamente, ante todo el mundo, únicamente porque hay una gruesa dote: tres millones». Y sobre Juanita: «¿Conocéis más antipática criatura que esta joven casada, que se estrena en la vida con una manifestación escandalosa?

Tiene veintitrés años—era en 1891—, edad en que se cree en Dios como en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da cuenta de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de que se les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de la miseria». «La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era, en verdad, graciosa, cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba alrededor de la mesa, en las comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy quien»... Y aquí la ineludible conclusión: ¡el semitismo tiene la culpa!

Esa infancia de Jeannette, de George, de esos nietos que tuvieron por arrullo un inmortal y amable coro de versos: El arte de ser abuelo, ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los infantes de Hugo, emperador de la barba florida.

Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien pequeñas cosas, ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas. Recordemos algo de Jeannette en la vida íntima.

El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y cuando no es madame Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace voluntariamente.

—¿Cuándo tendré la muñeca que me has ofrecido?—preguntó Juana a una dama poco antes de los «etrennes».

—Pues—respondió la dama—el día 1.º del año que viene; es la época en que nacen las muñecas.

—Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de esperar tanto tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos de ellas!

Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir, le dijo un día con tono serio:

—Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a cobrar en el Rappel?

—¿Qué cuenta?

—Tres francos setenta y cinco, por tres mots de la semaine.

Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.

—Papá—así llamaban a Hugo sus dos nietos—, ¿es cierto eso?

—¿Cómo?—responde el poeta—. ¿Tú escribes en los diarios? ¡Y sin avisarme!

Un día Juana dice a su abuelo:

—Papá, ¿no soy suficientemente grande?

—Sí, amor mío, lo eres.

—Y bien, yo quisiera no acostarme temprano esta noche.

—¿Por qué?

—Vienen senadores a hablar contigo; quiero verlos.

—Pero, querida, vas a aburrirte.

—No me aburriré.

—Querrás jugar.

—No jugaré.

—Harás ruido.

—Estaré bien formal.

—¡Y bien!—dijo el abuelo—. Arregla eso con tu madre; por mi parte, acepto con gusto.

La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de confianza.

—¿Sabes política?

—No; oiré lo que dirán.

Por la noche los senadores concurrieron.

La señorita Juana, agarrada de la levita de su abuelo, los escucha atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra una gran vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón rojo.

—¡Papapá!

—¿Qué, hija mía?

—¿No es conmigo con quien estás enojado?

—No, «Ma mignone».

La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay sino una voz para alabar la ténue de mademoiselle Jeanne.

Lo cual le hace venir otra idea.

—Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?

—Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con tu madre.

—¡No, con mamá no quiero, contigo!

—No es posible, no te dejarían entrar.

—Pero si tú lo dices...

—Aunque lo diga yo.

—Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano, entraremos y me pondrás sobre tus rodillas.

—Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con una gran cadena, y te dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!

—Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!

Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue Drouot, 20, madame Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía para dormir.

A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse a Juanita, dans le plus simple appareil, y le hacía decir su plegaria. En esa plegaria, extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a Dios ser discreta y obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío Francisco Víctor, enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.

La pequeña Juana interrumpía la oración con bien ingenuas reflexiones. No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que le había dado un mojicón.

Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían ruidosamente en el salón rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su edad. Entre otros juegos, se había tomado al gato Gavroche para un steeplechase; pero Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana lo llevó entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres». Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el abuelo puso su gloria en cuatro patas.

La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:

L'autre soir, en jouant avec votre grand-père

dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire,

vous lui fîtes porter le plus doux des fardeaux,

O Jeanne! et je vous vis lui monter sur le dos.

Résigné, comme on dit que le fut Henry Quatre,

où jugeant inutile et vain de se débattre,

Papapa sous le joug se courba doucement

et sur l'épais tapis marcha docilement.

Sans être un grand devin, je puis, mademoiselle,

dévoiler l'avenir en partie a vos yeux:

avant qu'il soit longtemps, vous serez grande et belle,

et fière de porter votre nom glorieux;

vous tiendrez d'une mère une grâce infinie;

votre sang doit vous faire un esprit sans rival;

vous aurez la beauté, peut être le genie...

mais vous n'aurez jamais un semblable cheval.

Después, el dios entró en el Panteón... y Jorge y Juana en el mundo.

De ambos se volvió a oír hablar; de Juana, por su matrimonio laico con el hijo de Daudet; de Jorge, por ciertos escándalos de mozo de vida alegre...

Y luego, cinco años después de casada, Juanita se separa de su marido.

León Daudet es un espíritu altivo, un cerebro fuerte, un pensamiento quizá con demasiados músculos. Muy poco de artista, muy mucho de «sabio». Estudió para médico. Ya nos ha dicho Drumond cómo le consultaba el joven sobre tecnicismos médicos. Dejó la carrera y se tornó escritor, con un bagaje y una médula científica que dan a sus escritos cierta firme y enraizada fortaleza. Y ha ido a rápidos pasos. De Hœenes a L'Astre Noir hay un visible progreso. Y en sus críticas de la Novelle Revue revela un juicio personal. Su padre ha dicho: «A los escritores, como mi hijo, pertenece la literatura del siglo XX», en una reciente interview.

Y se atrevió León Daudet a publicar el Astro Negro... La Prensa de París ha respetado la más sagrada de las memorias, el más alto de los nombres de la poesía francesa, y no se ocupó del libro.

La Prensa no dijo media palabra sobre el Astro de Seneste—cuya figura y descripción están bien claras para el menos entendido—. Se dijo que León Daudet aseguraba haber querido pintar en el incentuoso grande-hombre—«¡Vous êtes un homme, monsieur Goethe»...—¡a Wagner! Más a la vista estaba la tempestad en el hogar de Juana Hugo. Luego la dedicatoria del libro, por León Daudet, a su abuela... Se murmuró de revelaciones y secretos escabrosos... A Buenos Aires envió J. Lermina una correspondencia sobre el asunto, que Mariano de Vedia no publicó. Después, el divorcio, iniciado hace más de un año, y que acaba de resolverse, según lo ha comunicado ha pocos días el corresponsal de La Nación, en París.

Algunos han pensado que León Daudet ha hecho el escándalo público, para tener un ruidoso éxito de librería.

Juana Hugo es hoy una de las divorciadas más tentadoras de París. Probablemente se casará pronto: es rica y princesa de la sangre; bella e inteligente. Mas si ha logrado todo o gran parte de lo que le anunció su abuelo en los versos que le hizo cuando imitó hípicamente a Enrique IV, no tendrá ciertamente ni una cabalgadura como aquella, ni las horas de oro que conducían su vida cuando

Jeanne était au pain sec dans le cabinet noir...

Febrero, 25-1895.

[1] Cuando Drumond publicaba estas líneas, el autor de Hœnes a L'Astre Noir no había dado a la luz ningún libro.


A JOSÉ MIRÓ
(JULIÁN MARTEL)
El día de su muerte
10 de diciembre de 1896

Paso a paso, melancólicamente, como un sonámbulo que persiguiese una mariposa y se perdiese en lo profundo de bosques sombríos, así tú, tras tu ilusión, mi amigo Julián Martel, penetras en la noche de la muerte.

Yo te he conocido en la primavera de tu juventud, triste enamorado de la gloria, soñador testarudo, cultivador de rosas de fantasía. Vivías en tu sueño, que era un jardín cuidado perennemente por tu alma. Parecía que no oyeses la voz del mundo, de este mundo nuestro. Sí, una voz como de sirena que te atrayese a una isla encantada, de un raro mundo, de verdes laureles, de cantos, de reales grandezas, de perpetuos triunfos; un mundo fuera del mundo: anywhere out of the world! Porque nunca quisiste convencerte, poeta como eras, de que fuesen verdaderas las espinas que rasgaban tus carnes, los abrojos que encontrabas a tu paso, las crueles ortigas, las zarzas amargas y ásperas; así, aun cuando dijeres en tus prosas o en tus versos los dolores de la vida, enflorabas tu pensamiento, y tu frase, con flores de idealidad y de dicha, de modo que te engañabas a ti mismo y te prometías siempre para el día que viene, para la próxima aurora, un festín de poesía, en que las musas sirvieran a tu espíritu ansioso los más puros rocíos, en las copas de las más frescas azucenas. No te dejabas vencer por la vida, mentirosa y fatal enemiga; eras siempre fiel a la divina imposible. La vida se vengó de ti, entregándote a la muerte.

Amabas el arte, amabas la hermosura, amabas las palmas del triunfo, mas te faltaron músculos para las decisivas ascensiones, para las bregas decisivas. Tu corazón era una urna de bondad, de bondad ingénita y sencilla, de una bondad colombina; había mucho de tu corazón en tu cerebro, de manera que pensabas sintiendo.

Los que como yo supieron lo íntimo de tus secretos pasionales, sabemos que cuando la tristeza te poseyó, fué por causa de amor; eras un sensitivo y un romántico. Hay una de tus poesías en que un reloj simbólico señala el secreto de tu existencia.

En estrofas poeanas dices la agonía de las ilusiones, y al fin estalla el reloj, en un momento que no es por cierto el último. ¡El último ha sido éste, mi querido Julián Martel: ayer ha estallado el reloj de tus sueños de poeta, ayer cuando has cerrado los ojos, y amor y gloria y sueños y esperanzas se han desvanecido con la luz de tus obscuras pupilas!

Eras raro como la lealtad, ardiente como el entusiasmo. Sabías todavía amar y admirar. Sabías pasear tu figura pálida y noble entre las medianías antosugestionadas, y tu cansada indiferencia fatigaba las inutilidades petulantes. Intentabas odiar—aunque no lo podías a causa de la excepcional virtud de tu sentimiento—la tiranía de la chatura, el poder de los dictadores del «buen sentido»; eras enemigo de Pilatos.

Tu obra principal y mayor—que es casi toda tu obra—fué un clamor de venganza contra la fortuna, que te fué traidora como una bella querida. Y tú, como artista, como poeta, habías nacido para las grandezas y poderíos. No eran plebeyos ni tu sangre, ni tu gusto, ni tu papel de héroe de Musset, ni tu estilo que buscaba siempre un rumbo.

¡Cuántas veces soñamos juntos, en noches de amistad amable! Yo oía tus imaginaciones de oriental, tus fantaseos de rajah, la historia nunca concluída de tus lindos castillos en el aire, y te acompañaba encantado a tus excursiones por los países de lo irrealizable.

¡Fuiste mi amigo en arte y en existencia; me defendiste, me amaste, me comprendiste, desde que, al llegar a Buenos Aires, me fuiste a saludar en nombre de La Nación, en cuya casa confraternizamos!

¡Por eso, por tu corazón y talento, yo te defenderé y amaré tu memoria puesto que te comprendí! ¡Raté! dirá una conciencia; y mi corazón clamará: ¡Haced La Bolsa! ¡Y culparé a tu desconocido genio maléfico, o a tu sino, de que no hayas llegado a poner en tu torre soñada tu pabellón de victoria! Atmósfera propicia te faltó, tierra te faltó, aliento te faltó. Mueres demasiado temprano, pero tuya es solamente la mitad de la culpa.

Ahora tu visión astral y penetrante verá sobre el haz de la tierra quiénes te amaron de veras, quiénes fueron tus amigos. Yo no miento lágrimas; yo te digo adiós con una tristeza que puedes ver en lo hondo de mi alma.

Notarás, mi querido Miró, que no va mi corona entre las que acompañan tu féretro: ¡Yo te haré una de versos!


FIESTAS PRIMAVERALES
Una dalia

Cortesana de duro seno, de ojo opaco y obscuro, que se abre lentamente como el de un buey; tu gran torso reluce como un mármol nuevo.

Flor gorda y rica, a tu alrededor no flota ningún aroma, y la belleza serena de tu cuerpo desenvuelve, mate, sus impensables acordes.

Ni aun a carne trasciendes, salvo que al menos exhalan las que van removiendo los héroes, y tú te entronizas por lo insensible al incienso.

Así la dalia, rey vestido de esplendor, eleva sin orgullo su cabeza sin perfume irritante en medio de los jardines incitativos.

¡Flores sobre flores! Flores de estío, flores de primavera, flores descoloridas de Noviembre, vertiendo la pena de los adioses, y en los trenzados los crisantemos; los lotos reservados para la mesa de los dioses, los lises altivos entre las espesuras de amarantos, irguiendo con orgullo sus tirsos radiosos; las rosas de Noël, de palideces transparentes y, después, todas las flores enamoradas de las tumbas, violetas de los muertos, helechos olorosos, asfódelos, soles heráldicos y bellos, mandrágoras que gritan con voz sobrehumana al pie de los patíbulos negros que frecuentan los cuervos. ¡Flores sobre flores! ¡Deshojad flores! Que se paseen incensarios floridos sobre la tierra en donde, allá lejos, duerme Ofelia con Lady Rawena de Tremaine. ¡Amor! ¡Amor! Y sobre sus frentes, que tú inclinas, haz rodar la púrpura extática de las rosas, semejante a la sangre alegre vertida en los combates. Antes cantaban ellas, vírgenes rosadas, rubias, los amantes de los días que no renacerán nunca, bajo sus vestidos tejidos con oros finos y argírosas. ¡Oh, lejanas dulzuras de las primaveras concluídas! ¡Apertura auroral de las ideas! ¡Puerta del cielo ofrecida a los labios de los elegidos! ¡Las vírgenes hoy, muertas o poseídas, están lejos! ¡Muy lejos! La esperanza ha caído de nuestros corazones, como las ramas podadas de un árbol.

Y la sombra, y los pesares y el olvido, son los vencedores.

A través de los iris y juncos, Ofelia abandona su alma a los arrulladores murmullos del río, único testigo de su melancolía. Y he aquí que en el fondo de la verdosa espesura suenan confusamente harpas cristalinas, atrayendo con sus ritmos obsesores. El oro difuso del Sol empurpura las colinas, por el lado del castillo de Elseneur, y las torres que obscurecen ya las tinieblas hyalinas. La noche felina, con su traje de terciopelo, arrulla a las aguas, los valles profundos y los cielos tristes, y con los sauces ruidosos esfuma los contornos. Y las nubes rojas del poniente con colinas que trepan lanza en puño, atroces caballeros que espolean el vuelo furioso de los unicornios. Luego, la dama que sueña con los juramentos olvidados canta entre dientes un vireylay muy antiguo. La demencia extiende sobre su frente multiplicados duelos. ¡Flores sobre flores!

Sollozos cortan su romanza, mientras que, con los cabellos coronados de jazmín, se inclina hacia los juncos del río inmenso. Los Nixos, cerca de la orilla le señalan el camino, y tranquila, al curso de la onda en las gláucas praderas, desciende con ¡no me olvides! en la mano. Las flores palustres sobre sus pupilas apagadas pondrán el dictamo adorado del sueño, en jardines de...


Fiestas primaverales
Los poetas y las flores
(CONTINUACIÓN)

LOS NENÚFARES

(BARBEY D'AUREVILLY)

Allons, bel oiseau bleu, venez chanter votre romance a madame...

(SUZANE.)

Vous ne mettrez jamais dans votre flore amoureuse le nénuphar blanc qui s'appelle...

(UNE PREMIÉRE LETTRE.)

I.—¡Nenúfares blancos, oh lirios de las aguas límpidas, nieve que surge del fondo de su azur, que adurmiéndose sobre vuestros tallos, tenéis necesidad, para dormir, de un lecho puro! Flores de pudor, ¡si!, sois demasiado altivas para dejaros cortar... y vivir después. ¡Nenúfares blancos, dormid sobre vuestros ríos! ¡Y no os cortaré jamás!

II.—Nenúfares blancos, flores de las aguas soñadoras, si soñáis, ¿en qué soñáis? Pues para soñar preciso os es estar enamoradas, es preciso tener el corazón enamorado... o celoso; pero vosotras, ¡oh, flores que el agua baña y protege, para vosotras soñar... es aspirar el frescor! ¡Nenúfares blancos, dormid en vuestra nieve; yo no os cortaré jamás!

III.—¡Nenúfares blancos, flores de las aguas adormecidas, flores cuya blancura da frío a los corazones ardientes, que os hundís en vuestras aguas desentibiadas cuando el sol luce, nenúfares blancos! Quedad ocultos en los ríos, en las brumas, bajo los sauces espesos... ¡De las flores de Dios, sois las últimas! ¡Yo no os cortaré jamás!

LA CANCIÓN DE LAS ROSAS

(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)

Encanto de los ojos extasiados, los rosales divinos; los rosales no darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor, que, rota, después del dolor, renace y revive en las cosas.

Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista diligente, reviste con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son la metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.

Y por eso, en los repliegues de sus pétalos delicados, obstinadamente, la rosa oculta—como las vírgenes el suyo—su corazón de oro, gloria de la flor, su corazón invisible, sin mancha.

Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las mariposas azules revuelan querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el claro enjambre acariciador quisiera aun morir por ella.

Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el raso, hace, para adornar la flor querida, una perla de cada lágrima y una estrella de cada perla.

CRISANTEMOS

(HENRI CORBEL)

Flores que vertéis el olvido de los odios obstinados, vosotras dejáis sobre nuestros corazones el pesar de los bellos días, viniendo a inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós de las estaciones afortunadas.

Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes, vuestros ojos son dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de oro, en vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves destinos.

Y vuestro brillo discreto no es si no divino.

Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la brisa suspira y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un Dios Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando los besos de los Soles monótonos.

LAS FLORES

(MALLARMÉ)

De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día primero, y de la nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres.

La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y ese divino laurel de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie de un serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre soberbia y radiosa.

¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises que, rodando sobre mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de los pálidos horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!

¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre Nuestro, hosanna del jardín de nuestros limbos!

¡Y concluya el eco por las celestes tardes, éxtasis de las miradas, scintilaciones de los nimbos!

¡Oh Padre, que creaste en tu seno, justo y fuerte, cálices balanceando la futura redoma! Grandes flores con la balsámica muerte para el poeta fatigado a quien la vida debilita.